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El Heroe Que Llevas Dentro

Por tu mente pasan alrededor de 60000 pensamientos al día, de los cuales 45000 son repetidos y 80% de esos mismos pensamientos son negativos! Tratar de dominar estos pensamientos es inútil. No puedes domesticar a un tigre salvaje porque su instinto es el de cazar y matar. Sin embargo, podemos encontrar el significado que esos pensamientos tienen en nuestras vidas, y la validez que le damos para impedir que nos sigan causando daño.

Los budistas le tienen un nombre: los monos borrachos y salvajes. En la psicología positiva lo llaman el CRITICO INTERNO y es uno de nuestros enemigos más feroces. Aquellos que se han percatado de una mala reacción después de haber realizado una presentación en público saben de lo que hablo. El critico interno, es la forma como nuestros pensamientos reciclan y renuevan esas emociones que tanto nos torturan. Luchar contra ellas tratando de introducir nuevos pensamientos es como introducir un balde de agua al mar. Afortunadamente, como todo en la vida, la solución aparece desde el momento que aparece el problema.

Según el Dr Martin Seligman, decano de la facultad de Psicología Positiva de la Universidad de Pennsylvania, “el reconocer que estas en presencia del critico interno es el primer paso para combatirlo.” Una vez que reconozcas que estás validando los mensajes del critico interno, trata de recordar qué o quién te hacia sentir de esa forma en el pasado. Ubica la raíz de donde nació en tu niñez. Date cuenta que no tenías alternativa en ese entonces porque carecías de herramientas para responder adecuadamente. Si extrapolas la raíz de la emoción al pasado, al enfocarlo de nuevo al presente, el crítico interno entra en desventaja. Cuestiona los argumentos del crítico interno sacando a relucir referencias donde has manejado situaciones peores. Enfócate a tus fortalezas. Defiende tu posición como un abogado que defiende su causa!

Finalmente, actúa como la haría el héroe que llevas dentro: enfrenta la situación, corrige los errores y sigue adelante en tu desarrollo. Quizá lo hayas vencido esta vez, pero a medida que te fortaleces, ese crítico va a buscar otra careta con la cual pueda atacarte de nuevo. Nos pasa a todos. A mi me sucede, antes de cada conferencia, al perder una ola grande en el surf, o después de un comentario negativo a un planteamiento, puede pasar inclusive después de haberme comido esa torta de chocolate tan rica que encontré en la heladera!

Una vez que vas recuperando la certeza al vencer a tu enemigo interno, haz algo. Toma acción inmediata. En ese sentido, lavar los platos, pagar las cuentas, caminar, trotar, llamar a tus amigos, estudiar la lección y comerte un helado con una amiga se convierten en actos meditativos que refuerzan tu capacidad de combate. Haces las cosas porque decidiste hacerlas. Haces las cosas porque están alineadas con tus criterios, y eres dueño de tu tiempo. Haces las cosas porque en la acción está la paz. No te tomes las cosas TAN en serio, estamos aquí para aprender y crecer como un hijo del universo, como el héroe que llevas dentro.

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MUNDO ABREBOCA

Febrero 19, 2011

Escrito por: Sumito Estévez

Independientemente de los evidentes valores subjetivos asociados al gusto -y a la estética de presentación- que hay detrás del acto creador a la hora de cocinar, existen igualmente aspectos técnicos absolutamente objetivos que, de no respetarse, hacen que una buena intención emanada desde una cocina se diluya por falta de experticia. Un gran ejemplo de ello se da a la hora de cocinar abrebocas, canapés o pasapalos, como popularmente los conocemos en Venezuela. Ligeramente, dada la limitada extensión física de esta columna, trataremos de pasearnos por las 7 reglas fundamentales a la hora de cocinar en pequeño formato.

1. En sí mismo el abreboca es un mundo: Es muy importante entender que hacer abrebocas no es cocinar en pequeño lo que ya sabemos hacer. Se trata de un mundo totalmente diferente, tanto como lo puede ser la pastelería; de allí que sea fundamental idearlos con la menor cantidad de preconcepciones posibles y estudiarlos con la misma disciplina que se necesita para entender, por ejemplo, el mundo de las pastas y sus salsas.

2. Todo es cuestión de proporción: De las cosas mas complejas de asir a la hora de hacer abrebocas es lo referente a proporciones. Ni es posible intentar convertir en su par menor a un plato tradicional, ni lo es aumentar varias veces el tamaño de lo que ha resultado exitoso en formato abreboca. Para que se entienda: Pocas cosas más sabrosas que una pizza y pocas menos elegantes que un cuadrito de pizza pasado en bandeja en una boda. Por otro lado, pocas cosas más sublimes que un tequeño, y pocas mas vulgares que un tequeñón.

3. La contundencia del bocado: Un abreboca suele ser una experiencia que a lo sumo debe lograrse con dos mordiscos que deben saciar en el plano gustativo; de allí la importancia de ser contundente a la hora de apelar a especias, azúcares, sales y eventualmente picantes. La regla es sencilla: Que dos bocados sacien, tres aburran.

4. ¿Y si es más de un mordisco?: No todo abreboca está pensado para ser comido en un único bocado y curiosamente uno de los factores que mas se olvidan es ¿Que hacer con el pedazo que quedó? A veces es algo que queda chorreando y moja los dedos, a veces es un pincho que se vuelve hasta peligroso al exhibir la punta descubierta, o simplemente es un crujiente que se parte, desarmándose en varios pedazos. El consejo en estos casos es simple: Nunca sirva un abreboca sin haber experimentado usted primero como se comporta luego del primer mordisco.

5. El baile del transporte: Ningún abreboca se lleva “plateado”. Por el contrario, siempre se sirve en una bandeja acompañado de varios compañeros idénticos. Es impresionante la cantidad de veces que se nos olvida que esa bandeja será transportada con premura por un mesonero altamente solicitado. Basta que hagamos una canoa de yuca que hamaquee un tartar de “pico e gallo” con una tirita de cebollín que se balancea galante y preciosa, para que con seguridad el resultado al final del viaje sea un desordenado arreglo incomible. Todo abreboca viaja y, por movida que sean las olas, debe llegar a la boca igual como salió de la cocina.

6. La larga espera: Imagine que el abreboca que ha diseñado es un pequeño vaso con pisca (sopa andina de leche, papa y cilantro) suficientemente pensado como para respetar los 5 preceptos ya señalados… Algo se nos olvidó. La sopa esperará servida varios minutos antes de que un ocupado mesonero pueda venir a recoger la bandeja de arreglo fractal, y en ese tiempo la superficie de cada sopa será una incómoda nata que nada tendrá que ver con la idea original. Se nos ha olvidado que la espera transforma.

7. Toda experiencia es cadencia: Finalmente. Cuando servimos abrebocas en una fiesta se nos olvida que nuestros invitados comerán varios y en orden. Pregunto ¿Querría usted que le sirvieran un abreboca de manzana con canela, después de uno de casabe con crema de caraotas y justo antes de los tequeños? Al igual que en el caso de una comida formal con entrada, principal y postre; es importante que se imagine la experiencia global en términos gustativos.

II

Cuando llegó la noticia y nos arrancó de cuajo un pedacito, ya esta columna estaba escrita. El miércoles murió el Chef Catalán Santi Santamaría. Visitaba su restaurante de Singapur y la muerte lo encontró a los 53 años con la botas puestas, es decir sentado en la mesa comiendo. Merecidamente, ha sido una muerte que a conmocionado a nuestro oficio desde sus cimientos. Sean estas pocas líneas la muestra más profunda de respeto por parte de este cocinero que creció con los escritos y la sapiencia de los platos del genio del “Racó de Can Fabes”. Murió un genio. Me consta.

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TIEMPOS DE DIETA

Enero 12, 2011

Escrito por: Sumito Estévez

Las personas que hacen dieta para rebajar de peso pueden clasificarse, grosso modo, en tres grupos: Quienes lo hacen por mandato médico, quienes andan tras la búsqueda del cuerpo que quisieran tener y no el que les toca tener (suelen terminar en el primer grupo) y finalmente, quienes saben que se han excedido o intuyen que sus hábitos pueden llevarles a futuros menos promisorios y cargados de achaques evitables. Este artículo va dirigido a los terceros. A aquellos que aman comer pero que entienden que la búsqueda del placer es desde la mesura. Posiblemente los más hedonistas por ser los que desean muchos años de vida para poder seguir gozando de esos placeres.

Aunque siempre he creído que el “mes nacional de la dieta” debería ser noviembre para así ganarnos el derecho al exceso decembrino y ser arrojados incólumes desde esa bacanal; es evidente que el frenesí dietético le pertenece a enero. Irónicamente, la mayoría no subimos de peso dramáticamente en diciembre (a lo sumo un 2% de nuestro peso), pero en enero solemos achacarle al mes celebratorio todos los kilos ganados durante el año. Asumiendo que usted, estimado lector, se encuentra aun en la etapa de flagelación, aprovechemos entonces, no para dejar de comer, sino para hacerlo correctamente. Van pues, algunos consejos:

Salvo que exista una condición médica, la razón por la que llegamos a pesos que eventualmente podrían afectar nuestra salud y acortar nuestra vida, la conocemos todos: Comemos más de lo que necesitamos. Decidir cambiar nuestros hábitos porque intuitivamente sabemos que algo no va bien, comienza por llevar un registro escrito semanal de nuestro peso corporal y uno diario mental de aquello que comenos. Ambas anotaciones fungirán como recordatorios de nuestra dererminación. El siguiente paso implica entender que si hemos estado comiendo de más, ha llegado la hora de comer menos. Suena evidente, pero pocas cosas más difíciles que desandar las mieles de la gula y “pasar hambre”. Esa dificultad suele ser la cumbre por la que solemos desistir antes de iniciar el descenso. Para paliar (o al menos engañar) el llamado adictivo de un estómago crecido, cuatro máximas vienen al rescate: La primera, y fundamental, es desayunar y hacerlo con ganas. Las otras tres son tomar agua, comer tan lento como le resulte cómodo y tener a mano “matadores de ansiedad” como manzana, zanahoria o cualquier vegetal crudo que le guste; especialmente para los desesperantes momentos de las 10 de la mañana y las 5 de la tarde. Más rápido de lo que se imagina se acostumbrará a comer las cantidades correctas tres veces al día, y éstos dejarán de ser necesarios… Y si le siguen provocando estos vegetales de media mañana, se habrá hecho un bien permanente.

Hasta este momento dudo que haya escrito algo que no sea lógico y sobre todo que atente contra nuestra dieta y contra nuestros condumios cotidianos, pero es importante entender que si hemos decidido bajar de peso necesariamente tendremos que lidiar inicialmente con algunos sacrificios. Una vez que logremos el peso buscado (idealmente el que sea sugerido por un especialista), estos sacrifcios no serán necesarios porque habrán sido arropados por nuevos hábitos. Lo primero es detectar aquellos elementos que claramente son calóricos y que solemos comer con base diaria, para proceder a eliminarlos temporalmente o al menos aminorar su consumo. Dentro de este rango de sacrificables casi siempre el dedo termina señalando a los carbohidratos que generan adicción: Azúcas refinados, alcohol y almidones. Creáme que si usted elimina por completo el consumo de azúcar de su dieta, igualmente habrá consumido kilos debido a su uso masivo como aditamento en todo alimento de conserva. En todo caso es recomendable (y necesario) el consumo de carbohidraros en el desayuno y poco aconsejable en la cena.

Decidir cambiar hábitos alimenticios puede convertirse en una gran oportunidad de goce. Implica planificar lo que se va a comer (por lo tanto saborear con anticipación) y casi siempre resulta en un catalizador para aprender a cocinar. Entender el cuerpo es el permiso ganado para excederse por placer, porque la consciencia de él abre el camino de la compensación.

No es que estos son tiempos de dieta, simplemente es hora de retomar el placer para el que estamos diseñados, haciendo a un lado la adicción de comer ¡Que regresen aromas y sabores!

II
La parte más importante de mi filosofía gastronómica ya fue escrita en esta columna en Enero del 2008 en los artículos OCHO REGLAS PARTE 1 (http://bit.ly/dRyJVs) y OCHO REGLAS PARTE 2 (http://bit.ly/f488vo) Por favor deténgase un rato a leerlas.

http://sumitoestevez.blogspot.com/

LA GRAN ADICCIÓN DEL SIGLO XXI

Escrito por:
Chef Sumito Estevez

Cuando hay que tratar en una columna el complejo y espinoso tema de las drogas duras (aquellas fuertemente adictivas, según la Real Academia de la Lengua), quizás la mejor estrategia es apelar a las estadísticas como mecanismo de validación ante argumentos que alertan en contra del flagelo. Exactamente eso haremos hoy: Una inmersión en el mundo de los porcentajes detrás de uno de los asesinos silenciosos y adictivos más poderosos al que nos estamos enfrentando, casi, sin herramientas de defensa. Nos referimos a uno considerado técnicamente “un psicoactivo legal de uso irrestricto que se produce y vende por toneladas con potencial de dependencia considerablemente alto”.

II

No siempre se consigue, pero si usted casualmente vive en una ciudad en donde vendan azúcar en terrones (suelen ser de 4 gramos cada uno), cómprelos y apílelos en forma de pirámide. Cuatro abajo, tres y dos en el segundo y tercer piso respectivamente y culmine con un terrón de cabecera. Hermosa figura que seguramente recuerda aquellas hechas por usted en su infancia con cubos de madera con letras a los lados, sólo que esta vez representa un hecho abrumador: Es exactamente la cantidad de azúcar que posee una lata de gaseosa de 330 mililitros. Indudablemente el dato es digno de incredulidad, por lo que le propongo regresar a los tiempos de bachillerato y hacer un pequeño experimento: Coloque lado a lado un vaso de cristalina agua y otro de gaseosa sin gas y a temperatura ambiente. Agregue y diluya azúcar en el agua hasta que considere que el grado de dulzor de la misma es equivalente al del vaso de gaseosa ¡Impresionante! ¿verdad?

En el particular caso de las gaseosas el edulcorante usado es jarabe obtenido mediante procesos químicos de tratamiento del almidón de maíz. Su consumo es de tal magnitud que en este momento se calcula que un habitante de Estados Unidos de Norteamérica (mayores consumidores de gaseosas de la Tierra) engulle 30 kilogramos de jarabe de maíz por año, ¡lo que representa 8 cucharadas por cada día de esa persona!… colóquelos en una taza y la verá llena hasta la mitad.

Todavía no hemos tocado el tema del azúcar, la miel, el papelón o azúcar morena. Todo suma, esto es sólo el comienzo.

III

Aunque es difícil de probar, debido a que las estadísticas al respecto comenzaron a inicios del siglo pasado, se calcula que el consumo de azúcar refinada (o miel) promedio de la humanidad se mantuvo en el orden del ½ kilogramo por año. No es una cifra descabellada si entendemos que la miel es estacional y no existe en todas partes, por un lado, y que el azúcar apenas comenzó a popularizarse en el siglo XVII debido a que su precio llego a igualar al del oro. Este dato posee una implicación fisiológica fundamental: Por cientos de miles de años evolucionamos con un cuerpo preparado para procesar ½ kilogramo de azúcar por año y así se fueron diseñando páncreas, hígado… pare de contar.

Las estadísticas actuales respecto al consumo per cápita de azúcar a nivel global hablan de la asombrosa cifra de 60 kilogramos. Si tomamos en cuenta que esos promedios se realizan con personas que jamás consumen azúcar, por no poseer acceso a ella, la cifra para pobladores urbanos seguramente es más alta. Estamos hablando de cucharadas por día por persona. Es una cifra tan bestial que puedo intuir que en este momento usted ya no me cree nada. La columna es corta para argumentar, por lo que le invito a sumar esta semana el azúcar presente en pasta dental, enjuague bucal, cereal dietético, salsa de tomate (o casi cualquier cosa que se guarde en nevera), jamón rebanado o pan crujiente. Conste que no estoy haciendo trampa, no le he pedido que agregue a la cuenta el papelón del asado negro, el azúcar en las caraoticas o un inocente jugo de piña.

IV

Necesitamos azúcar para vivir. Como era particularmente escasa, fuimos diseñados para ser adictos a ella, como único mecanismo que garantizara que nos abalanzáramos al topárnosla en el camino. Mala fórmula la de la adicción, si el producto es casi gratis y tenemos acceso ilimitado a él. Tan sencillo como que somos un rolls royce evolutivo que no fue diseñado para funcionar con diesel. Nadie quiere llegar a los sesenta años y decir “No me quejo, viví cien”.

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ELLA CAMINA 6 KM. DIARIOS

Mayo 20, 2010

La foto es impresionante, desconsoladora, lejana, apocalíptica. Vemos a una multitud de unas 150 personas apiñada alrededor de un pozo de adobe gigantesco de por lo menos 5 metros de diámetro. Lanzan cuerdas que se pierden en la negrura infinita que esconde al agua. Quienes claman por calmar la sed son padres, madres. Personas que tienen hijos que van a la escuela, que deben asearse y tomar agua potable para no morir de diarrea, que detestan la ropa sucia. Es una foto que nos ataca con su contundencia desde las primeras páginas de la edición especial sobre agua que publicó la revista National Geographic en abril pasado y antecede a una frase que pone el corazón en un puño: “La cantidad de humedad en la tierra no ha cambiado. El agua que los dinosaurios bebieron hace millones de años es la misma que hoy cae como lluvia, pero ¿habrá suficiente para un mundo más atestado de gente?” La pregunta que queda flotando como daga no es para nada retórica si tratamos de contestarla a la luz de la más feroz de las estadísticas: Apenas 2,5 % de toda el agua de la tierra es dulce, pero casi toda está congelada o es inalcanzable por ser subterránea; quedándonos a disposición para seres humanos, plantas y animales un magro 0,5 % de toda el agua de la tierra.

Como humanidad, a la par de la estupidez en el plano ecológico, tenemos ejemplos de sobra a la hora de contabilizar guerras colonizadoras para apoderarnos de los recursos naturales de otros. Antiguamente el saqueo era por minerales preciosos y hoy en día lo es tras la búsqueda y aseguramiento del petróleo. En un mundo en el que crecemos a razón de 83 millones de habitantes cada año y en donde prácticamente no queda agua (46 % de toda la humanidad no tiene agua por tubería), impresiona que a estas alturas no haya habido cruentas guerras para apoderarse del agua de otros. Seguramente esas guerras vendrán en el futuro cercano y habrán de ser justificadas por políticos como: “actos nobles para defender los recursos hídricos que nos pertenecen a todos”.

Una de las razones, quizás la principal, para que no haya habido guerras de colonización por agua, hasta ahora, es que son justamente las potencias capaces de hacerlo las que acaparan el agua del planeta. Lo que es peor, la derrochan. Eso queda probado si comparamos los 380 litros diarios que consume un norteamericano, versus los 150 de un suizo y los escalofriantes 19 de los países más pobres del mundo. A estas alturas del análisis es difícil no entender que la riqueza de un país depende fundamentalmente de su acceso al agua. Tan sencillo como que es imposible ser generador de tecnología si no se tiene una boyante cuenta repleta de trillones de litros de agua, mucho menos producir una gaseosa que le de la vuelta al orbe.

Recientemente comienza a hablarse de un concepto que coloca el tema de tenencia de agua en un plano cargado de menos hipocresía, nos referimos al término Agua virtual acuñado a principios de los años 90 del siglo pasado por el geógrafo inglés Tony Allan y calculado magistralmente por el holandés Arjen Hoeskstra: “Agua virtual es aquella necesaria para poder crear un producto”.

Solemos decir que un país logra el milagro de convertirse en exportador mundial agroindustrial gracias a reglas claras de mercado y a inyección tecnológica, dejando hábilmente de lado el dato de que para producir un mísero kilogramo de carne de res se necesitan15.497 litros de agua o que para poder exportar higos, primero se necesitan 3.160 litros de agua por cada kilogramo cosechado. Miramos con desdén al país que no ha logrado desarrollarse al punto de poder exportar pantalones, sin tener en cuenta que para hacer un Jean de moda se usan 11.000 litros de agua. Quítale el agua a un país y no tendrá satélites, así de simple.

Indudablemente existen países muy ricos y poderosos con escasez conocida de recursos hídricos potables, y con capacidad de sobra para borrar de la faz de la tierra a otros con sólo apretar un botón. No lo han hecho porque poseen dinero (generalmente gracias al petróleo) y por lo tanto poseen los recursos monetarios para comprarles a otros países lo que ellos mismos no pueden producir por falta de agua. Allí es donde cobra una importancia tremenda el concepto del geógrafo inglés: Mientras un país posea dinero para comprar agua virtual, no habrá guerra de colonización por ella.

II

Ver la foto provoca llorar. Ella pertenece a un país pobre y regresa de haber caminado 6 Km. cargando el peso máximo que su cuerpo es capaz de resistir. Trae la ración diaria de agua. Ella no puede pensar en estudiar, en criar a sus hijos, en días libres. Ella camina 6 Km. diarios cargando 19 litros de agua.

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Chef Sumito Estevez

Marzo 25, 2010

Escrito por: Sumito Estevez

ANA LLORÓ Y LLORÓ

Luego de tres horas de caminata por trochas en un bosque húmedo digno de los cuentos de dragones, perforando tímidos rayos que se entremezclan con la neblina y bamboleando a ratos las manos para apartar raíces aéreas que como lianas se afanan en buscar el suelo siempre húmedo para besar musgos y líquenes permanentes, aparece un portal vegetal que antecede, apenas metros más allá, a el páramo de El Escorial. Un páramo que no se levanta a más de 50 cm del piso y se eleva hasta el horizonte en una sucesión de frailejones, lagunas, silencio y minúsculas flores amarillas. El lugar existe, se llama El Vallecito y allí pasé años muy importantes de mi infancia. Allí sigue viviendo mi padre y allí nació y se crió la admirada Chef Ana Belén Myerston, protagonista de la hermosa historia que paso a narrarles:

El patio de atrás tanto de mi casa, como el de la Chef Ana (o como el de cualquiera de nuestros vecinos), está forrado de un árbol de tronco sinuoso y descarchado llamado Cínaro que da una frutita parecida a una guayabita del Perú. Los del Vallecito comenzamos a relamernos cuando vemos que las minúsculas bolitas verdes llegan al tamaño de un tomatico silvestre (como media metra) y comienzan a trastocarse hacia un morado oscuro. Cuando las metricas pierden la rugosidad adolescente que las caracteriza y muestran una piel totalmente lisa y brillante, nos lanzamos a palparlas con delicadeza presionando entre índice y pulgar. Es la mórbida resistencia el banderín de partida que nos permite arrancarlas ¡Díos mío! Créanme que el olor de esas minúsculas frutas es olor divino. Es nuestra estación, nuestro perfume, nuestra montaña.

La chef Ana Belén, como toda cocinera, tuvo que pasar un duro noviciado en medio de los fogones xenófobos y misóginos de Bruselas, lo que seguramente la había endurecido temporalmente y la había alejado de los cantos de la infancia feliz. Estando en esas, recibió por correo tradicional una carta que le mandaba su madre. Vivió el sensual (y ya casi perdido) momento de sacudir el sobre para arrinconar los papeles doblados del interior y de mirar a contraluz para asegurarse que al rasgar uno de los lados no se iba a llevar palabras escritas por manos de montaña. Apenas abrió la carta, sin ni siquiera haber intentado escudriñar el interior para determinar el número de páginas escritas, se derrumbó y comenzó a llorar. Ana Lloró y lloró.

Su madre había metido dentro del sobre cinco frutas de cínaro que recogió justo antes de relamer la orilla engomada y dejarle al destino y al tiempo las consecuencias. Las frutas se habían secado y ennegrecido, dejando que su salvia dulce tapara una a acá, una ñ allá, de la letra materna. Cada ápice del perfume de ellas estaba encerrado en ese sobre y cuando Ana lo abrió, como si se tratara de un papillote de afectos que dispara el perfume apenas se le permite, se le vino encima una montaña, una infancia, una madre, un primer novio, una maestra de escuela, el ladrido de perros, el mundo posible. Ana lloró y lloró.

II

Me angustia mucho la desaparición de nuestro frutales, los mismos que son los que han definido en una medida enorme, no sólo nuestra infancia, sino características absolutamente únicas de nuestra gastronomía. A la vuelta de media generación (la que llevo vivida) puedo decir con certeza que ya no recuerdo la última vez que comí Guama, Pomarrosa y Lima, por nombrar tres que comía de manera absolutamente cotidiana en Mérida y que simplemente ya no existen. Venezuela era literalmente un gran jardín. Merey, Pomalaca, Cotoperí, Mamón, Icaco, Topocho, Riñón, Poncigué, Jobo, Níspero, Guayabita del Perú, Almendrón, Limón francés, Uva de playa, Guayaba criolla, Mango de jardín, Mamey e inclusive la ¿cotidiana? Guanábana, se han vuelto esquivas. Se trata de los árboles frutales que poblaban los jardines de nuestras casas después de que las pacientes manos de nuestros abuelos y padres las consintieron hasta verlas crecer. Eran árboles salvajes de carretera a los que les robábamos semillas.

La urbanidad ha hecho que poco a poco vayan desapareciendo los jardines de las casas y con ello nuestras ganas de seguir siendo sembradores. Son frutas que no se domesticaron en sembradíos como para convertirlas en productos estacionales dignos de código de barra en un supermercado. Sería tristísimo que los olores que hagan llorar a nuestros hijos, como en la historia de Ana, sean manzana, pera, ciruela, mandarina o kiwi. Ese día habremos entregado el pedazo más importante del alma y lloraremos por el país perdido.

En todo caso, estamos a tiempo. Tarde o temprano se topará usted con una de esas frutas. Huélala con fruición ese día, déle la mitad a sus hijos y hábleles de país, seque la semilla, siémbrela en un porrón. Si no tiene jardín a alguien se la puede regalar.

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