Diciembre 14, 2009
Escrito por : Mario Barros
-¡Riiiinng… riiiing… riiing…! (Es el teléfono de mi casa. Y suena impaciente. Gracias a Dios, el tipo no es uno de esos modernos artilugios que lo asustan a uno con un infernal tono de reggaetón cuando entra una llamada. Pero, así y todo, el timbre me interrumpe la lectura del periódico, me obliga a levantarme, a caminar unos metros y a contestar, en contra de mis principios… y mis finales.)
-Hello? (Lo hago en inglés porque es el idioma del país en que vivo y mucha gente que llama no entiende español, lo que no ocurre con nosotros, que aquí nos comunicamos lo mismo en inglés, que en español que por teléfono. O sea, somos trilingües.)
-¿Viste la noticia del viejo verde ése? (Es mi amigo Obdulio, oportuno como siempre. Obdu se refiere a un hecho que ha estado en el candelero en los últimos días: un señor de 100 años, en Buffalo, NY, ha sido puesto en libertad a pesar de ser, oigan esto, un reconocido depredador sexual. ¡Dime tú, con un siglo en las costillas…! Y no es exageración: a la tierna edad de 90 abriles el viejo pervertido violó a dos niñas. Nadie se explica cómo, pero lo cierto es que lo hizo, el muy desgraciao. Hay un lío tremendo, armado porque nadie está de acuerdo con que lo saquen del tanque. Ni la familia, que es mucho decir. Pero las leyes son las leyes. Aunque sean estúpidas.)
-Sí, justo estaba leyéndolo en el periódico. ¿Y te enteraste de lo de la doña de 98 años que mató a la otra de 100? (Es el caso de una señora de Massachusetts que, celosa porque su compañera de cuarto en el hogar de ancianos recibía muchas visitas, decidió cortarle el agua y la luz para siempre metiéndole la cabeza en una bolsa plástica.)
-¡Sí, compadre, eso mismo te iba a decir! Lo acabo de ver en televisión. Increíble, ¿verdad? (No sólo es difícil de creer sino que no va a haber manera de llevar a la viejuca asesina ante un juez, porque es obvio que su salud mental anda más descontrolada que la cintura de una strip-teaser.)
-Sí, Obdu. (Tengo que admitir que las dos noticias me tomaron desprevenido, me pusieron un traspié y por poco me caigo. ¡Capaz que me hubiera fracturado el otro omóplato!)
-¿Y ya…? ¿No vas a sacar ninguna conclusión filosófica al respecto? ¿No se te ocurre decir al menos que “la sociedad está tan desconflautada que hasta los viejos reviejos están cometiendo actos que eran impensables años atrás”? (No Obdu, no se me ha ocurrido.)
-No, Obdulio, no se me ha ocurrido. (Que es exactamente lo que pensé en el párrafo anterior.)
-Chico, la verdad es que me has defraudado olímpicamente. ¡Chao! (Y, con la misma, cuelga sin darme tiempo a contestarle.)
-Pero, mira Obdu… (Efectivamente, colgó y no me dio tiempo a contestarle. Pero lo que mi amigo no sabe es que, desde que me enteré de ambas noticias, he estado dándole vueltas en la cabeza para usarlas como material humorístico. Pero ni modo. Ni la viejentud es simpática, ni el caso de estos tembas causa la menor risa. Aunque, desde otro punto de vista, los dos personajes pudieran ser la atracción de un circo ambulante. ¿Se imaginan? “¡Adelante, señoras y señores, entren y vean al viejo asaltador de cunas y la asesina nonagenaria del asilo! ¡Un espectáculo impresionante! ¡Mucho más espectacular que la mujer barbuda y el hombre más fuerte del mundo! ¡Compren sus boletos y vengan a verlos, señoras y señores…!” Ese pudiera ser, quizás, el peor castigo para ambos.)










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