Mayo 31, 2010
La semana pasada me topé con una carta en un periodiquillo local que me dejó pensando. La firmaba un tal Anónimo y en ella el Señor Sin Nombre se quejaba de haber recibido un formulario del censo en el idioma de Cervantes. El asunto es que éste es año de censo en los Estados Unidos. El gobierno se gasta una tonga de millones en tener una ligera idea de cuantos cristianos vivimos en este gran país. Y no solo cristianos, sino también musulmanes, budistas, judíos, ateos y gente que no cree ni en su madre. De eso depende el número de representantes en el gobierno, la asignación de recursos, etc., etc., etc. Pues como les decía, el anónimo remitente de la misiva manifestaba airadamente su desagrado por haber recibido su material del censo en el idioma de Remigio el carnicero. Que es el mismo que el de Cervantes, aunque a Remigio se le entienda mejor que al inmortal manco del espanto. Digo, de Lepanto.
En principio la carta me dio risa. Jajajá. Me estuve riendo exactamente dos minutos y treinta y cuatro segundos. Y mientras me reía me preguntaba, ¿cómo es posible que alguien se queje por recibir un formulario en español, chico? A mí me llegan una pila de cartas en inglés todos los días y de mis labios jamás ha salido una sola queja. Claro, yo le sé un poco a la lengua de Shakespeare. Pero tampoco me aterro si me llega algo en portugués, porque mi apellido es bastante común en los países de ese idioma. Cuando paré de reirme me volví a quedar pensativo, porque no me cabía en la cabeza que alguien pudiera molestarse por recibir algo en un idioma que no es el suyo. Es como si en Sudáfrica, por ejemplo, la gente armara bateo por recibir una carta en Zulú, que es uno de los idiomas oficiales del país, aunque no todos lo hablen. Y, por si alguien no lo sabe, en Sudáfrica hay ONCE idiomas oficiales. Están toditos en la Constitución de ese país. Por cierto, en la de aquí no se menciona ningún idioma. Pero a nadie se le ocurre negar que el inglés es la lengua oficial de este país. Y que, a pesar de sus imperfecciones, sea el vehículo de comunicación del mundo entero. Así y todo, yo seguía sin entender lo de la carta del Señor Anónimo, por lo que llamé a Obdulio para que me explicara. La respuesta de mi amigo no pudo ser más rotunda. Digo, rotunda:
-¿Serás idiota? No te das cuenta que al tipo ese lo que le da urticaria no es el español, sino la gente que lo habla en este país?
-¿Tú crees que sea eso, Obdu?”, le pregunté.
-¡Claro, papa!”, me respondió. -Es parte de la campañita en contra de todo lo que huela a inmigrante.
-Pero Obdu, éste es un país de inmigrantes. Es una de las cosas que lo hace único, especial. Además, todas las oleadas de inmigrantes hablan su lengua materna cuando llegan aquí, aunque se maten por aprender inglés. Siempre ha sido y será así.
-Sí, pero a mucha gente se le olvida, chico.
-¿Entonces…?
-Para que el tipo no se sienta ofendido habrá que cambiarle el nombre a todo lo que suene español, empezando por estados y ciudades. Así, no habrá más Florida, ni Colorado, ni Los Angeles, ni San Francisco. A continuación eliminamos los nombres de las comidas: no más tacos, ni paella, ni enchiladas. Y por último, borramos el resto de las palabras hispanas que usamos normalmente en inglés: se acabaron las fiestas, los patios y los rodeos. ¡Y resuelto el problema!
-Obdu, me parece que eso va a ser difícil…
-Difícil no. ¡Imposible, papa! Pero es la única forma de hacerle entender a los trogloditas estos que hay cosas que son inevitables. Si el español le da picazón al señor de la carta, ¡que tome benadrilina y se unte caladril, chico! Porque va a tener urticaria pa rato.
No sé qué pensarán ustedes, pero, después que me lo explicó con tanta claridad, concuerdo plenamente con Obdulio










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