Una amiga me cuenta que cuando se siente muy abrumada por la cotidianidad se va a la Habana Vieja. Toma su bolso y enfila el rumbo hacia algunas de esas calles restauradas que le recuerdan a Barcelona, donde tiene dos hijos que emigraron hace una década. “Me quedó mirando los campanarios y los palacetes para creer que ya no estoy aquí”, aclara un poco melancólica. Pero inmediatamente me apunta con una risa: “¿Tú no te has fijado que hasta los vendedores callejeros de la zona dicen ‘pop corn’ en lugar de rositas de maíz y pregonan ‘news’ y no periódicos?”. Muchos habaneros como ella han encontrado en esos nuevos sitios reconstruidos un espacio para pasear, llevar a sus hijos, sentarse bajo la sombra de una buganvilia. Lo que hace unas décadas era un barrio en ruinas, hoy ya tiene verdaderas islas de comodidad y belleza, aunque alrededor miles de vecinos todavía carguen el agua a cubos o vivan entre las maderas que apuntalan su techo.
Anteayer, fui a esa otra ciudad coqueta y turística de iglesias por todas partes y adoquines en el suelo. Me quedé un par de horas dentro de uno de sus sitios más distinguidos: la basílica menor del convento de San Francisco. Sala abovedada donde los instrumentos musicales suenan como si estuvieran dentro de nuestras propias cabezas. El lugar repleto y a las seis en punto empezó a sonar Bach con su concierto en Mi Mayor para violín y orquesta. Después, los hábiles músicos de la Orquesta de Cámara de La Habana interpretaron a Mozart y para terminar la Sinfonía simple de Benjamin Britten. Lo mejor de la tarde fue la presencia del violinista Evelio Tieles, quien ha llegado cargado de energía justamente desde esa Tarragona donde radica y crea.
Cuando retorné de aquel viaje a otra dimensión, mi edificio modelo yugoslavo me pareció más feo y gris. La gritería de la gente en los balcones sonaba desafinada y en lugar de torreones del siglo dieciocho saltaba a la vista el enorme tanque de agua fundido en concreto. Subí al ascensor tratando de preservar las últimas notas del contrabajo y del chelo, la batuta brillante del director de orquesta. Me acordé de mi amiga escapista nada más se abrió la puerta del piso 13 “¡Huevos, huevooooos!” gritaba una vendedora ilegal y tuve la convicción de haber regresado, de estar de vuelta a mi otra Habana, tan dura, tan real, tan sofocante.
No voy a dormir, mejor me quedo en vela, espero que el teléfono suene, aguardo a que al otro lado me digan que es Radio Nacional de España y que en unos minutos estaré al aire. Me asomo al balcón para espabilarme y a esa hora veo una ciudad de lucecitas, sombras y silencio. Un buzo hurga en el latón de la esquina y los gatos se disputan con él alguna lata, los restos de una comida. La refinería Ñico López lanza su llama sobre nosotros y un carro de policía pasa de ronda. Ni siquiera la avenida de Rancho Boyeros ha despertado aún y las pocas luminarias de la Plaza de la Revolución hacen que la torre se vea como una silueta rara y agujerada. Son casi las 4 y 30 de la mañana, pronto la distancia entre Madrid, Ciudad Juárez y La Habana me parecerá muy corta.
Cada lunes comparto historias, aprensiones y sueños con Judith Torrea y Juan Ramón Lucas en el programa radial “En días como hoy”. Hablamos como si estuviéramos en la sala de una casa, sin sorbito de café, pero con mucha familiaridad. Intentamos abordar algún tema desde las diferentes ópticas que provoca el vivir en México, en el Caribe o en la Península. Judith tiene una voz dulce, pero sus anécdotas hablan de periodistas asesinados, gente muerta a balazos en las calles, mujeres desaparecidas. Esta periodista española, radicada en Juaritos desde hace varios años, tiene un blog donde denuncia la descontrolada violencia en esa zona fronteriza con Estados Unidos, se arriesga cada día a ser silenciada de la peor manera.
Juanra, por su parte, lanza preguntas e hilvana un diálogo desde los contrastes. Es un anfitrión paciente, sabe lo que dice y lo dice bien. Y yo desde aquí, desde mi madrugada real y figurada, trato de contarles lo que ha ocurrido en la última semana en esta Isla. Algunos hechos les suenan surrealistas, como si les narrara algo remoto, pasado, de un tiempo que ninguno de ellos puede comprender ya. A veces también nos reímos, aventuramos algún pronóstico optimista antes de despedirnos. Para cuando termina nuestra charla, en España ya son más de las 10:40 de la mañana, pero Judith y yo seguimos bajo penumbras. Cuelgo el teléfono, vuelvo a distinguir la llamita roja de la refinería y miró hacia el latón de la esquina, a ver si finalmente el buzo compartió su bocado con los gatos.
Un curioso pasó por la esquina de Infanta y Manglar el viernes 9 de septiembre, se quedó un rato mirando el despliegue policial frente al templo evangélico Pentecostal, la calle cerrada, los vecinos murmurando. Después de unos minutos, tomó el móvil y envió un mensaje con la noticia a toda su agenda telefónica. En el interior de varios bolsillos, sobre las mesas de ciertas casas, en la cartera de algunas mujeres, el tono que anunciaba la llegada de un sms comenzó a sonar. La “bomba” informativa había estallado. Unido a los rumores, la telefonía celular es hoy en Cuba un camino veloz de difusión de sucesos que la prensa oficial silencia. Veinticuatro horas después de acordonar la cuadra de la iglesia, donde el pastor Braulio Herrera y algunos de sus fieles hacen un retiro, La Habana cuchicheaba ya los pormenores, daba forma a los chismes, se regodeaba en los detalles.
Más allá de las cuestiones éticas y teológicas que plantea este “encierro” voluntario de algunos fieles junto a su pastor, impresiona comprobar cuán eficientes resultan ya los mecanismo alternativos que han ayudado a arrojar luz sobre el hecho. Incluso es posible percibir el derrotero de la información, los pasos que esta sigue para abrirse camino: un ciudadano común, un “advenedizo” sin acreditación periodística, se encuentra en el lugar cuando acontece algo. Toma el artilugio de teclas y pantalla que lleva encima y le cuenta a sus conocidos. Quizás entre sus amistades haya algún twittero inquieto de dedos ágiles, que subirá la historia a Internet en trozos de 140 caracteres. Mientras, en el ciberespacio los lectores especulan y preguntan por las particularidades, el lugar del suceso comienza a llenarse cada vez con más gente. Aparece alguna que otra cámara; la foto de los policías bloqueando el tráfico viaja por MMS* hasta la web y a cada minuto gana mayor interés la etiqueta #infantaymanglar.
Para cuando las agencias de prensa extranjeras se percatan de que algo ocurre, los periodistas independientes y los bloggers ya lo han narrado de varias maneras. Entre una cosa y otra, ciertos “vecinos del lugar”, con trazas de policías vestidos de civil, echan a rodar apocalípticos rumores para que la opinión pública vaya en contra del pastor. Dirán que piensa volar la iglesia en pedazos, que está exigiendo un avión para salir del país o que espera –allá adentro– el fin del mundo que vendrá con un tsunami. Hasta ese punto la prensa nacional guarda silencio, aunque no podrá aguantar la presión de una ciudad donde todos hablan de lo mismo. El itinerario se completa cuando un locutor de rostro ceñudo lee una nota oficial en el horario más estelar de la noche, ante un público que lleva días preguntándose si también esta vez le esconderán la realidad. Han transcurrido más de 72 horas desde que aquel individuo sin diploma periodístico, pero con atrevimiento, tecleo la noticia en un pequeño móvil que sacó de su bolsillo.
* MMS: siglas de Multimedia Messaging System, Se refiere a los mensajes con foto, audio, video u otro material multimedia que se puede enviar vía teléfono móvil. En Cuba, a pesar que de que dicho servicio funciona de manera muy accidentada, se ha constituido en un camino para publicar en Internet ficheros de pequeño formato (máximo 260kb). Varios bloggers y twitteros lo usamos para suplir la ausencia de una conexión al ciberespacio, pues permite mandar archivos a otro móvil o a un correo electrónico. Los detalles para activar y usar el MMS en un celular de Cubacel, los pueden leer aquí.
De vez en cuando lo invitan a algún programa humorístico de la televisión, pero no vive de eso. Prefiere que lo contraten en uno de los exclusivos restaurantes que han comenzado a brotar por toda La Habana. Salario en pesos convertibles, un plato de comida y la libertad de reírse de todo lo que quiera, están garantizados en esos espacios por cuenta propia. Con el micrófono en la mano y ante un selecto público de gente pudiente, hace aquellos chistes prohibidos frente a las cámaras nacionales, se burla de lo que nunca le permitirían en un estudio del ICRT. Arremete desde el sarcasmo contra las regulaciones migratorias internas y comenta –con sorna– que ha hecho “tres intentos de entrada ilegal a la Capital”.
A medida que la noche avanza, los tragos van y vienen y su lengua se hace más afilada, más mordaz. Empiezan los chistes políticos, velados pero a la vez directos, donde a veces su mano hace bajo el mentón la seña de una barba. Luego, lanza un largo monólogo sobre la pobreza de su pueblito oriental, aclarando que su mamá se quiere mudar a la ciudad “para poder recibir más huevos por el racionamiento”. Parece otro, distinto a aquel que apenas se ríe de su propio físico en la tele nacional. Entre las mesas y con la anuencia de los dueños del local, se burla también del jefe de policía que en cualquier batey pequeño hace las veces de cacique con todos los poderes. Después deriva en la extensa –y grosera– colección de chistes de sexo, racistas y homofóbicos, sin esconder palabras, con la misma crudeza que se escuchan en las calles.
Los clientes abandonan el lugar preguntándose si realmente será el mismo humorista que han visto en el horario estelar de la TV. Aquel les resulta chistoso, pero éste que acaban de descubrir bajo el amparo de una paladar, es irresistiblemente cómico, visiblemente libre. Para cuando vuelvan a verlo en algún programa de Cubavisión o Telerebelde, notarán que de su amplio repertorio sólo queda la parte menos incómoda, una parcela cuidadosa y censurada de su risa.
Reina, nuestra calle de balcones y arcadas, de pizzas a cinco pesos y aguas albañales que corren por las aceras. Avenida de trapicheo y cuentapropismo, con sus vendedores furtivos anunciando colchones a las afueras de las tiendas y una iglesia gótica que señala hacia el cielo. Por Reina corretean los niños que van a la escuela en las mañanas, estiran sus manos los mendigos junto a alguna imagen de San Lázaro y las prostitutas atraen a sus clientes durante las noches. En sus portales hay espacio para todo, lo hermoso y lo podrido, lo pasado y este presente a medias que no acaba de cuajar, la sonrisa y la mueca.
Ayer, el tráfico ruidoso de Reina se paró, los indigentes se levantaron del suelo y los kioscos de comida cerraron por un rato. Era día de peregrinación de la Virgen de la Caridad, cuyo culto arrasa ahora entre los cubanos después de décadas de ateismo forzoso. Agnósticos y curiosos, devotos y policías políticos, acompañaron al cortejo de una imagen pequeña acicalada con su manto dorado. Muchos iban con velas, muñecas vestidas de Oshún, girasoles, pañuelos y ropa de color amarillo. Por convicción, había miles y por fisgonear otros tantos que se unieron a la procesión. En un país donde no está permitido tomar las calles de forma pacífica para protestar, los 8 de septiembre en La Habana atraen tanto a feligreses como a inconformes.
Justo en el momento en que la “reina” iba a entrar en la calle Reina, alguien sacó un cartel con la palabra “Libertad”. Fue un segundo, pero suficiente para vivir un anticipo –una biopsia adelantada– del horror. La gente corriendo, los gendarmes vestidos de civil lanzándose sobre las manos que sujetaban aquel papel y el rostro desencajado del sacerdote temiendo lo peor. Por un instante, la imagen se tambaleó entre los pétalos de atrezo donde la habían colocado. Y después vino la calma, el miedo, los rezos bajitos. Un viejita decía casi en un lamento “no politicen la procesión, que no van a dejar salir a Cachita el próximo año”. Señora –quise decirle, pero me callé– si ella es como dicen la Virgen de todos los cubanos, nos aceptará también revoltosos y tranquilos, apáticos o contestatarios, orando bajito o gritando nuestro malestar.
La mía estaba pintada de azul, con una agarradera metálica y bisagras reforzadas para evitar que me robaran. Era una maleta de madera que me acompañó a varios campamentos agrícolas y finalmente la abandoné, ya rota, en un albergue de Alquízar. Creí que nunca más volvería a usar un objeto así, sobre todo después de que se anunciara el fin de los preuniversitarios en el campo. Parecía que la baja productividad y los altos riesgos habían hecho desistir a las autoridades cubanas de seguir llevando estudiantes adolescentes a trabajar en la agricultura. Pero el espectro de aquel equipaje claveteado y pesado ha vuelto por estos días a confirmarme que los tiempos no cambian tanto en esta Isla.
Con el inicio del curso escolar, la escuela de mi hijo se llenó de alumnos vestidos con sus uniformes azules. Abrazos de reencuentro, risas, matutinos con consignas del tipo “¡Larga vida a Fidel y a Raúl! y varias trasformaciones docentes. Entre las más halagüeñas se encuentra la reducción del tiempo de las llamadas tele-clases, método educativo que intentaba sustituir al profesor por una pantalla, un aparato de video y un control remoto. El fracaso de los maestros emergentes también ha sido reconocido después de años de quejas y tristes incidentes. El pragmatismo se impone, según declara el Ministerio de Educación. “Basta de improvisaciones”, advierten algunos. Con tantos llamados a eliminar lo infuncional, fue una sorpresa escuchar que los estudiantes de 11no se irán en apenas una semana a “la escuela al campo”.
Mi hijo está feliz, no lo niego. Imagina dos semanas de diversión, tomando agua de los ríos, correteando por los surcos de pequeñas plantitas y merodeando por alrededor del albergue de las muchachas. Sin embargo, desde el punto de vista de la rentabilidad, la estancia de esos estudiantes en un campamento agrícola será una pérdida económica para el país. Por experiencia propia, sé que, en lugar de fomentar la responsabilidad laboral, estos experimentos de estudio-trabajo terminan acrecentando la simulación al estilo de “agáchate, ahí viene el profe, para que crea que estamos desyerbando”. También hay cierta preocupación con posibles brotes de violencia entre los albergados; de ahí que el subdirector de la escuela advirtiera que no se pueden llevar objetos perforo-cortantes, ni siquiera un abrelatas. Antes del viernes, han aclarado, los padres deben entregar el equipaje con las pertenencias que sus hijos llevarán.
¡Y yo que boté mi vieja maleta de madera! ¡Y yo que creí que tanto absurdo había terminado!
Algo del aburrimiento de aquel 1983 se rompió con la visita de Oscar D´León y su presentación en el anfiteatro de Varadero. En medio del tedio, llegó a la Isla el Diablo de la Salsa, a descubrirnos con su voz a nuestros propios clásicos del son. Amén del grito de ¡siguaraya! que lanzó rememorando a la prohibida Celia Cruz, lo que más trascendió de su visita fue aquel pedido de “Dame cable” que repetía una y otra vez durante sus conciertos. Halaba el micrófono mientras le exigía al técnico de sonido “Dame cable, dame cable” para zambullirse en las multitudes que bailaban arrebatadas con su música. Al irse, nos dejó aquella frase que se convirtió en una metáfora para exigir libertad. “Dame cable”, decían los jovencitos cuando los padres les reclamaban que se cortaran las melenas o zafaran los apretados pantalones. “Dame cable”, le requería el vendedor ilegal al policía cuando éste le confiscaba la mercancía. “Dame cable”, pedía el marido, acosado por los celos, a la mujer que le revisaba los bolsillos.
La expresión se durmió en algún recoveco de mi mente y la he vuelto a rescatar con la “aparición en escena” del cable de fibra óptica entre Venezuela y Cuba. Prometido desde 2008, sólo llegó a nuestras costas el pasado febrero y después cayó en un mutismo demasiado sospechoso para una obra que ya ha costado más de 70 millones de dólares. En un principio se anunció que multiplicaría por tres mil las transmisiones de datos, pero ahora –vaya absurdo– se aclara que no se prevé con él un acceso masivo de los nacionales a Internet. Después de acumular varios escándalos por corrupción, dos viceministros bajo investigación y una orientación a los periodistas oficiales para que no hablen sobre sus pormenores, el polémico tendido ya forma parte de las leyendas urbanas. Algunos dicen que lo han visto, que lo han tocado y que ya está dando servicio para unos pocos. Otros aseguran que es sólo una cortina de humo para aplacar la inconformidad de los desconectados internautas del patio.
Lo cierto es que ni un solo kilobyte transportado por sus modernas fibras ha llegado todavía a nuestras computadoras. Los precios para zambullirse en la web desde un hotel siguen siendo prohibitivos y la conexión en ellos sufre de una lentitud que ronda con la estafa. Junto a eso, la acometida contra las redes sociales -como Facebook y Google- se ha recrudecido en los centros laborales estatales. En un acto desesperado para hacernos creer que realmente existe ese fantasmagórico cordón umbilical entre Santiago de Cuba y La Güaira, el viceministro Boris Moreno aseveró hace unos días que en los próximos meses estará funcionando. Pero muchos nos sentimos como aquel cantante venezolano que intentaba llegar a su público cubano a pesar de los controles del “técnico de sonido”. ¡Dame cable! pedimos y halamos, ¡dame cable! pensamos… como en aquella vieja metáfora de libertad.
Hay días para la separación y otros para la confluencia. Momentos en que parece que la estrategia de enfrentarnos funciona, pero también minutos en que logramos saltarnos los reducidos límites en que quieren encerrarnos. Anoche fue precisamente uno de esos instantes de tanteo, de identificación y de correspondencia. En Estado de SATS nos encontramos gente de muy variadas tendencias, como los integrantes de Omni Zona Franca, el líder del grupo Puños arriba y los organizadores del Festival Rotilla, recientemente secuestrado por las instituciones oficiales. Allí hablaron en un local repleto, en medio de un calor al peor estilo de agosto y con mucha necesidad de entender por qué la censura se ha cebado sobre ellos. Creo que ayer algún sesudo de la Seguridad del Estado debe haber perdido su trabajo. Porque entre abrazos, preguntas, tragos de té, se echaron atrás meses y meses de sembrar profesionalmente- las intrigas para enfrentar y descalificar a esos actores de la sociedad civil.
El método es sencillo y nada nuevo. Llaman a alguien y le dicen que no le conviene hablar con otro, enviarle un simple sms, responderle un saludo. Para justificar la distancia, le aclaran que aquel músico de hip hop, este blogger o ese productor musical son de la CIA o han sido entrenados por el Pentágono. No hay que creerlo, sólo basta que la intimidación y el miedo calen lo suficiente y pocos se acercarán al estigmatizado. Para sostener tal rivalidad resulta imprescindible mantener alejadas a ambas partes, no vaya a ser que se encuentren y descubran oh, sorpresa!- que ninguno de los dos tiene tentáculos, suásticas pintadas en la ropa o un arma saliéndosele desde el bolsillo. Mantener distantes los “compartimentos estancos”, se ha erigido durante demasiado tiempo como una estrategia vital para el control.
Por eso disfruté tanto el abrazo de Luis Eligio, el beso sonoro de Raudel de Eskuadrón patriota, el saludo afectuoso de los integrantes de Matraka y de Talento Cubano. Los escuché también como quien oye una historia conocida: el largo padecimiento de la satanización que he vivido en carne propia. Cuando dieron la palabra al público, les pregunté si tenían consciencia de que habían sido lanzados al saco de los inconformes y que a partir de ahora cualquiera cosa podía ocurrirles. Alguien me respondió que ya éramos tantos dentro de ese saco, que ahora el problema lo tenían quienes se habían quedado afuera. Me fui a casa feliz, al comprobar cuán poco efectivas resultan ya las maquinaciones de la policía política, cuán difícil les está resultando mantener alejados esos compartimentos estancos.
Hace poco miré junto a una amiga española un documental de Elías Andrés y Victoria Prego sobre el tránsito a la democracia en esa nación europea. Eran trece episodios cargados de detalles que abarcaban el período de 1973 a 1977, entre la agonía de un caudillo y el nacimiento de una sociedad plural. A través de imágenes o de la voz de actores políticos importantes de ese proceso, se analizaban la Ley para la Reforma Política, la muerte del general Franco, la coronación de Juan Carlos I y la legalización del Partido Comunista. Mi amiga, que ya supera los cincuenta, no se levantó ni una sola vez de la silla durante las horas que duraron todos aquellos capítulos. Al terminar, me dijo una frase que me da fuerzas por estos días: “Yo estaba ahí, en muchos de esos momentos y sitios, pero mientras los vivía no sabía que era la transición”.
Creo que lo mismo nos está ocurriendo a los cubanos. Estamos en transición, algo parece a punto de romperse irremediablemente en esta Isla, pero no nos damos cuenta, hundidos en la cotidianidad y en los problemas. Después vendrán los documentalistas y en treinta minutos querrán narrar lo que a nosotros nos ha llevado décadas. Los analistas crearán sus líneas temporales, donde colocarán sucesos que han pasado a nuestro lado y que algún día serán historia. Los cubanólogos, por su parte, dirán que los indicios de la caída ya se veían venir y elegirán alguna fecha en el almanaque para marcar el final. Los cineastas se darán gusto reconstruyendo el “día cero” y hasta los pequeñines asegurarán que sí se acuerdan, que ellos también guardan recuerdos de aquellos tiempos.
Pero el cambio principal no será la muerte en cama de un anciano que cada vez les importa menos a los cubanos, ni la legalización de alguna otra fuerza política para competir con el vetusto PCC. La transformación sustancial, hace ya mucho rato que ha empezado a ocurrir en el interior de nuestras mentes. Una metamorfosis lenta, tímida, con mucho miedo, pero evolución al fin. Un irreversible proceso donde estamos dejando atrás algo que por momentos nos pareció eterno. Ya nos sentaremos frente a la tele a ver el documental sobre estos años, los nietos nos harán preguntas y las reflexiones a posteriori aflorarán. Muchos descubrirán, sólo en ese momento, aquellos hechos de trascendental importancia que por ahora la prensa oficial silencia totalmente. Pero habrá otros que apuntarán con orgullo: “Yo estaba allí, yo lo viví, y en el estómago ya sentía el vértigo de la transición”.
El niño le halaba la saya pidiendo un caramelo mientras el custodio le exigía el vale de la caja registradora y alguien preguntaba con insistencia el último para el guardabolso. En medio de toda esa locura, cometió el error de no revisar el vuelto de la compra, un poco más de 6 CUC que debían durarle hasta finales de mes. Cuando llegó a su casa, descubrió que –disimulada entre las monedas– había una con el rostro de Che Guevara, quien desde su mirada mayestática intentaba hacerse pasar por un peso convertible. La señora regresó corriendo para encarar a la vendedora, pero nadie le hizo caso. La habían timado con uno de los trucos más usados en las tiendas en divisas: darle una simple moneda de tres pesos cubanos en lugar de un reluciente CUC, con ocho veces más valor. Tuvo el impulso de tirar aquella minucia monetaria por la ventana, pero el marido le recomendó que se la vendiera a algún turista para sacarle el resto del dinero perdido.
La vida da esas volteretas impredecibles. El rostro de quien fuera presidente del Banco Central (1960) nos mira ahora desde una moneda que se utiliza mayoritariamente como souvenir o como objeto de engaño. Aquel hombre que tuvo la irreverencia –otros dirán que el irrespeto– de firmar los billetes nacionales con su breve apodo de “Che”, ha quedado encerrado en un círculo de metal de dudosa cuantía; atrapado en esa dualidad monetaria que jamás imaginó se cerniría sobre el quimérico “hombre nuevo” de sus discursos. Alrededor de los hoteles se ve ahora a los viejitos, de pensiones paupérrimas, mostrar a los extranjeros la “mercancía” de esos tres pesos relucientes con un guerrillero de boina y chaqueta. Mientras tanto, la mano sagaz de una cajera intenta colarlos en el cambio al cliente, aprovechando la distracción de algún comprador atolondrado entre el hijo que le pide un caramelo y el portero que le revisa la bolsa.
foto tomada de: http://www.elmundo.es
Temo mucho la respuesta de un jamás.
Pablo Milanés
La última vez que fui a un concierto de Pablo Milanés no pude tararear ni una sola de sus canciones. En medio de la Tribuna antimperialista, varios amigos desplegamos una tela con el nombre de Gorki para exigir la excarcelación –en agosto de 2008– de ese músico de punk rock procesado por “peligrosidad pre delictiva”. La sábana pintada duró breves segundos en el aire antes de que una turba bien entrenada nos cayera encima. Al otro día, me dolía todo el cuerpo y sentía una molestia especial hacia el autor de Yolanda, pues lo imaginaba testigo pasivo de lo ocurrido. Sin embargo, me equivocaba. Después, supe que gracias a su mediación no habíamos dormido aquella noche en un calabozo y que también había intercedido para que Gorki volviera a las calles.
El próximo 27 de agosto, Pablo Milanés tiene programado un concierto en la ciudad de Miami. Evento que ha avivado la irritación entre quienes lo consideran un “juglar del castrismo”. Pero ni los más encendidos críticos deben olvidar que su propia vida ha sido –como la de tantos cubanos– una secuencia de golpes propinados por la intolerancia: la reclusión en la UMAP, las incomprensiones en los inicios de la Nueva Trova y el cierre de la fundación que llevaba su nombre. Deben reconocer también que Pablo Milanés tuvo la valentía de negarse a firmar aquella carta donde innumerables intelectuales y artistas apoyaron las medidas represivas tomadas por el gobierno de la Isla en 2003, entre ellas el fusilamiento de tres jóvenes que habían secuestrado una embarcación para emigrar.
Pablo, el gordo Pablo, que en los ochenta se escuchaba en cualquier punto del dial donde sintonizáramos el radio, evolucionó como lo hicimos muchos de nosotros. Sus discrepancias se han hecho oír desde hace varios años y su rostro ya no está presente en esos actos –profundamente politizados– con que las autoridades intentan demostrar que “los artistas están al lado de la Revolución”. Intuyo también que le gustaría compartir escenario en La Habana con esas voces exiliadas a las que todavía no se les permite presentarse en su propio país. El trovador que se propone cantar en pocos días en La Florida es un hombre que ha crecido y madurado artística y cívicamente, consciente además de la necesidad de que ambas orillas de nuestra nacionalidad se reencuentren. De manera que recibir con gritos e insultos a Pablo Milanés puede ocasionar que se retarde el necesario abrazo entre los cubanos de aquí y de allá… pero no va a impedirlo.
[La fotografía anterior que acompañaba este post fue retirada por exigencia de su autor]
“En la Piragua apuñalaron a tres muchachos la otra noche”; “no pases por Zapata y G, que están asaltando”; “un ex policía mató a un menor de edad por robarle unos mamoncillos”; “a Centro Habana, ni se te ocurra entrar después de las diez”. Éstas son algunas de la frases que componen nuestra propia y alternativa crónica roja, parte del flujo informativo sobre la violencia que los medios oficiales no reflejan. Hay una crispación latente que no estalla en una protesta frente a la Plaza de la Revolución ni en una acampada ante el Consejo de Estado, sino que se canaliza en el punzón que entra en la piel durante los carnavales y en la cabilla que se hunde en el hombro en una bronca tumultuaria. Esta irritación permanente –imputable no sólo al calor– hace saltar las navajas en los sitios más impredecibles y hasta levantar los puños a los chiquitines que deberían estar jugando pacíficamente. Un estado de encono que los turistas apenas si notan, rodeados de las fingidas sonrisas de los que quieren alguna propina.
Hace unos días, dos mujeres se tironeaban de los cabellos por subir a un taxi colectivo, un inspector de ómnibus esperaba con un palo a un usuario que se había quejado de su gestión, una madre abofeteaba a su hijo porque se ensució de helado la camisa y un cederista santiaguero golpeaba a un opositor hasta partirle la mandíbula. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué esta furia que se vuelca contra el otro? ¿Por qué este silencio institucional alrededor de hechos ya inherentes a nuestra cotidianidad? Recuerdo haber estado un par de horas en una estación de policía y sorprenderme de la cantidad de extranjeros que vinieron a denunciar un robo con fuerza. Unos tras otros llegaban y el oficial de guardia se ponía las manos en la cabeza. “Esto es demasiado”, le oí decir.
¿Creen acaso las autoridades de nuestro país que por no mencionar esos riesgos van a hacer que desaparezcan? ¿Pensarán acaso que la inexistencia de un reporte sobre la violencia que azota la ciudad provocará que esta disminuya? Estoy harta de encender la tele y ver solamente los incidentes que ocurren en las calles de New York o de Berlín. Tengo un hijo de 16 años y quiero saber a los peligros que se enfrenta al cruzar el umbral de nuestra puerta. Basta ya de falsear las estadísticas, manipular los certificados de lesiones, ocultar los resultados de la rabia. Somos una sociedad donde el golpe y el grito han sustituido a la palabra. Confesémoslo y empecemos a buscar soluciones para eso.
Se nos adelantaron los Países Bajos, Bélgica, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal, Islandia, Argentina y hasta la mismísima España de alpargata y pandereta que nuestros abuelos nos describían como timorata y chapada a la antigua. El matrimonio gay se constituyó en una realidad también en varias jurisdicciones de Estados Unidos y en México D.F, de donde llegaban aquellos filmes de charros con sombrero ancho y pistola al cinto. En apenas unas décadas, la modernidad nos ha pasado corriendo por delante –sin un solo pelo en la cabeza para agarrarla– y nos ha encontrado con demasiados prejuicios, con demasiada ranciedad. ¿Cómo fue que los cubanos nos volvimos pacatos y anticuados? ¿Por qué motivos –o intenciones– nos quedamos fuera del siglo veintiuno?
Al “daño antropológico” de ser una sociedad apenas conectada a las nuevas redes de comunicación, de poseer una pobre cultura política y una inexperiencia casi infantil en cuestiones de expresión ciudadana, hay que agregarle la poca evolución en aceptar las diferencias que hemos tenido en los últimos cincuenta años. Pero siempre existen individuos que obligan a que una nación apriete el paso, se suba las enaguas y corra para treparse al tren de la historia. En este caso se llaman Wendy e Ignacio, quienes no se conformaron con la lentitud de la Asamblea Nacional para evaluar la legalización de los matrimonios de un mismo género. Ella, de ida y de vuelta de todas las discriminaciones; él, acosado por la homofobia y por la intolerancia ideológica. Wendy, logrando una cirugía de adecuación genital a través del CENESEX; Ignacio, provocando con sus ideas políticas que Mariela Castro despidiera a su prometida del trabajo, de una institución que dice velar por la aceptación de la pluralidad.
Aunque lo que ocurrirá el próximo sábado 13 de agosto no se considera legalmente una “boda gay”, no obstante es lo más cerca que hemos podido llegar. Wendy tiene un carnet de identidad con un nombre femenino, pero a los burócratas les costará entender por qué su certificación de nacimiento dice “varón”. Firmarán ambos sobre un acta –ante notario– y saldrán de ese Palacio de Matrimonios como marido y mujer. Volverán a su casita del municipio Playa conscientes de que han sentado un precedente importante, que nos han dado una lección, un corrientazo, un acelerón. Y quienes presenciemos esa unión legal, especialmente esta servidora que hará las veces de madrina, tendremos el deber de agradecerle a Wendy e Ignacio. Pues por una tarde, por una breve tarde, han colocado a nuestro país en el tercer milenio, en el anhelado tiempo del “ahora”.
* La boda de Wendy e Ignacio será el próximo sábado 13 de agosto de 2011 a las 15:00 horas en el Palacio de matrimonio del barrio de la Víbora, en las Calles Maia Rodríguez y Patrocinio, teléfono +5376407004
Están invitados todos aquellos que quieran ir: amigos, conocidos, curiosos del barrio, estigmatizados y discriminados de todo tipo, paparazzis oficiales, fotógrafos por cuentapropia, bloggers, periodistas independientes, trabajadores del CENESEX –Mariela Castro incluida– prensa extranjera y nacional, homosexuales, gays, lesbianas, transexuales y heterosexuales. Tendrá las puertas abiertas también aquella gente que cree que ya es tiempo de que Cuba se abra a la modernidad y que la modernidad se abra a Cuba, incluso –¿por qué no?– quienes votarían, en un parlamento de verdad, en contra de este tipo de uniones. En fin, que sería una buena ocasión para que los tolerantes y los intolerantes, los policías políticos y sus perseguidos de cada día, los silenciosos y los que aplauden, los que se apegan a la letra del Evangelio o los que no tienen un credo, presencien este momento al que llegan Wendy e Ignacio después de superar innumerables obstáculos, entre ellos el de haber nacido en un país aferrado al pasado.
Imagen tomada del sitio Internet de Diana Nyad - http://diananyad.com/
Sentí un sacudida al saber que Diana Nyad haría un intento de cruzar a nado el Estrecho de La Florida. Evoqué los días de 1994 en que mi barrio de San Leopoldo era un hervidero de gente construyendo balsas improvisadas para lanzarse al mar. Recuerdo especialmente un grupo que partió durante aquel período en que las autoridades cubanas renunciaron a impedir las salidas ilegales. Una embarcación armada con trozos de madera, tanques plásticos que hacían las veces de flotadores, la imagen de la Virgen de La Caridad y una remendada bandera que ya no se sabía a cuál nación pertenecía. Pero lo más impactante resultaba que sobre aquella endeble balsa sólo iban viejos. Había una señora muy negra con una pamela de colores, un vestido de flores y una sonrisa, que le agradeció en español y en inglés a los muchachones que los ayudaron a zarpar. Nunca supe si aquella enclenque expedición llegó a su destino, si todos aquellos ancianos dispuestos a comenzar de nuevo habían tenido esa oportunidad.
Diecisiete años después, escucho la noticia de que una norteamericana quiere intentar el mismo camino, pero esta vez protegida por buzos, un par de kayaks y hasta un equipo médico. Su loable intención era resaltar la cercanía entre esta Isla del Caribe y el vecino del Norte, ayudar a conciliar ambas orillas. Pero el estrecho de La Florida es también parte de nuestro cementerio nacional, del camposanto revuelto donde descansan miles de compatriotas. La omisión, por parte de la deportista, de tan importante característica, no me gustó nada. Tampoco el hecho de que con su hazaña náutica se resaltara el veinte aniversario de un club exclusivista como la Marina Hemingway, donde todavía hoy un cubano no puede abordar una embarcación ni entrar –con la suya propia– a tan hermoso atracadero. Hubiera preferido que en las corrientes del Golfo nadara alguien que declarara conocer el dolor albergado en esas aguas y dedicara su gesto al “balsero desconocido” que murió en boca de tantos posibles tiburones.
Cuando hoy martes supe que después de 29 horas de esfuerzo la nadadora no había podido cumplir su objetivo, sentí confirmadas mis supersticiones. Hay ciertos espacios, pensé, que necesitan más que braceadas o récords deportivos para parecer menos tristes. La televisión oficial dijo escuetamente que “habían surgido obstáculos insalvables, entre ellos vientos de más de 20 kilómetros por hora”. Puedo imaginar a Diana luchando contra las olas, el sol ganando fuerza sobre su cabeza, un mar intensamente salado metiéndosele por la boca. Voy más allá y fantaseo con el inexplicable detalle de una pamela, de un colorido sombrero de mujer que pasó cerca de ella haciéndole creer que deliraba en medio del Estrecho de La Florida.
Mi teléfono móvil sonó justo cuando un militar de mirada severa me extendía las planillas para solicitar el permiso de salida. La casona de la calle 17 entre J y K se veía restaurada: nuevas ventanas de aluminio y cristal, la pintura retocada y una ampliación del número de sillas para la larga espera. Nada en aquella institución recién renovada indicaba ayer lunes que fueran a disminuir las restricciones de entrada y salida al país. Más bien parecía que la enorme industria sin chimeneas de las limitaciones migratorias –con considerables dividendos anuales en moneda convertible– seguiría en pie por largos años. Tomé la llamada con desgano, agobiada ante la burocracia que llevaba triturándome toda la mañana. Una voz casi metálica, pasada por los circuitos de Skype, me preguntó: “¿Supiste lo que dijo Raúl Castro?”.
Llegué a casa y escuché entonces el discurso del presidente cubano ante la Asamblea Nacional. Casi al final, anunció que se estaba “trabajando para instrumentar la actualización de la política migratoria vigente”. Sin embargo, en mis manos tengo ahora todas esas planillas para obtener la autorización de viaje y un pasaporte relleno de visas que no he podido usar. El jueves próximo debo llegar al evento BlogHer en San Diego, pero resulta impensable que las flexibilizaciones vayan tan rápido como para abordar ese avión a tiempo. Escuchando al nuevo Máximo Líder, evoqué a un amigo que decía medio en broma, medio en serio: “En Cuba ni las aperturas son tan abiertas ni los cierres tan cerrados”. En este caso, no puedo desprenderme del escepticismo que brota de mi experiencia personal, con 16 negativas de viaje en apenas 4 años.
La posibilidad de salir y entrar de nuestro propio país ha sido durante demasiado tiempo un elemento de coacción ideológica. Obtener esa tarjeta blanca que nos permite saltarnos la insularidad o la “habilitación” para entrar a territorio nacional, se ha condicionado a que seamos “políticamente correctos”. No creo, realmente, que el banderín vaya a levantarse a la misma altura para todos. Una lista de personas que no pueden salir quedará en alguna gaveta, una letra de tinta escarlata marcará a quienes no van a beneficiarse con esta reforma. No obstante, algo se mueve en la dirección acertada. Tengo al menos la esperanza de que cuando una mayor cantidad de cubanos logre viajar libremente, entonces se verá más bochornosa la inmovilidad forzada de otros.
¡Se acabó el chocolatín! gritaron mis dos amigos al abrirles la puerta aquella noche del 31 de julio de 2006. Aludían, con su improvisada consigna, al último plan impulsado por Fidel Castro de distribuirle una cuota de chocolate a cada cubano en el mercado racionado. Cuando tocaron el timbre, faltaban sólo dos horas para entrar al primer día de agosto y Carlos Valenciaga ya había leído en la televisión una inesperada proclama anunciando la enfermedad del Máximo Líder. Las luces del Consejo de Estado se veían extrañamente encendidas y un silencio anómalo se había instalado sobre la ciudad. Durante esa larga madrugada, nadie podría pegar un ojo en nuestra casa.
Cuando iban por el segundo vaso de ron, mis amigos comenzaron a contar cuántas veces habían proyectado aquel día, vaticinado aquella noticia. Él, trovador; ella, productora de televisión. Ambos nacieron y crecieron bajo el poder de un mismo presidente que había determinado hasta los más pequeños detalles de sus vidas. Yo los oía hablar y me sorprendía su desahogo, la catarata de deseos futuros que ahora afloraba. Quizás ellos se sentían más libres después de aquel anuncio. El tiempo les haría comprender que mientras nosotros chachareábamos sobre el porvenir, otros hacían que el paquete de la sucesión quedara atado y bien atado.
Cinco años después, el país ha sido transferido completamente por vía sanguínea. Raúl Castro ha recibido en herencia una nación, sus recursos, sus problemas y hasta sus habitantes. Todo lo que ha hecho en este último quinquenio brota del imperativo de no perder esa posesión familiar que le ha dejado su hermano. La lentitud de sus reformas, la tibieza y superficialidad de éstas, están marcadas en parte por sentirse beneficiario de un patrimonio que le ha sido encargado. ¿Y mis amigos?, se preguntarán ustedes. Pues se alejaron asustados cuando comprendieron que bajo el mandato del hermano menor la represión seguía y la penalización a la opinión estaba intacta. Nunca más volvieron a tocar mi puerta, ni a entrar a ese lugar donde en el 2006 llegaron gritando y creyendo que el mañana ya había comenzado.
Era muy temprano, las ojeras del locutor se veían como dos heridas oscuras y el sol todavía no castigaba demasiado en la plaza Máximo Gómez. Sobre asientos mullidos, un pequeño grupo presenció en vivo el acto por el 26 de julio en la provincia de Ciego de Ávila. Mientras, el resto de la plaza se sentaba en sillas plásticas o se quedaba simplemente de pie. Del lado de acá de la pantalla, los pocos televidentes despiertos a esa hora hacíamos un esfuerzo para no volver a dormirnos. El evento era tan aburrido y tan predecible en su estructura que por momentos parecía la retrasmisión de algún año anterior. Ni siquiera una brisa espontánea le movía el cabello a los asistentes. Hasta la mosca que se encaprichó en salir en cámara, sobre el rostro del orador principal, se veía irreal.
Pero la mayor monotonía vino con las palabras de José Ramón Machado Ventura. Una hora después de haberlas escuchado, era difícil recordar qué había dicho el más gris de todos los vicepresidentes, el más dogmático de los ortodoxos. Durante las programadas pausas del discurso, alguien gritaba una consigna que después repetía la multitud. Los aplausos también se escuchaban convenientemente administrados, sin exabruptos no autorizados, sin arranques. Una enorme credencial colgaba del cuello de quienes disfrutaban de una silla. Desmintiendo, con tanto exceso de papel y plástico, los llamados a la eficiencia y a poner fin a la burocracia que salían del podio.
En un momento que debió ser el final, aunque bien podía resultar sólo un receso en el guión, Raúl Castro se fue sin haber dirigido la palabra a la muchedumbre. Se levantó de su silla y se marchó, seguido bien de cerca por un leal guardaespaldas que tiene más protagonismo televisivo que algunos ministros. La plaza comenzó a vaciarse rápidamente, a la par que el locutor intentaba cerrar con ciertos lemas que una vez movieron pasiones. ¿Y esto es lo que queda? pensé con pena ajena ¿Con esta coreografía del agotamiento pretenden mover pasiones? Apagué la tele en mitad de una frase y volví a conciliar el sueño. Afuera, ya el sol estaba calentando balcones, secando charcos, revelando grietas.
In memoriam de Pedro Meurice Estiú
Arzobispo emérito de Santiago de Cuba
A Monseñor Pedro Meurice Estiú le decían “el león del Oriente” por su valor más que probado ante las arbitrariedades y los autoritarismos. Aquel 24 de enero de 1998, en la plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba, su semblante estaba serio, ensimismado. El Papa Juan Pablo II acababa de terminar la homilía y el Arzobispo de Santiago de Cuba iba a dirigirse a su rebaño y al Pastor que había venido a visitarlo. Antes de subir al estrado, Meurice habló con el sacerdote José Conrado Rodríguez Alegre y le dijo: “este león ya está viejo y con la melena despeluzada, pero rugirá”. Tomó el micrófono y cumplió su palabra.
Frente a los sorprendidos santiagueros allí congregados y para quienes veíamos la transmisión en directo por la televisión, la alocución de Meurice parecía interpretar nuestro pensamiento, brotar de nuestra propia boca. “Santo Padre… le presento a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología”. Y del lado de acá de las pantallas, muchos no parábamos de aplaudir, llorar, saltar, mirar la cara entre anonadada y molesta de Raúl Castro que estaba al pie de la tribuna. Nunca nadie le había dicho al ministro de las Fuerzas Armadas -en público y ante tantos testigos- verdades de esa naturaleza. Algunos escapaban asustados de aquella inmensa plazoleta, pero otros –los más audaces- coreaban la palabra “Libertad”.
“Este es un pueblo que tiene la riqueza de la alegría y la pobreza material que lo entristece y agobia, casi hasta no dejarlo ver más allá de la inmediata subsistencia”, seguía rugiendo el león. Y en nuestra aletargada conciencia cívica algo comenzaba a desperezarse. Meurice estaba de vuelta a sus años de mayor vitalidad y las espadas que surgen del suelo en aquella Plaza, nos echaban en cara la rebeldía perdida en algún recoveco de la historia. Por unos breves minutos, fuimos libres. La homilía terminó; el gesto adusto de nuestro actual presidente presagiaba regaños para el viejo león, pero el cayado de Juan Pablo II lo protegería.
Hoy, Pedro Meurice se nos ha ido con su hidalguía de felino guardián de la camada, dejándonos con la responsabilidad de presentarnos a nosotros mismos ante el mundo. ¿De qué manera nos vamos a describir ahora? ¿Quién va creernos que 13 años después no hemos podido aún “desmitificar los falsos mesianismos”? ¿Cómo explicar que el miedo nos ha llevado a la parálisis, a seguir esperando que sean otros los que rujan por nosotros?
Entrar al cine a ver películas para adultos, comprar una cerveza en algún bar o ser contratado como empleado son algunas evidencias de que se ha arribado a la mayoría de edad. Cuando se tiene catorce o quince años, cada día que pasa nos acerca a ese momento de la adultez legal que tanto ansiamos. Nos aproxima a una marca de tiempo de la cual nos pavoneamos frente a los amigos, mientras les recordamos a los padres que ya no somos tan pequeños, que ya no pueden tratarnos como niños. Pero son sensaciones bien distintas las de llegar uno mismo a los dieciséis y esa otra que nos embarga cuando nuestros hijos alcanzan la edad de la responsabilidad jurídica. Es justo ahí cuando nos damos cuenta de lo poco maduros que están física y mentalmente para cargar con tanto compromiso.
Hago esta reflexión porque mi hijo cumplirá la mayoría de edad el próximo agosto. Estará entonces listo –según la legalidad– para adquirir bebidas alcohólicas, ser reclutado por el servicio militar o ir a prisión. A partir de ese momento, ningún daño que él reciba será tratado por el código penal como hecho contra un menor de edad. Podría incluso ir a morir y a matar en algún conflicto bélico, opción nada descabellada en la Cuba actual. Todos los adolescentes que nacieron en el difícil 1995 traspasarán en este 2011 la barrera entre la infancia y la adultez. Y digo, sin excesos maternales, que son demasiado jóvenes, demasiado frágiles para encarar la carga de ser considerados mayores por una legalidad que no se corresponde con las normas internacionales.
Hace varias semanas, las Naciones Unidas pidieron a las autoridades cubanas que aumentaran la mayoría de edad a 18 años. Pero hay pocas esperanzas de que tal reclamo se lleve a vías de hecho. De lograrse, todas esas mujeres entre 16 y 17 años que están vendiendo su cuerpo a turistas pasarían a ser menores atrapadas en la prostitución infantil. Aplazar el fin de la niñez también le quitaría al gobierno un número alto de votantes –más fáciles de manipular- en los preparados comicios locales. Y, claro está, prolongaría temporalmente la ascendencia de los padres sobre los hijos, en detrimento de la del Estado sobre esos jóvenes ciudadanos.
Ahora que ya he cumplido más del doble de la edad necesaria para cambiar la tarjeta de menor por un carnet de identidad, me doy cuenta que me robaron un par de años; que una incorrecta legislación puso sobre mis hombros una responsabilidad que no tenía el discernimiento para asumir. En ese entonces, lo disfruté como si fuera una carta de libertad, pero hoy lo veo como la pérdida de una protección legal que me correspondía.
Eliseo Alberto Diego, para su amigos simplemente Lichi, conversa como si estuviera escribiendo, narra las historias más cotidianas como si hiciera literatura. Recuerdo algunas tardes en su casa del Vedado y él contándonos esas anécdotas que no podíamos precisar si eran totalmente inventadas o tenían algún miligramo de realidad. Porque a este grandulón de risa amplia le encanta narrar y narrar. Sus conocidos nos hemos convertido así en las “orejas” receptivas donde él ha probado la ficción que después llevaría a las páginas de sus libros. Nos erigimos, para nuestro infinito placer, en seres sobre los que testear y practicar –una y otra vez– su obra.
De ahí que cuando el gran fabulador de Lichi nos dijo que necesitaba un transplante de riñón, lo primero que pensamos es que se trataba de otro de sus trucos poéticos. Él ya era para ese entonces medio cubano y medio mexicano, medio poeta y medio novelista y ahora –sospechábamos– quería alardear de estar compuesto por la materia orgánica de varias personas. Parecía, vista con suspicacia, la más acabada de sus invenciones. Pero no, no hablaba de un personaje al estilo de los descritos en “Esther en alguna parte” o en “La eternidad por fin comienza un lunes”, sino de sí mismo. Su cuerpo estaba escribiendo, por él la más dramática de sus historias.
Recuerdo que mi esposo Reinaldo le ofreció uno de sus riñones, pero Lichi no quiso creerle o no se permitió dejar al amigo de tantas batallas sin uno de esos órganos. Anoche, nos llegó la noticia de que su cuerpo alberga ahora un fragmento de una adolescente mexicana que murió en un accidente. La solidaridad de una familia, la espera –a veces no tan paciente– del hijo del gran Eliseo y los deseos de sus amigos, se han combinado para empezar a darle un final feliz a esta aventura. Ahora, cuando nos vuelva a embelesar con sus cuentos, irremediablemente tendremos que creerle un poco más. Porque Lichi, el hábil cuentero de nuestras tardes habaneras, ha estado muy cerca de una experiencia que sólo él nos puede narrar.
A propósito de la nueva enmienda presentada en el congreso norteamericano para limitar viajes y envío de remesa a Cuba.
Vivíamos un oscuro 1992 y esta hija de maquinista sin tren había decidido no continuar el preuniversitario. Me levanté temprano y se lo dije a mi madre. Las manos en la cabeza, los gritos por la casa, el perro ladrando del susto. “No voy más, Mami, no voy más”, concluí categórica y me acosté de nuevo. Se me habían roto mis únicos zapatos, que había heredado de una amiga cuando estos ya tenían enormes huecos en las suelas. Con ellos aprendí a caminar rozando el piso para que no se notaran las roturas, pero poco podía hacer para esconderlas cuando llegaba la clase de Preparación Militar. Ahí debía tenderme boca abajo, arrastrarme por terrenos que –imaginariamente- estaban bajo el fuego enemigo. Y entonces caían sobre mí los proyectiles, no del imperialismo sino de las bromas, la chanza cruel de los que tenían un calzado mejor.
Durante varios días, mis padres me dieron todo tipo de argumentos para seguir. ¡Cómo vas a echar por la borda las altas calificaciones, el sacrificio del estudio, todo por ese “pequeño detalle”! me repetían… pero con 16 años yo estaba dispuesta a quedarme sin diploma antes que sufrir nuevamente el escarnio. La decisión estaba tomada. Mi madre bajó corriendo a casa de una vecina. Se pasó la noche marcando el número de unas tías de mi padre que vivían en esa otra orilla satanizada por la prensa oficial. Unas semanas después, llegó el paquete. Junto a cuadritos de sopa y un ungüento contra los dolores reumáticos, estaban unos flamantes tenis blancos. Regresé a mi aula de 11no grado al otro día.
Es cierto que la ayuda económica que llega desde afuera ha hecho que muchos cubanos se construyan una burbuja apática y apolítica, pero también ha permitido a otros sobrevivir y crecer. Sin ese auxilio que una vez alguien envió para mí desde La Florida, mi vida hubiera sido totalmente diferente. No hubiera terminado la enseñanza media superior, probablemente habría zarpado –sobre una puerta de madera- durante la crisis de los balseros o me habría hundido en el conformismo que da la falta de horizontes. Sin embargo logré, con ese apoyo, continuar. Al terminar la universidad todavía usaba aquellos zapatos salvadores.
Ahora mismo, miles de adolescentes, cuentapropistas, ancianos, estudiantes y bebés necesitan que el flujo entre las familias del exilio y de la Isla crezca, que no se interrumpa. En muchos hogares cubanos, la superación personal de miles de individuos depende de que ese puente se mantenga y su futuro como ciudadanos cuelga del brazo solidario tendido desde afuera.
Las noticias se viven varias veces en esta Isla. Primero se intuyen pero no se publican. Luego se anuncian lacónicamente en algún medio nacional y con posterioridad el eco de ellas alimenta –una y otra vez- la fantasía popular. Así ha ocurrido con la reciente información sobre flexibilizaciones en la compra y venta de casas. Desde meses –quizás años- daba vueltas el rumor de que una nueva ley de la vivienda estaba a punto de aprobarse, de que este absurdo inmobiliario no aguantaba más. Pero sólo cuando el Congreso del PCC lo incluyó en su lineamiento 297 fue que pudimos ponerle algo de certeza a tanto titubeo. Aunque tardía, la medida nos ha arrancado una exclamación de alivio, pero también ha destapado nuestras suspicacias.
Curiosamente, la mayoría de las personas a quienes le comento el tema me hacen una y otra vez la misma interrogante. ¿Se podrá vender la casa antes de irse del país? preguntan todos, como si el negocio inmobiliario fuera apenas un escalón para cumplir el extendido sueño de emigrar. Hasta el momento, alguien que parte definitivamente es despojado de sus propiedades. Sólo si bajo el mismo techo –y por diez años- habitaba con un familiar, éste último tenía la posibilidad de quedarse en la casa, pero pagando nuevamente a la Reforma Urbana el valor de la propiedad. Los desalojos forzados a quienes no cumplían esta regla pasaron a ser comunes en el paisaje de esta capital. Ahora, la gran adivinanza es si el dueño del inmueble tendrá la potestad de disponer de él en el mercado y usar ese dinero para radicarse en otra latitud. ¿Cuánto tiempo deberá transcurrir entre esa operación comercial y la salida del territorio nacional?
Nos han embaucado tanto, que la gente prefiere resguardarse en el escepticismo y creer que las nuevas medidas vendrán llenas también de restricciones. Me sorprendo optimista entre tanto recelo. Argumento a los que dudan que el gobierno está obligado a abrir, o la realidad se lo lleva por delante, pero ellos prefieren seguir sin ilusionarse. No obstante la desconfianza, muchos acarician la idea de ofrecer las paredes entre las que viven a cambio de un boleto y una visa que los saque de Cuba. Vender e irse, trasmutar un techo aquí por un alquiler allá, usar su pequeño patrimonio para escapar. Y todo eso antes que el banderín inmobiliario vuelva a caer, antes que sea dado el paso atrás.
Millones de personas intentaron descifrar –durante varios días- lo que ocurría en la sala hospitalaria donde reposa Hugo Chávez, pues más que la robustez de un individuo, se define allí parte del derrotero de esta Isla y de todo un proyecto regional que implica a varias naciones. Tal tema trasciende así la gravedad de un tumor, dolencia lamentable y triste en cualquier individuo, para convertirse en una verdadera conmoción política. La cirugía practicada no ha hurgado solamente en la carne del inquilino de Miraflores, sino que se muestra como una herida a través de la cual se puede ver la flaqueza de su obra. En Venezuela, ahora mismo, el ajedrez político se ha desplegado y hasta se analiza la variante de la sucesión. También en la Plaza de la Revolución habanera las cavilaciones son intensas.
Para el gobierno cubano, la existencia saludable de Hugo Chávez se ha erigido como garantía para llevar las reformas económicas al ritmo y a la velocidad que no le hagan perder el control. Los 100 mil barriles de petróleo que llegan diariamente desde el país sudamericano sostienen el proceso de “perfeccionamiento” del sistema que impulsa Raúl Castro y le está permitiendo ganar tiempo frente al descontento ciudadano y la presión internacional. De ahí que cuidar a Chávez es preservar su asiento presidencial; perderlo, podría apresurar su propia caída. En las últimas semanas, la jerarquía isleña ha sentido nuevamente el vértigo del abismo en el que nos hundimos con el desmembramiento de la Unión Soviética, e intuye que no podrá sobrevivir a la pérdida de otro aliado poderoso. La vitalidad del caudillo certifica también el futuro de ellos, la debilidad de éste los hace perder sostén apresuradamente.
Presenciamos también una auténtica lección de la inconsistencia de los personalismos que ojalá haga repensar a quienes calcan la verticalidad de la estructura chavista. Sin el incendiario ponente de foros internacionales, sin el líder que lanzaba sus ataques verbales casi semanales, de pronto la región parece más ensimismada, más centrada. Es como si en un coro plural se hubiera apagado súbitamente la voz del barítono que no dejaba escuchar el tono de los otros. No obstante, no hay que descontar que vuelvan los discursos bajo el sol, las largas peroratas para demostrar que está enteramente restablecido, las horas frente a la cámara de su Aló Presidente para que lo vean rozagante. Hugo Chávez querrá meterse nuevamente en el papel de figura invencible, pero algo ha ocurrido irremediablemente para él. Algo que no previeron ni los opositores, ni los asesores cubanos que lo rodean, ni los exégetas que amplifican sus ideas. Algo relacionado con la quebradiza composición del ser humano, con un pequeño detalle de su anatomía que se negó a seguir secundándolo en tan pomposas campañas.
El Paseo del Prado se extiende hoy entre el casco histórico repleto de turistas y esa otra parte de la ciudad superpoblada y disfuncional que es Centro Habana. Las esculturas de leones en cada esquina muestran la misma hidalguía de antaño, el viejo sueño de grandeza que acariciaba la nación a principios del siglo XX. Aunque el amplio parque vivió momentos de franco olvido –quizás por haber sido ideado y construido durante la república–, hace unos años el Prado tuvo un proceso de restauración que mejoró su arboleda y recuperó algunas farolas. Pero ni en los momentos de menor atención, sus felinos de bronce dejaron de ser referencia obligada para quienes venían desde provincia y querían llevar de vuelta una foto de su estancia en la capital. Tal vez por toda esta historia de fastuosidad y omisión, ha sido el lugar elegido para celebrar el día del orgullo gay en Cuba. Una comunidad relegada, atrapada por décadas entre el machismo de nuestra cultura y las políticas represivas del gobierno, quiere salir a la calle este 28 de junio a las 3 de la tarde. La convocatoria ha sido lanzada por un grupo alternativo que vela por los derechos de gay, lesbianas, bisexuales y transexuales.
Vale la pena reconocer que en los últimos años en Cuba se ha avanzado en el respeto a la diferencia de orientación sexual, pero de ahí a permitir que la comunidad LGBT se afilie de manera espontánea y se lance a las calles a festejar su diversidad va un largo tramo. Hasta ahora, las campañas para aceptar la pluralidad de elección amorosa han estado en manos de instituciones oficiales, sin dejar que sean los propios interesados quienes se representen a sí mismos. Esto se enmarca, claro está, en la extendida imposibilidad de asociarse libremente de la que padece toda nuestra sociedad.
En un gesto fiestero y alegre, los promotores de la celebración han difundido la invitación desde hace semanas. Haber elegido el Paseo del Prado como sitio para el encuentro los beneficia y protege, pues los turistas con sus inquietas cámaras, los niños curiosos que revoletean por todos lados y las parejitas incautas que se abrazan sentadas en los bancos serán testigos de esta parada de la diversidad. Y los leones ¡ay los leones! tendrán su minuto de gloria nuevamente, entre las banderas de colorines, las serpentinas y los apretones de mano. Las garras y las melenas fundidas con el bronce de una guerra pasada parecerán menos agresivas, con una dosis menor de testosterona, con una pizca más de vida.
Nueve de la mañana a las afueras del Combinado del Este, la mayor prisión de Cuba. Decenas de familias se agolpan para oír a una adusta militar que grita los apellidos de los presos. De inmediato, nos mandan a avanzar por un camino estrecho hacia la garita donde revisan los bolsos y pasan el detector de metales sobre nuestros cuerpos. Inspeccionan también los sacos de comida que durante semanas se han ido llenando de galletas, azúcar, refrescos instantáneos, cigarros y leche en polvo. Son el resultado del desvelo y del desprendimiento de los parientes que se privan de estos alimentos para donárselos a los reos.
Una mujer llora porque el guardia no le deja pasar los mangos maduros que trae para su hijo. En la cerca alrededor de la entrada la gente cuelga –sin ninguna protección– todo aquello que no le permiten entrar. Hay una bolsa con un teléfono móvil, una cartera de jovencita, un desodorante que el oficial dijo se podía convertir en alcohol destilado dentro de aquellos muros. A mi me revisan las revistas que llevo, me suben de un tirón la cremallera de la chaqueta y me meten los dedos entre el pelo. Delante de mi hay alguien que intenta colar un cake para un cumpleaños que de seguro ocurrió hace meses. Un joven se agarra con fuerza los pantalones pues le han impedido ingresar su cinto. Tal pareciera que vamos a sumergirnos en el infierno y –de alguna manera–- es así.
El local donde discurre la visita huele a sudor, a sudor y a encierro. Los dos presos italianos frente a mí ponen palabras una detrás de otras con desespero. Han sido detenidos por el asesinato de una menor en Bayamo, pero aseguran no haber estado en la Isla por lo días del crimen. Llevan ya más de un año encarcelados sin que se les haya hecho juicio y yo trato de reconstruir periodísticamente el derrotero del caso. Uno de ellos, Simone Pini, me habla de las irregularidades policiales y acuerdo con él indagar. “No puedo hacer mucho” –le aclaro– “y tampoco tengo acceso a los datos de la investigación, pero averiguaré”. No he terminado la frase cuando un militar grita mi nombre desde la reja del salón. Y me conducen hacia la otra cara del Combinado del Este. A la oficina pulcra, climatizada, forrada en madera, donde radica El Jefe. Quedó retenida en una parte diferente del mismo horror, mientras un teniente coronel me advierte que no me dejarán entrar, nunca más, a esa prisión. Cuando intento irme, noto que la puerta tiene un llavín con cuatro combinaciones. “Cuánto miedo”… pienso para mis adentros. Me escoltan hasta la salida y veo la fila de los parientes para la nueva visita que comienza al mediodía. Cargan sacos con nombres garabateados y alguien gime porque no le dejan entrar un regalo. Descubro en ese momento que algo triste se ha instalado en mí, como el peso de unos barrotes que desde entonces cargo hacia todos lados.
Junio es el mes en que los alumnos finalistas se lanzan sobre los libros, los estudiantes aplicados revisan sus notas y los padres vemos peligrar el bolsillo por el pago a profesores particulares. Durante años, la existencia de estos maestros informales ha sido subestimada a la hora de hacer el balance de la educación en Cuba, pero quienes tenemos hijos en la enseñanza media bien que conocemos su importancia. Ahora mismo, si un adolescente no recibe la atención extraescolar de un repasador tiene pocas posibilidades –o ninguna- de acceder a la universidad. La enseñanza –paradójicamente– se ha privatizado, pero sin reconocerlo públicamente.
La demanda es tan alta que en estas últimas semanas de curso las casas de estos profesores freelance están abarrotadas. El costo de una hora de repaso, oscila entre 20 y 25 pesos cubanos, la décima parte de un salario medio mensual. Asistir a esas clases compensa el bajísimo nivel de los educadores de secundaria y preuniversitario, especialmente en temas como matemáticas, física, química y gramática. Pero también debe decirse que hay muchos colegiales que quieren atrapar en el último minuto el contenido al que no prestaron atención en más de diez meses de clases. La depauperación material y conceptual, el excesivo adoctrinamiento ideológico y la poca seriedad en el cumplimiento del horario escolar, pasan factura durante los exámenes finales y miles de padres están dispuestos a pagar antes que aceptar un reprobado.
La realidad se burla así de las consignas. Quienes tienen recursos pueden proveer a sus retoños de un maestro adicional; quienes no, tendrán que conformarse con enmarcar sobre la pared apenas un diploma de noveno grado. Por estos días, en la sala de un apartamento cualquiera, se ven manos que escriben apresuradamente, toman nota como nunca, guardan silencio y muestran un interés que sorprende. Son los estudiantes frente a su profesor particular, ese apoyo extra docente sin el cual no podrán llegar muy lejos. Saben que cada una de estas clases es un sacrificio para toda la familia, así que absorben las palabras, los dígitos, los teoremas. Estarán, sin dudas, un paso más adelante en la línea de arrancada, con una ventaja adicional sobre quienes nunca tuvieron un repasador.
Llegaron con sus camiones, la motoniveladora y hasta una novedosa máquina para reciclar el asfalto. Trabajaron toda la mañana ante los ojos asombrados de los vecinos que por más de veinte años habían visto su calle deteriorarse sin una reparación integral. Para los más escépticos, hubo también su cucharada de esperanza cuando el pavimento quedó liso como un cristal y apareció entonces la otra brigada. Esto sí era inaudito. En lugar de dejar –como hasta ahora– las tapas del alcantarillado hundidas por debajo del chapapote, el nuevo grupo de trabajadores las desmontó y colocó a ras de suelo. Nadie podía dar crédito a lo que ocurría. Es “la nueva mentalidad” decían algunos, ufanándose de los cambios en la manera de hacer que ya se notaban, se palpaban, se pisaban.
Para advertir a los automovilistas sobre el cemento fresco bordeando los registros del drenaje, dejaron un montículo de escombros alrededor de estos. “Ya lo vendrán a quitar” advertían los optimistas. Pero allí se quedó. El paso de los neumáticos fue regando las piedras por toda la calle, pegándolas al asfalto que todavía estaba blando. Los restos de la reconstrucción fueron metiéndose entre las rejillas de los desagües, acumulándose en las cunetas. Dos semanas después todavía siguen ahí esparciendo su polvorienta presencia y creando lomitas aquí, baches allá, malogrando la terminación. “¡Ay esta mentalidad!” rectifican los ilusos y añaden inmediatamente: “En lugar de cambiar lo que ha hecho es disfrazarse, pero es la misma mentalidad de siempre”.
Durante mucho tiempo para llegar hasta ese adminículo llamado micrófono, el único camino posible era traspasar innumerables filtros ideológicos. Bajo esa misma paranoia, hasta el día de hoy pocos programas de nuestra cartelera nacional se hacen en vivo, para que nadie pueda emitir –ante los ojos de los televidentes– opiniones contrarias al sistema. Y aunque en los últimos meses la crítica se ha abierto paso muy tímidamente en los medios oficiales, estos siguen cerrados para quienes no coinciden con el discurso oficial. De ahí, que hayamos tenido que hacernos de otros micrófonos, otros sets, otras cámaras. Improvisados y menos profesionales, sí, pero indiscutiblemente más libres que en los estudios de 23 y L, de Masón y San Miguel o en los radiocentros provinciales.
Desde la terraza de una casa, con una sábana colgada como cortina y unas luces prestadas por un músico, se pueden lograr filmaciones sin ese triunfalismo aburrido de la Mesa Redonda. Un ejemplo de estos nuevos espacios que emergen es el proyecto SATS donde “confluyen arte y pensamiento”, dirigido por Antonio Rodiles. En un marco muy amplio de debate, los invitados exponen sobre un tema para pasar después a responder las preguntas del público. Se analiza lo mismo la trayectoria de un músico de hip hop, el campo de trabajo de un asociación jurídica ilegalizada o la sociedad civil vista desde la óptica de un doctor en filosofía. Después, la filmación de cada jornada se distribuye en las mismas redes alternativas donde circulan blogs, filmes, documentales y opiniones.
Falta todavía, es cierto, en este espacio de SATS y también en Razones Ciudadanas, la presencia del “otro”. De aquel que defiende la versión oficial de los hechos y está dispuesto a decirla junto a nosotros y frente a una cámara. Pero por más que se han cursado invitaciones a personas de instituciones estatales, se les ha llamado a polemizar y mostrar sus argumentos, ellos prefieren no otorgarnos beligerancia con su presencia. Sin embargo, tengo la esperanza que un día acudirán. Más temprano que tarde llegarán, quizás antes de que nos ofrezcan sus propios espacios y nos permitan hablar desde “sus micrófonos”.
Los gajos se doblan bajo el peso y los niños tratan de tumbar los frutos a golpe de pedradas o se suben en las ramas para sacudirlas. Es la temporada del mango. Como en un ciclo de vida que trasciende las crisis, las estrecheces, los planes agrícolas incumplidos, llegan otra vez las mangas, los filipinos y los bizcochuelos. Estamos justo en el momento en que el patio más humilde de un pueblito perdido puede equipararse en valor con el jardín mejor atendido de Miramar. Basta que la vieja mata de mangos que sembraron los abuelos esté parida y entonces toda la familia empieza a girar en torno a ella.
Ahora mismo, mientras corto unos mangos que nos regaló Agustín, pienso en cómo mi vida está marcada por los recuerdos asociados a este olor y a esta textura. Aquellos pequeños y almibarados que comía durante mis vacaciones en el pueblito de Rodas, los verdes y ácidos a los que echábamos sal en las escuelas al campo y esos otros que robábamos –pinchados por el hambre– de la finca la Experimental en el municipio Güira, durante los años oscuros del Período Especial. Y después de una mordida, los hilillos que se me quedaban entre los dientes, la gota de zumo corriendo por el mentón y embarrándome la ropa, la semilla chupada hasta quedar en su blancura y la cáscara que tirada sobre el piso era tan peligrosa como la del plátano.
Los mangos me evocan todos las etapas de mi existencia, cada uno de los períodos por los que últimamente ha atravesado esta Isla. Me recuerdan aquel mercado liberado conocido como Centro –en los años del subsidio soviético– donde probé por primera vez los jugos Taoro. Después vino el proceso de “rectificación de errores y tendencias negativas”, con él se barrieron los rezagos pequeñoburgueses y el Taoro demoró diez años en reaparecer, pero esta vez en moneda convertible.
Este fruto tiene el mérito de haber probado su increíble resistencia a las granjas estatales, a los desatinos que absorbieron miles de hectáreas de tierra como la Zafra de los 10 millones, el plan para cultivar plátanos microjet y hasta el indeseado avance del marabú. Y aquí sigue el empecinado mango, marcando nuestras vidas con su sabor, haciendo de cualquier patio pobre un reducto de prosperidad, al menos mientras dure el verano.
Cuando de niña oía el nombre de Perico, un pueblo en la provincia de Matanzas, terminaba con dolor en el abdomen de tanto reírme. Así, hasta que supe que una parte de la familia de mi padre era de por esos lares y ya no me resultó tan simpático el chiste. El sábado pasado estaba invitada a regresar para ver nuevamente su terraplén polvoriento y su desvencijada estación de trenes, pero la partida de mi hermana me dejó paralizada en este piso catorce, sin ganas de salir a ningún lado. Lamento mucho no haber ido, porque allá nos esperaban doce ex prisioneros de la Primavera Negra y, como anfitrión, un guajiro buenazo y trabajador llamado Diosdado González, quien brindó su casa y su mesa para tan importante reunión.
Inicialmente se trataba de un encuentro para estrechar afectos, presentar a la familia de cada uno, compartir un trozo de ese tiempo que por más de siete años el gobierno cubano les arrebató. Sin embargo, la decisión de Guillermo Fariñas de comenzar una huelga de hambre cambió totalmente el cariz de ese día. Los gestos de reposo se trasmutaron en preocupación y los taburetes que iban a cobijar el festejo pasaron a resistir el peso de la inquietud. En breve y entre buches de café –traídos a tiempo por Alejandrina- la reunión se convirtió en un estado mayor cívico, donde no se ponían soldaditos de plástico en un mapa bélico, sino ideas sobre el pliego de la historia.
Después, Pedro Argüelles me leyó por teléfono el texto aprobado en aquella jornada y volví a lamentar no haber estado allí. Entre sus demandas, los firmantes piden que se investigue seriamente la causa del fallecimiento de Juan Wilfredo Soto. También que se evite la muerte de Fariñas y –a mi juicio lo más difícil de alcanzar- el cese de la represión y los actos de repudio contra activistas de la oposición. Pero esta vez los oídos del poder parecen más reacios a los reclamos que hace un año. Me temo, además, que el cuerpo de quien es Premio Sajarov 2010 no sobrevivirá a otro ayuno prolongado. Ojalá la vida me sorprenda y algo se logre; que Perico deje de ser un pueblito de nombre simpático para convertirse en el sitio desde donde la palabra, la conciencia cívica y la unidad rindieron a un porfiado autoritarismo de larga data.
La emigración se ha llevado a mis amigos, a los conocidos de la infancia, a los vecinos del lugar donde nací y a la gente que saludé una o dos veces en la calle. Un día, me arrebató las tías paternas, los primos, los colegas con los que compartí la alegría de graduarme y hasta el tímido cartero que me traía la prensa una vez por semana. Y como si no estuviera satisfecha, ahora ha vuelto por más, ha cargado también con la parte más cercana e íntima de mi vida.
Recuerdo cuando mi hermana me contó que se había inscrito en una lotería internacional de visas. Yunia siempre fue muy afortunada cuando del azar se trataba, así que supe a qué atenerme desde el primer momento. Cuenta mi madre que el día en que la parió, los médicos y las enfermeras se persignaron ante un bebé salido del útero con su saco amniótico casi intacto. “Viniste al mundo en un zurrón” le decían, como si eso garantizara la prosperidad, el amor, la dicha. De ahí que esta Isla parecía quedarle demasiado estrecha a la bienaventurada de mi hermana mayor. Y hace más de veinte años que ella arribó a la misma conclusión que la mayoría de mis compatriotas: ¿Cómo quedarse a echar raíces en un país donde apenas se pueden dar frutos? No intenté siquiera convencerla, sino que la vi desdibujarse en un trámite aquí, una fila para esperar un autorizo allá, mientras sabía que el momento de la despedida estaba cerca.
Finalmente, el viernes pasado su avión despegó, llevándose también a mi única sobrina, mi cuñado y una perrita sata que no quisieron abandonar. Mi madre gritaba el día anterior “¡No estoy preparada, no estoy preparada!”, mientras mi padre escondía las lágrimas por aquello de que “hombre que es hombre no llora”.
Nunca se está preparado para la separación, mami, para saber que quienes amas están a sólo noventa millas de distancia pero a un abismo de restricciones migratorias. Haces bien en llorar, papi, porque este alejamiento no debería ser tan definitivo, tan desgarrador, tan concluyente.
Hace casi dos años que no me atiendo en un hospital. La última vez fue en aquel noviembre de golpes y secuestro donde mi zona lumbar quedó muy mal parada. En esa ocasión aprendí una lección duradera: que puestos a elegir entre el juramento de Hipócrates y la fidelidad ideológica, muchos galenos prefieren violar la privacidad del paciente –comparada al secreto confesional de un sacerdote– que oponerse con la verdad al estado que los emplea. Ejemplos de esto han sobrado en la tele oficial durante los últimos meses y han alimentado más mi desconfianza con el sistema de Salud Pública cubano. Así que me curo con las plantas que siembro en mi balcón, hago ejercicios cada día para evitar enfermarme y hasta me compré un Vademécum por si necesitara auto recetarme en algún momento. No obstante mi “rebeldía médica”, no he dejado de observar e indagar por el deterioro creciente de este sector.
Entre los recortes hospitalarios de los últimos tiempos, uno de los más notables tiene que ver con los recursos para el diagnóstico. Los doctores reciben asignaciones muy reducidas de radiografías, ultrasonidos o resonancias magnéticas que tendrán que distribuir entre sus pacientes. Las anécdotas de fracturas que se entablillan sin pasar por los rayos X, de dolores abdominales que se complican porque no se les puede hacer una exploración, son tantas que ya ni nos sorprenden. Tal situación se presta además para el clientelismo, donde quienes pueden hacer un regalo o pagar subrepticiamente obtienen una mejor atención que otros. El trozo de queso regalado a la enfermera y el indispensable jabón de tocador que muchos le obsequian al estomatólogo aceleran notablemente el tratamiento y compensan los subvalorados salarios de estos profesionales de la medicina.
Un termómetro resulta, desde hace tiempo, un objeto ausente de los estantes de las farmacias en moneda nacional, mientras las que son en moneda fuerte tienen los modelos más modernos y digitales. Hacerse unas gafas para paliar la miopía puede demorar meses por los caminos del subsidio estatal o veinticuatro horas en las Ópticas Miramar donde se paga en pesos convertibles. Los cuerpos de guardia de los hospitales tampoco escapan de esos contrastes: podemos toparnos con el neurocirujano más capacitado de toda la región del Caribe, pero no tiene ni una aspirina para darnos. Son esos claroscuros que también enferman, que desgastan al paciente, a sus familiares y al propio personal médico. Y nos van dejando una sensación de estafa, de que esa conquista largamente enarbolada frente a nuestros rostros se desmorona y ni siquiera nos permiten quejarnos de ella.
Apenas pude dormir la madrugada pasada. Un libro me dejó dando vueltas en la cama, mirando el techo cuadriculado de mi habitación. “El hombre que amaba los perros”, la novela de Leonardo Padura, estremece por su sinceridad, por el ácido corrosivo que lanza sobre la evasiva utopía que quisieron imponernos. No hay quien conserve la calma después de leer los horrores de aquella Unión Soviética que nos hicieron venerar cuando niños. Las intrigas, las purgas, los asesinatos, el exilio forzado, aunque se lean en tercera persona le quitan el sueño a cualquiera. Y si, encima de eso, uno vio a sus padres creer que el Kremlin era el guía del proletariado mundial y supo que el presidente de su país tenía –hasta hace poco– una foto de Stalin en su propio despacho, entonces el insomnio se torna más persistente.
De todos los libros publicados en esta Isla, me atrevo a decir que ninguno, cómo éste, ha sido tan devastador con los pilares del sistema. Quizás por eso, en la feria del libro de La Habana sólo se distribuyeron 300 ejemplares, de los cuales apenas 100 llegaron a manos del público. Es difícil –a estas alturas– censurar una obra que ya ha visto la luz en una editorial extranjera y cuyo autor sigue viviendo en su Mantilla de carretera polvorienta. Por la visibilidad que alcanzó fuera de la Isla y porque resulta casi imposible seguir restando nombres a la cultura nacional sin que esta se quede despoblada, fue que los lectores tuvimos la suerte de asomarnos a sus páginas. El asesino de Troski se nos revela en ellas como un hombre atrapado por la obediencia del militante, que cree todo lo que dicen sus superiores. Una historia que nos toca muy de cerca y no sólo porque nuestro país sirvió de refugio a Ramón Mercader en sus últimos años de vida.
Padura pone en boca del narrador que la suya fue la generación “de los crédulos, la de los que románticamente aceptaron y justificaron todo con la vista puesta en el futuro”. A la nuestra, sin embargo, le tocó amamantarse de la frustración de sus padres, mirar lo poco que habían alcanzado quienes una vez fueron a alfabetizar, entregaron sus mejores años, proyectaron para sus hijos una sociedad con oportunidades para todos. No hay quien salga indemne de eso, no hay quimera social que se sostenga ante tan obstinada realidad. La larga madrugada dando vueltas en la cama me dio tiempo para pensar no sólo en la basura escondida debajo de la alfombra de una doctrina, sino también en cuántos de esos métodos se aplican todavía sobre nosotros y cuán profundamente el estalinismo se instaló en nuestras vidas.
Hay libros –se los advierto– que nos abren tanto los ojos que ya no podremos volver a dormir en paz.
Tú saldrás de esta cochambre de muertos de hambre…
Joan Manuel Serrat
Fue criada para triunfar. De chiquita, su madre se quitaba el huevo frito del plato –si hacía falta– para dárselo a ella, porque la niña era una promesa de la que colgaba toda la familia. No la dejaban siquiera fregar, para que sus manos no fueran a cuartearse o endurecerse con el estropajo y el hollín. Cuando le peinaba el ensortijado pelo, su hermana mayor le predecía que una vez se casaría con un francés, un español o un belga, con alguien de la “nobleza” monárquica o empresarial. “¡Todos van a enamorarse de ti!” gritaba la abuela, a quien por lavar y planchar para la calle, durante medio siglo, se le habían torcido los dedos con la artritis. Ni siquiera la dejaban tener novio en el vecindario, pues ella debía preservarse para el futuro que le esperaba, para el potentado que vendría a llevársela de aquel atestado solar en la calle Zanja y de aquel país varado en el Caribe.
Un día, cuando apenas salía de la adolescencia, lo encontró. Era mucho mayor y no pertenecía a ninguna familia acaudalada, pero tenía un pasaporte italiano. Físicamente tampoco le gustaba, aunque la sola idea de imaginarse con él en Milán hacía que su abultado abdomen cervecero no le pareciera tan grande. El aroma de la ropa nueva que le traía cada vez que viajaba a La Habana cubría también el olor a nicotina y alcohol que siempre le salía de la boca. En casa, la familia de ella estaba encantada. “La niña se nos va a vivir a Europa” le decían a las vecinas y la propia madre paró en seco una conversación donde ella le contaba que su prometido de vez en cuando se ponía violento y la golpeaba. Así la empujaron hasta la consultoría jurídica donde se oficializó el matrimonio. En las fotos de la boda, ella parecía una princesa triste, pero una princesa.
Cuando el avión aterrizó en el invierno italiano, ya él no se parecía al amable señor que 24 horas antes le había prometido a su madre que la cuidaría. La llevo al club esa misma noche, donde ella debía trabajar sirviendo a los clientes licores y hasta su propio cuerpo. Durante meses, ella le escribió a la abuela sobre los perfumes y la comida que había probado en su nueva vida. Recreó en sus cartas y en sus llamadas telefónicas una realidad muy diferente a la que vivía. Ni una palabra de la extorsión ni del marido que se había evaporado dejándola en manos de un “jefe” al que debía obedecer. En el solar habanero, todos la hacían mimada y feliz, no podía defraudarlos. Cuando la policía italiana desmanteló la red de prostitución en la que ella estaba atrapada, mando un breve sms a los parientes del lado de acá del Atlántico, para no preocuparlos: “No podré llamarlos por varias semanas. Me voy de vacaciones a Venecia para celebrar aniversario de bodas. Los quiere a todos, la princesa”.
Tenía ocho meses de embarazo cuando conocí a dos vascos radicados en Cuba, Rosa y Carlos, o al menos así decían llamarse por aquel entonces. Nos invitaron a su casona de Miramar para una fiesta con música trovadoresca y chorizos. Brindaban de unas fuentes con jamón serrano y frutos secos que sólo conocíamos por las películas. Pero ni los aromas ni los sabores lograban disiparnos la dudas que nos surgían al observarlos ¿Cómo habían logrado aquellas personas vivir en tal lugar, con un auto de matrícula privada y una despensa tan bien provista? ¿Qué habían hecho para acceder a privilegios impensables para nacionales?
Mi hijo nació un mes después, el jamón serrano no volvió a aparecer por largos años en mi vida y luego de una década me topé con Carlos en la calle. Lo llamé por su nombre y no respondió. Se metió a toda velocidad en un auto y se perdió en el bullicio de la avenida Reina. De Rosa, supe que se había mudado y se presentaba como Daniela. Su nueva fachada era de distribuidora de paquetes turísticos. Pero como en esta Habana las historias vuelan, los chismes corren y los secretos circulan, me enteré que eran etarras buscados por la justicia española y su mansión fungía como “la casa de visita” que les habían asignado. Ninguno de los dos podía regresar –con su identidad real– a la Península.
Sin embargo, el refugio mimado se les terminó. Hoy, sus hospederos se les han convertido en carceleros. El mismo gobierno que un día los acogió y les proveyó de recursos, se niega desde hace meses a falsicarles nuevos pasaportes para viajar a Francia u otro lugar. No sé bajo cuál nuevo nombre están ahora Rosa y Carlos, dónde viven, cuántos de sus anteriores privilegios habrán perdido ya. Imagino, eso sí, que han terminado recluidos en esta Isla, desconfiando de cuantos les rodean, blasfemando de aquellos compañeros de ruta que les dieron cobijo, de esos “generosos” protectores de antaño que terminaron por encerrarlos aquí.
Imagen tomada del sitio Internet del pintor Pedro Pablo Oliva
Vivimos otra vuelta de tuerca de la intolerancia. Justo cuando la osadía de los individuos ganaba terreno aquí y allá, han llegado los tiempos del regaño. Las primeras señales aparecieron con el serial televisivo llamado las Razones de Cuba, cuyo guión más parecía haber sido escrito en la Rusia de Stalin que en esta isla caribeña del siglo XXI. Después vinieron reuniones relámpagos, incremento de los operativos policiales, monitoreo de móviles en tiempo real, detenciones y registros. Todo eso, mientras la prensa oficial seguía narrando que “el perfeccionamiento del modelo económico” va por buen camino y que el VI congreso del PCC “ha sido un éxito rotundo”. Estamos, pues, bajo el susto de los correctivos y ningún atrevido se quedará sin recibir su castigo perdurable.
Dentro de los azotes propinados esta vez por Papá Estado, está el cierre del centro cultural dirigido por el pintor Pedro Pablo Oliva y ubicado en la ciudad de Pinar del Río. Llamado con urgencia ante las autoridades locales, este artista, premio nacional de artes plásticas, vio cómo le caía encima un aluvión de críticas y reprimendas. Se le cuestionó haber declarado en una entrevista que estaba a favor del pluripartidismo y enviarle una carta muy cordial a esta servidora para que la publicara en su blog. Fue acusado también de abrir las puertas de su casa a contrarrevolucionarios y hasta codearse con diplomáticos de otros países. Lo despojaron de su cargo en la Asamblea Provincial del Poder Popular y unas horas después un cartel de despedida apareció en la puerta de su taller.
Los artistas de la UNEAC han optado –hasta el momento– por hacer silencio y mirar hacia otro lado. Como las figuritas de cuencas vacías y premonitorias que llevaba meses pintando Oliva en sus cuadros. Sostengo que ahora es el momento de apoyarlo, de decirle “tranquilo, tu pincel será más libre sin esas ataduras ideológicas, sin esas formalidades partidistas”. Es asimismo una buena ocasión para que los sancionados por el insulto, la censura y la vigilancia hagamos algo. Si no hemos confluido en las opiniones y en las propuestas de futuro, al menos podríamos articularnos en el dolor, acercarnos para que el golpe recibido por uno se reparta entre todos.
Este año, no hemos podido bañarnos todavía en el primer aguacero de mayo. En La Habana, la sequía nos ha quitado esa lluvia que la tradición popular relaciona con la buena suerte. Los mangos que cuelgan de las ramas parecen aguardar la llegada de un chaparrón y quedar listos así para nuestras bocas. Estrías sobre la tierra, flamboyanes que apenas tienen flores y ese polvo pegajoso en el aire que sólo se irá cuando comience a diluviar. ¡Cómo extraño el chin-chin en la ventana, el olor a humedad, las gotas que quedan en las hojas de los árboles después de un temporal!
Aunque lo peor es la soledad de las tuberías, el hilillo entrecortado que sale de los grifos, los vecinos de la zona cargando el agua a cubos porque el acueducto apenas si tiene reservas para bombear. Las caras llenas de sudor, las camisas con olores fuertes, las tendederas casi vacías porque el preciado líquido no alcanza. ¡No te demores en el baño! le grito a Reinaldo, para evitar que el tanque que tenemos en el balcón se vaya a quedar seco. Mientras, la cisterna del edificio se vuelve un charco triste, al que sólo las mangueras de las pipas logran hacer superar su límite mínimo.
Y encima de tanta sequedad, la convicción de que este año los resultados agrícolas pueden estar peor que el anterior, si no acaba de llover de una vez y por todas. Ya veremos los titulares en la prensa diciendo que la producción de plátanos decreció, que el arroz no ha resistido la aridez y que los frutales han sido los más afectados. Y esta sensación de que siempre hay algo para que el dichoso plato no se llene y los salarios no alcancen. Ya sea la mala gestión, la falta de estimulo material a los campesinos o la terca lluvia que hoy nos niega obstinadamente sus favores.
Hace mucho leí que la prueba de fuego de un poeta era hacer un soneto. La camisa de fuerza de la métrica y la cadencia obligada de su composición sacaban lo peor o lo mejor de quienes ya se habían ejercitado en las lides de la rima asonante. Confieso que con mis irreverentes diecisiete años me parecía que esos endecasílabos, agrupados en dos cuartetos y dos tercetos, eran sólo para aquellos que no habían podido probarse en la libertad de la poesía moderna. Alardes de novedad de los que me pavoneaba, hasta que leí a Quevedo y la teoría de rechazar la combinación de “cuidado” con “enamorado” se me cayó al piso.
Pues bien, tengo que decirles que al igual que un soneto, no hay nada más difícil de escribir que un manual técnico. Ya sé, ustedes se reirán, dirán que cualquiera alcanza a redactar el prospecto de un medicamento o las explicaciones de uso de una lavadora. Inténtenlo a ver si pueden, experimenten para que vean cuán difícil es hacer un folleto de instrucciones y que éste no contenga la misma cantaleta aburrida y falta de gracia que tienen tantos otros. Se percatarán entonces de cuán arduo resulta no parecer demasiado didácticos ni petulantemente profesorales, para evitar que el aburrimiento haga desistir a los lectores.
Les cuento esto porque acabo de terminar un manual sobre WordPress con el título “Un blog para hablar al mundo”. Cuando repaso las más de cuatrocientas páginas que redacté, me preguntó cómo encontré –en esta Cuba inestable– el tiempo, la paz y la destreza para terminar tal libro. Algunos amigos me dicen que he incursionado en un género menor… y eso me hace reír. En realidad –les revelo– sólo he hecho mi propio y delicado soneto, con veinte capítulos que vienen a ser como catorce versos y algunos consejos técnicos a falta de declaraciones de amor. Mi libro, vaya coincidencias de la vida, se presentará en Madrid el próximo 21 de mayo, justo donde nació aquel poeta de gafas redondeadas y nariz aguileña. El mismo insolente que escribió “nadar sabe mi llama la agua fría y perderle el respeto a ley severa”, como si en lugar de un romance eterno relatara el acto de gestionar un blog desde un país hundido en la censura.
Hoy iba a publicar un texto sobre el Día de las Madres, una breve viñeta donde contaba que a mi mamá le huelen las manos a cebolla, ajo y comino… por todo el tiempo que se pasa en la cocina. Tenía la idea de narrarles el gozo que me daba verla llegar a la puerta de mi preuniversitario en el campo, llevando los alimentos que le habían costado toda una semana –y grandes esfuerzos– conseguir. Pero justo cuando daba los últimos retoques a mi pequeña crónica maternal, ocurrió la muerte de Juan Wilfredo Soto en Santa Clara y todo dejó de tener sentido.
Las tonfas de los policías tienen sed de espaldas por estos lares. La violencia creciente de los uniformados es algo que se murmura en voz baja y muchos describen con detalles sin atreverse a denunciarla en público. Quienes hemos estado alguna vez en un calabozo, sabemos bien que una cosa es la propaganda edulcorada de “Policía, policía tu eres mi amigo” que repite la tele y otra la impunidad de la que gozan estos individuos con placa. Si encima de eso, el detenido tiene ideas diferentes a la ideología imperante, entonces el tratamiento será aún más duro. Los puños querrán convencerlo, ya que los escasos argumentos no lo lograrán.
No sé cómo las autoridades de mi país lo van a explicar, pero dudo que logren persuadirnos de que esta vez la culpa no ha sido de los policías. No hay manera de entender que un hombre desarmado, sentado en un céntrico parque pueda representar una gran amenaza. Lo que ocurre es que cuando se azuza la intolerancia, se alimenta el irrespeto al ciudadano y se le da luz verde a los cuerpos policiales, ocurren estas tragedias. Como la de hoy, en que una madre en Santa Clara no está sentada a la mesa que le han preparado sus retoños, sino en el oscuro salón de una funeraria velando el cuerpo de su hijo.
El marañón: la fruta prohibida del paraíso socialista
Mayo 3rd, 2011
Escrito por: Yoani Sánchez
El surco se extendía infinito frente a nuestros ojos. Tampoco ese día se cumpliría la norma, pero ¿a quién le importaba? En aquella escuela al campo nos ejercitábamos realmente en una práctica muy extendida por todo el país, la de simular que trabajábamos. Cuando los profesores nos observaban, doblábamos la espalda y fingíamos arrancar las hierbas malas que rodeaban las espigadas plantas de tabaco. Si se iban, volvíamos a la posición horizontal para hablar de nuestra principal obsesión de adolescentes que ¡sorpresa! no era el sexo sino la comida.
Esa mañana, la máquina de regadío estaba parada en medio del terreno y parecía un albatros de amplias alas atascado bajo el sol. Mis amigas y yo nos metimos en la cabina vacía, tocamos la palanca, los botones, el timón. Saltamos sobre el remendado asiento y fantaseamos con que aquel trozo de metal chirriante iba a echar andar y mojaríamos con su riego a todos los estudiantes. Nos reíamos por anticipado, pero ni una sola gota salió de los larguísimos tubos que se extendían a ambos lados. Sin embargo, mientras husmeábamos aquí y allá nos topamos una lata con unas frutas raras. Tenían la forma de un pimiento, pero el color iba del amarillo al anaranjado intenso y una semilla les colgaba por fuera. Jóvenes urbanas, atrapadas entre las carencias del racionamiento y el colapso agrícola, no había forma de que supiéramos que aquello era un “marañón”.
Les hincamos el diente de inmediato. Dulce, suave y después, cuando la boca comenzó a resecársenos, pensamos que nos habíamos envenenado. Corrimos horrorizadas, gritando. La carcajada del profesor duró largos minutos. Cuando la sensación astringente pasó, nos quedó el deseo de morder otra vez esa textura que ya había sido cantada en las décimas guajiras, mencionada por nuestros abuelos y pintada por algunos pinceles del siglo anterior. Quedé impresionada por aquella fruta prohibida de nuestro paraíso socialista. Pasarían casi veinte años antes que la volviera a encontrar.
Tiene una casona de cinco cuartos que se le está cayendo a pedazos. La obtuvo en los años sesenta cuando la familia para la que trabajaba como doméstica se exilió. Al principio, recorría cada día las habitaciones, el patio interior; acariciaba el pasamanos de mármol de la escalera que llevaba a la segunda planta; jugueteaba a llenar las tinas de los tres baños sólo para recordarse que aquella mansión neoclásica era ahora suya. La alegría duró un tiempo, hasta que los primeros bombillos se fundieron, la pintura comenzó a cuartearse y la maleza creció en el jardín. Consiguió un trabajo limpiando en una escuela, pero ni con seis salarios similares hubiera podido mantener el antiguo esplendor de aquel caserón que cada vez le parecía más grande, más inhóspito.
Miles de veces, la mujer de esta historia pensó en vender la vivienda heredada de sus antiguos empleadores, pero no quería hacer nada fuera de la ley. Durante décadas en Cuba estuvo prohibido –en la práctica– el mercado inmobiliario y sólo era posible intercambiar propiedades en un concepto que popularmente se conoció como “permuta”. Para regular y controlar también esa actividad, surgieron decenas de decretos, restricciones y limitaciones que volvían un calvario el acto de mudarse. Un todopoderoso Instituto de la Vivienda velaba porque se cumpliera un rosario de absurdas condiciones. Con tantos requisitos, los trámites se prolongaban hasta más de un año y para cuando las familias podían ir a vivir a su nuevo hogar estaban agotadas de rellenar formularios, contratar abogados y sobornar a los inspectores.
Tantas angustias alimentaron la esperanza de que el VI Congreso del Partido Comunista levantara el banderín inmobiliario. Cuando en el informe final se dijo que había sido aceptada la compra y venta de casas y sólo faltaba instrumentarla legalmente, cientos de miles de cubanos respiramos aliviados. La señora de la casona estaba, en el momento del anuncio, frente a la pantalla de su televisor evitando una gotera que cae del techo, justo en medio de la sala. Miró a su alrededor las columnas con capiteles decorados, las grandes puertas de caoba ya dañadas por la humedad y la escalera de mármol a la que le había arrancado el pasamanos para comerciarlo. Finalmente, podría colgar en la verja un cartel “Se vende casa de cinco habitaciones que necesita reparación urgente. Se compra apartamento de un cuarto en cualquier otro barrio”.
Recorren en grupos los barrios de La Habana. Son cientos de estudiantes chinos que aprenden español en Cuba y agregan colorido a una realidad donde otros extranjeros apenas si permanecen un par de semanas como turistas. Gracias a ellos, la ciudad ha vuelto a tener esos ojos rasgados que en la primera mitad del siglo veinte eran tan comunes, ha regresado –por un tiempo– ese andar asiático, que da la impresión de apenas tocar el suelo con la punta de los pies. Abarrotan el Barrio Chino alrededor de la calle Zanja, lanzando sus risitas ante algunos restaurantes de farolillos de papel y cortinas rojas donde se ofrece más comida criolla o italiana que platos con acelgas o fideos.
Una mañana, encontré a varios de ellos extraviados cerca de la Estación Central de Ferrocarril. Tenían las bolsas vacías, los semblantes cansados y el andar lento. Una de las muchachas me preguntó, después de consultar un pequeño diccionario, dónde podían comprar lechuga. Era uno de esos meses calurosos donde en las tarimas de los mercados el único verdor lo aportan los pepinos. Sin embargo, allí estaban ellos esperando que se diera el milagro agrícola de tener unas hojas refrescantes sobre sus platos. Les expliqué que el sol era muy fuerte y apenas se cosechaban verduras en zonas techadas, que la falta de envases lastraba la llegada de éstas a las ciudades y cuando aparecían tenían precios muy altos.
Después de unos minutos, aquellos ojos rasgados se habían redondeado a consecuencia de mi extraña explicación. “¡Lechuga, lechuga!”, insistían y uno me tradujo la palabra a todas las lenguas que conocía “lettuce, laitue, Kopfsalat, alfase…”. Sonreí, no se trata de que no comprenda la palabra –confirmé– sólo que no sé ahora mismo dónde podrán hallar legumbres para comer. No me creyeron, claro está. “Vayan a la Plaza de Cuatro Caminos, a ver si allí encuentran algo” fue lo último que se me ocurrió indicarles para no matarles la esperanza. Y en esa dirección se fueron, con su caminar ya agotado, con sus bolsas vacías que batían al viento, con su elegancia oriental un tanto mustia, a la que le faltaba algo de vegetales para reverdecer.
“Al tibio amparo de la 214…” comenzaba una canción de Silvio Rodríguez que –en mi ingenuidad adolescente– yo escuchaba como un acertijo. Así, hasta que un amigo que había vivido un poco más me aclaró sin sonrojos aquella frase. Se trataba simplemente de la dirección de un conocido motel habanero, donde las parejas encontraban espacio para el amor rápido en un país ya para entonces atenazado por las limitaciones habitacionales. Esperando a las afueras de aquellos lugares, se veían mujeres que se tapaban el rostro con pañuelos y gafas, mientras los hombres pagaban al carpetero y recogían la llave de la habitación. Un golpe insistente en la puerta les advertía que se había acabado el tiempo y que otros aguardaban por entrar.
Las posadas de La Habana, escenarios de tantas infidelidades, de amores repentinos y también de innumerables pasiones que después desembocaron en formales matrimonios con varios hijos. Esos sitios vivieron su etapa de florecimiento, su largo tiempo de estigma y su caída estrepitosa. Pasaron de parajes de la fogosidad a convertirse en apretadas viviendas para damnificados por los derrumbes. Dicho así, suena justo: sustituir lo placentero por lo necesario, el arrebato de la carne por la necesidad imperiosa de una familia. Uno tras otro, los moteles de la ciudad fueron cerrados al público y en sus pequeños cuartos se instalaron personas que perdieron sus casas bajo los vientos de un huracán o por los azotes del fuego. El amor informal empezó a hacerse entonces entre los matorrales, en las esquinas oscuras o en voz baja en la misma habitación donde también dormía la abuela. Quienes tenían la moneda fuerte pudieron, por su parte, acceder a casas privadas que rentaban habitaciones por 5 pesos convertibles durante unas horas.
Ahora, al transitar por el Parque de la Fraternidad en la alta noche, no es raro oír un gemido en la penumbra, el apagado sonido de la ropa rozando una contra otra. La mayoría es gente de mi edad y más joven que nunca ha tenido un techo propio bajo el cual acariciar a su pareja, o una cama discreta sobre la que tenderse abrazado a otro. Personas que no han sabido lo que es habitar una ciudad donde existan moteles con carteles de neón, con diminutos cuartos donde amarse al menos por una hora. Ninguno de ellos puede entender la canción –ya caduca- de aquel trovador y nombres como Hotel Venus, 11 y 24, La Campiña o las Casitas de Ayestarán no les despiertan ningún recuerdo placentero.
Capitolio, ron, música salsa tocada en las esquinas, autos que por fuera parecen piezas de coleccionista aunque bajo la carcasa se estén cayendo a pedazos. Eso y más en el capítulo de “Españoles en el mundo” filmado aquí en La Habana. Cincuenta minutos con historias de inmigrantes asturianos, gallegos, andaluces, que han trasladado sus sueños desde el otro lado del Atlántico. Todo es lindo y azul, salpicado de salitre; pero algo no encaja.
Mientras miro el serial tengo la impresión de que me están narrando otro país, una dimensión lejana y con tintes sepias. Las anécdotas de vida de los siete protagonistas, ocurren para mí en un espacio muy distinto a la cotidianidad que conozco. Y aunque me repito –para calmarme– que el serial versa sobre peninsulares regados por el globo terráqueo y no en torno a cubanos perdidos en su propia geografía, no puedo evitar tener una sensación de timo cuando ponen los créditos.
Los guionistas escamotean hábilmente el detalle de que los entrevistados son poseedores de prerrogativas inalcanzables para los nacionales. Les falta decir que pasar una noche en la Bodeguita del Medio o en el cabaret Tropicana, rentar una oficina en el edificio Bacardí, administrar empresas de cosméticos o tabaco, cenar con langosta y vino, son privilegios accesibles –de forma casi exclusiva– para el bolsillo de los extranjeros. Ni hablar del hermoso paseo en yate en una de las últimas escenas, vedado por ley para 11 millones de habitantes. Carece pues, este moderno y divertido programa, de la explicación del desequilibrio, de la narración en torno a la brecha que separa a estos españoles que vienen del mundo de los cubanos que nacimos aquí.
And now, the end is near
and so I face the final curtain…
Decir adiós puede lograrse apenas con una breve nota dejada sobre la mesa o con una llamada telefónica con la que nos despedimos definitivamente. En los preparativos para marcharse del país, el fin de una relación amorosa o de la vida misma, hay gente que pretende dejar amarrados los más pequeños detalles, trazados esos límites que obligarán a quienes se quedan a seguir su rumbo. Unos se van tirando la puerta y otros reclaman antes de la partida el gran homenaje que creen merecer. Los hay que distribuyen equitativamente sus bienes y también seres con tanto poder que cambian la constitución de un país para que nadie deshaga su obra cuando ellos ya no estén.
Los preparativos para el VI congreso del Partido Comunista Cubano y sus sesiones en el Palacio de las Convenciones han sido como un gran réquiem público para Fidel Castro. El escenario de su despedida, el ceremonial minucioso reclamado por él y realizado –sin escatimar recursos– por su hermano menor. Ya en los excesos organizativos del desfile militar, efectuado el 16 de abril, se percibía una intención de “gastárselas todas” en un homenaje final a alguien que no pudo asistir a la tribuna. Resultaba evidente que al anunciar los nombres de quienes asumirían los máximos cargos del PCC, ya no sería leído el del hombre que decidió el rumbo de esta nación por casi cincuenta años. No obstante, él se sentó en la mesa principal del evento para validar con su presencia la transferencia de mando a Raúl Castro. Estar allí fue como acudir –en vida– a la lectura de su propio testamento.
Llegó entonces la ovación cerrada, las lágrimas de alguna que otra delegada al cónclave partidista y las frases de compromiso eterno con el anciano de barba casi blanca. A través de la pantalla del televisor, algunos sentimos aquello como el crujir de las flores secas o el sonido de las paletadas de tierra. Queda por ver si el General Presidente podrá sostener el pesado legado que ha recibido, o si bajo la mirada supervisora de su Gran Hermano preferirá no contradecirlo con reformas medulares. Falta comprobar cuán auténtica es esta despedida de Fidel Castro de la vida política y si su sustituto optará por seguir defraudándonos o por negarlo a él.
Reírse sigue siendo una cura efectiva contra los tropiezos cotidianos. De ahí que en esta Isla al desplegar los labios en una sonrisa lo hacemos más por auto terapia que por felicidad. Después, los turistas nos toman fotos y se van diciendo que este es un pueblo alegre que no pierde el humor ante las dificultades. ¡Ay los turistas y sus explicaciones! Le dan la vuelta al mundo con la instantánea de aquella carcajada que precedió en nuestro rostro al gesto de angustia o con la imagen de la contentura que nos embargó al resolver –después un año de gestiones– los espejuelos graduados para el niño.
También desternillarse puede resultar una medicina preventiva para evitar las decepciones que sobrevendrán. Quizás por esa razón, cada vez que pregunto a alguien acerca de las posibles reformas que brotarán del sexto congreso del PCC, me responde con una risita, con un “jijiji” de tono irónico. Acto seguido se encoje encoge de hombros y suelta una frase como “bueno, no hay que hacerse ilusiones… va y a lo mejor autorizan comprar casas y autos”. Concluye sus palabras con otro enigmático mohín de regocijo, que me confunde más aún. Difícil saber si la mayoría de mis compatriotas prefiere hoy que se aprueben transformaciones en el cónclave partidista o que se produzca un fiasco para evidenciar la incapacidad del sistema de reformarse.
Aunque las expectativas se han desteñido bastante en los últimos meses, algo queda de ellas y, sobre todo, entre los más desposeídos materialmente y entre los más aferrados ideológicamente. La imagen de un Raúl Castro pragmático ha cedido lugar a la del gobernante dubitativo y atrapado por una coyuntura que lo supera. El congreso que algunos supusieron reformador, ha tardado demasiado y perdió con esta espera muchas de las esperanzas que una vez desató. Detrás de la sonrisa enigmática de choferes de alquiler, vendedores de pizzas, estudiantes y hasta militantes del partido, se encubre ahora la insolencia de quienes saben cuán poco cambiaran las cosas y usan la burla silente para vacunarse –de antemano– contra esa frustración.
El primer bofetón de su vida vino como castigo por decir una obscenidad frente a la abuela; la misma frase que gritara mil veces en la calle y en la escuela, pero que hasta ese momento no había osado articular en casa. El golpe le llegó de súbito, cruzándole el rostro y dejándole una zona de picor y una vergüenza enorme. Se molestó muchísimo con la anciana, porque en el solar donde habitaban las malas palabras eran un elemento de sobrevivencia, la marca lingüística que todos ostentaban por vivir allí.
Aquella trompada resultó una cura dolorosa pero efectiva, pues al crecer desterró de su boca casi todas las “flores” espinosas de la vulgaridad. Aún hoy se ruboriza –con mucha frecuencia– cuando en medio de una conversación y sin que venga al caso, alguien hace gala del léxico de la grosería. Tiene el temor de que en cualquier momento la abuela gallega irrumpirá lista para abofetearle los cachetes, para increparle delante de sus amigos que se calle, porque tiene “¡La boca más sucia que una letrina!”
El sábado pasado, un pelotón militar que ensayaba para el próximo desfile gritó –en una céntrica avenida– una consigna mezcla de lenguaje cuartelario, machista y prosaico. Apenas eran las nueve de la mañana, los niños del barrio no estaban en las escuelas sino en sus casas y en los parques. Pasaron entonces los soldados con su ritmo marcial y una bandera roja, coreando con energía “Los yanquis tienen sayas, nosotros pantalones y tenemos un comandante que le roncan los c……”. Su hijo la miró con sorna, echándole en cara que lo regañara por decir palabrotas, cuando ya estaban aceptadas hasta por las mismísimas Fuerzas Armadas. No pudo dejar de pensar en las manos huesudas de su abuela y en cómo el solar de su infancia había terminado por extenderse a toda la Nación.
Justo cuando habías olvidado cómo enseñar a un bebé a caminar, te da por parir un blog. Un sitio web al que ayudar a articular sus primeras palabras, al que advertir de los peligros y mostrar un mundo que ni tú misma comprendías bien. Pensabas que ya no ibas a tener otro hijo, por aquello del déficit habitacional, la carestía y la protesta cívica -y silenciosa- de tu útero vacío, pero se te ocurrió ponerte a juguetear con la alquimia de los kilobytes. El parto ha sido doloroso, prolongado: no ha durado unas horas sino cuatro años. Con él te surgió una hemorragia imparable que se lleva tu tiempo y tu energía; también emergieron los supuestos doctores que te cuestionan: ¿por qué te metiste en todo esto? Después de un embarazo azaroso, la criatura nació por cesárea, te cosieron unos puntos quirúrgicos dolorosos alrededor de tu vida y aunque todavía puedes ponerte bikinis ya no te dejan entrar a los cines, participar de una conferencia cualquiera, viajar fuera de tu país, salir de la ciudad sin la constante persecusión de esas sombras que también han llegado con el alumbramiento.
Eres la madre de un ente peculiar y novedoso, en una sociedad donde la diferencia no es bien vista. Quieres explicar a tus familiares y amigos que hubieras reventado si no sacabas fuera de ti este ser autónomo que es hoy tu bitácora virtual. Sin embargo, muchos no quieren creerte. Adjudicar a tu matriz la real autoría de este fruto sería confesar que ellos mismos han abortado una y mil veces por temor a ser emplazados públicamente. Sólo te queda arropar al bebé, verlo crecer y acostumbrarte a su rostro cruzado de sonrisas y cicatrices, escuchar a tu instinto y saber que ese es el retoño que has dado a luz, el que siempre quisiste tener.
Lo ves salir un día al mundo con la zozobra de si sobrevivirá al cinismo allá afuera, al insulto y la burla. Sin embargo, en lugar de regresar acongojado viene acompañado de otros iguales, de decenas de blog estigmatizados y satanizados, arropados por quienes -como tú- tampoco pudieron dejar de pujar. De manera que ahora el hijo-blog parte su pastel de cumpleaños y te guiña un ojo: le has regalado el respirar, el volar por el ciberespacio y el aletear en Internet. Pero ni siquiera siendo la progenitora tienes control sobre su vida. Ya pertenece a la blogósfera alternativa cubana y no tiene porqué llevar sobre sus espaldas esas dolorosas contracciones que tú sentiste el 9 de abril de 2007.
El eco de los gritos llega hasta mi balcón, en un compás marcado inicialmente con las piernas y acompañado por las gargantas. Faltan menos de dos semanas para el gran desfile que se planea hacer en la Plaza de la Revolución y los vecinos de varios kilómetros a la redonda ya estamos agotados por tantos preparativos. Calles cerradas, policías impidiendo el tráfico y pelotones haciendo estremecer las avenidas y sus aceras, por donde deberían estar circulando ahora autos, gente, cochecitos de bebé.
Me subo a la azotea para ver la coreografía de la guerra en toda su extensión. Mal van las cosas si el congreso del PCC comienza con esta procesión de bayonetas. Si realmente se quisiera dar una imagen de reformas, no serían estos uniformes de verde olivo los que se exhibirían en la jornada del sábado 16 de abril. ¡Cuánto desearíamos que ocurriera ese día una peregrinación de resultados, no de miedos! ¡Que se mostrara la larga fila de lo que pudiésemos lograr, no la aplastante demostración de un poderío militar que ni siquiera tenemos! ¿Se imaginan? ¿La calle Paseo y sus inmediaciones dando cobija a los sueños que proyectamos, no a los fusiles AK de metal frío y gatillo amenazante?
Este podría ser el desfile de las cosas que añoramos, una romería de júbilo en la que no habría que obligar a nadie a participar. Ningún director reclutaría a los escolares para pasar bajo el sol saludando hacia la tribuna y los trabajadores sentirían que el ausentarse no provocará una mácula en su expediente laboral. Una verdadera parada popular no derrocharía en un día los recursos que a la Nación le lleva varios meses gastar. Más bien brotaría espontánea, sacaría a la gente sonriendo a la calle y no nos dejaría con esta sensación de congoja que estos gritos sincopados nos producen hoy.
Una gota me resbalaba por la pierna, se me metía en la oquedad que el tobillo forma con el zapato y debía hacer mil piruetas para que mis condiscípulos del preuniversitario no se dieran cuenta. Durante meses, mi familia sólo tuvo aquel aceite mineral para cocinar, gracias a un pariente farmacéutico que lo sacaba a escondidas de su trabajo. Recuerdo que al calentarlo hacía una espuma blanca en la cazuela y después la comida quedaba con un tono dorado de fotografía, ideal para revistas gastronómicas. Sólo que nuestros cuerpos no podían absorber aquella grasa destinada a crear lociones, perfumes o cremas. Se nos salía por el último tramo del intestino y goteaba, goteaba, goteaba… Mi poca ropa interior quedaba manchada, aunque al menos así podíamos descansar de la comida sólo hervida y probar otra, un tanto asada.
Éramos realmente afortunados por tener aquel remedo de “manteca”, que alguien robaba para nosotros, pues en los años noventa muchos otros tuvieron que destilar aceites de motores para utilizarlos en sus cocinas. Quizás de ahí nos viene a los cubanos el trauma con ese producto que se extrae del girasol, la soya o el olivo. El precio de un litro de aceite en el mercado se convirtió en nuestro propio y popular indicador de bienestar o de crisis, en el termómetro para medirle la temperatura a las carencias. Con una cultura culinaria cada vez más reducida, de Pinar del Río a Guantánamo, la mayoría de los fogones sólo conocen recetas que incluyen freír los alimentos. De ahí que la grasa de cerdo o esos líquidos mantecosos, con nombres altisonantes como “El Cocinero” o “As de oro”, resulten imprescindibles en nuestra vida cotidiana.
Cuando hace unos días –sin previo aviso– aumentó en un 11,6 % el costo del aceite vegetal en las tiendas de divisas, la sensación de molestia fue muy fuerte, incluso mayor que cuando subieron los precios del combustible. Muchos no tenemos autos para constatar cómo cada vez más pesos convertibles se convierten en menos gasolina, pero todos nos enfrentamos cada día a un plato donde los productos de primera necesidad han levantado vuelo. Que eso ocurra sin que le acompañen protestas públicas, cacerolazos de amas de casas descontentas o largos artículos en la prensa quejándose del atropello, es más difícil de tragar que una comida sin grasa. Me da más vergüenza esta aceptación tácita de la subida que el hilo de aceite mineral que me bajó una vez por la pantorrilla ante la mirada burlona de mis colegas.
Fue el primer presidente norteamericano contra el que grité una consigna. Ya no recuerdo con precisión las palabras de aquel insulto, pues han pasado casi treinta años. Sin embargo, guardo la sensación de mis puños crispados, de mi uniforme rojo y blanco sacudido con cada alarido que le lanzaba a Jimmy Carter, quien –según mi maestra de preescolar– iba a destruirnos la isla, las palmas, los pupitres del aula, la alegría.
Y tres décadas después estoy aquí, en La Habana, conversando con él y junto a otros rostros conocidos de nuestra incipiente sociedad civil. En poco me parezco ahora a aquella pionerita hundida en la histeria de los slogans políticos y este hombre con el que hablo no me encaja en el papel del gobernante que fue blanco de mis insultos. Ahora es un mediador, un hombre que no parece interesado en borrar a Cuba del mapa, como una vez me aseguraron en la escuela primaria. Así que la niña que debió ser el “hombre nuevo” y el ex comandante de las fuerzas armadas de Estados Unidos se han encontrado en un momento de sus vidas en que ninguno de los dos tiene la misma posición de antaño; en que el camino de ambos ha tomado la dirección del diálogo, aunque un día hubiéramos podido matarnos, enfrentados en algún campo de batalla.
Lo veo hablar y me pregunto si él sabrá que a mí me formaron para odiarlo ¿Estará al tanto de que fue el malo de mis cuentos infantiles, el rostro de las grotescas caricaturas de los periódicos oficiales, el hombre al que la propaganda gubernamental culpaba de todos nuestros males? Claro que lo sabe y aún así me extiende su mano, me dirige la palabra, me lanza una pregunta. Aún así, el que fue “el enemigo” me regala sus frases amables.
Fuera del hotel Santa Isabel donde nos hemos reunido, en algún colegio de la zona, otra niña repite sus consignas, aprieta las manos, vocifera, centra su mente en el rostro de un hombre al que dice aborrecer. Afortunadamente, ella también olvidará los vocablos que grita en este minuto, borrará de su mente los lemas cargados de resentimiento que hoy le hacen corear.
————————————-
P.D: A continuación pongo el mensaje, acompañado de un presente, que entregamos al señor Jimmy Carter en nombre de varios bloggers y otros cubanos:
La Habana 30 de marzo de 2011
Señor Jimmy Carter:
En nombre de varios bloggers alternativos y de otras personas de la sociedad civil cubana, queremos entregarle este presente. Se trata de una muestra pequeña de los alimentos que trabajadores por cuenta propia logran hacer a partir del maní, palabra con la que en Cuba nombramos al cacahuete, ese fruto seco que usted conoce tan bien.
A lo largo de medio siglo, el maní ha sido uno de los pocos productos que ha escapado del control planificador de nuestro estado. Incluso en los días más duros del llamado período especial una de las pocas cosas que podía comprarse en mercado libre producido por personas independientes eran estos cucuruchos y confituras que hoy aquí le entregamos. Hubo momentos en que tuvo que pasar prácticamente a la clandestinidad y el tradicional pregón de “maní, el manisero llegó…” se convirtió en una frase susurrada en los oídos de los clientes.
Este transgresor alimento popular, al alcance de todos los bolsillos, se ha erigido en emblema de la resistencia ciudadana ante las pretensiones totalitarias, en un reducto de creatividad e ingenio ante el centralismo y el control. He aquí el maní, un vencedor de las dificultades, un porfiado desobediente transformado ahora en símbolo de unión, en punto de confluencia entre su pueblo y el nuestro.
En nuestra pequeña salita, nos contó aquella madrugada sobre el tiempo que había pasado en la URSS. Llevaba apenas unas horas en la Habana, después que un avión de Aeroflot lo había regresado de su larga estancia por la tierra de Gorbachov. Venía con su título universitario de letras góticas, graduado de una ingeniería que mi mente infantil no podía entender. Fue la primera vez que escuché hablar de la central nuclear de Juraguá, que se construía en Cienfuegos desde 1983. La voz del recién llegado describía al enorme reactor VVER 440 enclavado en el centro de Cuba como si fuera un dragón vivo que lanzaría sus bocanadas de aliento sobre nosotros. Allí irían a trabajar, como científicos del átomo, cientos de jóvenes formados en centros de estudio a más de 9 mil kilómetros de distancia de sus hogares. Millones y millones de rublos llegados desde el Kremlin ayudaban a levantar la que sería la obra cumbre de nuestro “socialismo tropical”, el pilar fundamental de nuestra autonomía energética.
Después supe que aquel joven entusiasta nunca llegó a ejercer como ingeniero nuclear. La Unión Soviética se desmembró justo cuando la primera de las dos unidades que se planeaban construir estaba terminada en un 97 % de su estructura. La hierba cubrió una buena parte del lugar y a la intemperie quedaron trozos del núcleo, los generadores de vapor, las bombas de enfriamiento y hasta las válvulas de aislamiento. Juraguá se convirtió en una ruina nueva, en un monumento a los delirios de grandeza que nos había legado el imperialismo soviético.
Con las sienes encanecidas y mientras corta metales en su nueva profesión de tornero, el otrora experto me dice ahora: “Fue una suerte que no se echara a andar”. Según calculó junto a otros colegas, las posibilidades de un accidente nuclear en Juraguá eran de un 15 % más que en cualquier otra planta nuclear del mundo. “Hubiéramos terminado con la Isla partida a la mitad” me dice sin dramatismo. Yo delineo en mi mente un trozo de nación por aquí y otro por allá, mientras un hoyo humeante se empecina en cambiarnos la geografía nacional.
Ahora que la planta de Fukushima lanza sus residuos y con ellos expande también el miedo, no puedo dejar de alegrarme de que en Cienfuegos ese reactor no haya despertado, que bajo ese sarcófago de concreto la reacción nuclear no haya comenzado a efectuarse. Presiento que de haber sucedido, todos nuestros problemas actuales nos parecerían pequeños, menudas insignificancias ante el avance pavoroso de la radioactividad.
Portada de Voces Cubanas en programa de TV de Cuba
De haber contratado una agencia de promoción o un ágil publicista que difundiera la labor de los bloggers alternativos, probablemente no habríamos logrado un reconocimiento tan amplio de nuestra existencia –hacia el interior de Cuba– como el alcanzado gracias al programa sobre la “Ciberguerra”, proyectado el lunes pasado en la tele oficial. El resultado palpable es que mi teléfono no para, me he quedado afónica de tanto hablar con la gente que viene a mostrarme su solidaridad y mis gafas de sol –grandotas como ojos de lechuza– no son ya suficiente camuflaje para pasar inadvertida en mi ciudad. Cada pocos metros, la gente se me acerca en la calle, me brinda sus palabras de ánimo y hasta abrazos apretados, de esos que cortan la respiración.
¿Qué está ocurriendo en esta Isla, que los “lapidados” por insultos oficiales se han vuelto tan atrayentes? ¿Dónde han quedado aquellos tiempos en que un agravio en los medios estatales representaba años y años de ostracismo y satanización? ¿Cuándo fue que se disolvió la ira espontánea contra los calumniados, el puño sincero sobre el rostro del estigmatizado? Juro que no estaba preparada para esto. Me imaginé que 24 horas después de la sarta de mentiras dichas en ese émulo de Big Brother todos se apartarían, mirarían hacia la telaraña en la pared cuando yo pasara. Sin embargo, ha resultado tan diferente: el guiño cómplice, la palmada en el hombro, el orgullo de los vecinos que se sorprenden porque cierta callada y enclenque mujercita, que vive en el piso catorce, parece ser el enemigo público número uno –al menos durante esta semana– hasta que aparezca el próximo lapidado.
Y no soy la única. Casi todos los otros bloggers que salieron en imagen y nombre en la “telenovela del MININT” están pasando por situaciones similares. Vendedores del mercado agrícola que les regalan una fruta al pasar y conductores de taxis colectivos que les dicen: “usted no paga hoy señor, va por la casa”. Si los guionistas de ese tribunal televisivo hubieran calculado semejante respuesta a nivel popular, creo que se habrían abstenido de sacar nuestros rostros en la tele. Pero ya es tarde. La palabra “blog” está ahora irremediablemente ligada a nuestras caras, pegada a nuestra piel, asociada con nuestros gestos, atada a las inquietudes populares y se ha vuelto sinónimo de esa zona prohibida de la realidad que es cada día más magnética y más admirada.
Fue un poco después de aprender que los caramelos eran dulces y el fuego quemaba cuando me di cuenta que a los cubanos nos estaba permitido inscribirnos en las organizaciones creadas por el gobierno, pero castigados aleccionadoramente si decidíamos crear nuestros propios grupos. Así, los niños entrábamos automáticamente a la unión de pioneros, las mujeres se convertían después de los 14 años en federadas, los vecinos integraban los comités de defensa de la revolución, mientras los trabajadores formaban parte del único sindicato autorizado en el país. Por su lado, los estudiantes se aglomeraban en su confederación y los campesinos estaban aglutinados en una sola agrupación a nivel nacional. Todos aparecíamos como afiliados a algo.
Cada vez que alguien iba a solicitar un puesto de trabajo, una carrera universitaria o pretendía obtener el derecho a comprar un electrodomestico, debía llenar formularios donde se preguntaba la pertenencia a las organizaciones consagradas desde el poder, empezando -desde luego- por las más importantes: el Partido Comunista y la Unión de Jóvenes Comunistas. Ahora, me parece risible evocarme con un lápiz en la mano marcando crucecitas al lado de las siglas OPJM, CDR o FMC. LO hacía en automático, sin convicción, en aras de hacer creer que era una ciudadana integrada, revolucionaria, “normal”.
Hace muchos años que no repito una consigna y que no pertenezco a ninguna de las asociaciones autorizadas en el país. Cuando me preguntan, digo que soy una ciudadana independiente o un electrón libre y que mi plataforma se limita a exigir la despenalización de la discrepancia. Pero soy consciente de que estamos muy lejos de alcanzar esas metas. A pesar de los cambios y aperturas prometidas, aún está mal visto hacer críticas ya sea a la gestión de un ministro o al horario de clases de una escuela y ni pensar que se pueda fundar autónomamente un partido, ni siquiera el inocente club de amigos de las salamandras.
El lunes pasado, todas las cajas de cambio del país vivieron una jornada intensa. La más cercana a mi casa amaneció con una fila de cincuenta personas que increpaban al custodio. La noticia del restablecimiento de la paridad entre el peso convertible cubano y el dólar estadounidense había sido anunciada en los noticiarios mañaneros. Con mucha torpeza periodística, en lugar de explicar en un lenguaje llano en qué consistía la nueva tasa cambiaria, los locutores leyeron la resolución –con todos sus tecnicismos- que se publicó en la gaceta oficial. Cuando terminó la lectura, pocos sabían con certeza cuál era el valor actual de esos billeticos verdes que llegan desde el Norte. Por sí o por no, miles de personas se lanzaron hacia los bancos y CADECAS para canjear ese dinero con el rostro de Lincoln, Franklin o Washington.
La frustración marcó el día, pues hubo quienes tenían la ilusión de que también se acortaría la diferencia entre la moneda nacional –con la que se pagan los salarios- y esa otra conocida como “chavito”, imprescindible para adquirir la mayor parte de lo que necesitamos. Pero no, la medida consistió solamente en devaluar en un 8 % el peso convertible con relación al USD. La palabra “paridad” generó la mayor confusión, pues a los molestos clientes les fue difícil comprender que aún sigue vigente el gravamen del 10 % sobre el dólar que se cambia en efectivo. De esa manera, el gobierno quiere estimular el envío de dólares por los canales bancarios y seguir penalizando los que entran de forma personal, traída muchas veces por las llamadas “mulas”. Los ajustes bancarios son tan necesarios y urgentes, que la resolución adoptada viene a ser una gota en un océano de absurdos monetarios a reparar. La lentitud nos ahoga; la tibieza nos roe los bolsillos.
Así que en la cola de la CADECA de mi barrio, hace dos días, el malestar era evidente y entre los que esperaban se produjeron incluso fuertes altercados. El clímax ocurrió cuando una viejita recibió alrededor de 87 centavos por cada dólar cambiado. “Mi hijo trabaja mucho para mandarme este dinero y mira en lo que me lo convierten”, dijo. Un combativo militante que también esperaba para canjear la moneda del “enemigo” la amonestó diciendo que no se quejara tanto, pues al final ella era una privilegiada y tenía la suerte de recibir remesas desde el extranjero, “lo mínimo que podía hacer era “entregarle el 10 % a la Patria que tanto lo necesitaba”. La señora ripostó tan rápida y certeramente que todos hicieron silencio: “Sí, es cierto, recibo ayuda desde el exterior, pero cada día sufro la ausencia de mis dos hijos. ¿Me va a dar la Patria un 10 % más de cariño?” La fila se disolvió en un par de minutos.
Termino de ayudar a mi hijo con su tarea escolar –sobre el Decamerón de Boccacio– y me voy a ver un serial en la tele que rebosa de otro tipo de miseria humana, muy distinta a la de la Italia medieval. Son más de treinta minutos de trasmisión plagados de conclusiones forzadas y de pruebas –poco convincentes– sobre la relación de opositores, artistas plásticos y periodistas independientes con potencias extranjeras. El guión está hecho desde el miedo, desde el temblor que produce en las instituciones cubanas que los individuos puedan interactuar, informarse y prosperar fuera de los límites del Estado.
Ya el aburrimiento me ha arrancado un par de bostezos y de pronto sale el rostro conocido de Dagoberto Valdés acompañado de una descripción de “elemento contrarrevolucionario”. Lanzo un grito de júbilo, porque al lado de su foto han mencionado a la revista Convivencia que él dirige. Un internauta sabe bien de los hits que un ataque en la tele nacional puede proporcionar a un sitio cualquiera, incluso en un país con tan baja conectividad como éste. Mas, pasado el entusiasmo por las estadísticas, me doy cuenta que contra mi amigo se está cometiendo una lapidación pública en el horario más estelar de la noche. Dago es denigrado duramente sin permitírsele el derecho a réplica, satanizado de una manera que después varios colegas me llaman asustados “¿Lo irán a meter preso? ¿A fusilar acaso?”. Trato de calmarlos, mientras más fuerte parece la ofensa es mayor el desespero y la impotencia que sienten nuestros gobernantes por no poder atajar los nuevos fenómenos informativos y ciudadanos. Pero no les digo, a quienes me preguntan, cuán preocupada estoy en realidad, muy preocupada por este pinareño cuya profesión fue una vez la de recolector de yaguas.
Para cuando termina el más flojo de los capítulos de “Las razones de Cuba”, agarro mi móvil y envío algunos tweets. Esta es la gran diferencia –pienso mientras tecleo– entre las campañas gubernamentales de antaño y las que ocurren en este milenio de la informatización y las redes sociales. Ahora, una buena parte de mis compatriotas prefiere mirar un programa grabado desde una ilegal antena parabólica que ser adoctrinado por un serial sobre agentes encubiertos, capitanes del MININT que hablan con una dulzura sospechosa y cámaras ocultas que muestran lo que se hace a la vista pública. Pero en contraste con los años setenta y ochenta, ahora Dago tiene una página web, un blog y hasta una cuenta en Twitter para decir aquello que le impidieron argumentar en el líbelo oficial. Es un ciudadano con su propio canal de opinión, con una capacidad para difundir ideas que –ante un ataque como éste– se convierte en su principal culpa y en su única protección.
La jaba del mes pasado no estaba tan cargada. Los suministros escaseaban y tuvo que conformarse con algo de plátano y unos kilogramos de pollo. Ya vendrán tiempos mejores. De todas formas, se sintió bendecido, pues cuando llegó a su barrio con los diez huevos que también le habían distribuido en el trabajo, varias vecinas salieron a preguntarle –ansiosas– dónde los estaban vendiendo. Se ruborizó levemente, pero les aclaró con engreimiento que no eran comprados sino parte de una cuota adicional de alimentos, de una porción entregada a todos los miembros del Ministerio de las Fuerzas Armadas.
Llevar un uniforme militar en esta Isla de verde olivo tiene sus múltiples ventajas. No sólo se reciben prebendas en forma de comida y objetos materiales, sino también el individuo queda envestido de cierta capacidad para amortiguar castigos legales, saltarse trámites que a otro ciudadano le demorarían una eternidad y hasta para obtener de forma más expedita una vivienda. El mismo oficial, que ahora esconde mejor su cupo de comida de los ojos de las vecinas, me dijo una vez que su grado de capitán era como “un cheque al portador”. Cuando su hijo menor cometió un delito, bastó que él se vistiera con la charretera y las botas para que el juez de instrucción mandara al “descarriado muchacho” a cumplir una condena domiciliaria en lugar de hacerlo en una penitenciaría.
Sin embargo, nuestro hombre de pistola al cinto y gorra encasquetada aspira a más. Sólo los altos oficiales, aquellos que superan cierto nivel en la jerarquía, reciben una asignación frecuente del fármaco PPG, también conocido como la Viagra cubana. Le queda poco tiempo para escalar un ascenso antes de que llegue la edad de jubilación, pero no quiere retirarse sin llevarse su cuota mensual de esas píldoras de la vitalidad. El Ministerio al que consagró su vida lo ayudará a representar el papel de hombre, porque un soldado tiene que estar listo para vencer –y dejar en alto el nombre de sus jefes– no sólo en el campo de batalla, sino también entre las sábanas de cualquier cama que se le cruce por delante.
En el último capítulo de la saga orwelliana que ponen en la tele, vimos un joven de rostro atemorizado contando cómo un turista le regaló unos programas de encriptación de datos. Probablemente, muchos de ellos se pueden descargar de manera abierta y gratuita en centenares de sitios webs y son usados por ciudadanos y empresas –de todo el mundo– para salvaguardar sus datos de los curiosos. Sin embargo, en esta Isla, donde cada gesto de privacidad es interpretado como la prueba de una conspiración, el tomar medidas para que un mensaje o la información de nuestro ordenador estén protegidos se convierte en algo obsceno e ilegal.
Bajo esa misma premisa, muchos de los albergues en las escuelas al campo tenían duchas sin cortinas porque cubrirse era contrario al colectivo. La reserva pasó a ser profundamente contestataria y llevar un diario secreto –donde narrar las incidencias personales– se convirtió en una actitud aburguesada que concluía cuando el jefe de destacamento tomaba tus escritos y los leía públicamente frente al aula. Todavía hoy, pocos de mis compatriotas tocan la puerta de una habitación antes de entrar y el deporte de husmear en la vida de otros no es exclusivo de los Comités de Defensa de la Revolución sino de todo el vecindario. Vulnerar el círculo íntimo del ciudadano se hizo práctica tan frecuente que a nadie le asombra que en nuestra pantalla chica salgan grabaciones telefónicas de clientes de ETECSA o fotos del interior de la vivienda de algún individuo crítico.
Ahora, la nueva “bestia negra” son los softwares de encriptación. Los militares, que se han pasado la vida creando códigos para salvaguardar su información, deben estar muy molestos porque similares tecnologías ya estén al acceso de todos. Sin embargo, esta nueva campaña contra la discreción desatada en los medios oficiales choca con algunos pasajes de la epopeya oficial. Si mal no recuerdo, desde que era niña me contaron que Fidel Castro escribió con zumo de limón –en la cárcel– fragmentos del alegato conocido como La Historia me absolverá. No veo una real diferencia entre burlar a los carceleros de Isla de Pinos con una caligrafía invisible –que al contacto con el calor brotaba de las páginas– y el acto de utilizar TrueCrypt para alejar a los fisgones. En ambos casos, el individuo sabe que el cerco represivo no permitirá que su voz viaje lejos si no está camuflada; está convencido que un estado autoritario hurgará sin pudor en su vida para arrancarle el último reducto de intimidad y misterio que aún le queda.
Comenzaba a leerla por la última página, donde aparecía el humor gráfico y alguna que otra caricatura de gente famosa. Después llegaba hasta el crucigrama y para cuando alcanzaba los reportajes, comenzaba a temer que pronto se me terminaría la lectura. Debía esperar otros siete días a que un vendedor voceara su nombre de connotaciones lejanas y sacudiera cerca de nuestra ventana aquellas hojas con olor a tinta. Mis abuelos me frenaban el entusiasmo, diciendo que aquel semanario no era ni el espectro del que una vez ellos compraron en los estanquillos.
Bohemia, la más antigua revista de Cuba y de Latinoamérica, nació en 1908 y ahora se nos ha muerto en vida. Aunque le siguen agregando años en activo, lo cierto es que hace más de una década dejó de ser referencia. Aquella Bohemia de la Libertad donde se mostraron los cuerpos masacrados por la anterior dictadura derivó en una publicación aburrida, triunfalista, prescindible. Fue empequeñeciéndose, perdiendo páginas. Sus artículos repitieron la misma cantaleta edulcorada que el resto de la prensa oficial. Hasta su portada pasó a confundirse con la de “Mar y pesca” o con la timorata “Somos Jóvenes“. Toda su personalidad se escurrió por el caño de la censura. Fue reeducada por un sistema al que no le gustan las revistas incómodas ni los periodistas incisivos.
Cada día camino cerca del edificio donde radica Bohemia. Tiene el busto de José Martí más hermoso que he visto en La Habana. Hago un esfuerzo para explicar a mi hijo que allí dormita una de las más importantes revistas que una vez disfrutó este país y toda la región. Para los de su edad, aquella zona cercana al Consejo de Estado es simplemente un lugar donde se acumula el agua cuando llueve, una charca natural que impide a los autos pasar después de un chaparrón. La laguna de Bohemia le dicen, aunque yo les explico que antes de ser conocido por sus inundaciones, en ese sitio latía la prensa, se preparaban las planas que ojos como los míos disfrutarían después.
No habíamos estado juntas en una litera desde hacía más de veinte años. Mi hermana era de las que prefería dormir en la cama de abajo, por miedo a caerse en medio de la noche. Yo, más atrevida, me trepaba a las alturas de aquellos camastros chirriantes de las escuelas al campo. Amparándome en que tenía menos años, saltaba sobre mi maltrecho colchón que con cada sacudida lanzaba una boronilla de bagazo y polvo sobre su sábana recién tendida. Ella se quejaba de que le ensuciaba la almohada con mis zapatos, rebosantes del fango traído de un surco donde lo mismo cultivábamos tabaco que nos tirábamos a dormir. Con su paciencia de primogénita, toleraba también mi cháchara sonámbula durante toda la madrugada.
Dos décadas después, volvimos a estar juntas en una litera. Esta vez no teníamos ni siquiera una colchoneta. Mi hermana y yo, con una camita arriba y otra abajo, a oscuras, en el calabozo de la estación de policía de Infanta y Manglar. Nosotras, eternas movilizadas en la agricultura, detenidas años más tarde por quienes de seguro también pernoctaron en aquellos campamentos de Güira, Alquízar, Los Palacios o Batabanó. Al lado nuestro, una mujer preguntándonos por qué estábamos presas, mientras yo me acostaba sobre la tabla. El fuerte olor del baño llenándolo todo y afuera, en lugar de la campana que llama al trabajo, un uniformado de rostro ceñudo vigilando la puerta.
La memoria nos hace ciertas trampas. Ahora, cuando evoco aquellos albergues llenos de adolescentes se me mezclan con la imagen de una celda en la 4ta Estación durante la tarde del 24 de febrero de 2010. Mi hermana y yo, compartiendo una lata de leche condensada con nuestras amigas de aula y de pronto lanzadas a un pasillo donde los policías nos gritan y nos zarandean. Mi hermana y yo, en una litera perpetua que lo mismo está ubicada en medio de la tierra colorada de Pinar del Río que en un húmedo sótano de El Cerro. Pasamos de niñas albergadas a mujeres arrestadas, de pioneritas recolectando plátanos y naranjas a ciudadanas empujadas por la fuerza a un camión-jaula. Mi hermana y yo, una camita sobre otra. Y ella temblorosa y con la voz rasgada, porque ya no puede cuidarme ni defenderme.
Por estos días, se cumplió un año del arresto arbitrario que fuimos víctima mi hermana y yo cuando íbamos a firmar el libro de condolencias por la muerte de Orlando Zapata Tamayo. Presenté una denuncia a la Fiscalía Militar, a la Fiscalía General de la República, a la Asamblea Nacional y a la Dirección Principal de la Policía Nacional. No he recibido respuesta de ninguna de esas instituciones. Aquí pongo nuevamente la grabación de audio que logré hacer aquel día con mi teléfono móvil.
Ya nada se llama como me dijeron. A la avenida Salvador Allende, única calle con árboles de mi infancia, le han vuelto a decir su señorial nombre de Carlos III. Transito por una ciudad rebautizada, aunque en sus esquinas las señales siguen mostrando los apellidos de héroes que nadie repite. Los antiguos calificativos brotan, incluso entre gente de mi edad que no llegó a conocerlos cuando eran la forma pública y acuñada de nombrar las cosas. Por más que los noticiarios insisten, por ejemplo, en mencionar los festejos de verano a manera de “fiestas populares”, empecinadamente nos referimos a ellos por el mote de carnavales. Algo similar ocurre con esas celebraciones de cada diciembre, que los locutores y los burócratas designan “festividades de fin de año”, pero entre nosotros –hace ya más de una década– han vuelto a ser conocidas como Navidades.
Los calificativos nos delatan; los sustantivos se nos van por delante, se contraponen a esa actitud pacata y cautelosa que asumimos a diario. Nominar se ha convertido en la manera más extendida de cambiar la realidad. Ya no se oye el vocativo “compañero” sino aquel –otrora estigmatizado– “señor” y en la primera persona del plural hace un buen rato que no están incluidos quienes nos gobiernan. Ahora son simplemente “ellos”, mientras en los hospitales de maternidad nadie pone a sus hijos recién nacidos los nombres de esa estirpe verde olivo. Hasta el extraño fenómeno designado oficialmente como “Revolución” ha pasado a ser entre nosotros un neutro pronombre demostrativo. Lo hemos rebautizado como “esto”, porque son tiempos de mostrar la inconformidad quitándole o devolviéndole a las cosas los tercos nombres que una vez tuvieron.
Mi barrio vive una pequeña sacudida, un cambio que viene en forma de asfalto nuevo, de trabajadores removiendo las calles y agregando una capa negruzca y pegajosa que en unos días se volverá consistente bajo los neumáticos. Todos estamos asombrados. La alegría sería el sentimiento más recurrente si no fuera por los motivos que han llevado a esta restauración vial, por el impulso que late detrás de estas obras. Toda la Plaza de la Revolución y la “zona congelada” donde vivo, se preparan para el gran desfile del próximo 15 de abril. Un maremágnum de poderío militar que pretende disuadir a todos aquellos que desean un cambio en Cuba.
Desde hace semanas, el parqueo del estadio Latinoamericano es sede de las prácticas para que los soldados ensayen su paso de la oca. Cuarenta y cinco grados de piernas extendidas, que recuerdan a marionetas haladas por un hilo, por una cuerda que se pierde allá arriba en la inmensidad del poder. Yo no sé qué puede tener de bello una parada militar, qué puede haber de emotivo en esos seres sincronizados y automáticos que pasan con el rostro mirando al líder en la tribuna. Pero el efecto resultante bien que lo conozco: después dirán que el gobierno está armado hasta los dientes y quienes se lancen a la calle en protesta quedarán aplastados contra el mismo pavimento que hoy están reparando. El paso de los pelotones tratará de advertirnos que el Partido no sólo tiene militantes para defenderlo, sino también tropas antimotines y cuerpos de élite.
Coreografía del autoritarismo la llamaría yo, pero otros prefieren creer que ésta será una demostración de independencia, de una autonomía nacional que en realidad se parece a la de Robinson Crusoe abandonado en su Isla. Pero más allá de mis dudas con los uniformes, de mi alergia hacia la procesión de escuadras que marchan al unísono, hoy estoy preocupada por el chapopote, por ese asfalto recién puesto, que las esteras de los tanques dañarán.
Me encuentro con una vecina en el ascensor, intercambiamos saludos, comentarios sobre el clima, preguntas acerca de si llegaron o no los huevos a la bodega de la esquina. Todavía vamos por el piso seis, cuando amparada en la momentánea privacidad de la cabina, me dice que gracias a mí ha podido ver una telenovela colombiana. No entiendo nada. Qué relación podría tener esta blogger escéptica de los culebrones dramáticos con el arte de sacarle las lágrimas a la gente frente a la pantalla. Pero la mujer insiste. Comienzo a evocar los guiones del viejo Félix B. Cañet cuando todavía faltan cuatro pisos para llegar a planta baja.
La respuesta me alcanza por el camino más inaudito. Mientras la pizarra del elevador marca el número 3, ella me cuenta que el miedo a la oscuridad del parque –a un lado del edificio– era el impedimento para llegar hasta la casa de una amiga donde cada noche proyectan un capítulo de la telenovela, captada por una ilegal antena parabólica. Pero ahora, afirma con gratitud, esa franja de concreto y vegetación está custodiada las 24 horas. Hago como que no entiendo, sin embargo, me subraya que los miembros del MININT que rondan mi casa han vuelto más segura la barriada. Preferiría creer que esas sombras que veo desde mi balcón son fantasías de alguien que consume demasiadas ficciones, pero la mujer vuelve a la carga. No me deja evadirme detrás de una sonrisa, más bien quiere subrayar que me debe el llegar hasta el otro edificio sana y salva.
Sin esperármelo, me veo retribuida por el horror, alguien acaba de agradecerme por ser carne de vigilancia, objetivo de centinelas. Nunca había visto una manera más ligera de entender la represión, pero me río con la vecina, ¡qué remedio me queda! En aras de no parecer distante, le pregunto cuál es la temática de la telenovela que yo le he “ayudado” a disfrutar. Se relame gustosa. Es una recreación del siglo dieciocho, con esclavos que huyen, matronas que tienen hijos ilegítimos que esconden de sus esposos, látigos que suenan sobre las espaldas, guardarrayas a oscuras que en la noche son custodiadas por mayorales y por perros.
La saga de agentes encubiertos, de topos dentro de las filas de grupos opositores, me produce más bostezos que alarma. Cuando presentan a uno de esos “héroes” en la televisión oficial, siento que estoy ante un serial de ficción donde los personajes son actores, el guión ha sido escrito por alguien con dotes literarias y las escenas se han filmado una y otra vez hasta parecer convincentes. La estrategia del policía secreto ha sido demasiado explotada en la pantalla chica cubana, demasiado usada en nuestra realidad. La idea es hacernos creer que cualquier amigo, familiar o hasta nuestros propios hijos son una suerte de Mata Hari que dado el caso declararán contra nosotros. La desconfianza se convierte así en un elemento paralizante.
Conocí a Carlos Serpa Maceira una vez que vino a mi casa, porque quería abrirse un blog y que lo ayudara en ese empeño. Se le ocurrió contarnos a Reinaldo y a mí que había estudiado en la escuela de Periodismo por allá por los inicios de los noventa. Le preguntamos por algunos amigos nuestros que cursaban la misma especialidad en esos años y fue penosa su confusión. No conocía uno sólo de los nombres que le mencionamos. Cuando se fue, mi esposo y yo comentamos sobre aquel pobre diablo que se inventaba un diploma universitario. No asocié aquello con la posibilidad de que trabajara para la seguridad del estado, lo confieso, pero lo etiqueté con uno de los calificativos más fuertes que utilizo para esos individuos, el de mitómano.
Dos años después, ayer sábado, recibí un breve sms de Serpa Maceira. En apenas 90 caracteres y con cuatro faltas de ortografía me decía que necesitaba verme urgentemente o que lo llamara. No hice ni lo uno ni lo otro. Fue el último señuelo que me lanzó, la desesperada carnada para grabar una conversación conmigo que probablemente hubiera salido en el programa que trasmitieron esa misma noche. Su rostro en la tele no fue una sorpresa, su regodeo en cómo espiaba a las Damas de Blanco y a periodistas independientes me pareció patético. Mientras ponían los créditos del serial, le envié un breve mensaje a su móvil: “Roma le paga a los traidores, pero los desprecia”.
Quise decirle más, pero ya tiene suficiente con el vilipendio que le propinará su propio César, esa institución para la que trabaja y apenas si lo considera un “chivato” más.
Para quienes crecieron en un país donde el estado tuvo -durante décadas- el monopolio empleador, verse empujados a ganarse la vida de manera independiente es como saltar al vacío. De ahí que, por estos días, los temores se instalan entre los trabajadores mientras esperan la publicación de la temida lista con los nombres de quienes perderán su empleo. No sólo los miedos afloran, sino también el oportunismo y el favoritismo. La decisión de quiénes conservaran sus plazas y quiénes no corre por parte de los directivos de cada centro laboral y ya se sabe de casos donde permanecen no los más capaces, sino los más cercanos al director. Contradictoriamente, las plazas que intentan conservar están subvaloradas salarialmente y la disminución de una cuarta parte de la fuerza laboral activa no significará –por el momento– una elevación en los sueldos de los que se quedan.
Las reuniones para reducir las plantillas se suceden en cada centro laboral, incluso en sectores tan sensibles como la Salud Pública. En ella se decide algo más importante que un sueldo mensual o la pertenencia a una determinada empresa o institución. Es el momento también de abrir los ojos a una Cuba diferente, donde ya la premisa del pleno empleo no se proclama a los cuatro vientos y donde el trabajo por cuenta propia se abre como una opción inhóspita e insegura. Algunos cambiarán la bata blanca por las tijeras de barbero o la jeringuilla por un horno donde se cuezan pizzas y panes. Aprenderán sobre la marcha que la independencia económica trae irremediablemente independencia política, quebrarán o prosperarán, mentirán en las declaraciones de impuestos o dirán honestamente cuánto han ganado. En conclusión, emprenderán un sendero nuevo, difícil, donde Papá estado no podrá sostenerlos pero en el que no tendrá fuerzas para castigarlos.
Los cementerios de aldeas son pintorescos y tristes: tumbas pintadas de cal, con el sol dando todo el día sobre las lozas y unas calles de tierra apisonada por el paso de los dolientes. Son lugares en los que, por lo general, sólo se escucha sollozar. Pero hay un camposanto en el pueblito de Banes que ha albergado insólitos gritos en estos doce meses. Cruces alrededor de las cuales la intolerancia no ha tenido pudor, no ha bajado la voz a la manera que se hace ante una lápida. Desde hace varios días, para colmo, la entrada del lugar está vigilada, como si los vivos pudieran controlar el espacio donde yacen los muertos. Decenas de efectivos de la policía quieren impedir que amigos y conocidos de Orlando Zapata Tamayo vayan a conmemorar el primer aniversario de su muerte.
Quienes ahora mismo patrullan alrededor de la tumba de este albañil saben muy bien que nunca podrán acusarlo –como hicieron con otros– de ser un miembro de la oligarquía que pretendía recuperar sus propiedades. Este mestizo, nacido después del triunfo de la revolución, que no fue autor de una plataforma política ni se alzó en armas contra el gobierno, se ha convertido en un símbolo inquietante para quienes se aferran –ellos sí– a las posesiones materiales que alcanzaron con el poder: las piscinas, los yates, las botellas de whisky, las abultadas cuentas bancarias y las mansiones por todo el territorio nacional. Un hombre criado bajo el adoctrinamiento ideológico se les escapó por la puerta de la muerte y los dejó al otro lado del umbral, más débiles, más fracasados.
A veces, el final de una persona lo coloca para siempre en la historia. Es el caso de Mohamed Bouazizi, el joven tunecino que se prendió fuego frente a un edificio gubernamental porque la policía le había confiscado las frutas que vendía en una plaza. Las consecuencias de su inmolación eran totalmente impredecibles, mucho más el “el efecto dominó” que desencadenó en el mundo árabe. La muerte de un cubano, ocurrida el 23 de febrero de 2010, le ha creado al gobierno una incómoda efeméride en el almanaque. Ahora mismo, cuando Raúl Castro se apresta a celebrar sus tres años al mando de los timones de la nación, muchos se preguntan qué va a ocurrir en Banes, en el pequeño cementerio donde los difuntos están más patrullados que los presos de una cárcel.
Aunque la policía política rodea a muchos, no podrá impedir que durante esta semana –en el interior de las casas– sea más evocado el nombre del difunto Zapata Tamayo que el largo rosario de cargos del General Presidente.
Levantaría con frecuencia el puño, mientras grita con su voz altisonante y con el rostro enrojecido ante quienes le llevan la contraria. Así sería el periódico Granma si un soplo de la vida lo convirtiera en persona; si un raro hechizo hiciera que su cuerpo de papel gaceta se tornara en carne y huesos. Vestiría con camisas a cuadro, enseñando con orgullo los pliegues endurecidos de su ropa, logrados con sucesivos rociados de almidón. El diario del único partido permitido en Cuba tendría una edad indefinida y una mentalidad decimonónica, mostrando sus medallas, hablando todo el tiempo de hazañas que probablemente nunca realizó. No escucharía a otros, porque su perorata interminable ahogaría la crítica, las ideas encontradas, los mínimos atisbos de diferencia. Se comportaría como el hombre gruñón que ya ni siquiera conversa con sus propios hijos y que ha visto escapar de su lado a todos los que una vez amó.
Granma, como algunos que conozco, voltearía el rostro si alguien cercano compra en el mercado negro un poco de comida. Sin embargo, se zamparía hasta el fondo su plato sin preguntar de dónde salió el trozo de papa o la rodaja de pan que estaba sobre la mesa. Sus editoriales de gruesas letras se trastocarían en gritos, en consignas vacuas chilladas cuando sepa que los vecinos lo están escuchando. Apelaría –muy frecuentemente– a la delación y a la intriga. Sus aburridos reportajes triunfalistas se trasmutarían en frases de conformismo dichas ante los rostros desesperados de quienes lo rodean. El mismo diario que hasta el día de hoy nunca ha publicado una foto en colores, daría un ser gris de plática aburrida e ira irrefrenable. Husmearía las pequeñas ilegalidades de la sobrevivencia y las denunciaría con la misma premura que ahora en sus páginas se publican ataques y mentiras.
El “compañero” que encarnaría a Granma sería de esos seres humanos que –yo no sé ustedes– nunca invitaría a pasar a mi casa.
Penumbra y luz en la plaza de Tahrir, una mezcla rojiza de fosforescencias interrumpida por el destello de las cámaras fotográficas y por el brillo de las pantallas de los teléfonos. No estuve allí, y sin embargo, sé lo que sintieron cada uno de los egipcios congregados anoche en el centro de El Cairo. Yo, que nunca he podido gritar y llorar en público, feliz de que el ciclo de autoritarismo bajo el que he nacido haya terminado, confirmo que lo haría igual, me quedaría sin voz, me abrazaría a los otros, me sentiría ligera como si una enorme carga hubiera descendido de mis hombros. No he vivido una revolución, mucho menos ciudadana, pero esta semana, a pesar de la cautela de los noticiarios oficiales, he presentido que el canal de Suez y el mar Caribe no quedan tan lejos, no son sitios tan diferentes.
Mientras los jóvenes egipcios se organizaban en Facebook, nosotros asistíamos consternados a la filtración de la charla de un policía cibernético, para el que las redes sociales son “el enemigo”. Cuánta razón tiene este censor de kilobytes y sus jefes en temerles a esos sitios virtuales donde los individuos nos pudiéramos dar cita, sacudirnos los controles estatales, partidistas e ideológicos. Leyendo las palabras del joven Wael Ghonim “Quieren un país libre, ¡Denle Internet!” comprendo mejor el sigilo que nuestras autoridades muestran a la hora de permitirnos o no conectarnos a la Web. Se han acostumbrado a tener el monopolio informativo, a regular lo que nos llega y a reinterpretar para nosotros lo que ocurre dentro y fuera de las fronteras nacionales. Ahora saben, porque Egipto se los ha enseñado, que cada paso que nos dejen adentrarnos en el ciberespacio nos acerca a Tahrir, nos lleva velozmente hacia una plaza que se estremece y a un dictador que renuncia.
Feria informática 2011 en la Isla de los desconectados
Febrero 11, 2011
Escrito por : Yoani Sánchez
Pabexpo, el centro expositivo ubicado en la zona más acaudalada de la ciudad, exhibe por estos días productos informáticos creados dentro y fuera de nuestro país. Se dan cita en él invitados de todas partes, incluso un nutrido grupo de extranjeros a los que imagino más interesados en darse un viaje a nuestro paleolítico tecnológico que en hacer negocios con firmas locales. El grupo Kaspersky, por ejemplo, muestra una versión de su conocido antivirus realizado en conjunto con la empresa nacional Segurmática. Todo se asemeja a lo que ocurriría en una exhibición de este tipo en cualquier parte del mundo, si no fuera por un detalle: esta es la Isla de los desconectados.
Adentrados ya en 2011, los habitantes del “archipiélago Cuba” no hemos podido comprar un boleto de ómnibus, tren o avión vía web, no conocemos la sensación de administrar una cuenta bancaria online y adquirir algún producto desde la pantalla de un ordenador es algo que sólo hemos visto en los filmes extranjeros. Hasta el día de hoy, mis compatriotas no han conseguido hacer un trámite burocrático desde el email, ya sea la simple solicitud de su propia inscripción de nacimiento. Ni hablar de reservar unas vacaciones en la llamativa página de la cadena hotelera Islazul. Entre los cientos de amigos que tengo, ninguno ha logrado por sí mismo –y desde aquí– recargar el móvil en esos portales que ofertan saldo sin necesidad de hacer las largas colas de una oficina de ETECSA. Somos un pueblo que no ha tenido la oportunidad de pagar sus facturas a través del ciberespacio y que vive de los softwares piratas ante la imposibilidad de adquirirlos con licencia.
Justo en ese escenario, más característico de la primera mitad del siglo veinte que del veintiuno, habitamos nosotros. De ahí que esta Feria Informática se asemeje a un destello de futuro, a una vitrina para mostrar a otros lo que no hemos ni siquiera saboreado. Después, los visitantes regresarán a casa alabando el nivel de los tecnólogos cubanos y recordando el sabroso mojito que les dieron en la fiesta de despedida. Mientras, nosotros seguimos en la penumbra de la desconexión, encendemos ordenadores autistas que no pueden conectarse con otros. Soñamos –eso sí– con que un día, al rellenar un formulario en Internet, aparezca la frase que nos confirma: “Gracias por su compra, su boleto a Guantánamo ha sido reservado. ¡Feliz viaje!”
Trozos de concreto, fragmentos de caminos que no conducen hacia ningún lado, puentes que no unen dos orillas. Monumentos a la parálisis urbana ubicados a lo largo de la autopista nacional, estructuras inacabadas que todavía sueñan con sentir el peso de los camiones y de las motocicletas. La gente se agolpa bajo su inacabada estructura a la espera de un transporte que los lleve a algún lado, aprovechan la sombra que dan estos arcos de la derrota, estas enormes estructuras que sólo sirven como parasoles, los más caros del mundo. Con barandas que no han sentido el calor de una mano, los puentes incompletos de mi país nos hacen una mueca, nos sacan la lengua recordándonos nuestra atrofia urbanística, nuestro raquitismo vial.
Siempre que paso bajo sus moles deterioradas, me pregunto: ¿Qué sentido tienen estos caminos truncos sin autos? ¿Qué razón de ser la de estos gigantes incompletos que no van a ningún lado? Fueron erguidos allí cuando se proyectaba que esta Isla se llenaría de autopistas, como una espina dorsal viva a la que le salen ramales hacia todas partes. Varias décadas después, siguen desligados de las redes de tráfico, accesibles sólo desde arriba, irónico posadero de auras tiñosas y de lagartijas que se calientan en sus columnas. Monolitos a la inmovilidad de un pueblo, que en lugar de nuevas carreteras, calzadas, rotondas y avenidas, ha visto como sus puentes truncos se deterioran, comienzan a agrietarse sin haber sentido nunca el rodar de un neumático.
Sentada en los butacones de un hotel abro mi laptop, noto el lento parpadeo del emisor de WiFi y veo el rostro adusto de los custodios. Este podría ser un día más tratando de entrar con un proxy anónimo a mi propio blog y saltando la censura con algunos trucos que me permiten asomarme a lo prohibido. En el borde inferior de la pantalla un cartel anuncia que estoy navegando a 41 kilobytes por segundo. Ironizo con una amiga y le advierto que mejor aguantarse el pelo para no despeinarnos ante tanta “velocidad”. Pero poco me importa la banda estrecha en esta tarde de febrero. Estoy aquí para alegrarme, no para deprimirme nuevamente con la maldita circunstancia de una Internet apocada por los filtros. He venido a comprobar si la larga noche de la censura ya no se cierne sobre Generación Y. Me basta un clic y logro entrar a la portada que desde marzo de 2008 no veo en un sitio público. Me sorprendo tanto que grito y la cámara que observa desde el techo graba los empastes de mis muelas en una carcajada incontrolable.
Después de tres años, mi espacio virtual vuelve a ser avistado dentro de Cuba.
Las razones para este desbloqueo las desconozco, aunque puedo especular que la celebración en La Habana de la Feria Internacional de Informática 2011 haya traído a numerosos invitados extranjeros ante los que es mejor dar una imagen de tolerancia, de supuestas aperturas en el terreno de la expresión ciudadana. También es posible que después de haber comprobado que bloquear un sitio sólo lo vuelve más atractivo para los internautas, los policías cibernéticos han optado por exhibir el fruto prohibido que tanto satanizaron en los últimos meses. Si se trata de un accidente tecnológico que será enmendado, arrojando nuevamente sombras sobre mi diario virtual, entonces ya habrá tiempo para denunciarlo en voz alta. Pero por el momento, hago planes sobre una larga estancia entre nosotros de las plataformas http://www.desdecuba.com y http://www.vocescubanas.com
Esta es una victoria ciudadana sobre los demonios del control. Les hemos arrebatado lo que nos pertenece, esas plazas virtuales que son nuestras, con las que van a tener que aprender a convivir y a las que ya no pueden negar.
Tímidos toldos de colores brotan de la nada, se estrenan sombrillas bajo las cuales abundan los batidos de frutas y los chicharrones de cerdo, los portales de algunas viviendas se convierten en improvisadas cafeterías con llamativas ofertas. Todo eso y más crece por estos días en las calles de mi ciudad, a raíz de las nuevas flexibilizaciones para el trabajo por cuenta propia. Algunos de mis vecinos hacen proyectos para abrir un taller de reparación de zapatos o un local donde componer refrigeradores, mientras avenidas y plazas se metamorfosean con el empuje de la iniciativa privada. La camisa de fuerza que atenazaba la iniciativa parece aflojarse. Sin embargo, también están los que esperan cautelosos, hasta comprobar si realmente esta vez las reformas en el plano económico resultan definitivas y no van a echarse atrás como ocurrió en los años noventa.
En apenas unos pocos meses, desde que se anunciara la ampliación del número de licencias para labores independientes, los resultados se muestran halagüeños. Hemos comenzado a recuperar sabores perdidos, recetas añoradas, comodidades escondidas. Más de 70 mil cubanos han sacado nuevos permiso para trabajar por su cuenta y riesgo y otros miles reflexionan en serio sobre las ventajas de abrir una pequeña empresa familiar. A pesar de la cautela de muchos, de los impuestos todavía excesivos y de la ausencia de un mercado mayorista, los recién estrenado comerciantes han comenzado a hacerse notar en una sociedad marcada por el inmovilismo. Se les ve montar sus timbiriches, colocar vistosos carteles anunciando las mercancías, redistribuir sus viviendas para crear una cafetería y ofertar servicios de peluquería o manicure. La mayoría tiene la convicción de que esta vez han llegado para quedarse, porque el sistema que tanto los asfixió y satanizó en el pasado ya ha perdido la capacidad de competir con ellos.
¿Usted es de los que fabrica las mentiras o de los que se cree las mentiras? Me gustaría hacerle esta pregunta al ponente que despliega una complicada teoría de la conspiración en este video. Si se trata de alguien que sólo transmite un mensaje, entonces la respuesta es sencilla: la falsedad se cuece más arriba y él es apenas un emisario. Pero me temo que parte de lo que expone frente a esos adustos militares –que exhiben una constelación de estrellas en sus uniformes– es de su propia cosecha, se ha gestado en su interior. Su larguísima intervención apuntalada con palabras como “enemigo”, “operativo” y “los malos”, me hace ver que se puede estar hablando de tecnologías muy modernas con un lenguaje bien desfasado. No parece entender las afinidades y lazos que tejen sitios como Facebook y Twitter, pues le aplica a estos el prisma de lo fabricado, antes que reconocer que los individuos por sí mismos se afilian y ¡horror! se saltan las barreras ideológicas. Aunque pudiera llegar a ser brillante en ciencias informáticas, este joven está desaprobado en ciencias sociales.
Sobre esas bases ficticias trazaran estrategias que apenas dañarán a la blogósfera alternativa. Mientras crean que el impulso no brota de nosotros sino que otros nos manejan como marionetas, desarrollarán tácticas que harán mucho ruido, pero generarán pocos resultados. Reconocer que el hombre nuevo –su hombre nuevo– se cansó de ser un soldado, de repetir consignas, de aplaudir en los actos políticos y ahora quiere tener su propio espacio de expresión, sería como confesar que han fracasado. Todos los muros y los límites que nos han puesto en la Cuba real, los estamos saltando en este espacio infinito que tanto les quita el sueño. Si ya no pueden controlarnos, dejémosles al menos el consuelo de descalificarnos.
*Agradezco a la comentarista de mi blog que me hizo llegar el link a este video, cuya distribución es la prueba palpable de que nuestros gobernantes han perdido el monopolio informativo, incluso de sus materiales clasificados. ¡Viva el Cubaleaks!
Tomar un sorbito de café en la mañana es el equivalente nacional al desayuno. Puede faltar cualquier cosa: el pan, la mantequilla y hasta la inalcanzable leche, pero no tener ese buche caliente y estimulante al despertarnos es el preámbulo de un mal día. Mis abuelos, mis padres y todos los adultos que me rodeaban siendo niña bebían tazas y más tazas de aquel líquido oscuro mientras conversaban. Siempre que alguien llegaba a casa, la cafetera se ponía sobre la hornilla, porque el ritual de compartir “una colada” era tan importante como dar un abrazo o invitar a pasar.
Hace algunas semanas, Raúl Castro anunció que se comenzaría a mezclar el café del mercado racionado con otros ingredientes. Fue simpático escuchar a un mandatario hablando de esos temas culinarios, pero también fue motivo de broma popular el que se dijera oficialmente algo que ya es práctica común –hace años– en toda la Isla. No sólo los ciudadanos hemos adulterado por décadas nuestra más importante bebida nacional, sino que el Estado nos ha superado en ingeniosidad sin declararlo en la etiqueta del producto. Tampoco se puede usar ya el gentilicio “cubano” en la distribución del estimulante brebaje, pues no es un secreto para nadie que el país importa grandes cantidades desde Brasil y Colombia. De las 60 mil toneladas anuales que alcanzó la producción cafetalera nacional, hoy sólo logran colectarse unas 6 mil.
En los últimos meses “el néctar negro de los dioses blancos” –como una vez lo llamaron– se ha vuelto escaso. Las amas de casa han tenido que retomar la práctica de agregarle chícharos tostados y molidos para garantizar el sorbito amargo que nos damos nada más abrir los ojos. Si se le puede llamar a eso café, ya no sabemos, pero al menos es algo caliente y amargo para tomar en la mañana.
Carraspeó antes de explicar por qué estaban allí reunidos, en el sobrio teatro que apenas se usa ya. Entre sus manos llevaba, como pauta, el folleto azul con los lineamientos para el VI congreso del Partido Comunista y tras de sí la mesa la presidencia incluía funcionarios municipales y provinciales. Antes de dar la palabra a alguien, recalcó que debían atenerse a lo escrito en aquellas páginas y sólo se discutirían temas económicos. Deletreó está última palabra con énfasis, para que no fueran a exigir su derecho a la “libre asociación” o a reclamar que les permitieran “entrar y salir libremente del país”. E-CO-NÓ-MI-COS volvió a silabear, abriendo los ojos y levantando las cejas con énfasis, mientras miraba a los empleados más conflictivos.
Con semejante introducción, la reunión se convirtió en un trámite aburrido, en una tarea añadida a la jornada laboral. Mecánicamente decenas de brazos se alzaron ante la pregunta de si estaban de acuerdo con cada punto. Silencio incómodo después de las frases “¿Quiénes están en contra?” y algo de fatiga al escuchar “¿Quiénes se abstienen?”. Sólo un joven cuestionó la prohibición vigente en el país de comprar autos y casas, pero inmediatamente un militante tomó la palabra para leer un largo encomio a la figura del Máximo Líder. Así, siempre que alguien apuntaba un problema, salía otro recalcando las conquistas del proceso. Los apologistas estaban ubicados en puntos equidistantes dentro del auditorio y reaccionaban como ante un guión estudiado o una coreografía ensayada. La sensación de estar en una asamblea preparada competía en intensidad con el deseo de irse –cuanto antes– a casa.
Al otro día, el centro de trabajo había vuelto a su rutina. Un mecánico que estuvo sentado muy cerca de la presidencia, ya no recordaba ni uno sólo de los lineamientos. La muchacha del almacén le resumió a sus amigas las discusiones de la tarde anterior con un simple “Ah… lo mismo de siempre” y el chófer del administrador encogió los hombros escéptico cuando un colega le preguntó por lo ocurrido. Muchos habían vivido aquella jornada como el anticipo de lo que sucederá dentro del Palacio de las Convenciones el próximo abril, un avance a pequeña escala del congreso del PCC cubano. Sólo que en unos meses lo verán en la pantalla de la tele, pero por esta vez han sido ellos los que levantaron la mano, los que votaron por unanimidad ante la mirada severa del director.
Se acerca, pero no llega; lo anuncian aunque no se concreta. Podrá ser avistado pronto desde la Punta de Maisí y sin embargo nos parece muy lejano y remoto. El cable de fibra óptica entre Cuba y Venezuela ha sido por más de dos años la zanahoria sacudida ante los ojos de los que habitamos esta Isla de los desconectados. Sus delgados hilos han servido como argumento contra quienes sostenemos que las limitaciones para acceder a la web son más por voluntad política que por carencia de ancho de banda. Hemos estado atentos al lento periplo del cordón umbilical que conectará a La Guaira con Santiago de Cuba, al barco que lo transportó desde Francia y a esas noticias donde anuncian que multiplicará por 3 mil nuestras velocidades de transmisión de datos, imágenes y voz. Pero algo nos dice que las fibras de ese cable ya tienen nombre, dueño, ideología.
Con 640 gigabytes de capacidad, el nuevo tendido se destinará especialmente a proyectos institucionales monitoreados por el gobierno. Cuando la prensa oficial menciona sus ventajas, recalca que “fortalecerá la soberanía y la seguridad nacionales”, pero ni una palabra dirigida a la mejoría del espectro informativo de los ciudadanos. A un costo de 70 millones de dólares, esta conexión submarina más parece destinada a controlarnos que a enlazarnos con el mundo, pero confío en que lograremos trastocar sus propósitos iniciales. En estos tiempos que corren, donde varias instalaciones de la llamada Batalla de Idea han pasado a convertirse en hoteles para recaudar divisas y se advierte que las empresas no rentables serán liquidadas, es muy probable que muchos de sus pulsos digitales lleguen a manos de quienes puedan pagarlos. Con autorización o sin ella, las horas de conexión se pondrán en venta, a remate, en un país en el que el desvío de recurso es práctica cotidiana, estrategia de sobrevivencia.
Cuando quedemos conectados con Venezuela a través del lecho marino, será más inmoral mantener los altos costos que en los hoteles y otros sitios públicos tiene el acceder a la gran telaraña mundial. También se perderá la justificación para no permitir que los cubanos contratemos una cuenta doméstica con la que podamos colarnos en el ciberespacio y será más difícil convencernos de por qué no podemos tener a mano a Youtube, Facebook, Gmail. Las conexiones piratas aumentarán, el mercado negro de filmes y documentales se nutrirá de esos megabytes que recorren nuestra plataforma insular. En los centros laborales con Internet, los empleados la usarán también para inscribirse en sorteos de visa, en sitios extranjeros de búsqueda de trabajo o en chats amorosos. No van a poder impedir que empleemos ese cable en algo muy distinto de lo que proyectan quienes lo compraron, esos que creen que una Isla puede quedar atada y bien atada con un simple cordón de fibra óptica.
Compró una caja de cigarros fuertes aunque no fuma, una bolsa de tela para mandados a pesar de que llevaba otra consigo y dos aburridos ejemplares de Granma de un mismo día. Lo hizo para ayudar a esos viejitos de cuerpos temblorosos y ojos enrojecidos que venden infinitas menudencias en las calles de La Habana. Gente con las piernas trabadas por la artrosis, el bastón completando su desgarbada anatomía y el pelo encanecido por los años. Ancianos y ancianas lanzados al mercado informal exhibiendo su magra mercancía en los portales de las avenidas Reina, Galiano, Monte y Belascoaín. Septuagenarios obligados a revender su cuota normada de alimentos –cada vez más reducida– y abuelitas de rostro triste que comen gracias a los caramelos o los cucuruchos de maní que ellas mismas ofertan a la salida de las escuelas.
Miles de viejitos cubanos han tenido que volver -al final de sus vidas– a una jornada laboral, esta vez marcada por la ilegalidad y el riesgo. Manos que se estremecen por el Parkinson muestran golosinas azucaradas en las paradas de los ómnibus y rostros arrugadísimos nos miran mientras dicen que tiene cuchillas de afeitar a sólo cinco pesos. Sus pensiones son extremadamente bajas y el merecido descanso que proyectaron tener se les ha convertido en días agitados escondiéndose de la policía. El sistema que ayudaron a edificar no puede proveerlos hoy de una vejez digna, no logra evitarles la miseria.
Desgarbado y arrastrando los pies, aquel octogenario de la esquina pregona que tiene esponjas para fregar y tubos de cola loca que lo pegan todo. Una muchacha pasa y comprueba el contenido de su monedero, no le alcanza ni para lo uno ni para lo otro, pero mañana regresará y para aliviarlo le comprará algo, así sea uno de esos periódicos nacionales que sólo publican rostros de ancianos felices y satisfechos.
La cafetería de la calle 13 entre F y G, llena -aquella tarde de diciembre- de segurosos y admiradores. Los primeros iban tras esta inquieta blogger, como una comparsa tragicómica que danza alrededor de mi cuerpo, de mi casa; los segundos perseguían el rostro radiante de la actriz Julia Stiles, su risa de pantalla grande a todo color. Enorme confusión, cuando vieron a la muchacha que interpretó el personaje de Nicky Parsons sentarse a la misma mesa con la autora de Generación Y, conversar con afecto. Pues sí, la conocida neoyorquina lee mi diario virtual, está interesada en escarbar más allá de la imagen de postal turística que se exporta sobre nuestra realidad. Apenas quiso hablar sobre sí misma, aunque no me faltaron ganas de indagar sobre su vida profesional o deslizarme por el lugar común de pedirle un autógrafo.
Julia y yo somos de esa generación de norteamericanos y cubanos que ha sido separada y enfrentada por una retórica ajena a nuestros deseos. Descendientes de unos Montescos y Capuletos que trataron de heredarnos sus inquinas, sus odios. Aunque mirándolo con objetividad no lo lograron y el resultado ha sido más bien todo lo contrario. Cerca, pero apartados, afines y sin embargo azuzados, muchos jóvenes de aquí y de allá estamos hartos de esta “guerra fría” desfasada y de las consecuencias que trae a nuestras vidas. Así que el encuentro con Julia tuvo carácter de conciliación, como si en medio del combate dos contrincantes se acercaran y comenzaran a tantearse, a abrazarse.
Nadie en la cafetería sintió el ruido de las armas depuestas, ni siquiera los que estaban allí para mirarnos se percataron de cómo desmontábamos los muros que nos separaban. Al final, la mujer risueña de los filmes y la habanera que debió haber sido el hombre nuevo se dieron otro abrazo y se dijeron “hasta luego”. Cada una se fue por su lado, regresó a su vida, delante de las cámaras o frente al teclado, en la gran Manzana o en un edificio modelo yugoslavo. Pero desde esa tarde, siempre que escucho a la tele bramar contra los vecinos del Norte, evoco a Julia, hago terapia recordando su risa y el pequeño armisticio que logramos aquel día.
Las manos se mueven seguras, veloces, apenas tienen 30 segundos para colocar en la parte inferior de la mesa los tabacos que irán hacia el mercado negro. Dos cámaras panean el salón donde las olorosas hojas se enrollan y terminan en cajas con el nombre de Cohiba, Partagás, H. Upmann. Cada ojo de vidrio gira 180 grados, dejando –por muy breve tiempo– una zona ciega, una estrecha franja de torcedores sin vigilancia. Buen momento para poner fuera de las vista de los supervisores aquel lancero o ese robusto, que después será vendido al margen del mercado oficial. Otro empleado se encarga de pagar a los custodios para lograr sacarlo del recinto y en veinticuatro horas su fuerte aroma ya estará en las calles.
Cuando mis estudiantes de español me preguntan sobre la calidad de los tabacos que se venden “por fuera”, bromeo diciéndoles que en el interior de dichas cajas bien podrían encontrarse el periódico Granma enrollado. Sin embargo, también sé que una buena parte de esa oferta clandestina es sacada de los mismos lugares institucionales donde se confeccionan los que se exhiben en las tiendas legales. Tres de cada cinco habaneros, en caso de ser interpelados, se vanagloriarán de conocer a un verdadero torcedor que consigue puros auténticos y frescos. El negocio de la nicotina involucra a miles de personas en esta ciudad y genera una red de corrupción y ganancias de incalculable tamaño. Su reto es que el producto final se parezca al que comercia el Estado, pero cueste tres o cuatro veces menos.
Entre las proposiciones más comunes que reciben aquí los turistas se escuchan aquellas de “¡Mister, cigars!”, “¡Lady, habanos!”que les lanzan en cada esquina. Al menos, no resulta tan chocante como cuando el proxeneta les susurra un catálogo que incluye “Chicas, Chicos, Chicas con Chicos”. Así la secuencia que comienza en la fábrica, en esos 30 segundos en que el lente de la cámara mira hacia otro lado, termina en un extranjero pagando por veinticinco tabacos lo que de otra manera sólo le alcanzaría para comprarse un par. Todos salen felices: el torcedor, el custodio, el vendedor ilegal y … ¿el estado? bueno… ¿a quién le importa?
Con carátula colorida y forro de nylon, la nueva oferta de Cds y DVDs asoma en cada esquina de mi ciudad. Vender música, series televisivas y filmes es una de las profesiones por cuenta propia que se ha expandido –más aceleradamente- en las últimas semanas. Todos quieren tener su propio punto de distribución y los más creativos ofrecen compilaciones de un mismo actor o toda la discografía de una cantante. No hay barreras con el derecho de autor, mientras los seriales norteamericanos y españoles llevan la primacía en el número de copias adquiridas. La piratería ha dejado de ser algo que se susurraba al oído de los interesados para mostrarse públicamente en improvisados anaqueles de madera y cartón. Cualquiera puede poner en jaque a las discográficas y a las productoras, siempre y cuando no traspase la línea de lo ideológicamente aceptado.
Llama la atención que en medio de la osadía de saltarse el copyright, nadie se atreva a ofertar los programas prohibidos y populares que sí recorren las redes alternativas de información. Están ausentes de los catálogos públicos esos documentales –tan vistos en los hogares cubanos- que abordan nuestra historia nacional desde una óptica diferente a la oficial. No aparecen tampoco, en los estantes que se exhiben en portales y ventanas, los filmes que muestran la situación de la Rumanía de Ceausescu, la Rusia de Stalin, la Corea del Norte de Kim Jong Il. Los verdaderos hits del mundo underground harían peligrar la licencia de cualquier recién estrenado cuentapropista. Se conoce incluso de “visitas” de advertencia hechas a los nuevos empresarios, para que ni se les ocurra brindar ciertos materiales conflictivos. El pacto de la censura se ha cerrado.
Ajeno al tema del control, está el de la rentabilidad de estos pequeños negocios. Cuando comenzaron a crecer, el precio de un DVD con cinco películas estaba alrededor de los 50 pesos nacionales. Hoy, en vistas de la profusión de vendedores, apenas si supera unos 30. Muchos de ellos no llegarán al primer semestre como trabajadores independientes. Otros diversificarán su producción y ampliarán sus puntos de venta. Sin embargo, para mantenerse a flote y con ganancias, probablemente apelarán a esas temáticas hoy condenadas. En un par de meses una buena parte de ellos tendrá, además de la oferta visible, otro anaquel escondido, sólo para clientes muy confiables, para satisfacer a los inquietos buscadores de lo prohibido.
Hay dos hombres en la esquina. Uno lleva un audífono, mientras el otro mira hacia la puerta del edificio. Todos los vecinos saben muy bien por qué están allí. En uno de los pisos vive un disidente y los dos miembros de la policía política observan quién entra y sale del lugar; mantienen el auto cerca para seguirlo a dondequiera que vaya. No intentan esconderse, pues quieren hacer notar que ese sujeto de opiniones críticas está fichado, de manera que los amigos se alejen para no terminar cayendo ellos también en la redes del control, en la telaraña de la vigilancia.
No es un caso aislado. Aquí cada inconforme tiene su propia sombra o grupo de ellas que lo persigue. Los llamados “segurosos” usan, además, sofisticadas técnicas de supervisión que van desde intervenir la línea telefónica, colocar micrófonos en las viviendas o rastrear la ubicación del objetivo a través de la señal de su propio teléfono celular. Son tan devastadores los efectos en la vida personal y social de quienes sufren uno de esos operativos, que hemos dado en llamar a la Seguridad del Estado con nombres terribles como “el Aparato”, “el Armagedón” o “la Trituradora”.
Pero ni siquiera estos militares vestidos de civil pueden escapar del escarnio popular. Hay varias bromas acerca de la desmesurada proporción de segurosos que rondan alrededor de cada opositor. En un tono bajo y mirando por sobre el hombro, muchos apuntan con sorna: “Con tantos brazos que hacen falta en la agricultura y mira a estos aquí, vigilando todo el día al que piensa diferente”. Pues sí, qué contraste se notaría si, en lugar de penalizar la opinión, se dedicaran a labores productivas; si en vez de proyectar su larga sombra sobre los críticos del sistema la dejaran caer sobre una plantica de lechuga o de tomate, sobre ese surco –hoy vacío– que ellos podrían ayudar a sembrar.
Era abogada en una empresa de Camagüey, hasta que el día de los Reyes magos le entregaron no un regalo sino el acta de su despido. Descorazonada, se llevó a casa el vaso plástico con el que tomaba agua en el trabajo y aquella planta de hojas pequeñas que adornaba su buró. En un primer momento, no supo cómo contarle al marido que ya no tenía empleo, ni siquiera llamó a sus padres para decirles que a su “niña” la habían dejado fuera con el nuevo reordenamiento laboral. Soportó y calló mientras comía en la noche y el noticiero nacional hablaba con optimismo sobre el nuevo camino para lograr la eficiencia. Sólo acostada y en la penumbra de la habitación, le explicó a él que no pusiera el reloj despertador, porque al otro día no tendría que levantarse temprano. Su nueva vida, sin trabajo, había comenzado.
Después de recortar la plantilla, el administrador de aquel centro camagüeyano contrató los servicios de un bufete colectivo para que lleve los temas legales. Si antes la solícita abogada se ocupaba de todo el papeleo jurídico por sólo 500 pesos mensuales (menos de 25 USD), ahora la empresa debe abonar unos 2 000 pesos para recibir la asistencia desde una institución externa. La aritmética atormenta a la jurista desempleada, pues ni siquiera le queda el consuelo de que su despido sirvió para hacer más rentable la empresa. Para colmo, los empleados más confiables políticamente o más cercanos en amistad al director se quedaron en sus puestos. Lograron salir airosos declarando sus ineficaces plazas de burócratas como si en realidad estuvieran directamente vinculadas a la producción. De ahí que el secretario general del PCC aparezca ahora –ante los ojos de los posibles inspectores– como si fuera tornero, cuando todos saben que vegeta detrás de una mesa llena de documentos atrasados y amarillentos.
Sin embargo, lo que más angustia a esta mujer que ha caído en el paro no es el futuro de su empleador estatal, sino el rumbo que su vida personal tomará. Nunca ha hecho otra cosa que llenar actas, componer contratos, enmendar declaraciones. Sus diecisiete años de vida profesional los apostó a trabajar para ese patrón gubernamental que hoy la ha dejado en la calle. No sabe nada de peluquería, ni de las artes de una manicura como para abrir su propio salón de belleza; apenas si ha aprendido a manejar una computadora y no habla ningún otro idioma. Tampoco tiene un capital inicial para abrir una cafetería o invertir en la crianza de cerdos; lo único que se le da bien es analizar decretos de leyes, encontrar los intersticios en los artículos jurídicos. En el caso de ella, el despido es la despedida de su vida laboral, el regreso al fogón, la dependencia al hombre que todavía conserva su empleo; es el silencio perenne de aquel reloj que antes sonaba a las seis de la mañana.
Pinar del Río es una ciudad sin cines, un trozo urbano donde apenas pasan autos y en las noches tiene las calles oscuras y vacías. Sin embargo, algunos proyectos personales brillan en medio de tanto marasmo. Uno de ellos es la casa taller de Pedro Pablo Oliva, con su sala a medio camino entre el hogar familiar y la galería de arte. Allí te mandan a pasar, te dan café, te enseñan el lienzo colgado en la pared o la escultura que yace en una esquina, sin preguntarte quién eres, de dónde has venido. La primera vez que lo visité, Oliva daba pinceladas a un Fidel Castro en óleo, visto como a través de un aparato de radiografías. Flotaba con su barba rala y entre las manos tenía una doncella casi asfixiada, que se parecía –irrefutablemente– a Cuba. En la parte inferior del cuadro, diminutas personas con las cuencas de los ojos vacías presenciaban el forzado estrujón que el Máximo Líder le infringía infligía a la patria.
Regresé a mi casa atesorando el cariño que me dieron aquel pintor, su esposa Yamilia y sus hijas, una de ellas con el hermoso nombre de “Azul”. Sentí que con gente así era posible el abrazo, el entendimiento, el debate; era posible incluso volver a alumbrar de vida las calles de Pinar del Río. Pocos meses después, supe que los mítines de repudio habían marcado también aquel lugar, cuando Yamilia empezó a realizar una serie de performances públicos bajo el título de “Sin permiso”. Seleccionó para ello el día 10 de diciembre, fecha en que en esta Isla los demonios de la intolerancia se desbocan. El resultado, un tumulto de gente gritando frente a su puerta, impidiéndole salir a llevar sus caballetes para que los transeúntes los llenaran de colores en las plazas y los parques. Un año después, también en la jornada por los Derechos Humanos, se volvió a repetir la misma escena, esta vez incluso con piedras y palos amenazantes que la obligaron a quedarse en casa.
A través del móvil, Yamilia mandó su mensaje de auxilio y recuerdo haber subido a Twitter aquel S.O.S que me llegaba desde el oeste. En un momento incluso recomendé públicamente que Pedro Pablo Oliva, figura emblemática de nuestra cultura, se pronunciara sobre lo que ocurría tan cerca de él. Hace unos días me llegó su respuesta, con la aclaración de que podía hacerla pública si así lo estimaba. Sus palabras son de un tono tan libre y reconciliador que creo merece la pena que las comparta con ustedes. Cuando las leí, supe que el cine de Pinar del Río algún día reabrirá y que esa inmovilidad urbana y cívica dará paso a una ciudad más viva, menos sectaria. A El gran apagón, que él mismo pintó en los años más difíciles del Período Especial, le ha surgido una velita aquí… una luciérnaga allá.
Video de obras de Yamilia Pérez
Carta de Pedro Pablo Oliva:
Yoani:
Quiero primero saludarte y preguntarte cómo anda tu salud y la de tu esposo, la última vez que nos encontramos fue en la calle Obispo a raíz de una cita que solicitó al oficial que te raptó (por decirlo de una manera poética) aquellos días feos y torpes. Él me enseñó las marcas de la violencia.
Voy al grano para no extender mucho mis palabras.
Me imagino conozcas la declaración que la Casa-Taller (proyecto que tengo hace 10 años) emitió relacionado con las acciones plásticas que Yamilia Pérez Estrella, en aquel momento mi esposa, realizó en la provincia de Pinar del Río, todavía está en Internet.
En algunos de los párrafos de esa declaración dejé expresada mi posición, pero si quieres puedo dejar definido otras cosas mucho más claras.
Estoy, estuve y estaré en contra de cualquier uso de la violencia manipulada o no para acallar un pensamiento o una idea, resulta realmente bochornoso intentar con agresividad imponer un pensamiento o intentar hacerlo desde la intimidación. Todo acto de este tipo genera rechazo y repulsión y en nada ayuda en la tan necesaria unidad de este país marcado por conflictos políticos y familiares.
Por otra parte creo y creeré siempre que el artista necesita espacios más abiertos de comunicación, y por eso lucha.
Mi generación por otra parte creyó en la función social del arte, yo al menos lo asumí con orgullo de ahí mi afán por una obra que intentara reflejar su contexto y que llevara un análisis crítico de la sociedad. Más de una censura he tenido por ello.
A Yamilia me une el afán por cambiar el mundo, por intentar hacerlo mejor, siempre desde posiciones diferentes, ella desde la confrontación directa como lo hacía o hace Tania Bruguera, yo desde el mismo sitio donde nacen los proyectos sociales, cuestionando o no, criticando o no. En algo estamos totalmente de acuerdo: -no es esta una sociedad perfecta, tampoco otras que he vivido lo son.
Sueño con una sociedad diferente, utopía de esté hombre que soy y que ha vivido años tras años aciertos y fracasos, pero que no cesa de luchar por ese sueño.
Soy, Yoani, de los que cree que los contrarios necesitan expresarse como lo hacen el día y la noche, lo húmedo y lo seco, creo sin miedo en la necesidad de más de un partido porque las personas tienen derecho a agruparse por afinidad de pensamientos o filosofías o por la preciosa coincidencia de soñar.
Si me preguntaran un día, (cosa que dudo) a qué partido me gustaría pertenecer respondería que a uno que no encierre a sus hijos por pensar diferente, a ese que permita el fluir de las ideas como el río corre entre las dos orillas, a ese que me enseñe que sus hijos estén donde estén recibirán el dulce abrazo de la patria, ese que respete que una mujer ame a otra mujer y un hombre a otro hombre. Aquel que cultive paso a paso el encantador embrujo del amor. Ese que te enseñe el horizonte no como fin sino como comienzo, ese partido que no te diga –esto es, sino que sea abierto como las alas de una mariposa, el que cuide a sus hijos del fantasma odioso del hambre y el terrible flagelo de los dogmas. Un partido que como fin entienda que las nuevas generaciones necesitan dirigir el país y expresarse como se expresa el viento y la lluvia, y muchas cosas más, Yoani, que sería interminable nombrar y que forman parte de ese sueño al que aspira este hombre.
Si algo he aprendido en todos estos años es que una persona no puede permanecer tanto tiempo dirigiendo un país, puedo entender la presencia de un partido 20 ó 30 años, tal vez 50; pero no dirigido siempre por la misma imagen, los rostros, la manera y el pensamiento; son necesarios cambiarlos cada cierto tiempo, cada hombre puede tener un método diferente.
Disculpa mi disgregación o incoherencia. Sabes que Yamilia tiene una obra demasiado corta, pero sé que tiene espíritu y agallas suficientes para superar cualquier obstáculo en el proceso de creación.
Esta es mi posición, no hay otra, da pena ver tanto aparataje oficial girando alrededor de una delgada muchacha para impedirle hacer una acción plástica un día que alguien le adjudicó erradamente a la disidencia, si surgieran diez Yamilia, me imagino que desplegarían todo el ejercito.
Te aseguro, Yoani, que este hombre vive sin miedo.
Tiene apenas treinta y dos páginas y una sobria cubierta azul. El pasaporte cubano parece más un salvoconducto que una identificación. Con él podemos saltarnos la insularidad, pero su tenencia tampoco garantiza que logremos tomar un avión. Vivimos en el único país del mundo donde para adquirir dicho documento de viaje hay que pagar en una moneda diferente a la que se reciben los salarios. Su costo de “cincuenta y cinco pesos convertibles” significa para un trabajador promedio guardar el sueldo íntegro de tres meses en aras de conseguir ese librito de filigrana y hojas numeradas.
Sin embargo, en este principio del siglo XXI ya no es tan inusual encontrar a un cubano con pasaporte, algo raro en los años setenta y ochenta, cuando sólo unos pocos elegidos podían mostrar uno. Nos volvimos un pueblo inmóvil y los pocos que salían iban en misión oficial o camino al exilio definitivo. Cruzar la barrera del mar era un premio para los fieles y la gran masa de los “no confiables” no podía ni soñar con dejar atrás el archipiélago. Afortunadamente, eso cambió gracias quizás al arribo de turistas que nos contagiaron la curiosidad por el afuera o por la caída del campo socialista que puso al gobierno ante la evidencia de que ya no podría regalarles “viaje de estímulos” a los más leales.
Ahora, en cuanto consiguen nacionalizarse en otro país, mis compatriotas respiran aliviados de contar con otro documento de identificación que les devuelva el sentido de pertenencia a algún lugar. Unas breves páginas, una carátula forrada en piel y el escudo de otra nación, pueden hacer la diferencia. Mientras, el librito azulado donde dice que nacieron en Cuba, queda escondido en la gaveta, a la espera de que algún día sea motivo de orgullo y no de pena.
*Aprovecho para contar que la oficina de Inmigración y extranjería mantiene retenido mi pasaporte desde mi última solicitud de permiso de salida. ¿Habré pasado a ser una indocumentada?
El 24 de diciembre me levanté tecleando en mi teléfono móvil algunos deseos, breves vaticinios de lo que 2011 podría traernos a los que habitamos sobre esta Isla. Después de lanzar varios textos en 140 caracteres hacia Twitter, se me ocurrió pedirles a mis amigos y conocidos que me enviaran sus propias esperanzas y yo me comprometía a catapultarlas al ciberespacio. En apenas un par de horas la bandeja de entrada de mi Motorola colapsó, de tantos pronósticos y expectativas que generan en nosotros los próximos doce meses. Curiosamente, una palabra se repetía en la mayoría de estos mensajes, la escurridiza “libertad” copaba con sus ocho letras una buena parte de los sms que me llegaron en las vísperas de Navidad.
Por eso, quiero en estos últimos días de 2010 colgar en Generación Y mi propio concepto de libertad. En estas imágenes, filmadas por un par de jóvenes cineastas alemanas, se resume mi relación con ese concepto ausente de nuestra vida, pero no de nuestras aspiraciones.
* El video es un fragmento del filme “Soy Libre” que aún está en proceso de edición, dirigido por Andrea Roggon de Alemania
Cada día que pasa nos acerca al nuevo año, y con ello crece la alarma sobre el recorte de empleos y la disminución de subsidios que enfrentaremos en los próximos meses. La frase de “seguir bordeando el precipicio”, que utilizó Raúl Castro en su último discurso, no tiene visos de metáfora sino de dolorosa realidad. Dentro de las asistencias sociales que serán eliminadas, está el llamado mercado racionado que distribuye una pequeña cuota mensual de productos para cada ciudadano. Nadie puede sobrevivir comiendo solamente lo que anotan en su “libreta de racionamiento”, documento más importante aquí que el propio carnet de identidad. Sin embargo, los bajísimos salarios y los altos precios de los otros mercados existentes en el país hacen que la supresión de esta subvención sea dramática y extremadamente controvertida.
No sólo es un apoyo básico y magro, sino que se comporta como el alpiste que justifica la jaula. Siempre que la crítica eleva su tono y la inconformidad empieza a señalar al sistema, salen los oficialistas a recordarnos que el gobierno gasta millones al año para proveernos de un poco de frijoles, un paquete de café cada treinta días y ese trozo de mortadela que nutre más el humor popular que los estómagos. Así ha sido durante más de cuarenta años, desde que se instauró el mercado normado, en un momento en que mis padres pensaron en que iba a ser algo temporal, una medida transitoria hasta que la economía planificada y centralizada comenzara a rendir frutos. Con apenas unos días de nacida, inscribieron mi nombre en el registro de consumidores y veinte años después yo tuve que anotar a mi propio hijo en la misma lista. El racionamiento pasó a ser así algo inherente a nuestras vidas, de ahí que tantos no sepan si reír o si llorar ante la noticia de su final.
Todos estamos conscientes de que mantener la “libreta” resulta insostenible para la economía nacional, pero pocos se imaginan la vida sin ella. Por si las cosas, en nuestra casa, hemos decidido poner a buen recaudo el menudo librito de hojas cuadriculadas que nos han entregado para 2011, pues si resultara ser realmente el último con toda seguridad se convertirá en un documento histórico. Quienes defienden su eliminación inmediata aseguran que eso significará la colocación automática de toneladas de mercancías en venta libre, lo que se supone provocará un bajón de los precios en el mercado no regulado por el estado. Pero, quizás el cambio más importante puede ocurrir en la mentalidad de las personas, cuando sientan que la pequeña porción de alpiste ya no está siendo colocada en el interior de la jaula, cuando comiencen a sentir la presión real de cada uno de los barrotes.
Ir a trabajar el 25 de diciembre, tener clases el mismísimo día de Noche Vieja o estar en un trabajo voluntario mientras el año llegaba a su fin. Todo eso era posible en la Cuba del fervor ideológico y de los extremos ateístas, del falso ascetismo y la subestimación de las festividades, que nos llevaron a esas Navidades ausentes, grises, en voz baja. Las últimas semanas de 1980, 1983 o 1987, fueron tan repetidamente aburridas, tan idénticas en su falta de colorido, que se me mezclan en los recuerdos como una sola. Pasé varias de esas jornadas sentada en un pupitre, mientras en otras partes del mundo la gente compartía con la familia, abría los regalos, celebraba en la intimidad de sus hogares.
Tal parecía que las vacaciones de Navidad nunca más iban a establecerse en las escuelas cubanas, que los estudiantes sólo tendrían receso durante las celebraciones patrióticas o de corte ideológico. Sin embargo, poco a poco, sin anunciarse en ninguna parte ni aprobarse en nuestro peculiar parlamento, los propios alumnos comenzaron a recuperar esos feriados. Al principio, en cada aula sólo un tercio de la matrícula faltaba a la escuela por esos días, pero lentamente el virus del asueto comenzó a contagiar a todos. Las ausencias durante las últimas semanas del año se elevaron tanto en las escuelas que al Ministerio de Educación no le ha quedado más remedio que decretar hasta una quincena de pausa en las clases. Es de esas pequeñas victorias ciudadanas que ningún periódico reporta, pero que todos evaluamos como un terreno arrebatado a la falsa sobriedad que nos quieren imponer desde la tribuna.
Hoy, mi hijo Teo se ha levantado tarde, no irá a la escuela hasta el próximo año. Sus colegas llevan desde el miércoles sin presentarse en el preuniversitario. Verlo dormir hasta las diez, hacer planes para los próximos días de descanso, me ayudan a compensar mis aburridas navidades infantiles. Me hacen olvidar todas aquellas Noche Buenas que pasé sin percatarme siquiera que había un motivo para celebrar.
El alojamiento hospitalario fue construido en un terreno donde una vez se fundieron piezas prefabricadas para crear la ciudad del hombre nuevo. Como tan quimérico individuo no se logró y tampoco había recursos para edificar nuevas viviendas, el sitio quedó vacío por décadas. Con el surgimiento de la llamada Batalla de Ideas, en aquel lugar comenzaron a colocarse los cimientos para un hotel con más de un centenar de habitaciones. Las grúas y los camiones llegaron a una velocidad asombrosa para las construcciones en Cuba y apenas en dos años levantaron las paredes, instalaron las ventanas de aluminio e inauguraron el lugar. Con los recursos hurtados en aquella obra, muchas familias de la zona pintaron sus fachadas, se hicieron con aires acondicionados para sus habitaciones y remodelaron sus baños.
Conocido como el hotelito de Tulipán, fue destinado a servir de albergue para enfermos latinoamericanos que venían a curarse en nuestra Isla. En los momentos de mayor actividad de la llamada “Operación Milagro”, la amplia entrada del lugar se llenaba de ómnibus que descargaban a decenas de pacientes cada semana. Después, cuando fue mermando el número de los que venían por motivos de salud, se veía en él a grupos que recibían preparación político-ideológica para implementar el “Socialismo del siglo XXI” en sus respectivos países. Los vecinos –desde el muro exterior– curioseábamos sobre la transformaciones que se operaban en aquel alojamiento y aventurábamos algunas hipótesis de cuál sería su destino final. Hubo hasta algunas apuestas de si lo entregarían a los militares o llevarían a vivir a él a los damnificados del último huracán.
Sin embargo, hace unos días, apareció un cartel con una oferta de una “cena de Navidad” en el otrora exclusivo comedor del hotelito. Pocas semanas antes, los jóvenes del barrio habían podido mirar el partido entre Barcelona y el Real Madrid, desde los mullidos asientos del lobby, por 2 pesos convertibles la entrada. Ahora, las empleadas de la carpeta aseguran que cualquiera puede alquilar una habitación y ya no es necesario ser extranjero para acceder al hermoso patio central. Sin dudas, es una clara señal de que la Batalla de Ideas ha sido sepultada definitivamente y de que el verdadero “milagro” que hoy se propone el gobierno es el de recaudar algo de divisas, hacer rentable lo costoso. A ver si el país no se hunde en el abismo, como temía Raúl Castro en su último discurso.
Recuerdo muy bien aquella jornada de la Bienal de La Habana, en la que Tania Bruguera instaló un par de micrófonos para que cualquiera pudiera disfrutar de su minuto de libertad en el podio. Poco tiempo después, esta artista irreverente y universal se fue a Colombia y conmocionó a todos al repartir –a manera de performance– cocaína entre su público. En Cuba, nos regaló una dosis intensa de opinión sin mordazas; en Bogotá los contrastó a ellos con la evidencia de la droga, principio y fin de muchos problemas en esa nación. Las autoridades colombianas respondieron escandalizadas, pero al final aceptaron que el arte es así de transgresor. Sin embargo, a algunos de los que aquí participamos en El susurro de Tatlin se nos sigue impidiendo entrar a un cine, a un teatro, a un concierto cualquiera.
Hace una semana supe que Tania –nuestra Tania– ha decidido fundar un partido de inmigrantes con sede en New York y Berlín. La nueva entidad está pensada para la defensa de esos que siendo niños llegaron a tierra norteamericana y hoy se sienten en peligro de deportación, pero también quiere enfocarse en los yugoslavos sin papeles que habitan en Madrid, los nigerianos que se esconden de la policía en París o los tamiles que falsean su pasaporte para quedarse en Zürich. Su nueva obra de arte-política se basa en aquellos a quienes los sueños personales, las estrecheces económicas, la guerra, la reunificación familiar o las desiguales condiciones de este mundo, los han empujado a instalarse como indocumentados en otro país.
Declaro que he tenido el impulso de militar en ese partido de inmigrantes, pues once millones de cubanos somos segregados en nuestra propia nación con trozos de territorio a los que no tenemos acceso, cruceros que surcan nuestras aguas sobre los que están prohibidos los pasaportes nacionales, tierras que se dan en 99 años de usufructo sólo a quienes pueden demostrar que no han nacido aquí y empresas mixtas para gente que habla con la “zeta” o dice “Madame” y “Monsieur”. Encima de eso, nos imponen fuertes restricciones para entrar y salir de nuestras fronteras, restricciones que evocan a la garita donde retienen a los ilegales en un aeropuerto. Hay momentos en que uno siente que nuestra nacionalidad es como una visa vencida, una tarjeta de residencia caducada, un permiso de estancia que cualquier día nos pueden revocar.
Una anciana camina por el paseo del Prado con un cartel colgado del cuello. Está hecho a mano –con tinta azul– y en él se ofrece “un apartamento de 2 habitaciones en el Cerro” a cambio de algo similar en el municipio Playa. Desde la siete de la mañana comienza a llegar gente al lugar, con propuestas para intercambiar una casa por otra, en un país donde aún está prohibida la compra y venta de éstas. También se ve a los intermediarios, conocidos como permuteros, que proliferan allí donde no pueden hacerlo las inmobiliarias, donde han sido satanizados los anuncios públicos y legales de un mercado de viviendas.
De las preguntas más difíciles que me hacen mis alumnos de español, mientras les enseño esta ciudad desvencijada y peculiar donde he nacido, está la de “¿Qué tipo de persona vive en ciertas casas o en determinados barrios?” Trato de explicarles que lo mismo se puede encontrar una señora –que se gana la vida limpiando pisos– radicada en una mansión de Miramar, que a un cirujano en un cuartucho sin agua corriente. Probablemente a la mujer de la enorme casa se le esté cayendo el techo y su jardín sea un caos de maleza y herrumbre, pues el salario no le alcanza para sostener tantos metros cuadrados. El galeno, por su parte, tiene un capital acumulado gracias al negocio ilícito de implantes mamarios; pero no puede –legalmente– conseguir una vivienda acorde a sus posibilidades. Así que la humilde limpiadora y el doctor se ponen de acuerdo, se saltan la ley y deciden intercambiar sus domicilios. Para lograrlo, corrompen a tres o cuatro funcionarios del Instituto de la Vivienda. Pasado un año, él disfruta de un césped salpicado de buganvilia y ella de los miles de pesos convertibles que recibió por “reducirse”.
Miles de cubanos han estado planificando hacer algo similar, de ahí que al leerse el punto 278 de los Lineamientos del VI Congreso del PCC, hayan respirado aliviados. Según se dice en éste, se aplicarán “fórmulas flexibles para la permuta, compra, venta y arriendo de viviendas”. Muchos han interpretado que con esto se levantará el banderín del mercado inmobiliario y se permitirá vender o adquirir una casa. Confieso que tengo mis reservas. No creo que nuestras autoridades estén preparadas para aceptar la inmediata redistribución que experimentará esta ciudad, todo el país, si aceptan que la gente pueda decidir qué hacer con sus propiedades. Unos pocos meses después que semejante medida se haya tomado, brotarán las diferencias sociales que hoy están escondidas detrás de una mansión despintada o de un cuartucho repleto de electrodomésticos. Aflorarán entonces con más fuerza esas crecientes desigualdades que la hipocresía oficial ha tratado de esconder.
Nota: En el lenguaje propio a los jugadores de dominó en Cuba, “dar agua” es revolver las fichas para continuar jugando.
El dinero vino en un sobre blanco, traído hasta la puerta por una agencia -alternativa e ilegal- de distribución de remesas. Lo acompañaba una carta del tío que se fue hace treinta años hacia New Jersey y nunca más volvió. “Úsenlo para celebrar la Navidad”, decía con su letra estilizada y concluía la nota con un breve “bye“. La señora cerró la puerta aún sin creer que el pariente emigrado les hubiera mandado aquellos 50 salvadores dólares por fin de año. Llamó a gritos al hijo y a la nuera, mientras la gran pregunta comenzaba a cobrar forma en su mente: “¿Qué me compraré?”
Primero pensaron en reparar el techo que se filtra con cada aguacero, pero al quitarle el 20 % de impuesto del USD en Cuba, no quedó suficiente para los materiales. Otra posibilidad era invertir en sacar la licencia de una cafetería para vender jugos en el portal de la casa. El hijo de la señora la convenció rápidamente de que no, pues las ganancias de tal labor por cuenta propia demorarían en llegar y ellos estaban urgidos de dinero cuanto antes. Le recordó que su esposa pariría en tres semanas y que la prioridad eran los pañales desechables para el bebé. Sin embargo, la dueña de la casa se negó a convertir todo en Pampers, pudiendo con el pequeño capital reparar el motor de la lavadora, roto desde hace años. “Además, yo necesito un par de zapatos, porque me da pena seguir yendo al trabajo así”, sentenció la ya malhumorada mujer. El tío -en la distancia- era ajeno a la agitación que su remesa estaba causando.
Estuvieron el resto de la semana discutiendo qué hacer con los 40 pesos convertibles que les dieron como cambio en el banco. La querella tomó por momentos tintes agresivos, cuando la hija que no vivía en la casa se apareció para reclamar la parte que le tocaba a ella. Ninguno se planteó en serio cumplir con lo que el familiar exiliado había deseado: que adquirieran unos turrones, una botella de sidra y un pedazo de cerdo para Noche Buena. Al amanecer de un sábado de diciembre, la taza de baño apareció tupida. Buscaron un plomero que cobró 38 CUC por repararla y cambiar un trozo de tubería. La propia vida había establecido así sus prioridades de gastos. La mujer se sentó entonces en el sillón de la sala y volvió a preguntarse qué se compraría, ahora, con los 2 CUC restantes.
Hace varias semanas, en una de esas tediosas reflexiones que leen en cada noticiero, escuché hablar de Wikileaks. Ya sé que parece increíble que una blogger, alguien que usa la web como camino de expresión, no conociera desde antes este sitio de revelaciones. Pero nada es de extrañar en esta “isla de los desconectados”, ni siquiera que nos enteremos con años de atraso de lo que ha sido tema de intensas discusiones en el resto del mundo. Recuerdo que aquella primera mención al sitio de Julian Assange en nuestros medios oficiales venía acompañada de cierta complicidad por parte de los articulistas, de un amago de risa anticipada por el daño que la publicación de documentos clasificados podría causar al gobierno norteamericano. Sin embargo, en la medida en que el nombre de Cuba comenzó a aparecer junto a informes de injerencia en Venezuela y a testimonios de coacción contra su propio personal médico, el entusiasmo de Granma se trastocó en molestia y los aplausos iniciales dieron paso al silencio. Ni siquiera el Máximo Líder volvió a hacer referencia a Wikileaks.
Lo ocurrido en los últimos días va a cambiar de manera significativa la forma en que los gobiernos manejan la información y también los caminos a través de los cuales los ciudadanos nos hacemos con ella. Pero también –no nos engañemos– hará que los regímenes que se basan en el silencio y la falta de transparencia refuercen la protección de sus secretos o eviten ponerlos por escrito. Mientras salen a la luz cables, memorándums y correspondencia entre sedes diplomáticas y departamentos de estado, los autoritarios de todos los rincones están tomando nota, están aprendiendo a no dejar constancia de sus órdenes de acallar, reprimir o matar. Esta lección ya la están poniendo en práctica desde hace décadas; si no me creen busquen en esos archivos cubanos que algún día se desclasificarán a ver si aparece el nombre de quién fue el que decidió fusilar a tres hombres que secuestraron en 2003 una embarcación para emigrar. ¿Dónde está el papel que confirma la presión psicológica que se orientó hacerle al poeta Heberto Padilla para empujarlo a un mea culpa que todavía debe pesar en la conciencia de algunos? ¿En cuál gaveta, estante o archivo se guarda la firma de quien mandó a hundir el remolcador 13 de marzo, donde murieron mujeres y niños lanzados al mar por el chorro de agua de una lancha guardafrontera?
Hay tantos que no dejan constancia, que tienen una cultura ágrafa de la represión y poseen incineradoras de papel que humean todo el día; jefes que no necesitan poner nada sobre la tinta reveladora de la historia, a quienes les basta con arquear las cejas, levantar el índice, susurrar al oído una pena de muerte, una batalla en una llanura africana, una convocatoria a insultar y zarandear a un grupo de mujeres vestidas de blanco. Si a algunos de ellos les surgiera un Wikileaks local, lanzarían contra éste las penalizaciones máximas, los castigos más ejemplarizantes, sin molestarse siquiera en fabricarles a sus organizadores un expediente por “violación” o por “sacrificio de ganado vacuno”. Saben que “vista hace fe” y por eso se cuidan de que no haya material para revelaciones sorprendentes, de que nunca sea visible el entramado real de su poder absoluto.