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Message: Julio 5, 2010 El hombre se sentó al volante de su auto, aspiró el olor inconfundible a carro nuevo, accionó el encendido y escuchó satisfecho el rugido del motor. El auto no podía ser más moderno y lujoso. Era una maravilla tecnológica que prometía regalarle muchos años de viajes seguros y placenteros. Todo en el vehículo funcionaba a la perfección: los equipos electrónicos, las partes mecánicas, los sistemas de navegación… Todo, excepto… “¿Qué ruidito es ése que siento aquí a mi derecha…? Bah, no debe ser nada importante. Seguro se le quita mañana”, se dijo a sí mismo. Tres semanas después el ruidito seguía como el primer día. Al principio el hombre intentó ignorarlo, pero pronto el insistente tácata que se sentía cada vez que el auto agarraba un bache, se le empezó a hacer verdaderamente molesto. El hombre comprobó todas las manijas, los botones y demás piezas móviles del interior del auto, pero no logró dar con el dichoso ruido. A continuación le pidió a cada persona que viajaba con él que tratara de localizar la procedencia del insistente tácata, pero cada uno lo escuchaba en un lugar distinto. Llegó el momento en que no aguantó más y decidió llevar el auto a la agencia donde lo había comprado. Allí le hicieron todo tipo de pruebas, pero ninguno de los mecánicos logró encontrar la causa del ruido. Es más, en cuanto el carro entró al taller el misterioso e irritante sonido desapareció como por encanto… para luego reaparecer, en cuanto salió del mismo. De nuevo el hombre trató de ignorarlo por unos días, pero la conciencia le empezó a recordar a gritos que había pagado una fortuna por el carro, que era nuevo y que no había razón alguna para que el persistente ruidito se siguiera sintiendo. Decidió entonces llevarlo a otro taller y luego a un tercero, pero el resultado fue el mismo que en el primero: nadie daba pie con bola con el condenado ruido. A continuación el hombre intentó devolver el auto a la agencia, pero no se lo aceptaron porque el carro funcionaba a la perfección, aparte de que el maldito ruido nunca aparecía en el momento de las revisiones. Así las cosas, el hombre pasó de la incomodidad al malestar y de ahí a la más abierta cólera que había sentido en su vida. Comenzó por insultar al ruido en cuanto éste hacía su indeseable aparición. De ahí pasó a injuriar a todo el carro por haberlo traicionado. No tardó en emprenderla a golpes y patadas contra el vehículo al final de cada viaje. Los improperios que le profería eran de tan grueso calibre que los vecinos se empezaron a molestar y llamaron a la policía en un par de ocasiones. El hombre se vio forzado a explicar el motivo de su frustración a las autoridades, pero eso no le quitó de encima las multas por alteración del orden público que se vio obligado a pagar. Un día no resistió más. En cuanto el diabólico tácata se hizo presene en aquella mañana de verano, el hombre cambió de ruta y comenzó a acelerar. Y en la misma medida en que el ruidito aumentaba, más el hombre aceleraba. Así, subió una empinada cuesta a toda velocidad y cuando llegó al tope hizo un giro súbito a la izquierda y lanzó el auto al vacío. Y cuentan los testigos que presenciaron la inusual escena que el hombre reía salvajemente y miraba a su derecha mientras el carro caía precipicio abajo. Nadie supo jamás que esa fue su venganza contra el ruidito que tanto lo había martirizado. http://www.elbusdelenguaviva.net/ http://www.alllatino.net/index.php/10219/