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Message: Todavía no se ha resuelto el conflicto en Honduras que abortó con el golpe de estado contra el presidente Zelaya y ya algunas cosas quedan claras. La primera es que, contra lo que se pensaba, los militares latinoamericanos siguen jugando un papel decisivo en las crisis internas de los países. Eso ya había ocurrido en los terremotos políticos de Ecuador que llevaron a la salida de Jamil Mahuad y de su sucesor, Lucio Gutiérrez, así como en los casos de Sánchez de Lozada en Bolivia, de De la Rúa en Argentina, de Fujimori en Perú y con la caída y vuelta al poder de Chávez en Venezuela. Pero nunca se hizo tan manifiesto como en el caso de Honduras porque no existió un movimiento popular que plenara las calles, como sí lo fue en casi todos los casos mencionados y porque, como en un guión de otras épocas, fue el ejército quien sacó en pijamas a Zelaya de su cama para echarlo a otro país. Lo segundo es que la democracia es más compleja de lo que se cree y que no reside sólo en la elección de un presidente. En todos los ejemplos mencionados había un presidente electo pero su manejo de la crisis –económica, como en el caso de De la Rúa y Mahuad, política como en el caso de Chávez, por abuso del uso de la fuerza como en el caso de Sánchez de Lozada o por corrupción institucional como en el de Fujimori– llevó a ese presidente a un aislamiento político extremo, lo que condujo a su “derrocamiento institucional” con apoyo militar. En el caso de Venezuela Chávez volvió al poder porque el aislamiento del gobierno provisional fue incluso mayor y el ejército se vio obligado a volverlo al poder. En Honduras quizás el aislamiento haya sido el más extremo, lo que tiene las consecuencias que veremos. Tercero, y quizás lo más relevante, es que contrario a otras épocas la legitimidad de un gobierno no reside sólo en la soberanía interna de una elección presidencial o la pérdida de autoridad frente al resto de fuerzas institucionales de un país, sino que ha aparecido otra de al menos igual importancia: la legitimidad externa. Durante el siglo XX la única legitimidad que contaba era la interna (muchas veces medida en la fuerza de los cañones, como mostraron Mussolini, Hitler, Stalin y Franco) o en América Latina el apoyo de EEUU, cuya lista de apoyo a dictaduras locales fue tan larga que no cabría en estas líneas. Hoy ambas legitimidades cuentan y eso es lo que está en juego en Honduras. La batalla por la opinión pública latinoamericana y mundial la ganó Zelaya, pero salvo el apoyo de importantes sindicatos, pequeños grupos políticos y algunas fuerzas estudiantiles, la vasta mayoría de las instituciones y fuerzas internas lo rechaza. Su intento de desviar el rumbo constitucional y reelegirse a costa de lo que fuera, más la percepción de que terminó siendo un monigote de Chávez, lo aislaron de manera rotunda. Por eso la negociación no va a ser fácil y podría durar mucho tiempo, porque cada parte en discordia responde a una legitimidad diferente y antagónica: Zelaya a la externa, que incluye desde la moderación de EEUU, Brasil y Chile hasta el apoyo total (incluyendo los aviones) de Chávez; Micheletti a la interna, que va desde la casi totalidad del parlamento, las fuerzas políticas mayoritarias, la corte suprema y pareciera que el apoyo de la mayoría silenciosa de Honduras. No deja de ser interesante que sea un pequeño país, uno de los más pobres del continente, el que esté escribiendo la letra pequeña de un nuevo tomo de política nacional e internacional. leonardo_vivas@harvard.edu http://www.alllatino.net/index.php/4751/