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Message: Nada será igual cuando finalice el actual conflicto de Honduras, ni internamente ni en el sistema latinoamericano en su conjunto. Honduras quedará marcada por una polarización política que, si bien importada de tendencias que se mueven con fuerza en el continente, se incrustó en el alma del pueblo hondureño hasta llevarlo a esta confrontación que hoy reviste dimensiones internacionales. En un país que parecía haberse librado de los fantasmas del pasado militar recrudece la confrontación entre dos modelos de democracia. Una, liberal en su contenido y más bien conservadora en las formas, persigue la instauración del imperio de la ley y la constitución y aborrece el populismo como fórmula para gestar los cambios que pueda necesitar la nación (Costa Rica, pues). La otra, inspirada en la fórmula del presidencialismo extremo patentada por Chávez, adelantada exitosamente en Bolivia y Ecuador e intentada sin éxito en Argentina, hace de la democracia un referéndum presidencial continuo y vacía de contenido otros aspectos de la democracia contemporánea que le son decisivos, como el contrapeso de otros poderes, la libertad de prensa y la tolerancia política frente al adversario. Quizás sea ese parteaguas que se pone de manifiesto con extrema crudeza en Honduras por lo que ha sido tan difícil una solución negociada: porque verdaderamente estamos frente a dos modelos de democracia que no parecen tener conciliación alguna. Lo dramático del caso de Honduras es que esa pequeña nación no ha sucumbido todavía a la disolución institucional frente al avance del narcotráfico que se vive en lugares como Guatemala y que se esparce como la pólvora en Centroamérica. Y quizás por eso se resiste frente a la presión internacional de poderes con especial gravitación como Venezuela, EEUU y, en las sombras, Brasil. Aislada como se encuentra pelea como gato boca arriba por la preservación institucional, aunque sea con las armas equivocadas. Pero tampoco el sistema interamericano quedará indemne. El advenimiento de la Carta Democrática de la OEA pareció marcar el comienzo de una nueva era donde la democracia se convertía en el único modelo permitido –the only game in town, como lo caracterizó el científico político Juan Linz. Pero la inestabilidad en América del Sur (pensemos en Perú, Ecuador, Bolivia, Argentina, por no hablar de Venezuela) llevó al sistema interamericano a concentrarse sólo en la legitimidad presidencial. Para variar, el momento decisivo tuvo lugar en Venezuela, donde el Presidente Chávez manipuló todos los poderes (electorales y judiciales) para que un referéndum que él mismo había consagrado en la constitución se hiciera sólo cuando tuviera garantías de ganar. A partir de entonces ya nada fue igual. De ahí en adelante la OEA fue consagrándose como el famoso Club de Presidentes que es hoy. Y es por eso que la OEA responde con tanta agresividad frente al golpe en Honduras cuando había permanecido callada frente a los intentos de Zelaya por torcer la constitución. Y por eso hoy la OEA se lava las manos como Pilatos frente a la destrucción que adelanta el Presidente Chávez contra las instituciones legítimamente ganadas por la Oposición en recientes elecciones, persigue gobernantes electos, les quita los recursos y toda herramienta de acción gubernamental posible (policía, salud, etc). Finalmente, tampoco EEUU se librará de los efectos perniciosos del caso Honduras. Buscando diferenciarse –correctamente –de los excesos de la era Bush, la administración Obama sigue sin conseguir una manera adecuada de plantearse la defensa de la democracia como institución y de reconstruir los lazos con el resto del continente, al cual siempre ha mirado por encima del hombro. Aunque la fórmula mediadora de Arias lució como una iniciativa interesante, la manera como el mediador planteó las cosas, poniendo las cartas sobre la mesa desde el principio y exigiendo la restitución de Zelaya como condición, condujo a que hoy nos encontremos en un callejón sin salida. A lo mejor planteado el tema con discreción y no en las páginas del Washington Post se hubiera llegado a la misma solución. Como siempre parece ocurrir en conflictos internacionales de esta índole probablemente Honduras –el más débil– pagará los platos rotos. leonardo_vivas@harvard.edu http://www.alllatino.net/index.php/4977/