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Message: Hace ya tres cuartos de siglo Rómulo Gallegos usó una expresión típica de los llanos venezolanos, tremedal, para referirse a los pantanos en los el viajero poco avisado y desconocedor de sus rincones puede caer con facilidad. Pero más que una mera caracterización del paisaje, Gallegos se refería a cómo el llano en general, su cultura y su psicología ancestral, pueden llegar a dominar –hasta tragárselo –al hombre de ciudad que llega a esos lugares recónditos con ínfulas de saberlo todo y ser capaz de controlar las cosas con su ciencia, conocimiento y buenos modales. La lógica de la narración de Gallegos parece estar ocurriendo en Honduras. El último episodio, en el que representantes directos de la administración estadounidense más liberal en décadas fracasan en el intento de lograr un arreglo político-insitucional, es una buena indicación de eso. El tremedal hondureño se ha ido tragando uno tras otro a los representantes de la “civilización”: la OEA, el Presidente Oscar Arias (el único país con larga tradición democrática en Centroamérica), Naciones Unidas, Hillary Clinton, Secretaria de Estado de EEUU, Celso Amorín, canciller de Brasil, hasta llegar recientemente a Tom Shannon, Secretario Adjunto del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, así como a Ricardo Lagos, ex-Presidente de Chile e Hilda Solís, Secretaria del Trabajo estadounidense, quienes formaron parte de la comisión de supervisión de los acuerdos firmados hace apenas semana y media. Hasta el momento Honduras no ha sucumbido frente a las formidables presiones que toda la comunidad internacional ha hecho para reponer al depuesto presidente Zelaya. Clinton y Obama necesitaban con urgencia un éxito político en América Latina frente al desastre del acuerdo militar con Colombia, pero con Honduras se han dado en las narices. Chávez necesita la vuelta de Zelaya para mostrar que la revolución puede avanzar como un torrente por el cauce que le ofrece la democracia representativa, hasta destruirla desde adentro. Cualquiera diría que se trata de una soberana tozudez del presidente de facto, Micheletti, quien ha dado sobradas muestras de no querer llegar a un acuerdo que permita a Zelaya dirigir el país por el tiempo que falta hasta que se encargue el presidente que resulte electo en las elecciones de fines de noviembre. Pero, bien miradas las cosas, lo que pareciera estar ocurriendo bajo la apariencia de una crisis política es un sólido acuerdo interno de buena parte de la institucionalidad política y social hondureña para evitar aunque sea darle un respiro a la tendencia populista y reformista de la constitución que representa Zelaya. La constitución hondureña no es ningún dechado de virtudes. Encarna los acuerdos políticos de la época inmediatamente posterior al final de la guerra caliente centroamericana, pero con una peculiaridad. Mientras en El Salvador, Nicaragua y Guatemala las negociaciones que culminaron el las cartas magnas respectivas representaban dos partes literalmente opuestas a sangre y fuego, en Honduras el establecimiento político y el ejército –pero sobre todo este último –se pagaron y se dieron el vuelto. Por eso la constitución hondureña consagra tantos privilegios a los militares, hasta el punto de hacerlos garantes de la constitución. Por eso Zelaya probablemente tenía razón cuando se propuso cambiar la constitución. Su enorme error fue dejarse llevar por la marea reeleccionista que inauguraron Brasil y Argentina hace pocas décadas y que ha llegado a su paroxismo con Hugo Chávez. Sentirse el ungido para adelantar la transformación política condujo a este atolladero que no parece arrojar resquicios de solución. Vistas las cosas a estas alturas pareciera que una buena solución en Honduras es ya imposible. Como dijera César Gaviria recientemente: Zelaya no va a volver a la presidencia porque tiene a todo el mundo en contra, la OEA se equivocó al condenar automáticamente la salida de Zelaya y la única salida medianamente decente consiste en esperar los resultados de la elección y construir a partir de ahí. Quiera Dios que después de tantos rodeos por el tremedal hondureño, la comunidad latinoamericana e internacional haga como en la novela de Gallegas hizo Santos Luzardo con Marisela, la agreste jovencita a quien decidió cuidar: buscar la manera de encauzar al pueblo hacia el uso positivo de sus energías, apoyando su lado constructivo. En todo caso, la reforma política y de la constitución en Honduras quedó para vestir santo. leonardo_vivas@harvard.edu http://www.alllatino.net/index.php/6819/