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Message: Hace ya unas cuantas lunas el famoso filósofo marxista húngaro Georgy Lukacs escribió un famoso libro llamado El Asalto a la Razón donde criticaba al movimiento surrealista y otros similares en la Europa de comienzos de siglo por tratar de negarse a las fuerzas propulsoras de la historia. Si bien entendía la corrosiva crítica social que emanaba de muchas de esas obras, artistas y autores, equiparaba la potencia creativa de gente como Bretón, Picasso, Dalí, o el neorealismo alemán, con la negación de la razón, que estaría representada por el socialismo como fuerza histórica del progreso. Ninguno de los dos tenía razón –entre otras cosas, en el arte no se trata de tener razón– pero ilustran cómo fuerzas vivientes en la sociedad, políticas o no, luchan desesperadamente por interpretar los signos de la historia… y se equivocan. Hoy se ha destapado en América Latina un nuevo movimiento que, al igual que Lukacs, se siente intérprete de la historia. Se trata del famoso Socialismo del Siglo XXI. No obstante, y paradójicamente, este de ahora se opone a las fuerzas que hoy marcan el ritmo de la tecnología personalizada, nada menos que a Internet. Hay quienes interpretan el llamado de guerra del gobierno venezolano contra Internet, los blogs, magazines digitales, Twitter y demás mecanismos que hoy pueblan el universo de la Web, como una muestra de su afán de controlarlo todo. Y por supuesto que hay mucho de eso. Todavía están recientes en la memoria los sucesos en Irán donde mucho de lo que acontecía diariamente en las gigantescas movilizaciones y la represión que se desencadenó como respuesta, era narrado en tiempo real por una mezcla de aficionados al video y el uso de Twitter para hacer llegar las noticias al exterior. Y naturalmente que a todo pichón de dictador le preocupa la falta de control de las masas desbordadas, sobre todo a alguien como Esteban, quien lo ha sufrido en carne propia. Pero pareciera que en el caso venezolano y en menor grado en Ecuador, Nicaragua o Bolivia se trata de un síndrome mucho más profundo que el mero deseo del poder total. Se trata de una aversión a la modernidad, la nostalgia por una época en que la soberanía se medía en cañones o en la capacidad para influir sobre los demás países sobre la base del poder desnudo. Se equivocan. La realidad contemporánea rebasa cualquier cálculo de soberanía medido con esas varas de antaño. Hoy la soberanía popular es cada vez más simultáneamente la soberanía del individuo. Si alguna vez hubo separación entre democracia y derechos individuales, por aquello del peso de la mayoría y lo que esa mayoría estuviera dispuesta a imponerle a los demás, hoy esa brecha no hace sino cerrarse. Nada más libre que Internet, donde cada quien puede buscar –y postear –lo que quiera, sin más control que los que ejercen las autoridades públicas para impedir que se violen ciertas normas colectivas mínimas, como la prohibición de la pornografía infantil o las amenazas de muerte. El extremo del argumento de la libertad de expresión es Twitter. La única limitante es la brevedad que imponen los 140 caracteres en cada mensaje. Pero de resto, lo que uno quiera: en serio o en broma, contestación a lo que dicen otros o simple inspiración. Y si a uno no le gusta lo que otros dicen, pues lo borra como seguidor. La libertad de expresión en grado máximo pero autoregulada. Es esa potencia expresiva del individuo que desborda los límites de una colectividad rígida lo que rompe los esquemas de regímenes como el venezolano, el cubano o, mucho más serio aún, el chino. Y esto nos trae directamente a la controversia china por controlar Internet. Es allí, en ese vasto mundo de contradicciones entre una economía que crece al ritmo de tambor batiente del mercado capitalista potencialmente más grande de la historia y el deseo de preservar el equilibrio político y la soberanía que han heredado de sus ancestros, donde se registra la confrontación decisiva en torno a Internet. Se trata de la defensa por parte del régimen chino de la soberanía política limitada en el sentido que tuvo hasta el siglo XX frente al crecimiento exorbitante de más de un millardo de individuos que pujan por ocupar un espacio en la sociedad. No se trata todavía de un hecho político que comprometa la hegemonía del Partido Comunista Chino, sino del renacimiento de la sociedad en el mundo subterráneo –o mejor aún, sideral– de la Web. Es esa fuerza individual la misma que amenaza al régimen cubano, que no encuentra cómo defenderse de Yoani Sánchez, la bloguera estrella de la isla, quien por cierto no escribe contra el régimen sino que simplemente narra lo que le acontece a cualquier persona que por un acaso de la vida le tocó nacer en una revolución congelada en el tiempo. China no es Cuba y su capacidad de negociación es mayor y muy probablemente los Googles y los Yahoos de este mundo tendrán que arrodillarse frente al mercado más grande del mundo, pero sólo por un tiempo. Internet vencerá. leonardo_vivas@harvard.edu http://www.alllatino.net/index.php/8616/