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Message: Demonios chilenos Estaban ahí, escondidos, agazapados esperando la oportunidad. No habían salido antes de sus cavernas oscuras o de sus rascacielos luminosos porque Chile, bajo la Concertación, construyó un muro de tolerancia que impedía que su prédica autoritaria y polvorienta se abriera camino en un país que buscaba pasar la página a los horrores del pasado reciente. Son los viudos de Pinochet, uno de los más infaustos regímenes de fuerza que haya parido Latinoamérica, y mire que nuestro continente ha sido pródigo en dictaduras. Salen ahora porque creen que ha llegado el momento de la revancha, de reescribir la historia, de reivindicar la lógica autoritaria y justificar lo injustificable so pretexto del caos nacido de un régimen en su marcha al socialismo que no pudo ser. Creen que les toca sacar las trompetas del orden absoluto, del inmovilismo social que sólo puede lograrse bajo un régimen dictatorial. Era inevitable que así fuera, porque sólo así, sacando las telarañas al aire y limpiándolas, será posible que definitivamente Chile entierre sus fantasmas. Naturalmente que le hacen un flaco servicio al nuevo régimen conservador, pero con claro talante democrático, de Piñera, el cual ha tenido que desembarazarse del peso muerto de estos momios irredentos. En todo caso, bienvenido el debate. Ha llegado la hora de poner las cosas en claro y superar los mitos de parte y parte. El gobierno de Allende fue un desastre porque la obsesión nacionalizadota que acompaña todo intento socialista puso la economía de rodillas, desató la inflación a niveles siderales y abrió las compuertas para los excesos típicos de las revoluciones: las tomas de fábricas y la radicalización verbal y movilizadora de buena parte de los seguidores del presidente. Pero en medio del desbarajuste y la polarización, Allende mantuvo en alto su palabra de conducir los cambios estrictamente ajustado a la democracia. Fue precisamente su empeño democrático el que lo llevó al aislamiento entre dos bandos radicalizados que se hicieron cada vez más irreconciliables y que condujo al despeñadero. Como la historia se ha encargado de demostrarlo, Allende murió en su ley, defendiendo la institucionalidad democrática. Y el golpe militar que condujo a su muerte abrió uno de los capítulos más negros de la historia del continente, cuyo líder máximo y sus seguidores terminaron cebándose en sus adversarios para borrarlos de la faz de la tierra, exterminarlos y reducirlos a polvo cósmico. Como suele ocurrir, un exceso condujo a otro y después sólo quedó contar los muertos. Pero la tragedia de Allende y de Chile nos sigue enviando mensajes sobre los dilemas latinoamericanos de nuestros días. También hoy se han desatado los demonios de ayer y más de un régimen se ha propuesto avanzar al socialismo en medio de una previa tradición democrática. Pero como es inevitable, los caminos de la revolución y la democracia terminan cruzándose y enfrentándose y al final alguno de los dos es sacrificado. En Venezuela, Honduras y Nicaragua ese cruce de caminos ha conducido al debilitamiento del esfuerzo democrático que tantas vidas y tiempo ha costado. En Venezuela el drama acusa momentos especiales porque quien hoy dirige sus destinos ‘—y está decidido a seguirlo haciendo indefinidamente—empuja al país cada día que pasa a una encrucijada: o desaparece definitivamente la democracia y se instaura el socialismo, o el país recobra la senda de la prudencia, se restablece plenamente la democracia y el socialismo desaparece del escenario. Esa es la verdadera opción que vive el país y al cual están condenadas todas aquellas naciones que transiten ese camino. Los demonios chilenos siguen vivos y coleando y alertando a la región a evitar los excesos. leonardo_vivas@harvard.edu http://www.alllatino.net/index.php/9973/