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    <title>Leonardo Vivas</title>
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      <title>Demonios chilenos</title>
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      <description>Demonios chilenos
Estaban ahí, escondidos, agazapados esperando la oportunidad. No habían salido antes de sus cavernas oscuras o de sus rascacielos luminosos porque Chile, bajo la Concertación, construyó un muro de tolerancia que impedía que su prédica autoritaria y polvorienta se abriera camino en un país que buscaba pasar la página a los horrores del pasado reciente. Son los viudos de Pinochet, uno de los más infaustos regímenes de fuerza que haya parido Latinoamérica, y mire que nuestro continente ha sido pródigo en dictaduras.


Salen ahora porque creen que ha llegado el momento de la revancha, de reescribir la historia, de reivindicar la lógica autoritaria y justificar lo injustificable so pretexto del caos nacido de un régimen en su marcha al socialismo que no pudo ser. Creen que les toca sacar las trompetas del orden absoluto, del inmovilismo social que sólo puede lograrse bajo un régimen dictatorial. Era inevitable que así fuera, porque sólo así, sacando las telarañas al aire y limpiándolas, será posible que definitivamente Chile entierre sus fantasmas. Naturalmente que le hacen un flaco servicio al nuevo régimen conservador, pero con claro talante democrático, de Piñera, el cual ha tenido que desembarazarse del peso muerto de estos momios irredentos. En todo caso, bienvenido el debate.


Ha llegado la hora de poner las cosas en claro y superar los mitos de parte y parte. El gobierno de Allende fue un desastre porque la obsesión nacionalizadota que acompaña todo intento socialista puso la economía de rodillas, desató la inflación a niveles siderales y abrió las compuertas para los excesos típicos de las revoluciones: las tomas de fábricas y la radicalización verbal y movilizadora de buena parte de los seguidores del presidente. Pero en medio del desbarajuste y la polarización, Allende mantuvo en alto su palabra de conducir los cambios estrictamente ajustado a la democracia. Fue precisamente su empeño democrático el que lo llevó al aislamiento entre dos bandos radicalizados que se hicieron cada vez más irreconciliables y que condujo al despeñadero. Como la historia se ha encargado de demostrarlo, Allende murió en su ley, defendiendo la institucionalidad democrática. Y el golpe militar que condujo a su muerte abrió uno de los capítulos más negros de la historia del continente, cuyo líder máximo y sus seguidores terminaron cebándose en sus adversarios para borrarlos de la faz de la tierra, exterminarlos y reducirlos a polvo cósmico. Como suele ocurrir, un exceso condujo a otro y después sólo quedó contar los muertos.


Pero la tragedia de Allende y de Chile nos sigue enviando mensajes sobre los dilemas latinoamericanos de nuestros días. También hoy se han desatado los demonios de ayer y más de un régimen se ha propuesto avanzar al socialismo en medio de una previa tradición democrática. Pero como es inevitable, los caminos de la revolución y la democracia terminan cruzándose y enfrentándose y al final alguno de los dos es sacrificado. En Venezuela, Honduras y Nicaragua ese cruce de caminos ha conducido al debilitamiento del esfuerzo democrático que tantas vidas y tiempo ha costado. En Venezuela el drama acusa momentos especiales porque quien hoy dirige sus destinos ‘—y está decidido a seguirlo haciendo indefinidamente—empuja al país cada día que pasa a una encrucijada: o desaparece definitivamente la democracia y se instaura el socialismo, o el país recobra la senda de la prudencia, se restablece plenamente la democracia y el socialismo desaparece del escenario. Esa es la verdadera opción que vive el país y al cual están condenadas todas aquellas naciones que transiten ese camino. Los demonios chilenos siguen vivos y coleando y alertando a la región a evitar los excesos.


leonardo_vivas@harvard.edu</description>
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      <title>¿Sobrevivirá México?</title>
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      <description>Cuando niños nos acostumbramos a identificar los países en los mapas conforme a colores: azul para Argentina, amarillo para China, México quizás verde. Eso les confería cierta permanencia. Pero hete que los mapas pueden cambiar y con ellos los países, como nos lo vino a demostrar la Unión Soviética culminando el siglo pasado. Pero aún manteniéndose los mapas y sus bordes bien trazados, países y naciones a veces se desdibujan hasta casi perder su sustancia original. En eso anduvieron países latinoamericanos como Colombia, Bolivia y Argentina a comienzos del nuevo milenio. Pero lograron remontar la cuesta. Ahora parece que le ha tocado a México. Más allá de los brutales impactos de la recesión en EEUU—que México resiente como nadie—y las siete plagas que se han ido aposentando sobre sus habitantes (sombras de ilegitimidad presidencial, la gripe H1N1, las inundaciones y terremotos) México enfrenta hoy su peor enemigo: el cáncer del narcotráfico.


Aunque producción y tráfico de estupefacientes siempre hubo en México, la limpieza eficaz de la Florida como puerto de entrada prominente (en una operación coordinada desde el Comando Sur que incluyó al ejército estadounidense y la DEA), y el debilitamiento de los carteles colombianos como jerarcas definitivos del tráfico de narcóticos, ha convertido a México en el centro y eje del negocio, gracias a su proximidad con EEUU. Esta oleada reciente, que ya lleva su buena década, consigue a México en buena medida con los calzones abajo. Hay razones para todos los gustos: internas, externas y combinadas. Entre las internas está el relativo desmantelamiento de los aparatos de inteligencia mexicanos de la era del PRI, que servían tanto de elementos esenciales de captación de información sobre los cambios organizativos de los carteles, como de vehículos de negociación para mantener una suerte de détente entre los grupos más importantes y contener excesos de violencia. Se sabe que la razón principal de la violencia es la competencia entre carteles por control territorial, tanto de las zonas de frontera, como los distintos corredores que conducen a ellas. Otra razón ha sido la decisión del presidente Calderón de confrontar los carteles al máximo, utilizando a fondo al ejército. Y múltiples experiencias internacionales han revelado que los ejércitos no están diseñados para este tipo de guerras de baja intensidad, por lo cual se comportan como elefante en cristalería. Hay pocos dudan que esa decisión obedeció a la baja legitimidad con la cual inició Calderón su período debido al ínfimo margen del triunfo y la persistente recusación de López Obrador y sus adherentes. Eso explica la violencia brutal en Ciudad Juárez y los picos recientes en Nuevo Laredo. Tanto la presencia del ejército como la guerra entre carteles mantienen en vilo a importantes ciudades de la frontera, causando una variedad de daños colaterales y violaciones a los derechos humanos de la ciudadanía que allí habita. Recientemente han salpicado también a ciudades como Monterrey, que siempre han sido una suerte de retaguardia económica del negocio. Esta lista tendría poco valor si no se incluye la enorme capacidad de reclutamiento y organización que han demostrado los carteles mexicanos. A pesar de la caída de importantes capos en años recientes, no es menos cierto que los carteles son verdaderas corporaciones con una gran capacidad de adaptación y de cambio gerencial interno frente a los embates “normales” de ese tipo de negocios. Además, su disponibilidad financiera a prueba de balas le permite reclutar los mejores. Ello explica cómo los Zetas fueron el resultado de un grupo de élite del ejército completo que decidió cambiar de bando e invertir sus habilidades de poder de fuego e inteligencia en pos del dinero a manos llenas.


Pero incluso si México ganara la lotería y pudiera arbitrar una política eficaz en cada uno de los frentes internos mencionados, poco o nada podría frente al factor externo: la gigantesca aspiradora que es la demanda de drogas ilícitas en EEUU. Y nótese que lo esencial reside en la segunda palabra: ilícitas. La criminalización del consumo y la guerra contra las drogas a escala mundial ha fracasado y la situación actual de México es la mejor prueba de ello. Esa estrategia fallida para combatir la producción y el comercio de narcóticos es también la razón de la vuelta a la vida en Colombia y otros lares de grupos y carteles, guerrillas y paramilitares que se alimentan de la carroña de las drogas ilícitas. Nada permite prever que esta fallida estrategia vaya a cambiar en el corto plazo, al menos a juzgar por los discursos de altos funcionarios en EEUU y en México. En el interín tendrán los gobiernos estadales y locales, las organizaciones de la sociedad civil, los organismos de derechos humanos y los ciudadanos de a pie que descifrar maneras para protegerse de esta guerra avisada que sí mata soldados.


Leonardo Vivas

Leonardo_vivas@harvard.edu</description>
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      <dc:date>2010-04-08T15:24:00-05:00</dc:date>
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      <title>El asalto a la modernidad</title>
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      <description>Hace ya unas cuantas lunas el famoso filósofo marxista húngaro Georgy Lukacs escribió un famoso libro llamado El Asalto a la Razón donde criticaba al movimiento surrealista y otros similares en la Europa de comienzos de siglo por tratar de negarse a las fuerzas propulsoras de la historia. Si bien entendía la corrosiva crítica social que emanaba de muchas de esas obras, artistas y autores, equiparaba la potencia creativa de gente como Bretón, Picasso, Dalí, o el neorealismo alemán, con la negación de la razón, que estaría representada por el socialismo como fuerza histórica del progreso. Ninguno de los dos tenía razón –entre otras cosas, en el arte no se trata de tener razón– pero ilustran cómo fuerzas vivientes en la sociedad, políticas o no, luchan desesperadamente por interpretar los signos de la historia… y se equivocan. 

Hoy se ha destapado en América Latina un nuevo movimiento que, al igual que Lukacs,  se siente intérprete de la historia. Se trata del famoso Socialismo del Siglo XXI. No obstante, y paradójicamente, este de ahora se opone a las fuerzas que hoy marcan el ritmo de la tecnología personalizada, nada menos que a Internet. Hay quienes interpretan el llamado de guerra del gobierno venezolano contra Internet, los blogs, magazines digitales, Twitter y demás mecanismos que hoy pueblan el universo de la Web, como una muestra de su afán de controlarlo todo. Y por supuesto que hay mucho de eso. Todavía están recientes en la memoria los sucesos en Irán donde mucho de lo que acontecía diariamente en las gigantescas movilizaciones y la represión que se desencadenó como respuesta, era narrado en tiempo real por una mezcla de aficionados al video y el uso de Twitter para hacer llegar las noticias al exterior. Y naturalmente que a todo pichón de dictador le preocupa la falta de control de las masas desbordadas, sobre todo a alguien como Esteban, quien lo ha sufrido en carne propia. Pero pareciera que en el caso venezolano y en menor grado en Ecuador, Nicaragua o Bolivia se trata de un síndrome mucho más profundo que el mero deseo del poder total. Se trata de una aversión a la modernidad, la nostalgia por una época en que la soberanía se medía en cañones o en la capacidad para influir sobre los demás países sobre la base del poder desnudo. 

Se equivocan. La realidad contemporánea rebasa cualquier cálculo de soberanía medido con esas varas de antaño. Hoy la soberanía popular es cada vez más simultáneamente la soberanía del individuo. Si alguna vez hubo separación entre democracia y derechos individuales, por aquello del peso de la mayoría y lo que esa mayoría estuviera dispuesta a imponerle a los demás, hoy esa brecha no hace sino cerrarse. Nada más libre que Internet, donde cada quien puede buscar –y postear –lo que quiera, sin más control que los que ejercen las autoridades públicas para impedir que se violen ciertas normas colectivas mínimas, como la prohibición de la pornografía infantil o las amenazas de muerte. El extremo del argumento de la libertad de expresión es Twitter. La única limitante es la brevedad que imponen los 140 caracteres en cada mensaje. Pero de resto, lo que uno quiera: en serio o en broma, contestación a lo que dicen otros o simple inspiración. Y si a uno no le gusta lo que otros dicen, pues lo borra como seguidor. La libertad de expresión en grado máximo pero autoregulada. 

Es esa potencia expresiva del individuo que desborda los límites de una colectividad rígida lo que rompe los esquemas de regímenes como el venezolano, el cubano o, mucho más serio aún, el chino. Y esto nos trae directamente a la controversia china por controlar Internet. Es allí, en ese vasto mundo de contradicciones entre una economía que crece al ritmo de tambor batiente del mercado capitalista potencialmente más grande de la historia y el deseo de preservar el equilibrio político y la soberanía que han heredado de sus ancestros, donde se registra la confrontación decisiva en torno a Internet. Se trata de la defensa por parte del régimen chino de la soberanía política limitada en el sentido que tuvo hasta el siglo XX frente al crecimiento exorbitante de más de un millardo de individuos que pujan por ocupar un espacio en la sociedad. No se trata todavía de un hecho político que comprometa la hegemonía del Partido Comunista Chino, sino del renacimiento de la sociedad en el mundo subterráneo –o mejor aún, sideral– de la Web. Es esa fuerza individual la misma que amenaza al régimen cubano, que no encuentra cómo defenderse de Yoani Sánchez, la bloguera estrella de la isla, quien por cierto no escribe contra el régimen sino que simplemente narra lo que le acontece a cualquier persona que por un acaso de la vida le tocó nacer en una revolución congelada en el tiempo. China no es Cuba y su capacidad de negociación es mayor y muy probablemente los Googles y los Yahoos de este mundo tendrán que arrodillarse frente al mercado más grande del mundo, pero sólo por un tiempo. Internet vencerá.


leonardo_vivas@harvard.edu</description>
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      <dc:date>2010-03-17T21:11:00-05:00</dc:date>
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      <title>¿Podrán contra Chávez?</title>
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      <description>De lejos y de cerca el chavismo en Venezuela ha lucido invencible durante buena parte de su largo mandato de 11 años. Con un bolsillo hasta donde llega la imaginación de los 150 dólares que alcanzó el petróleo en su mejor momento, e incluso los 70&#45;80 dólares que se cotiza actualmente, con un líder de verbo fácil y consentido de los más pobres –de lejos la mayoría de los venezolanos– nada parecía detenerlo. Es cierto que ha tenido dos derrotas electorales importantes, el referendo en 2007 y las elecciones regionales en 2008, pero en términos efectivos ha minimizado su impacto, bien sea imponiendo la reelección indefinida en otra consulta o violentando los medios y recursos para gobernar de sus opositores. Hete aquí, no obstante, que ahora Chávez se ha topado con una barrera mucho más difícil de vencer: su propia ineficiencia como gobernante. La devaluación con su impacto de inflación y escasez y la falta de previsión en hacer a tiempo las inversiones para aumentar la capacidad de generación eléctrica han puesto al gobierno de rodillas. Que si el Niño, que si apagones programados que tuvo que suspender en Caracas, la traída de Ramiro Valdez desde Cuba, dizque a ayudar a mejorar la situación o la de Julio de Vido, el cerebro oscuro argentino detrás del affaire del maletín, o ahora la emergencia eléctrica, esa secuela de acciones sin ton ni son muestran a un gobierno debilitado en su capacidad para llevar las riendas del país. Hoy en día nadie duda que ese debilitamiento, en particular del líder mismo, pueda tener consecuencias electorales en las elecciones parlamentarias de septiembre, cuando se renueva el cuerpo legislativo. No es que el mundo se le vaya a caer a Chávez, quien ha neutralizado todos los poderes institucionales que se le oponen. Pero permitiría eliminar la mayoría vociferante que le secunda cada deseo. Además sería un signo importante de los vientos de fronda nacionales, que se contabilizarían más tarde si el presidente decide lanzarse de nuevo a la presidencia.


Dicho esto, ¿puede la oposición llevar adelante la tarea que le toca? ¿Será capaz de maximizar el afán de revancha que comienza a respirarse en las calles de las principales ciudades? ¿Podrá superar sus limitaciones estructurales para acometer una tarea que se antoja titánica? No en balde significa contrarrestar un gobierno que tendrá repletas sus alforjas después de la devaluación y que moverá todos los recursos de un estado todopoderoso para movilizar o torcer la voluntad del electorado. Estamos hablando de un estado que controla la gran mayoría de gobernaciones y alcaldías y que dispone de dos presupuestos, el ordinario y el de los fondos públicos especiales, para gastar a manos llenas. También de un liderazgo que tras 11 años de experiencia ha probado ser coherente en el discurso, inclemente con sus opositores y que dispone de la justicia para someterlos a la vindicta pública si hiciera falta (recuérdese a Baduel, a Manuel Rosales y a Ramón Martínez). Veamos los pros y los contras.


A favor de la oposición juega el ánimo nacional. Nadie sabe con exactitud el impacto del desbarajuste actual sobre el llamado electorado Ni&#45;Ni, que a fin de cuentas decidirá, pero si el elector promedio piensa utilizar el voto como castigo, como ocurre muchas veces en democracia, entonces hay que suponer que una porción importante votará contra el gobierno. Pero las elecciones de septiembre son, a pesar del ánimo prevaleciente y el espíritu plebiscitario que le impondrá el gobierno, elecciones regionales, donde cuentan los candidatos. Más allá de la pasión chavista, el afán de controlarlo todo y de querer alinear al país por un solo camino, no es mucho lo que tiene que ofrecer la Asamblea Nacional actual como balance. Además la oposición ha aprendido de las elecciones regionales y ha desarrollado un método flexible para decidir sobre candidaturas, que son el aspecto más espinoso de cualquier elección. La Mesa Democrática, los principales partidos y grupos de electores y hasta Leopoldo López, Ex Alcalde de Chacao y único que lucía como “outsider” de la oposición, se han puesto de acuerdo sobre la manera de elegir candidatos. Probablemente se evitarán las torpezas de 2008, cuando ciertas organizaciones se empecinaron en mantener candidatos que luego resultaron tremendos bates quebrados. No siempre será así, pero también es cierto que luego de esas elecciones regionales ya hay en cada estado un sentido más claro de quién encarna mejor el liderazgo. Finalmente, estas elecciones son una oportunidad de oro para que la oposición renueve su liderazgo a escala nacional. Una estrategia inclusiva, que coopte grupos y líderes claramente independientes, e incluso chavistas “light” podría dar buenos dividendos. 


La gran dificultad de la oposición es lo que ella representa en concreto como imagen de liderazgo: se trata de un grupo de voces que cantan en un coro desafinado donde cada grupo o partido busca un ángulo de la crítica al gobierno para diferenciarse y obtener mejores resultados electorales a costa de un mensaje único y coherente, que reduzca las defensas del gobierno. Después de un trajín continuo de al menos cinco años y salvo en la elección presidencial de 2006, desde el referendo revocatorio la oposición no ha logrado un mensaje que transmita cohesión y decisión. Los líderes lucen cansados, trajinados, con un mensaje repetitivo en torno al presidente que lo hace cansón y que ahuyenta a potenciales electores independientes menos apasionados por los pros o contras del presidente.


Señoras y señores, hagan sus apuestas.


leonardo_vivas@harvard.edu</description>
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      <dc:date>2010-02-11T13:41:00-05:00</dc:date>
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      <title>La revolución traicionada</title>
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      <description>La revolución traicionada


Hace casi un siglo, cuando el socialismo era todavía un promesa y no se había convertido en sociedad opresora, Vladimir Ilich Lenin pergeñó una de sus célebres proclamas: Socialismo = Electricidad + Soviets. Esa imagen expresaba una de las pocas verdades que la idea de socialismo conlleva: generar energía para garantizar el desarrollo de las fuerzas productivas y llevar luz a los hogares de los más necesitados. Pues bien, ese eslabón esencial del ABC del socialismo se ha visto burlado por esta revolución de comiquita. Y que no se diga que no sabían. Como prueba un botón: Jorge Giordani, el ministro que más ha calentado asiento en estos diez años se formó en el CENDES (Centro de Estudios del Desarrollo, UCV) y allí dictaba un curso de…. Planificación. Además hizo un doctorado en un famoso Instituto de Desarrollo en Inglaterra  (Institute for Development Studies, en la Universidad de Sussex). Como dato curioso Giordani hizo su tesis sobre Kalecki, el famoso economista polaco que, junto con economistas occidentales, aplicó a Polonia y demás países de la órbita soviética sus conocimientos sobre el crecimiento en una economía socialista por contraposición a una capitalista. Una conclusión obvia: eso exigía una fuerte dosis de planificación. De Giordani se dice que no terminó su doctorado y quizás a ello se deban sus babiecadas al frente de Cordiplán. Pero al margen de eso, Kalecki ha sido traicionado por su pupilo latinoamericano y la planificación –y con ella el propio Lenin– han sido echados al cesto de la basura. Por estos días se ha repetido hasta la saciedad cómo el gobierno revolucionario se negó a llevar a cabo las inversiones que el propio Kalecki habría aconsejado para aumentar la generación hidroeléctrica Caroní arriba. También se dejó de llevar a cabo el mantenimiento de las plantas termoeléctricas de Tacoa y Plantacentro, las cuales alivian la presión de la demanda sobre la electricidad que se genera en Guri. Al final los venezolanos de todas las clases sociales pagamos los platos rotos y nos calamos los apagones.

En cuanto a política económica, buena parte de los economistas venezolanos y algunos extranjeros –incluyendo afectos al gobierno– han advertido sobre las distorsiones que una política de control de cambio permanente acarrea para una economía tan vorazmente importadora como la venezolana. Surgida con posterioridad a la coyuntura crítica de los años 2002 y 2003, el control de las divisas se hizo ley, manteniéndose con el correr de los años como un medio de ejercer control –y a veces coacción –sobre los agentes económicos. De modo que tarde o temprano una devaluación era inevitable dada la discrepancia entre el cambio oficial y el paralelo y una inflación que se ha mantenido alrededor de 30% durante los últimos años. Y no se diga nada sobre la minicrisis bancaria que ha llevado al cierre a unas 10 entidades medianas. Dadas las tasas de interés negativas y la caída en el ingreso petrolero, amén del manejo abusivo de los recursos de los ahorristas para especulaciones con operaciones de compra y venta de bonos, notas estructuradas y pare de contar, eso también se podía prever. De modo que en asuntos de planificación económica el gobierno también raspó. 

¿Qué va a pasar? Nadie lo sabe, pero la escasez, la subida de precios, los apagones y la falta de agua producto de una falta de planificación absoluta están comenzando a hervirles la sangre a los venezolanos. El presidente ha perdido popularidad y para un régimen que lo apuesta todo a la buena gracia de su líder con los electores eso puede ser muy grave. No obstante, donde el gobierno sí da muestras de planificar es en el escenario político. La crisis bancaria, que puso al desnudo el mundo avieso de la Boliburguesía, fue convertida en un símbolo de la lucha contra la corrupción. Pero es más difícil convertir apagones, escasez y alza de precios en una victoria política. Se podrá nacionalizar Éxito pero eso no llena el bolsillo de los venezolanos ni le trae luz a sus hogares. Por eso el gobierno apela ahora a la provocación, que es su especialidad. Impedir la transmisión de RCTVI por el cable ha sido la manera de polarizar una vez más. La reacción de los estudiantes no se ha hecho esperar y ya hubo dos víctimas de esa política en la ciudad de Mérida. Con ello el gobierno busca acorralar a sus opositores, caracterizarlos como desestabilizadores y presentarse como defensor del orden. Ya veremos cuán efectiva será su planificación política en los meses que restan hasta las elecciones legislativas para impedir que el descontento se materialice en el momento del voto. Pero hagan lo que hagan no podrán esconder el desastre de la planificación del desarrollo y sus consecuencias sobre el ciudadano común, chavista o no chavista.


Leonardo_vivas@harvard.edu</description>
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      <dc:date>2010-01-27T11:45:00-05:00</dc:date>
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      <title>Echados los dados en Honduras</title>
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      <description>Al día de hoy van cinco meses de tira y encoje en Honduras. Como en una buena telenovela, la tensión dramática se ha mantenido elevada, para bien del lado zelayista del conflicto. Primero, la condena internacional unánime que condujo a la expulsión del país de la OEA. Luego el intento de mediación fallido de Oscar Arias. Posteriormente la aparición repentina del depuesto presidente en la embajada brasileña y finalmente la segunda negociación, que aparentemente decretó el derrumbe de Zelaya en su intento de ser repuesto dignamente en su cargo. Esa puntada final –todavía nadie se explica porqué Zelaya accedió a firmar el acuerdo sin suficientes garantías –le permitió a EEUU cambiar de opinión en torno al reconocimiento de las elecciones.

A pocos días de las elecciones previstas para el 29 de noviembre, ¿cómo se plantean las cosas? Un resumen apretado muestra lo siguiente: 1) el zelayismo llega bastante debilitado pero cuenta con dos elementos a su favor, que pueden afectar el juego bien sea en el corto o en el mediano plazo: por una parte, una sensación de quiebre, de rasgadura en torno a las posibilidades de la rígida y desprestigiada democracia hondureña de resolver los acuciantes problemas (sociales y económicos) que aquejan al país. No olvidemos que Honduras es, después de Haití, el segundo país más pobre del continente. Por otra parte, un apoyo casi total de la comunidad interamericana. Ha sufrido un severo revés con el apoyo de EEUU al resultado de las elecciones, pero cuenta con un soporte casi unánime en América Latina. 2) Hay, no obstante, fatiga sobre el conflicto. Fatiga interna, que podría favorecer la apuesta electoral y fatiga externa, en torno a lo que cada vez parece más una quimera: la reposición del presidente Zelaya en el poder. 3) Aunque las elecciones han sido rechazadas por países muy influyentes, como Brasil y Argentina, por no hablar del bloque bolivariano, son hoy por hoy el centro de la atención. Con estos elementos en mente, hay tres escenarios posibles, que van a depender principalmente del nivel de abstención que ocurra en las elecciones del 29. En Honduras el grado de abstención ha sido bastante elevado (alrededor de 54% en las últimas elecciones presidenciales), si lo comparamos con Nicaragua, en donde votó en las últimas elecciones presidenciales cerca del 80%.

Escenario Suspiro de Alivio: En este escenario la abstención oscila entre 54% y menos del 50%, con lo cual el presidente que resulte electo puede cacarear su triunfo como perfectamente legítimo. Se ha argumentado el ventajismo de la élite política actual para imponer sus opciones, pero eso pasa en Venezuela en cada elección y nadie en la comunidad interamericana protesta. Si le queda al ganador un rapto de pragmatismo, se dedicará a rehacer el tejido de la convivencia y enarbolará una política de apertura, llamando incluso a que el presidente Zelaya presida el cambio de gobierno. En esta situación otros países distintos a Panamá acompañaran a EEUU en el reconocimiento de las elecciones. Candidatos obvios: Canadá, Colombia, Perú y quizás y sólo quizás, México. No se producirían grandes trastornos ni disturbios del orden porque se tendría la sensación de que se ha salido del atolladero. Ganadores: la élite política actual, EEUU. Perdedores: el zelayismo, las posibilidades de cambio de la rígida democracia hondureña y el chavismo y sus aliados continentales.

Escenario Amárrense los Pantalones: En este segundo escenario la abstención ronda el 65 o 70%. La sensación de fraude e ilegitimidad crece, se acrecienta la convicción de que la democracia hondureña fracasó, aumenta la conflictividad social, Zelaya se convierte en un héroe de la resistencia y los hechos de violencia que se han hecho presentes en los dos últimos meses aumentan. Países vecinos como Nicaragua y el resto del ALBA llaman a desconocer el gobierno electo, la OEA desconoce los resultados, países como Colombia se abstienen y los EEUU llaman a una nueva negociación. Ganadores: Zelaya y la resistencia, Chávez y el ALBA. Perdedores: Los partidos tradicionales hondureños y EEUU.

Escenario ni Fu ni Fa: En este tercer escenario, la abstención es mayor que en ocasiones anteriores pero no tan importante como para deslegitimar su resultado por completo. El presidente electo juega la carta de la continuidad, la OEA sigue sin poder decidir algo que destrabe el juego, EEUU se tira en el piso por las elecciones con el apoyo solitario de Panamá, buena parte de la comunidad internacional mantiene suspendido el apoyo económico, el zelayismo se mantiene vivo como factor político en torno a la figura de Zelaya, pero sin demasiado impacto en términos de movilizaciones. Es decir, no cambian mucho las cosas a como están hoy en día, se mantiene la inercia y se profundiza la crisis social. Ganadores: Nadie. Perdedores: todos.

Hagan sus apuestas, señoras y señores.</description>
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      <dc:date>2009-11-25T00:43:01-05:00</dc:date>
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      <title>¿Nos movemos hacia un nuevo mosaico mundial?</title>
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      <description>A pesar de la retórica en contrario, nos hemos acostumbrado los latinoamericanos a vivir bajo la sombra de Estados Unidos. Forma parte de nuestro libreto histórico o si se quiere de nuestra arquitectura mental, sentir la presencia amenazante o contemporizadora de la potencia del norte. Podemos protestar por sus desafueros o sentir urticaria por sus desplantes –y a veces por su simplismo– pero hasta hace poco la presencia norteamericana era la única constante en nuestra ecuación internacional. En ello contó no sólo el peso de la Guerra Fría o la importancia económica y su hegemonía militar y política en la era de la superpotencia solitaria que también ha llegado a su fin. Pero aunque no nos percatemos completamente, la preeminencia norteamericana casi total está cambiando para dar paso a un nuevo esquema que no termina de definirse. Terminada la era de Bush y con ella el intento final de la hegemonía americana absoluta, el mundo se recompone. No es una casualidad que un señor tan sobrio como Shimon Peres, que viaja tan poco, haya tomado sus maletas para visitar Argentina, uno de los pocos países que en la actualidad tratan condescendientemente a la nación hebrea. Menos casualidad aún que haya manifestado preocupación por la presencia iraní en el continente y el incipiente tejido de alianzas que ha ido labrando con distintos países, gracias al puente de plata que le ha tendido la Revolución Bolivariana. Lo que esa visita revela es hasta qué punto el mundo se ha hecho multipolar, convirtiendo a América Latina en un escenario más de disputas geopolíticas donde EEUU no siempre juega un papel protagónico.


América Latina, en parte gracias a la tersa diplomacia brasileña, que ha traspasado las fronteras tradicionales o a la hiperkinesis del presidente venezolano, que mete su cuchara en todos los platos internacionales que le sean posibles, ha ido convirtiéndose en punto de llegada de un creciente número de países que se acercan al subcontinente por diferentes razones. Líderes africanos como Gadaffi, de Libia o Mugabe, de Zimbabwe, han utilizado América Latina, o más estrictamente Venezuela, para lavar sus imágenes de parias o para incursionar más allá de sus reducidos espacios de acción internacional. Irán, ya sabemos, ha desarrollado una fuerte ofensiva tanto diplomática como económica para neutralizar todo lo que sea posible el cerco que sus planes de expansión nuclear le han creado en buena parte del mundo. China, por su parte, ha puesto en marcha una importante estrategia de intercambios económicos y de inversiones en cada vez más países, sin importarle mucho el signo ideológico de sus interlocutores. Incluso Rusia, que vivió un largo período de aislamiento luego del desmembramiento de la Unión Soviética, ha retomado el pulso de sus viejas conexiones con Cuba y otros países latinoamericanos. De modo que el sueño de un mundo multipolar es hoy casi una realidad.


¿Dónde queda EEUU en todo esto? No es fácil anticiparlo, pero lo que sí es cierto es que a la Norteamérica de Obama se le ha hecho difícil entrar con puerta franca en América Latina. A pesar de la cumbre de Trinidad, donde EEUU arrancó con buen pié, y a Hillary Clinton, que representa un cambio radical respecto a la era de Bush, no las tiene todas consigo la administración Obama para hilvanar una estrategia que rompa drásticamente con el pasado pero que a la vez le permita crear nuevos lazos y una visón más compartida con Latinoamérica. Las dificultades para ayudar a resolver la crisis en Honduras y los traspiés en el affaire de las bases en Colombia son indicación de que no hay una gran claridad sobre la dirección a seguir con sus vecinos del sur. Mientras tanto, seguirán viniendo líderes y países a explorar nuevas relaciones con el ya más maduro continente latinoamericano.


leonardo_vivas@harvard.edu</description>
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      <dc:date>2009-11-18T23:14:00-05:00</dc:date>
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      <title>El tremedal hondureño</title>
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      <description>Hace ya tres cuartos de siglo Rómulo Gallegos usó una expresión típica de los llanos venezolanos, tremedal, para referirse a los pantanos en los el viajero poco avisado y desconocedor de sus rincones puede caer con facilidad. Pero más que una mera caracterización del paisaje, Gallegos se refería a cómo el llano en general, su cultura y su psicología ancestral, pueden llegar a dominar –hasta tragárselo –al hombre de ciudad que llega a esos lugares recónditos con ínfulas de saberlo todo y ser capaz de controlar las cosas con su ciencia, conocimiento y buenos modales. La lógica de la narración de Gallegos parece estar ocurriendo en Honduras. El último episodio, en el que representantes directos de la administración estadounidense más liberal en décadas fracasan en el intento de lograr un arreglo político&#45;insitucional, es una buena indicación de eso.


El tremedal hondureño se ha ido tragando uno tras otro a los representantes de la “civilización”: la OEA, el Presidente Oscar Arias (el único país con larga tradición democrática en Centroamérica), Naciones Unidas, Hillary Clinton, Secretaria de Estado de EEUU, Celso Amorín, canciller de Brasil, hasta llegar recientemente a Tom Shannon, Secretario Adjunto del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, así como a Ricardo Lagos, ex&#45;Presidente de Chile e Hilda Solís, Secretaria del Trabajo estadounidense, quienes formaron parte de la comisión de supervisión de los acuerdos firmados hace apenas semana y media. Hasta el momento Honduras no ha sucumbido frente a las formidables presiones que toda la comunidad internacional ha hecho para reponer al depuesto presidente Zelaya. Clinton y Obama necesitaban con urgencia un éxito político en América Latina frente al desastre del acuerdo militar con Colombia, pero con Honduras se han dado en las narices. Chávez necesita la vuelta de Zelaya para mostrar que la revolución puede avanzar como un torrente por el cauce que le ofrece la democracia representativa, hasta destruirla desde adentro.


Cualquiera diría que se trata de una soberana tozudez del presidente de facto, Micheletti, quien ha dado sobradas muestras de no querer llegar a un acuerdo que permita a Zelaya dirigir el país por el tiempo que falta hasta que se encargue el presidente que resulte electo en las elecciones de fines de noviembre. Pero, bien miradas las cosas, lo que pareciera estar ocurriendo bajo la apariencia de una crisis política es un sólido acuerdo interno de buena parte de la institucionalidad política y social hondureña para evitar aunque sea darle un respiro a la tendencia populista y reformista de la constitución que representa Zelaya.


La constitución hondureña no es ningún dechado de virtudes. Encarna los acuerdos políticos de la época inmediatamente posterior al final de la guerra caliente centroamericana, pero con una peculiaridad. Mientras en El Salvador, Nicaragua y Guatemala las negociaciones que culminaron el las cartas magnas respectivas representaban dos partes literalmente opuestas a sangre y fuego, en Honduras el establecimiento político y el ejército –pero sobre todo este último –se pagaron y se dieron el vuelto. Por eso la constitución hondureña consagra tantos privilegios a los militares, hasta el punto de hacerlos garantes de la constitución. Por eso Zelaya probablemente tenía razón cuando se propuso cambiar la constitución. Su enorme error fue dejarse llevar por la marea reeleccionista que inauguraron Brasil y Argentina hace pocas décadas y que ha llegado a su paroxismo con Hugo Chávez. Sentirse el ungido para adelantar la transformación política condujo a este atolladero que no parece arrojar resquicios de solución.


Vistas las cosas a estas alturas pareciera que una buena solución en Honduras es ya imposible. Como dijera César Gaviria recientemente: Zelaya no va a volver a la presidencia porque tiene a todo el mundo en contra, la OEA se equivocó al condenar automáticamente la salida de Zelaya y la única salida medianamente decente consiste en esperar los resultados de la elección y construir a partir de ahí. 


Quiera Dios que después de tantos rodeos por el tremedal hondureño, la comunidad latinoamericana e internacional haga como en la novela de Gallegas hizo Santos Luzardo con Marisela, la agreste jovencita a quien decidió cuidar: buscar la manera de encauzar al pueblo hacia el uso positivo de sus energías, apoyando su lado constructivo. En todo caso, la reforma política y de la constitución en Honduras quedó para vestir santo.


leonardo_vivas@harvard.edu</description>
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      <dc:date>2009-11-11T10:30:01-05:00</dc:date>
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      <title>Michael Moore y las tequilas venecianas</title>
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      <description>Hoy en día pocos dudan de la capacidad del chavismo para hacer milagros mediáticos. El manejo obsesivo y planificado de la noticia, la elaboración y edulcoración de una narrativa en torno a la revolución y su líder, la creación de un nuevo sueño cada día alrededor de su socialismo de cartón piedra,  son quizá uno de sus mayores encantos. Internacionalmente la narrativa sobre la inclusión social y política –que su fondo de verdad tiene –ha cautivado una parte de la intelectualidad y el showbiz de izquierda en los EEUU. Patriarcas como Noam Chomsky y James Petras se dan la mano con luminarias como Oliver Stone y Sean Penn para obviar o justificar algunas de las gruesas barbaridades diplomáticas de nuestro héroe tropical. Pero la textura del hecho noticioso es delicada y el menor incidente puede echar a perder años de laboriosa arquitectura comunicacional. El famoso ¿por qué no te callas? del Rey de España dejó a la revolución en ridículo por lo menos durante un año. Ahora le tocó el turno al bocón de Michael Moore, quien se ha hecho famoso por sus desplantes y bravuconadas. Caer en la boca de Moore es como para las señoritingas de la Cuarta (pero también de la Quinta) República recibir un mal comentario de Roland Carreño: una vez dicho la noticia se riega como pólvora.


Con un agravante. La seducción por nuestros líderes apocalípticos no ocurre porque se admiren sus virtudes sino por un escondido sentimiento de culpa del rico –¿y quién más rico que un actor o director de cine?– por los pobres, o por quien aparece como su defensor, independientemente de los desafueros contra la libertad. Aquí por cierto comienza a operar la típica doble moral de la izquierda exquisita: las libertades –de prensa, de expresión (¿qué director de cine americano sería partidario de la censura?) –del mundo desarrollado son sagradas cuando aplican a un país occidental desarrollado, pero tienen escaso valor cuando son violadas en un país del tercer mundo. Como dijera en una ocasión un reverendo que organizó en Boston una charla en defensa del régimen chavista: los desafueros contra la libertad no son tan importantes, lo importante es que el Sr. Chávez tiene el corazón en el lugar correcto. Por cierto, en su paso por Caracas el consabido pastor venía de oficiar una misa en … Puente Llaguno.


Pero ese sentimiento de apoyo al régimen por parte de algunos divos hiperliberales de Holywood puede revertirse en desprecio cultural hacia quien abandona la típica etiqueta glacial y sobria del poder en manos de un anglosajón. Leídas entrelíneas las burlas de Michael Moore no expresan una reprobación de las acciones perniciosas del poder obsesivo de Mr. Chávez sino un sentimiento de superioridad hacia un tipejo medio manganzón que es capaz de invitar a cualquiera a su habitación y que, en medio de una botella y media –tenía que ser tequila, no Buchanan 18 años –pedirle consejo sobre qué decir en Naciones Unidas. Casi como las consideraciones del Servicio Exterior de EEU durante la época de Theodore Roosevelt en defensa de El Cabito frente a la intervención de una larga lista de potencias europeas. Este último era representado por la prensa norteamericana de la época como un mono saltarín. Cuidado, las burlas de Michael Moore pueden marcar un primer paso en ese camino.</description>
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      <dc:date>2009-10-29T09:58:01-05:00</dc:date>
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      <title>Las dos caras de los derechos humanos en Colombia</title>
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      <description>Cualquiera diría que los derechos humanos son algo simple: se aplica un estándar universal y punto. Pero pocos temas del mundo contemporáneo tienden a politizarse más que los derechos humanos. Para muestra un botón: bajo el actual régimen de facto en Honduras, acusado universalmente por tirios y troyanos, la Comisión Inter Americana de Derechos Humanos ha visitado el país y levantado informes con toda libertad, pero en Venezuela, país al cual le corresponde la presidencia rotativa de la comisión,  no ha venido una delegación de esa organización … desde el año 2002. De allí que haya tenido que apelar el movimiento estudiantil a una huelga de hambre para liberar a uno de sus líderes injustamente encarcelado y solicitar una visita del organismo de marras.


En Colombia la discusión pública sobre el significado de los derechos humanos también está altamente politizada. El gobierno de Uribe arguye que es bajo su gobierno cuando ha comenzado el rescate de los derechos humanos. El combate frontal contra las FARC ha permitido rescatar la libertad y seguridad ciudadana de millones de colombianos que hasta hace una década escasamente podían movilizarse unos kilómetros fuera de Bogotá sin ser pasto de secuestros, de asaltos, o simplemente asesinados. Se ha rescatado, así, dice el gobierno, uno de los derechos fundamentales: el derecho a la vida y la seguridad. Haber puesto a los grupos insurgentes (o terroristas, como le gusta denominarlos Uribe) contra la pared también ha representado el comienzo del rescate del monopolio de las armas y el ejercicio de la justicia de grupos como los paramilitares que se dieron a la tarea de actuar por cuenta propia para defender hacendados y otros ciudadanos del acoso guerrillero. El gobierno ha logrado la desmovilización de cerca de 50.000 personas, incluyendo paramilitares y guerrilleros de las FARC y el ELN, la mayoría de los cuales –con todas sus dificultades– se han incorporado a la vida civil. El descenso en los niveles del conflicto incluso ha incidido en la disminución de la violencia producto de la delincuencia común. Si Medellín y Bogotá, así como la mayoría de ciudades colombianas grandes tenían los peores indicadores en cuanto a crímenes de América Latina, hoy estos valores han descendido abruptamente. Caracas ha sustituido a Bogotá como la capital más violenta del continente. Algunos estudiosos arguyen que con la caída de los grupos insurgentes y paramilitares se dejó de vivir un clima urbano propicio a la regeneración de redes de delincuencia. Medellín ha experimentado recientemente un repunte de los índices de delincuencia y eso es motivo de preocupación, pero en líneas generales el saldo es altamente positivo.


No obstante, estos logros de la política de seguridad ciudadana ocurren a costa de no menos graves violaciones de derechos humanos cometidas por las fuerzas armadas y de seguridad del país vecino, e incluso por redes de paramilitares que todavía se mantienen armados o que se han reactivado luego de la desmovilización de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Continúan los asesinatos de líderes sindicales, una vieja tradición de las autodefensas desde los años 70, aunque en menor número. Debido a la política perniciosa del ejército de contabilizar enemigos (guerrilleros) caídos en combate, así como evaluar los méritos conforme a esa regla, han ocurrido simulaciones de guerrilleros muertos, que en Colombia denominan “falsos positivos”, para indicar que se trata de campesinos o mendigos a los cuales se asesina y luego se los hace pasar por insurgentes o sus aliados directos. Varios oficiales de alta jerarquía han sido llevados a juicio por la comisión de tales delitos. También se mantiene la tendencia sorda y callada de los desplazados por el conflicto: campesinos y sus familias que organismos de Naciones Unidas estiman en cerca de tres millones, lo que constituye un desastre humanitario. Esta última tendencia no nace durante la era de Uribe, pero se ha acentuado en la medida en que el combate contra las FARC se ha hecho más feroz. Dos consecuencias se desprenden del desplazamiento de millones de personas de su tierra. Una es el empobrecimiento y desarraigo de miles y miles de familias que prácticamente lo pierden todo. Lo segundo es que las tierras de donde son desplazadas estas familias son un botín de guerra que en una medida importante han ido a parar a los bolsillos de ex&#45;jerarcas paramilitares que han ido acumulado cientos de miles de hectáreas. Quizás esos comandantes, acostumbrados a la impunidad por décadas entienden la toma de estas tierras como una compensación por abandonar las armas. Todo esto sin tomar en cuenta el clima de zozobra que viven muchos luchadores sociales y políticos que se sienten constantemente amenazados ni el reciente episodio de las bases militares norteamericanas en territorio colombiano.


¿Quién tiene la razón? Pues ambas partes. El logro de derechos humanos plenos es un camino tortuoso y, con todos sus altibajos, Colombia ha dado pasos importantes, aunque todavía reine la impunidad en muchos casos. Uribe ha sido el presidente de la guerra contra las FARC. ¿Será que en su tercer período Uribe pasará a ser el presidente de la paz con las FARC? El tiempo lo dirá.</description>
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      <dc:date>2009-10-08T13:19:00-05:00</dc:date>
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