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¿Podrán contra Chávez?

De lejos y de cerca el chavismo en Venezuela ha lucido invencible durante buena parte de su largo mandato de 11 años. Con un bolsillo hasta donde llega la imaginación de los 150 dólares que alcanzó el petróleo en su mejor momento, e incluso los 70-80 dólares que se cotiza actualmente, con un líder de verbo fácil y consentido de los más pobres –de lejos la mayoría de los venezolanos– nada parecía detenerlo. Es cierto que ha tenido dos derrotas electorales importantes, el referendo en 2007 y las elecciones regionales en 2008, pero en términos efectivos ha minimizado su impacto, bien sea imponiendo la reelección indefinida en otra consulta o violentando los medios y recursos para gobernar de sus opositores. Hete aquí, no obstante, que ahora Chávez se ha topado con una barrera mucho más difícil de vencer: su propia ineficiencia como gobernante. La devaluación con su impacto de inflación y escasez y la falta de previsión en hacer a tiempo las inversiones para aumentar la capacidad de generación eléctrica han puesto al gobierno de rodillas. Que si el Niño, que si apagones programados que tuvo que suspender en Caracas, la traída de Ramiro Valdez desde Cuba, dizque a ayudar a mejorar la situación o la de Julio de Vido, el cerebro oscuro argentino detrás del affaire del maletín, o ahora la emergencia eléctrica, esa secuela de acciones sin ton ni son muestran a un gobierno debilitado en su capacidad para llevar las riendas del país. Hoy en día nadie duda que ese debilitamiento, en particular del líder mismo, pueda tener consecuencias electorales en las elecciones parlamentarias de septiembre, cuando se renueva el cuerpo legislativo. No es que el mundo se le vaya a caer a Chávez, quien ha neutralizado todos los poderes institucionales que se le oponen. Pero permitiría eliminar la mayoría vociferante que le secunda cada deseo. Además sería un signo importante de los vientos de fronda nacionales, que se contabilizarían más tarde si el presidente decide lanzarse de nuevo a la presidencia.

Dicho esto, ¿puede la oposición llevar adelante la tarea que le toca? ¿Será capaz de maximizar el afán de revancha que comienza a respirarse en las calles de las principales ciudades? ¿Podrá superar sus limitaciones estructurales para acometer una tarea que se antoja titánica? No en balde significa contrarrestar un gobierno que tendrá repletas sus alforjas después de la devaluación y que moverá todos los recursos de un estado todopoderoso para movilizar o torcer la voluntad del electorado. Estamos hablando de un estado que controla la gran mayoría de gobernaciones y alcaldías y que dispone de dos presupuestos, el ordinario y el de los fondos públicos especiales, para gastar a manos llenas. También de un liderazgo que tras 11 años de experiencia ha probado ser coherente en el discurso, inclemente con sus opositores y que dispone de la justicia para someterlos a la vindicta pública si hiciera falta (recuérdese a Baduel, a Manuel Rosales y a Ramón Martínez). Veamos los pros y los contras.

A favor de la oposición juega el ánimo nacional. Nadie sabe con exactitud el impacto del desbarajuste actual sobre el llamado electorado Ni-Ni, que a fin de cuentas decidirá, pero si el elector promedio piensa utilizar el voto como castigo, como ocurre muchas veces en democracia, entonces hay que suponer que una porción importante votará contra el gobierno. Pero las elecciones de septiembre son, a pesar del ánimo prevaleciente y el espíritu plebiscitario que le impondrá el gobierno, elecciones regionales, donde cuentan los candidatos. Más allá de la pasión chavista, el afán de controlarlo todo y de querer alinear al país por un solo camino, no es mucho lo que tiene que ofrecer la Asamblea Nacional actual como balance. Además la oposición ha aprendido de las elecciones regionales y ha desarrollado un método flexible para decidir sobre candidaturas, que son el aspecto más espinoso de cualquier elección. La Mesa Democrática, los principales partidos y grupos de electores y hasta Leopoldo López, Ex Alcalde de Chacao y único que lucía como “outsider” de la oposición, se han puesto de acuerdo sobre la manera de elegir candidatos. Probablemente se evitarán las torpezas de 2008, cuando ciertas organizaciones se empecinaron en mantener candidatos que luego resultaron tremendos bates quebrados. No siempre será así, pero también es cierto que luego de esas elecciones regionales ya hay en cada estado un sentido más claro de quién encarna mejor el liderazgo. Finalmente, estas elecciones son una oportunidad de oro para que la oposición renueve su liderazgo a escala nacional. Una estrategia inclusiva, que coopte grupos y líderes claramente independientes, e incluso chavistas “light” podría dar buenos dividendos.

La gran dificultad de la oposición es lo que ella representa en concreto como imagen de liderazgo: se trata de un grupo de voces que cantan en un coro desafinado donde cada grupo o partido busca un ángulo de la crítica al gobierno para diferenciarse y obtener mejores resultados electorales a costa de un mensaje único y coherente, que reduzca las defensas del gobierno. Después de un trajín continuo de al menos cinco años y salvo en la elección presidencial de 2006, desde el referendo revocatorio la oposición no ha logrado un mensaje que transmita cohesión y decisión. Los líderes lucen cansados, trajinados, con un mensaje repetitivo en torno al presidente que lo hace cansón y que ahuyenta a potenciales electores independientes menos apasionados por los pros o contras del presidente.

Señoras y señores, hagan sus apuestas.


La revolución traicionada

La revolución traicionada

Hace casi un siglo, cuando el socialismo era todavía un promesa y no se había convertido en sociedad opresora, Vladimir Ilich Lenin pergeñó una de sus célebres proclamas: Socialismo = Electricidad + Soviets. Esa imagen expresaba una de las pocas verdades que la idea de socialismo conlleva: generar energía para garantizar el desarrollo de las fuerzas productivas y llevar luz a los hogares de los más necesitados. Pues bien, ese eslabón esencial del ABC del socialismo se ha visto burlado por esta revolución de comiquita. Y que no se diga que no sabían. Como prueba un botón: Jorge Giordani, el ministro que más ha calentado asiento en estos diez años se formó en el CENDES (Centro de Estudios del Desarrollo, UCV) y allí dictaba un curso de…. Planificación. Además hizo un doctorado en un famoso Instituto de Desarrollo en Inglaterra (Institute for Development Studies, en la Universidad de Sussex). Como dato curioso Giordani hizo su tesis sobre Kalecki, el famoso economista polaco que, junto con economistas occidentales, aplicó a Polonia y demás países de la órbita soviética sus conocimientos sobre el crecimiento en una economía socialista por contraposición a una capitalista. Una conclusión obvia: eso exigía una fuerte dosis de planificación. De Giordani se dice que no terminó su doctorado y quizás a ello se deban sus babiecadas al frente de Cordiplán. Pero al margen de eso, Kalecki ha sido traicionado por su pupilo latinoamericano y la planificación –y con ella el propio Lenin– han sido echados al cesto de la basura. Por estos días se ha repetido hasta la saciedad cómo el gobierno revolucionario se negó a llevar a cabo las inversiones que el propio Kalecki habría aconsejado para aumentar la generación hidroeléctrica Caroní arriba. También se dejó de llevar a cabo el mantenimiento de las plantas termoeléctricas de Tacoa y Plantacentro, las cuales alivian la presión de la demanda sobre la electricidad que se genera en Guri. Al final los venezolanos de todas las clases sociales pagamos los platos rotos y nos calamos los apagones.
En cuanto a política económica, buena parte de los economistas venezolanos y algunos extranjeros –incluyendo afectos al gobierno– han advertido sobre las distorsiones que una política de control de cambio permanente acarrea para una economía tan vorazmente importadora como la venezolana. Surgida con posterioridad a la coyuntura crítica de los años 2002 y 2003, el control de las divisas se hizo ley, manteniéndose con el correr de los años como un medio de ejercer control –y a veces coacción –sobre los agentes económicos. De modo que tarde o temprano una devaluación era inevitable dada la discrepancia entre el cambio oficial y el paralelo y una inflación que se ha mantenido alrededor de 30% durante los últimos años. Y no se diga nada sobre la minicrisis bancaria que ha llevado al cierre a unas 10 entidades medianas. Dadas las tasas de interés negativas y la caída en el ingreso petrolero, amén del manejo abusivo de los recursos de los ahorristas para especulaciones con operaciones de compra y venta de bonos, notas estructuradas y pare de contar, eso también se podía prever. De modo que en asuntos de planificación económica el gobierno también raspó.
¿Qué va a pasar? Nadie lo sabe, pero la escasez, la subida de precios, los apagones y la falta de agua producto de una falta de planificación absoluta están comenzando a hervirles la sangre a los venezolanos. El presidente ha perdido popularidad y para un régimen que lo apuesta todo a la buena gracia de su líder con los electores eso puede ser muy grave. No obstante, donde el gobierno sí da muestras de planificar es en el escenario político. La crisis bancaria, que puso al desnudo el mundo avieso de la Boliburguesía, fue convertida en un símbolo de la lucha contra la corrupción. Pero es más difícil convertir apagones, escasez y alza de precios en una victoria política. Se podrá nacionalizar Éxito pero eso no llena el bolsillo de los venezolanos ni le trae luz a sus hogares. Por eso el gobierno apela ahora a la provocación, que es su especialidad. Impedir la transmisión de RCTVI por el cable ha sido la manera de polarizar una vez más. La reacción de los estudiantes no se ha hecho esperar y ya hubo dos víctimas de esa política en la ciudad de Mérida. Con ello el gobierno busca acorralar a sus opositores, caracterizarlos como desestabilizadores y presentarse como defensor del orden. Ya veremos cuán efectiva será su planificación política en los meses que restan hasta las elecciones legislativas para impedir que el descontento se materialice en el momento del voto. Pero hagan lo que hagan no podrán esconder el desastre de la planificación del desarrollo y sus consecuencias sobre el ciudadano común, chavista o no chavista.



Echados los dados en Honduras

Al día de hoy van cinco meses de tira y encoje en Honduras. Como en una buena telenovela, la tensión dramática se ha mantenido elevada, para bien del lado zelayista del conflicto. Primero, la condena internacional unánime que condujo a la expulsión del país de la OEA. Luego el intento de mediación fallido de Oscar Arias. Posteriormente la aparición repentina del depuesto presidente en la embajada brasileña y finalmente la segunda negociación, que aparentemente decretó el derrumbe de Zelaya en su intento de ser repuesto dignamente en su cargo. Esa puntada final –todavía nadie se explica porqué Zelaya accedió a firmar el acuerdo sin suficientes garantías –le permitió a EEUU cambiar de opinión en torno al reconocimiento de las elecciones.
A pocos días de las elecciones previstas para el 29 de noviembre, ¿cómo se plantean las cosas? Un resumen apretado muestra lo siguiente: 1) el zelayismo llega bastante debilitado pero cuenta con dos elementos a su favor, que pueden afectar el juego bien sea en el corto o en el mediano plazo: por una parte, una sensación de quiebre, de rasgadura en torno a las posibilidades de la rígida y desprestigiada democracia hondureña de resolver los acuciantes problemas (sociales y económicos) que aquejan al país. No olvidemos que Honduras es, después de Haití, el segundo país más pobre del continente. Por otra parte, un apoyo casi total de la comunidad interamericana. Ha sufrido un severo revés con el apoyo de EEUU al resultado de las elecciones, pero cuenta con un soporte casi unánime en América Latina. 2) Hay, no obstante, fatiga sobre el conflicto. Fatiga interna, que podría favorecer la apuesta electoral y fatiga externa, en torno a lo que cada vez parece más una quimera: la reposición del presidente Zelaya en el poder. 3) Aunque las elecciones han sido rechazadas por países muy influyentes, como Brasil y Argentina, por no hablar del bloque bolivariano, son hoy por hoy el centro de la atención. Con estos elementos en mente, hay tres escenarios posibles, que van a depender principalmente del nivel de abstención que ocurra en las elecciones del 29. En Honduras el grado de abstención ha sido bastante elevado (alrededor de 54% en las últimas elecciones presidenciales), si lo comparamos con Nicaragua, en donde votó en las últimas elecciones presidenciales cerca del 80%.
Escenario Suspiro de Alivio: En este escenario la abstención oscila entre 54% y menos del 50%, con lo cual el presidente que resulte electo puede cacarear su triunfo como perfectamente legítimo. Se ha argumentado el ventajismo de la élite política actual para imponer sus opciones, pero eso pasa en Venezuela en cada elección y nadie en la comunidad interamericana protesta. Si le queda al ganador un rapto de pragmatismo, se dedicará a rehacer el tejido de la convivencia y enarbolará una política de apertura, llamando incluso a que el presidente Zelaya presida el cambio de gobierno. En esta situación otros países distintos a Panamá acompañaran a EEUU en el reconocimiento de las elecciones. Candidatos obvios: Canadá, Colombia, Perú y quizás y sólo quizás, México. No se producirían grandes trastornos ni disturbios del orden porque se tendría la sensación de que se ha salido del atolladero. Ganadores: la élite política actual, EEUU. Perdedores: el zelayismo, las posibilidades de cambio de la rígida democracia hondureña y el chavismo y sus aliados continentales.
Escenario Amárrense los Pantalones: En este segundo escenario la abstención ronda el 65 o 70%. La sensación de fraude e ilegitimidad crece, se acrecienta la convicción de que la democracia hondureña fracasó, aumenta la conflictividad social, Zelaya se convierte en un héroe de la resistencia y los hechos de violencia que se han hecho presentes en los dos últimos meses aumentan. Países vecinos como Nicaragua y el resto del ALBA llaman a desconocer el gobierno electo, la OEA desconoce los resultados, países como Colombia se abstienen y los EEUU llaman a una nueva negociación. Ganadores: Zelaya y la resistencia, Chávez y el ALBA. Perdedores: Los partidos tradicionales hondureños y EEUU.
Escenario ni Fu ni Fa: En este tercer escenario, la abstención es mayor que en ocasiones anteriores pero no tan importante como para deslegitimar su resultado por completo. El presidente electo juega la carta de la continuidad, la OEA sigue sin poder decidir algo que destrabe el juego, EEUU se tira en el piso por las elecciones con el apoyo solitario de Panamá, buena parte de la comunidad internacional mantiene suspendido el apoyo económico, el zelayismo se mantiene vivo como factor político en torno a la figura de Zelaya, pero sin demasiado impacto en términos de movilizaciones. Es decir, no cambian mucho las cosas a como están hoy en día, se mantiene la inercia y se profundiza la crisis social. Ganadores: Nadie. Perdedores: todos.
Hagan sus apuestas, señoras y señores.


¿Nos movemos hacia un nuevo mosaico mundial?

A pesar de la retórica en contrario, nos hemos acostumbrado los latinoamericanos a vivir bajo la sombra de Estados Unidos. Forma parte de nuestro libreto histórico o si se quiere de nuestra arquitectura mental, sentir la presencia amenazante o contemporizadora de la potencia del norte. Podemos protestar por sus desafueros o sentir urticaria por sus desplantes –y a veces por su simplismo– pero hasta hace poco la presencia norteamericana era la única constante en nuestra ecuación internacional. En ello contó no sólo el peso de la Guerra Fría o la importancia económica y su hegemonía militar y política en la era de la superpotencia solitaria que también ha llegado a su fin. Pero aunque no nos percatemos completamente, la preeminencia norteamericana casi total está cambiando para dar paso a un nuevo esquema que no termina de definirse. Terminada la era de Bush y con ella el intento final de la hegemonía americana absoluta, el mundo se recompone. No es una casualidad que un señor tan sobrio como Shimon Peres, que viaja tan poco, haya tomado sus maletas para visitar Argentina, uno de los pocos países que en la actualidad tratan condescendientemente a la nación hebrea. Menos casualidad aún que haya manifestado preocupación por la presencia iraní en el continente y el incipiente tejido de alianzas que ha ido labrando con distintos países, gracias al puente de plata que le ha tendido la Revolución Bolivariana. Lo que esa visita revela es hasta qué punto el mundo se ha hecho multipolar, convirtiendo a América Latina en un escenario más de disputas geopolíticas donde EEUU no siempre juega un papel protagónico.

América Latina, en parte gracias a la tersa diplomacia brasileña, que ha traspasado las fronteras tradicionales o a la hiperkinesis del presidente venezolano, que mete su cuchara en todos los platos internacionales que le sean posibles, ha ido convirtiéndose en punto de llegada de un creciente número de países que se acercan al subcontinente por diferentes razones. Líderes africanos como Gadaffi, de Libia o Mugabe, de Zimbabwe, han utilizado América Latina, o más estrictamente Venezuela, para lavar sus imágenes de parias o para incursionar más allá de sus reducidos espacios de acción internacional. Irán, ya sabemos, ha desarrollado una fuerte ofensiva tanto diplomática como económica para neutralizar todo lo que sea posible el cerco que sus planes de expansión nuclear le han creado en buena parte del mundo. China, por su parte, ha puesto en marcha una importante estrategia de intercambios económicos y de inversiones en cada vez más países, sin importarle mucho el signo ideológico de sus interlocutores. Incluso Rusia, que vivió un largo período de aislamiento luego del desmembramiento de la Unión Soviética, ha retomado el pulso de sus viejas conexiones con Cuba y otros países latinoamericanos. De modo que el sueño de un mundo multipolar es hoy casi una realidad.

¿Dónde queda EEUU en todo esto? No es fácil anticiparlo, pero lo que sí es cierto es que a la Norteamérica de Obama se le ha hecho difícil entrar con puerta franca en América Latina. A pesar de la cumbre de Trinidad, donde EEUU arrancó con buen pié, y a Hillary Clinton, que representa un cambio radical respecto a la era de Bush, no las tiene todas consigo la administración Obama para hilvanar una estrategia que rompa drásticamente con el pasado pero que a la vez le permita crear nuevos lazos y una visón más compartida con Latinoamérica. Las dificultades para ayudar a resolver la crisis en Honduras y los traspiés en el affaire de las bases en Colombia son indicación de que no hay una gran claridad sobre la dirección a seguir con sus vecinos del sur. Mientras tanto, seguirán viniendo líderes y países a explorar nuevas relaciones con el ya más maduro continente latinoamericano.


El tremedal hondureño

Hace ya tres cuartos de siglo Rómulo Gallegos usó una expresión típica de los llanos venezolanos, tremedal, para referirse a los pantanos en los el viajero poco avisado y desconocedor de sus rincones puede caer con facilidad. Pero más que una mera caracterización del paisaje, Gallegos se refería a cómo el llano en general, su cultura y su psicología ancestral, pueden llegar a dominar –hasta tragárselo –al hombre de ciudad que llega a esos lugares recónditos con ínfulas de saberlo todo y ser capaz de controlar las cosas con su ciencia, conocimiento y buenos modales. La lógica de la narración de Gallegos parece estar ocurriendo en Honduras. El último episodio, en el que representantes directos de la administración estadounidense más liberal en décadas fracasan en el intento de lograr un arreglo político-insitucional, es una buena indicación de eso.

El tremedal hondureño se ha ido tragando uno tras otro a los representantes de la “civilización”: la OEA, el Presidente Oscar Arias (el único país con larga tradición democrática en Centroamérica), Naciones Unidas, Hillary Clinton, Secretaria de Estado de EEUU, Celso Amorín, canciller de Brasil, hasta llegar recientemente a Tom Shannon, Secretario Adjunto del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, así como a Ricardo Lagos, ex-Presidente de Chile e Hilda Solís, Secretaria del Trabajo estadounidense, quienes formaron parte de la comisión de supervisión de los acuerdos firmados hace apenas semana y media. Hasta el momento Honduras no ha sucumbido frente a las formidables presiones que toda la comunidad internacional ha hecho para reponer al depuesto presidente Zelaya. Clinton y Obama necesitaban con urgencia un éxito político en América Latina frente al desastre del acuerdo militar con Colombia, pero con Honduras se han dado en las narices. Chávez necesita la vuelta de Zelaya para mostrar que la revolución puede avanzar como un torrente por el cauce que le ofrece la democracia representativa, hasta destruirla desde adentro.

Cualquiera diría que se trata de una soberana tozudez del presidente de facto, Micheletti, quien ha dado sobradas muestras de no querer llegar a un acuerdo que permita a Zelaya dirigir el país por el tiempo que falta hasta que se encargue el presidente que resulte electo en las elecciones de fines de noviembre. Pero, bien miradas las cosas, lo que pareciera estar ocurriendo bajo la apariencia de una crisis política es un sólido acuerdo interno de buena parte de la institucionalidad política y social hondureña para evitar aunque sea darle un respiro a la tendencia populista y reformista de la constitución que representa Zelaya.

La constitución hondureña no es ningún dechado de virtudes. Encarna los acuerdos políticos de la época inmediatamente posterior al final de la guerra caliente centroamericana, pero con una peculiaridad. Mientras en El Salvador, Nicaragua y Guatemala las negociaciones que culminaron el las cartas magnas respectivas representaban dos partes literalmente opuestas a sangre y fuego, en Honduras el establecimiento político y el ejército –pero sobre todo este último –se pagaron y se dieron el vuelto. Por eso la constitución hondureña consagra tantos privilegios a los militares, hasta el punto de hacerlos garantes de la constitución. Por eso Zelaya probablemente tenía razón cuando se propuso cambiar la constitución. Su enorme error fue dejarse llevar por la marea reeleccionista que inauguraron Brasil y Argentina hace pocas décadas y que ha llegado a su paroxismo con Hugo Chávez. Sentirse el ungido para adelantar la transformación política condujo a este atolladero que no parece arrojar resquicios de solución.

Vistas las cosas a estas alturas pareciera que una buena solución en Honduras es ya imposible. Como dijera César Gaviria recientemente: Zelaya no va a volver a la presidencia porque tiene a todo el mundo en contra, la OEA se equivocó al condenar automáticamente la salida de Zelaya y la única salida medianamente decente consiste en esperar los resultados de la elección y construir a partir de ahí.

Quiera Dios que después de tantos rodeos por el tremedal hondureño, la comunidad latinoamericana e internacional haga como en la novela de Gallegas hizo Santos Luzardo con Marisela, la agreste jovencita a quien decidió cuidar: buscar la manera de encauzar al pueblo hacia el uso positivo de sus energías, apoyando su lado constructivo. En todo caso, la reforma política y de la constitución en Honduras quedó para vestir santo.


Michael Moore y las tequilas venecianas

Hoy en día pocos dudan de la capacidad del chavismo para hacer milagros mediáticos. El manejo obsesivo y planificado de la noticia, la elaboración y edulcoración de una narrativa en torno a la revolución y su líder, la creación de un nuevo sueño cada día alrededor de su socialismo de cartón piedra, son quizá uno de sus mayores encantos. Internacionalmente la narrativa sobre la inclusión social y política –que su fondo de verdad tiene –ha cautivado una parte de la intelectualidad y el showbiz de izquierda en los EEUU. Patriarcas como Noam Chomsky y James Petras se dan la mano con luminarias como Oliver Stone y Sean Penn para obviar o justificar algunas de las gruesas barbaridades diplomáticas de nuestro héroe tropical. Pero la textura del hecho noticioso es delicada y el menor incidente puede echar a perder años de laboriosa arquitectura comunicacional. El famoso ¿por qué no te callas? del Rey de España dejó a la revolución en ridículo por lo menos durante un año. Ahora le tocó el turno al bocón de Michael Moore, quien se ha hecho famoso por sus desplantes y bravuconadas. Caer en la boca de Moore es como para las señoritingas de la Cuarta (pero también de la Quinta) República recibir un mal comentario de Roland Carreño: una vez dicho la noticia se riega como pólvora.

Con un agravante. La seducción por nuestros líderes apocalípticos no ocurre porque se admiren sus virtudes sino por un escondido sentimiento de culpa del rico –¿y quién más rico que un actor o director de cine?– por los pobres, o por quien aparece como su defensor, independientemente de los desafueros contra la libertad. Aquí por cierto comienza a operar la típica doble moral de la izquierda exquisita: las libertades –de prensa, de expresión (¿qué director de cine americano sería partidario de la censura?) –del mundo desarrollado son sagradas cuando aplican a un país occidental desarrollado, pero tienen escaso valor cuando son violadas en un país del tercer mundo. Como dijera en una ocasión un reverendo que organizó en Boston una charla en defensa del régimen chavista: los desafueros contra la libertad no son tan importantes, lo importante es que el Sr. Chávez tiene el corazón en el lugar correcto. Por cierto, en su paso por Caracas el consabido pastor venía de oficiar una misa en … Puente Llaguno.

Pero ese sentimiento de apoyo al régimen por parte de algunos divos hiperliberales de Holywood puede revertirse en desprecio cultural hacia quien abandona la típica etiqueta glacial y sobria del poder en manos de un anglosajón. Leídas entrelíneas las burlas de Michael Moore no expresan una reprobación de las acciones perniciosas del poder obsesivo de Mr. Chávez sino un sentimiento de superioridad hacia un tipejo medio manganzón que es capaz de invitar a cualquiera a su habitación y que, en medio de una botella y media –tenía que ser tequila, no Buchanan 18 años –pedirle consejo sobre qué decir en Naciones Unidas. Casi como las consideraciones del Servicio Exterior de EEU durante la época de Theodore Roosevelt en defensa de El Cabito frente a la intervención de una larga lista de potencias europeas. Este último era representado por la prensa norteamericana de la época como un mono saltarín. Cuidado, las burlas de Michael Moore pueden marcar un primer paso en ese camino.


Las dos caras de los derechos humanos en Colombia

Cualquiera diría que los derechos humanos son algo simple: se aplica un estándar universal y punto. Pero pocos temas del mundo contemporáneo tienden a politizarse más que los derechos humanos. Para muestra un botón: bajo el actual régimen de facto en Honduras, acusado universalmente por tirios y troyanos, la Comisión Inter Americana de Derechos Humanos ha visitado el país y levantado informes con toda libertad, pero en Venezuela, país al cual le corresponde la presidencia rotativa de la comisión, no ha venido una delegación de esa organización … desde el año 2002. De allí que haya tenido que apelar el movimiento estudiantil a una huelga de hambre para liberar a uno de sus líderes injustamente encarcelado y solicitar una visita del organismo de marras.

En Colombia la discusión pública sobre el significado de los derechos humanos también está altamente politizada. El gobierno de Uribe arguye que es bajo su gobierno cuando ha comenzado el rescate de los derechos humanos. El combate frontal contra las FARC ha permitido rescatar la libertad y seguridad ciudadana de millones de colombianos que hasta hace una década escasamente podían movilizarse unos kilómetros fuera de Bogotá sin ser pasto de secuestros, de asaltos, o simplemente asesinados. Se ha rescatado, así, dice el gobierno, uno de los derechos fundamentales: el derecho a la vida y la seguridad. Haber puesto a los grupos insurgentes (o terroristas, como le gusta denominarlos Uribe) contra la pared también ha representado el comienzo del rescate del monopolio de las armas y el ejercicio de la justicia de grupos como los paramilitares que se dieron a la tarea de actuar por cuenta propia para defender hacendados y otros ciudadanos del acoso guerrillero. El gobierno ha logrado la desmovilización de cerca de 50.000 personas, incluyendo paramilitares y guerrilleros de las FARC y el ELN, la mayoría de los cuales –con todas sus dificultades– se han incorporado a la vida civil. El descenso en los niveles del conflicto incluso ha incidido en la disminución de la violencia producto de la delincuencia común. Si Medellín y Bogotá, así como la mayoría de ciudades colombianas grandes tenían los peores indicadores en cuanto a crímenes de América Latina, hoy estos valores han descendido abruptamente. Caracas ha sustituido a Bogotá como la capital más violenta del continente. Algunos estudiosos arguyen que con la caída de los grupos insurgentes y paramilitares se dejó de vivir un clima urbano propicio a la regeneración de redes de delincuencia. Medellín ha experimentado recientemente un repunte de los índices de delincuencia y eso es motivo de preocupación, pero en líneas generales el saldo es altamente positivo.

No obstante, estos logros de la política de seguridad ciudadana ocurren a costa de no menos graves violaciones de derechos humanos cometidas por las fuerzas armadas y de seguridad del país vecino, e incluso por redes de paramilitares que todavía se mantienen armados o que se han reactivado luego de la desmovilización de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Continúan los asesinatos de líderes sindicales, una vieja tradición de las autodefensas desde los años 70, aunque en menor número. Debido a la política perniciosa del ejército de contabilizar enemigos (guerrilleros) caídos en combate, así como evaluar los méritos conforme a esa regla, han ocurrido simulaciones de guerrilleros muertos, que en Colombia denominan “falsos positivos”, para indicar que se trata de campesinos o mendigos a los cuales se asesina y luego se los hace pasar por insurgentes o sus aliados directos. Varios oficiales de alta jerarquía han sido llevados a juicio por la comisión de tales delitos. También se mantiene la tendencia sorda y callada de los desplazados por el conflicto: campesinos y sus familias que organismos de Naciones Unidas estiman en cerca de tres millones, lo que constituye un desastre humanitario. Esta última tendencia no nace durante la era de Uribe, pero se ha acentuado en la medida en que el combate contra las FARC se ha hecho más feroz. Dos consecuencias se desprenden del desplazamiento de millones de personas de su tierra. Una es el empobrecimiento y desarraigo de miles y miles de familias que prácticamente lo pierden todo. Lo segundo es que las tierras de donde son desplazadas estas familias son un botín de guerra que en una medida importante han ido a parar a los bolsillos de ex-jerarcas paramilitares que han ido acumulado cientos de miles de hectáreas. Quizás esos comandantes, acostumbrados a la impunidad por décadas entienden la toma de estas tierras como una compensación por abandonar las armas. Todo esto sin tomar en cuenta el clima de zozobra que viven muchos luchadores sociales y políticos que se sienten constantemente amenazados ni el reciente episodio de las bases militares norteamericanas en territorio colombiano.

¿Quién tiene la razón? Pues ambas partes. El logro de derechos humanos plenos es un camino tortuoso y, con todos sus altibajos, Colombia ha dado pasos importantes, aunque todavía reine la impunidad en muchos casos. Uribe ha sido el presidente de la guerra contra las FARC. ¿Será que en su tercer período Uribe pasará a ser el presidente de la paz con las FARC? El tiempo lo dirá.


Uribe en Harvard: En busca de la confianza perdida

Hay en la Escuela Kennedy de Gobierno en Harvard, un foro público al que asisten con regularidad jefes de estado y otras personalidades. Allí estuvo el viernes de la semana pasada Álvaro Uribe, tras presentarse en la Asamblea de Naciones Unidas. Muy pocos oradores han sido tan controversiales. Desde antes de su llegada al recinto se reunieron opositores locales para agitar pancartas y gritarle ¡Uribe, Fascista, Gusano Imperialista! o alguna otra zarandaja por el estilo. Ya una vez en el recinto –de bote en bote– Uribe se dirigió a un auditorio compuesto principalmente de estudiantes y otros miembros de la comunidad universitaria. Habló con un inglés machacado, que dice de sus dificultades lingüísticas, a pesar de haberse graduado en la Harvard Extension School, que celebra por estos días sus 100 años.  De gestos y hablar parco, Uribe hizo una presentación conceptual que quiso trascender los hechos del día a día que copan el interés de cualquier observador medianamente informado sobre Colombia, incluidos los presentes. Entre otras cosas se refirió a la columna vertebral o estrategia esencial de su gobierno: la confianza. La confianza perdida por la sociedad colombiana dice haberla logrado reconstruir sobre la base de tres aspectos centrales: a) garantía de seguridad para el ejercicio de los valores democráticos, b) la promoción de la inversión y c) la cohesión social. La violencia, arguyó vehementemente, había destruido esos tres aspectos decisivos de una sociedad estable y con futuro y él se propuso rescatarlos.

Como logros intangibles de la confianza mencionó la recuperación de tres monopolios: primero, el monopolio en la lucha por el crimen. El papel que otrora cumplieron los grupos paramilitares como herramienta de venganza social de algunas capas sociales en Colombia ahora le pertenece por entero al estado. Ya no hay gangs de paramilitares que se arroguen el ejercicio legítimo de la violencia. Segundo, el logro de la independencia de la administración de justicia frente al ejecutivo. Aunque esa es una afirmación contenciosa, que seguramente refutarían organizaciones como Human Rights Watch, que allí mismo en Harvard sostuvo exactamente lo contrario, el presidente Uribe fue enfático: la justicia es la justicia y el gobierno es el gobierno. Tercero, con el recurso a la política de seguridad democrática, se ha recuperado el monopolio de la justicia para el estado. Por ejemplo, nunca antes se le había ofrecido a las víctimas del conflicto interno alguna reparación por los daños causados. Hoy esa posibilidad se ha abierto. Incluso para las poblaciones indígenas, que recientemente han sufrido los embates de la paranoia de la FARC.

En cuanto a la orientación de la gestión estatal, Uribe afirmó que una de las consecuencias indeseadas del terrorismo fue la casi total abolición de la descentralización. Por obra de la necesidad, Colombia ha requerido de una policía nacional, que facilita el combate a la insurgencia. Pero en otros terrenos la política de seguridad democrática ha revertido la inviabilidad de los poderes locales. Ahora la casi totalidad de los alcaldes puede ejercer sus funciones sin el temor de ser volados por una mina o chantajeado por un Máuser.

Al referirse a los grupos insurgentes o, como prefiere llamarlos, terroristas, Uribe afirmó que una de las diferencias principales del manejo del conflicto en Colombia respecto a Centroamérica, donde hubo importantes negociaciones de paz entre insurgentes y elites asociadas al ejército, es que en Centroamérica los grupos guerrilleros dependían para su subsistencia de la ayuda exterior. La diplomacia revolucionaria les garantizaba un sustento mínimo para comprar armas y solidaridad. En Colombia, en cambio, los insurgentes son autosuficientes, por sus vínculos con el mundo del narcotráfico o por otros negocios igualmente lucrativos. Son, afirmó, criminales muy ricos y ese es un obstáculo muy grande para el logro de la paz. Y el combate a los terroristas (léase insurgentes o el vocablo de preferencia del lector) se ha logrado sin ley marcial, sin un estatuto especial para el combate por parte de las autoridades. Pero una vez que un insurgente o paramilitar decide abandonar las armas se lo trata con generosidad. Más de un jurista diría que con excesiva generosidad, que precisamente evita la justicia transicional o la reparación efectiva de los crímenes cometidos. Y esa es precisamente una materia pendiente en Colombia, que todavía carga con una larga lista de impunidad.

Llegado el momento de las preguntas, que en Harvard es obligatorio, buena parte de ellas indagaron sobre la reelección, sobre cómo trazar la diferencia con el régimen de Chávez, qué le recomendaría a su sucesor o si hay esperanzas profesionales para los que vuelven del exilio forzoso o económico. En sus respuestas, por más evasivo que quiso lucir, Uribe mostró el tramojo: el hombre está lanzado para la tercera reelección. A Uribe le gustaría la continuidad, pero su talante de hombre introvertido que trasluce total seguridad se deriva de un hecho que mencionó el Director de la Escuela Kennedy en su presentación inicial: los altísimos niveles de popularidad que ya querrían para ellos los líderes del mundo democrático occidental. En resumidas cuentas, que pareciera que habemus Uribe para rato.


La trilogía perfecta

Algún filósofo famoso dijo alguna vez que nada llama más al dinero que el poder. Y viceversa. Pero en esta época mediática que vivimos, en la cual la fama es moneda de circulación universal, el binomio dinero + poder ha adquirido su tercera pata. Y nadie mejor que Hugo Chávez, a quien mientan mago de la comunicación de masas moderna, para saberlo. Veamos el capítulo más reciente. Después de descargarse a Uribe durante semanas por las bases norteamericanas, hablar de vientos de guerra e incluso amenazar con entrompar a su incómodo vecino en UNASUR, decidió pasar agachado en Bariloche para no lucir intemperante (recordemos que las sesiones estuvieron abiertas a la televisión internacional). Si en algo se ha especializado la Revolución Bolivariana es en el manejo de la escena. Tanto así que a veces pareciera que nos encontramos en un reality show permanente, donde la realidad se confunde con la escenografía, el paisaje natural con la mampostería y los hombres de carne y hueso con unos extras que ya querrían para sí aquellas películas históricas de hace unas décadas.

A los pocos días de la anticlimática cumbre de UNASUR nuestro jinete del Apocalipsis se fue de viaje para recargar las baterías con sus amigos lejanos de Libia, Irán, Turkmenistán, Bielorrusia y Rusia. Aparte de manifestar su acuerdo por la secesión de las repúblicas que forman parte de Georgia (republiquetas habría dicho el Libertador), fue en la parte final de ese periplo cuando la primera parte de la ecuación de marras se hizo realidad. Nuestro fastuoso presidente puso sobre la mesa de la nueva Rusia pagos en petróleo a futuro a cambio de 2,2 millardos de dólares para pagar misiles, tanques y otros artefactos bélicos. ¿Quién dijo guerra? Si algún extraterrestre venido de una película de ciencia ficción hubiera visto el periplo, hubiera exclamado jubiloso: ¡La tengo! ¡Tengo la barajita del dinero y el poder! Esa misma barajita fue ratificada con ocasión de su última parada. En España, tomado del brazo del rey que lo mandó a callar le anunció al mundo que Repsol-YPF, el consorcio español-argentino había descubierto en el golfo de Venezuela uno de los yacimientos de gas natural más grandes que registra la historia contemporánea. Con lo cual estaba diciendo: señores, no se vayan que esto se pone bueno. Muy pronto esos misiles que acabamos de encargar no serán más que “peanuts” en la proyección de la tesorería venezolana. ¡Jeques del mundo, Uníos! Hasta el modoso presidente de Uruguay, el médico Tabaré Vásquez, en compañía de Hillary Clinton, manifestó su preocupación por lo que a todas luces es una carrera armamentista en América del Sur. Si como decían las señoras de antes pudiéramos verlos en su reposo eterno a través de unos binóculos especiales, Shakeaspeare y demás genios de la exploración de los vericuetos del poder de los monarcas absolutistas de entonces esbozarían para el público de galería una sonrisita de Monalisa.

La guinda de la torta, la tercera pata de nuestra ecuación, la crema Chantilly de ese postre servido en avión especial se lo dispensó uno de los mejores constructores contemporáneos de la fama: señoras y señores, Mr…… Oliver Stone. Desde la alfombra roja de Venecia, sin los quejidos de putrefacción que alguna vez narrara tan magistralmente Luchino Visconti, antecesor del genio del cine americano, en Muerte en Venecia (basado en una novela de Thomas Mann, con actuación magistral de Dirk Bogard y música de fondo de Gustav Mahler), Stone tomó del brazo a nuestro héroe del petróleo y el poder y lo proclamó redentor de los pueblos al sur del Río Grande. Más claro no canta un gallo: al sur de la frontera, es decir, qué bueno que esos cambios pasan allá, donde me gusta a mí hacer muchas de mis películas y no acá al norte del Río Grande, donde yo no apostaría jamás por un cierre de Fox News, por más que suelten sapos y culebras contra Obama, o despojar de sus poderes a Schwartzeneger en California. Con el viaje relámpago a Venecia se cerró nuestra ecuación a tres, nuestra trilogía de la política internacional contemporánea –dinero, poder y fama– donde se unen personalidades estrambóticas como el primer ministro Berlusconi, la magia del dinero (petróleo o hedge funds) contabilizado a futuro, como tan bien supieron hacerlo los midas al revés que causaron la reciente epidemia de SIDA de Wall Street y la fantasía de esta vida de reality show que tan sabrosamente vivimos. ¡La tengo! ¡Bingo! ¡Completé mi juego!


Cumbres borrascosas

No están lejos los días en que el por entonces flamante presidente Chávez afirmaba que ir de cumbre en cumbre no ayudaba a resolver los dilemas de la pobreza. Hoy, en cambio, no se pela ninguna. Las dos que nos ocupan –y una misión de la OEA a Honduras– son un fiel reflejo de la crisis que afecta el sistema interamericano. En Guadalajara se reunieron los presidentes de EEUU, México y Canadá, países miembros del tratado de libre comercio de Norteamérica (NAFTA), que se juntan en medio de roces importantes en temas de comercio e inmigración. La segunda cumbre fue la de UNASUR, organización creada informalmente en 2004 bajo los auspicios de Brasil como Comunidad Suramericana de Naciones y formalmente en 2008 como Unión de Naciones de América del Sur, precisamente con la idea de crear un contrapeso suramericano al NAFTA. Entre tanto, una misión de la OEA todavía discute cuándo va a visitar Honduras para adelantar conversaciones que permitan reponer en el poder al derrocado presidente Zelaya. Las tres reuniones, dos formales y una informal todavía por ocurrir, tuvieron o tienen que afrontar varias papas calientes.

En Guadalajara los tres países de Norteamérica lidiaron con la oleada de violencia en México como consecuencia de las guerras intestinas entre bandas criminales que amenaza con desbordar la frontera del Río Grande, una vez que ya ha contaminado a toda Centroamérica y los asuntos migratorios que aquejan a los tres países. Tan sensible es el tema que recientemente Canadá comenzó a exigir visados a los residentes mexicanos, acción reciprocada por México al imponer visas… a los diplomáticos canadienses La Iniciativa de Mérida, que busca fortalecer la capacidad de los organismos de seguridad aztecas ha sido postergada por el Senado estadounidense por las continuas violaciones de derechos humanos en el combate contra el narcotráfico, como consecuencia de haber involucrado masivamente al ejército en labores típicamente policiales. Finalmente, los transportistas mexicanos acordaron demandar a EEUU al no permitírseles entrar a descargar mercancía, lo que forma parte de los acuerdos de NAFTA. En suma, lo que ha trascendido en Guadalajara es el disenso. Apenas se lograron acuerdos sobre la gripe aviar yel narcotráfico.

En Ecuador, la reunión de UNASUR tuvo dos agendas. Una giró en torno a asuntos como el comercio, acciones comunes contra el narcotráfico y otros temas. La agenda paralela, sin embargo, fue mucho más importante y tuvo como eje la expansión de las bases militares estadounidenses en Colombia. El gran ausente y paradójicamente el principal protagonista fue Colombia, país que declinó participar argumentando –no sin razón –que dado que la reunión se realizó en Ecuador bajo la presidencia del presidente Correa, no existían garantías de neutralidad pues las relaciones con este país siguen rotas. A pesar de la ofensiva de Venezuela, Bolivia y el propio Ecuador, no prosperaron los intentos de aprobar una condena al establecimiento de bases americanas adicionales en Colombia una vez que Ecuador decidiera unilateralmente el cierre de la base en Manta. Apenas se aprobó una propuesta de Brasil de pedirle una reunión a EEUU para dialogar sobre el asunto. A pesar de la actitud desafiante del presidente Chávez, no deja de sonar, como en off, la musiquita de los cohetes vendidos por Suecia a Venezuela y decomisados por el ejército colombiano en un campamento de la FARC.

Finalmente, en la OEA se mantiene el tira y encoje sobre cuándo una comisión de su seno asistirá a Honduras. El gobierno de facto inicialmente vetó la presencia del Secretario General debido a su falta de neutralidad, pero luego cambió de opinión. El propósito es destrabar las negociaciones entre las dos partes del contencioso hondureño una vez fracasada la mediación del presidente Arias con ambos lados del conflicto. Zelaya, por su parte, después del show fronterizo, se ha dedicado a saltar de un país a otro en un esfuerzo por mantener el tema hondureño en los titulares internacionales ya que internamente pareciera que avanza la consolidación del gobierno interino. Aunque el sistema interamericano mantiene un sólido apoyo a Zelaya, a este último no le ha ido tan bien. En su reciente visita a México debió abandonar el país sin que se le permitiera una declaración final a la prensa por haber mencionado la soga en casa del ahorcado: refiriéndose a López Obrador, el candidato perdedor frente a Calderón –su anfitrión –llegó a decir que su ausencia se hacía sentir. Por su parte, con la misión de cancilleres, la OEA intenta reflotar su prestigio, bastante erosionado luego de la pifia de su secretario general en la crisis hondureña.

En fin, que pocas veces se ha visto al continente en su conjunto sometido a tantos desencuentros. Y eso que, con la excepción de EEUU, México y en menor grado Venezuela, el continente americano no ha salido tan malparado en la actual crisis económica.


De nuevo Venezuela y Colombia

Cuando se escriba la historia de las peripecias diplomáticas en América Latina, la relación entre Colombia y Venezuela quedará registrada como una de las más rocambolescas de este siglo. A las razones geopolíticas de dos proyectos hoy en día antagónicos hay que sumarle las obsesiones de dos líderes carismáticos que se sienten insustituibles. Claro, la realidad nos dice que uno (Chávez) es más insustituible que el otro (Uribe), quien ya ha ido dando señales de no aferrarse indefinidamente al poder. En Venezuela buena parte de la institucionalidad democrática ha quedado supeditada no sólo a los ardores ideológicos de un proyecto (socialismo del siglo XXI), que ya sería bastante, sino a los humores de quien quizás sea uno de los mayores caudillos de toda la historia latinoamericana, cuya historia en ese terreno es particularmente prolífica.

Sultanes tropicales
En Venezuela un simple gesto del líder sirve para movilizar todas las instituciones. Quizás el ejemplo más patente no ocurrió con uno de esos hechos de estado o internacionales que tanto han abundado en los 10 años de chavismo sino en ocasión de un discurso en el cual el líder supremo protestó porque el caballo del escudo nacional estaba en dirección contraria a la historia (señores, el caballo devolvía su cabeza hacia la derecha). Un mes después la soberana Asamblea Nacional de la república decidía cambiar el escudo para que el famoso caballito blanco mirara hacia la izquierda. Ojalá esos saltos de humor fueran tan intrascendentes como el caso del caballo de marras. Pero lamentablemente el presidente venezolano anda empeñado en torcer el rumbo de la historia latinoamericana. Y mira que ha avanzado en el propósito: diseñando una estrategia de utilización de los medios democráticos para consagrar regímenes donde el poder presidencial es omnímodo –a la medida de otros caudillos como Evo Morales y Rafael Correa, más moderados, pero caudillos al fin –, poniendo la justicia al servicio exclusivo del avance de su proyecto y devolviendo a los países a la época económica en que el estado lo era todo y la propiedad privada poco menos que nada.

Al otro lado de la frontera, en Colombia, tampoco la administración Uribe es un convento de carmelitas descalzas. Surfeando la ola de la popularidad a favor de enfrentar con todo a las FARC después del fracaso de las negociaciones de paz de Pastrana, Uribe consiguió, gracias a una estrategia paciente y decidida (con fuerte apoyo militar de EEUU) reducir significativamente la capacidad militar y de actos terroristas de las FARC, organización que con los años se había labrado un amplio soporte internacional. En el continente su principal aliado era precisamente el gobierno de Chávez. Pero en el propósito de derrotar a las FARC el gobierno colombiano ha incurrido en importantes violaciones al derecho internacional humanitario, como el asesinato de “falsos positivos”, como se llama en Colombia a personas que son disfrazas de insurgentes para cumplir metas numéricas de guerrilleros eliminados, o la muerte de sindicalistas por parte de los sucesores de los paramilitares, que tanta muerte causaron en la historia reciente de ese país. También el conflicto armado ha creado una población de desalojados de la tierra cercana a los 3 millones de personas y una redistribución de esas tierras a favor de paramilitares o sus intermediarios. También el sistema político colombiano ha sufrido una importante degradación gracias a la participación de paramilitares en los distintos partidos creados por Uribe, lo que ha ocasionado que un gran número de senadores y diputados hayan sido acusados e inhabilitados por las instancias judiciales.

Divididos por las FARC
Si bien Venezuela siempre sirvió como intermediario de buena fe en la turbulenta experiencia insurgente colombiana, llegado Chávez al poder la neutralidad se fue transformando en un apoyo político, diplomático y financiero a la principal guerrilla del continente. Uribe logró hasta 2007 contener la alianza, en ocasiones gracias a acciones que le permitieron capturar dirigentes de la FARC que circulaban con libertad en territorio venezolano. Pero con ocasión de los acuerdos humanitarios para liberar secuestrados por la guerrilla, las discrepancias entre Venezuela y Colombia llegaron al clímax gracias a que Uribe primero llamó a su vecino para que mediara pero luego, después de un manejo –por decir lo menos– poco diplomático del caudillo venezolano lo desautorizó, lo que llevó a una confrontación abierta entre ambos.

Como es sabido, las diferencias se acentuaron cuando el ejército colombiano incursionó en territorio ecuatoriano, causando una crisis militar que estuvo a punto de llevar a una confrontación a tres (Ecuador y Venezuela contra Colombia) cuando Chávez ordenó la movilización de tropas a la frontera. Finalmente la crisis fue conjurada cuando aparecieron las evidencias en el computador de Raúl Reyes, jefe guerrillero abatido en un campamento en Ecuador, sobre las conexiones entre altos mandos venezolanos y la cúpula de la FARC. Cuando los manejos entre Venezuela y la FARC fueron expuestos al mundo, la tensión bajó hasta el punto que Chávez buscó un arreglo amistoso con Colombia, dejando colgado de la brocha a Correa, que en fin de cuentas era el agredido. La liberación de Ingrid Betancourt y la muerte de Marulanda signaron el fin de la luna de miel entre Chávez y las FARC y el caudillo venezolano comenzó a tomar distancia.

Hasta hace unas semanas cuando Colombia decide la instalación de 3 bases militares estadounidenses una vez que Ecuador ordenó la eliminación de la base militar de Manta, establecida desde 1978 (siempre se ha especulado que hubo apoyo logístico desde esa base para la operación que destruyó el campamento de Raúl Reyes). Y poco más tarde cuando Colombia lanza dos bombas a la opinión pública: una, un video de las FARC donde el jefe militar de las FARC admite haber financiado la campaña de Correa y dos, cuando el ejército colombiano descubre en una operación contra esa organización guerrillera lanzacohetes suecos que una empresa de ese país había vendido al ejército venezolano hacía 20 años.

Chávez acaba de congelar por enésima vez las relaciones diplomáticas y comerciales con Colombia y se abre una nueva época de tira y encoges entre ambos países, ya no sólo en el terreno de la confrontación por los medios de comunicación sino en el terreno diplomático.



Una salida honrosa

Pasadas varias semanas desde que Zelaya fuera expulsado del poder en Honduras y fracasadas las gestiones tanto de la OEA como del Presidente Arias por devolver enteramente el país a la senda constitucional, está visto que no habrá salida mientras no se logre un balance entre la legitimidad interna y externa del gobierno hondureño. Fracasó la gestión de la OEA (y de otros organismos como la Asamblea de la ONU) porque apenas concentró su esfuerzo en reponer al presidente Zelaya sin tomar en consideración la constitución y las nuevas realidades institucionales del país.
Estuvo bien que la OEA condenara el golpe militar y la expulsión del presidente, pero antes de decidir sobre sanciones o sobre la expulsión del país debió apersonarse bien fuera por medio de una comisión o mediante el propio Secretario General, pero con miras a una salida y no en estricta actitud condenatoria. Pero no, por las razones que fuera la OEA se precipitó.

Fracasó la mediación de Arias porque divulgó a los cuatro vientos los elementos del acuerdo, cuando ellos debieron surgir de la negociación misma. No bastaba la autoridad moral de Arias –y la presión soterrada de EEUU– para imponer la decisión. Por su parte el gobierno interino de Micheletti se ha aislado totalmente del mundo porque ha obviado –se diría que casi de manera suicida– las realidades internacionales. Pero no todo está perdido y la salida dejó de estar en manos de mediadores y organismos externos, pasando de nuevo al ámbito interior. 

El gobierno hondureño argumenta que la salida de Zelaya se produjo a raíz de una decisión de la Corte Suprema que lo declaró al margen de la constitución y otra decisión concomitante del Congreso que lo inhabilitó para seguir gobernando. Pues bien, tanto la Corte Suprema y el Congreso hondureños, en decisiones enteramente soberanas pueden perfectamente acordar que en vista del daño que le está produciendo y seguirá produciendo el aislamiento internacional al país, el ex-presidente Zelaya vuelve a la primera magistratura, aunque bajo nuevos términos. Primero bajo un gobierno de unidad y con poderes limitados; segundo, en medio de una amplia amnistía y tercero, con el propósito de convocar elecciones anticipadas.

En toda negociación es necesario que los contendores tengan una salida honrosa. Una decisión interna restablece los fueros de la legitimidad interna y permite evitar la percepción de desbarrancamiento institucional que ocasionó la salida del presidente. Ella le permite a Micheletti salvar el honor después de haber llegado tan lejos en su defensa de la legalidad interna. El presidente interino ha dicho que no tiene planes de lanzarse como candidato a presidente, de manera que si surge una salida institucional, ya habrá dado su aporte a evitar males peores a su país. Por otra parte, la reposición de Zelaya a la presidencia, aún con poderes disminuidos y como parte de un gobierno de unidad nacional, le devolvería su dignidad, que pareciera ser lo único que le queda como capital político interno. Pero también sacaría a la OEA de la intrascendencia a la cual la condujo la imprudencia de Insulza. Cómo quedan en todo esto los aliados externos de Zelaya –quienes lo han impulsado a acciones temerarias como intentar entrar en un avión venezolano a suelo hondureño o su tragicómica travesía a través de Nicaragua para hacer una entrada simbólica a la frontera de su país– es harina de otro costal. Eso deberá resolverlo el propio presidente. Bastante que le convendría a Zelaya bajar el tono y evitar baladronadas como declarar a algunos medios que todavía pensaba si llevar adelante el famoso referendo, causa primera de esta crisis.


Los vidrios rotos

Nada será igual cuando finalice el actual conflicto de Honduras, ni internamente ni en el sistema latinoamericano en su conjunto. Honduras quedará marcada por una polarización política que, si bien importada de tendencias que se mueven con fuerza en el continente, se incrustó en el alma del pueblo hondureño hasta llevarlo a esta confrontación que hoy reviste dimensiones internacionales. En un país que parecía haberse librado de los fantasmas del pasado militar recrudece la confrontación entre dos modelos de democracia. Una, liberal en su contenido y más bien conservadora en las formas, persigue la instauración del imperio de la ley y la constitución y aborrece el populismo como fórmula para gestar los cambios que pueda necesitar la nación (Costa Rica, pues). La otra, inspirada en la fórmula del presidencialismo extremo patentada por Chávez, adelantada exitosamente en Bolivia y Ecuador e intentada sin éxito en Argentina, hace de la democracia un referéndum presidencial continuo y vacía de contenido otros aspectos de la democracia contemporánea que le son decisivos, como el contrapeso de otros poderes, la libertad de prensa y la tolerancia política frente al adversario.

Quizás sea ese parteaguas que se pone de manifiesto con extrema crudeza en Honduras por lo que ha sido tan difícil una solución negociada: porque verdaderamente estamos frente a dos modelos de democracia que no parecen tener conciliación alguna. Lo dramático del caso de Honduras es que esa pequeña nación no ha sucumbido todavía a la disolución institucional frente al avance del narcotráfico que se vive en lugares como Guatemala y que se esparce como la pólvora en Centroamérica. Y quizás por eso se resiste frente a la presión internacional de poderes con especial gravitación como Venezuela, EEUU y, en las sombras, Brasil. Aislada como se encuentra pelea como gato boca arriba por la preservación institucional, aunque sea con las armas equivocadas.

Pero tampoco el sistema interamericano quedará indemne. El advenimiento de la Carta Democrática de la OEA pareció marcar el comienzo de una nueva era donde la democracia se convertía en el único modelo permitido –the only game in town, como lo caracterizó el científico político Juan Linz. Pero la inestabilidad en América del Sur (pensemos en Perú, Ecuador, Bolivia, Argentina, por no hablar de Venezuela) llevó al sistema interamericano a concentrarse sólo en la legitimidad presidencial. Para variar, el momento decisivo tuvo lugar en Venezuela, donde el Presidente Chávez manipuló todos los poderes (electorales y judiciales) para que un referéndum que él mismo había consagrado en la constitución se hiciera sólo cuando tuviera garantías de ganar. A partir de entonces ya nada fue igual.

De ahí en adelante la OEA fue consagrándose como el famoso Club de Presidentes que es hoy. Y es por eso que la OEA responde con tanta agresividad frente al golpe en Honduras cuando había permanecido callada frente a los intentos de Zelaya por torcer la constitución. Y por eso hoy la OEA se lava las manos como Pilatos frente a la destrucción que adelanta el Presidente Chávez contra las instituciones legítimamente ganadas por la Oposición en recientes elecciones, persigue gobernantes electos, les quita los recursos y toda herramienta de acción gubernamental posible (policía, salud, etc).

Finalmente, tampoco EEUU se librará de los efectos perniciosos del caso Honduras. Buscando diferenciarse –correctamente –de los excesos de la era Bush, la administración Obama sigue sin conseguir una manera adecuada de plantearse la defensa de la democracia como institución y de reconstruir los lazos con el resto del continente, al cual siempre ha mirado por encima del hombro. Aunque la fórmula mediadora de Arias lució como una iniciativa interesante, la manera como el mediador planteó las cosas, poniendo las cartas sobre la mesa desde el principio y exigiendo la restitución de Zelaya como condición, condujo a que hoy nos encontremos en un callejón sin salida. A lo mejor planteado el tema con discreción y no en las páginas del Washington Post se hubiera llegado a la misma solución. Como siempre parece ocurrir en conflictos internacionales de esta índole probablemente Honduras –el más débil– pagará los platos rotos.



Honduras: corolarios de una crisis inconclusa

Como era de imaginar, la crisis de Honduras se ha enredado como consecuencia de la confrontación de la legitimidad interna que reclama el gobierno interino de Micheletti y la externa, que reclama el presidente depuesto, Mel Zelaya. De nuevo, esta crisis ha puesto a prueba los mecanismos nacionales e internacionales de resolución de conflictos y no pareciera apuntar a una salida pronta y expedita. Por su ausencia en los momentos previos a la intervención militar y por haber actuado como lo ha hecho en otros conflictos previos, razonando como un club de países con escaso apego a las normas que la propia organización se ha dado, la OEA se lanzó por un despeñadero. Hasta lo que va de la crisis se pueden señalar las siguientes consecuencias.

Por una parte, la OEA ha perdido legitimidad y protagonismo al evitar buscar una salida negociada cuando ella era posible y por ponerse al lado de los países más vociferantes, como Venezuela y Nicaragua, que propiciaban una intervención, incluso militar. Los golpes de pecho contra el bloqueo en Cuba –bastante razonables, por cierto– que se escucharon hasta hace poco desde EEUU hasta la Patagonia quedaron en letra muerta y constituyen la base de la acción internacional actual. Incluso se le exige a EEUU, que apenas comienza a abandonar las posiciones de bloqueo contra la isla, que le quite todo apoyo económico a Honduras y que retire su embajador (uno de los pocos mecanismos de comunicación formales que le quedan al pequeño país con el resto del mundo). De modo que pierde Latinoamérica con la indisposición de lo OEA de actuar con prudencia. Es tan triste la situación de un organismo que hasta hace poco parecía recobrar su vigencia perdida, que lo que se ha discutido con más ardor en los últimos días es … si EEUU le ha quitado a Insulza su apoyo para la reelección.

La contrapartida del debilitamiento de la OEA es el fortalecimiento del papel de EEUU. Al fracasar la entrada de Zelaya al aeropuerto de Tegucigalpa el foco diplomático se desplazó de la OEA al Departamento de Estado. De allí la entrada de Costa Rica a jugar un papel mediador. Aunque no fuera lo más conveniente, al quemar la OEA sus cartuchos debieron ponerse a prueba otros mecanismos relativamente informales que funcionaron en el pasado en tiempos de conflicto abierto. Al menos se buscó una salida que todavía radicaba en Centroamérica. Pero las posiciones totalmente antagónicas y el lenguaje excesivo parecen haber dado al traste con ese intento de mediación, al menos por los momentos. No nos extrañe que la negociación definitiva tenga lugar en Washington, dejando al resto de los países como convidados de piedra, con mucho grito y pocos votos.

En tercer lugar, los más encarnizados defensores de Zelaya no parecieran percatarse que el paso del tiempo sólo debilita al antiguo presidente. Ni los honores militares que se le dispensan, ni sus constantes viajes en aviones venezolanos (se especula que el avión que utiliza pertenece a la empresa CITGO, filial de PDVSA en EEUU) harán nada por la vuelta a la normalidad que pareciera tener lugar en el pequeño país centroamericano. Hasta el estado de sitio ha sido levantado y cada día que pasa es un día menos que tiene Zelaya para recobrar su legitimidad interna perdida. Acaso una de las pocas oportunidades que tenía –la mediación de Arias –la lanzó al cesto de basura. No sería bueno para el continente que el antiguo terrateniente hoy convertido en adalid de los pobres terminara como la famosa película de Alain Resnais, La Guerra ha Terminado, que narra las babiecadas de la oposición a Franco veinte años después discutiendo las “condiciones objetivas” que en poco tiempo sacarían al tirano del poder. Pero tampoco sería recomendable no tomar en consideración la lucha de Honduras por evitar caer en el pozo negro de la tentación populista extrema que ha crecido en el continente.


Honduras, las dos caras de la legitimidad

Todavía no se ha resuelto el conflicto en Honduras que abortó con el golpe de estado contra el presidente Zelaya y ya algunas cosas quedan claras. La primera es que, contra lo que se pensaba, los militares latinoamericanos siguen jugando un papel decisivo en las crisis internas de los países. Eso ya había ocurrido en los terremotos políticos de Ecuador que llevaron a la salida de Jamil Mahuad y de su sucesor, Lucio Gutiérrez, así como en los casos de Sánchez de Lozada en Bolivia, de De la Rúa en Argentina, de Fujimori en Perú y con la caída y vuelta al poder de Chávez en Venezuela. Pero nunca se hizo tan manifiesto como en el caso de Honduras porque no existió un movimiento popular que plenara las calles, como sí lo fue en casi todos los casos mencionados y porque, como en un guión de otras épocas, fue el ejército quien sacó en pijamas a Zelaya de su cama para echarlo a otro país.

Lo segundo es que la democracia es más compleja de lo que se cree y que no reside sólo en la elección de un presidente. En todos los ejemplos mencionados había un presidente electo pero su manejo de la crisis –económica, como en el caso de De la Rúa y Mahuad, política como en el caso de Chávez, por abuso del uso de la fuerza como en el caso de Sánchez de Lozada o por corrupción institucional como en el de Fujimori– llevó a ese presidente a un aislamiento político extremo, lo que condujo a su “derrocamiento institucional” con apoyo militar. En el caso de Venezuela Chávez volvió al poder porque el aislamiento del gobierno provisional fue incluso mayor y el ejército se vio obligado a volverlo al poder. En Honduras quizás el aislamiento haya sido el más extremo, lo que tiene las consecuencias que veremos.

Tercero, y quizás lo más relevante, es que contrario a otras épocas la legitimidad de un gobierno no reside sólo en la soberanía interna de una elección presidencial o la pérdida de autoridad frente al resto de fuerzas institucionales de un país, sino que ha aparecido otra de al menos igual importancia: la legitimidad externa. Durante el siglo XX la única legitimidad que contaba era la interna (muchas veces medida en la fuerza de los cañones, como mostraron Mussolini, Hitler, Stalin y Franco) o en América Latina el apoyo de EEUU, cuya lista de apoyo a dictaduras locales fue tan larga que no cabría en estas líneas.

Hoy ambas legitimidades cuentan y eso es lo que está en juego en Honduras. La batalla por la opinión pública latinoamericana y mundial la ganó Zelaya, pero salvo el apoyo de importantes sindicatos, pequeños grupos políticos y algunas fuerzas estudiantiles, la vasta mayoría de las instituciones y fuerzas internas lo rechaza. Su intento de desviar el rumbo constitucional y reelegirse a costa de lo que fuera, más la percepción de que terminó siendo un monigote de Chávez, lo aislaron de manera rotunda. Por eso la negociación no va a ser fácil y podría durar mucho tiempo, porque cada parte en discordia responde a una legitimidad diferente y antagónica: Zelaya a la externa, que incluye desde la moderación de EEUU, Brasil y Chile hasta el apoyo total (incluyendo los aviones) de Chávez; Micheletti a la interna, que va desde la casi totalidad del parlamento, las fuerzas políticas mayoritarias, la corte suprema y pareciera que el apoyo de la mayoría silenciosa de Honduras.
No deja de ser interesante que sea un pequeño país, uno de los más pobres del continente, el que esté escribiendo la letra pequeña de un nuevo tomo de política nacional e internacional.



El alcalde de Caracas no tiene a quien escribir

Difícil tarea esa de ser demócrata en estos tiempos de legitimidades truncadas. Pero a Antonio Ledezma, electo Alcalde Mayor de Caracas con una votación de 722.822 votos, equivalente al 52,42 % del total, no le tiembla el pulso. Hace poco se encontraba en Nueva York hablándole a un grupo de empresarios y diplomáticos en el Consejo de la Américas y una semana más tarde lo vemos tirado en una colchoneta haciéndole sombra imposible a las veleidades burocráticas de la OEA.  Si ya este organismo había dado muestras de sordera, bajo el mandato de Insulza ha devenido en un club de defensa de la legalidad presidencial, especialmente si sus beneficiarios se especializan en conculcar los derechos de los demás, como Daniel Ortega quien se embelesa en hostigar a Ernesto Cardenal, el poeta de Solentiname, Evo Morales empeñado en ahogar a las regiones más prósperas de su país o Rafael Correa, el más modosito, quien se ufana en cerrar televisoras o controlar la libertad de prensa. Por no hablar del presidente venezolano, rey de la comarca, quien enarbola su trompeta bolivariana para quebrantar la legalidad del alcalde Ledezma y otros gobernantes opositores electos en noviembre de 2008.

Por eso, aunque parezca un acto desesperado —¿y qué huelga de hambre no lo es?— el alcalde Ledezma se colgó del cuello lo único que le queda como demócrata: su vida, su legitimidad y su dignidad, para echarse en esa colchoneta y tocar la puerta de la OEA, organismo que permanece sordo y mudo frente a la erosión de la democracia en sus propias narices a pesar de las toneladas de argumentos puestos a la luz pública por dos de sus organismos de derechos humanos (la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos). La lista de agravios que esgrime Ledezma es larga y baste con señalar que examinados por encima involucra los artículos 1, 2, 5,7, 10, 12, 19 y 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas que acaba de cumplir 60 años en diciembre de 2008. La sordera de la OEA no resulta extraña pues durante tres años el gobierno venezolano se ha rehusado siquiera a permitir la visita de una misión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

En todo caso, quizás no sea el mejor momento para lanzar una huelga de hambre, aunque sólo sea porque la OEA está enredada por el golpe de estado en Honduras e Insulza debe estar pensando cómo salirse del brete en que se metió conjuntamente con los miembros del ALBA por haber cerrado toda posibilidad de negociación. Además, a pesar de que el apoyo institucional ha sido fuerte (sindicatos, empresarios, políticos y gente de a pie), Ledezma es asmático y sufre de un riñón, lo que hace más peligroso su gesto. Pero en Venezuela son una mayoría los que se ven en el espejo de Honduras y piensan que su presidente actúa hipócritamente, defendiendo la legitimidad del presidente Zelaya pero quebrantando la del alcalde Ledezma. Sólo por su coraje y su desprendimiento merece Antonio Ledezma pasar a la historia como uno de los adalides de la democracia latinoamericana en estos tiempos difíciles.


La tragedia de Honduras: ¿Quién gana, quién pierde?

Independientemente de si el ex-presidente Zelaya es repuesto o no en la presidencia, lo ocurrido en Honduras es una tragedia. Tragedia en al menos tres dimensiones. Por una parte nos retrotrae a tiempos en que los ejércitos latinoamericanos eran los árbitros de última instancia. En segundo término revela las dificultades del hiper-presidencialismo de la región para encontrar soluciones adecuadas frente a una crisis de poderes. En tercer término porque hace de la Carta Interamericana una autopista de una sola dirección, para la cual la soberanía de los países reside sólo en los presidentes y no en el conjunto de los representantes electos, llámense Congreso o gobernadores de provincias (en caso de haberlos).
Lamentablemente lo que ocurre en Honduras favorece el avance del caudillismo en la región y con él, la política internacional de Venezuela y sus socios andinos. Veamos los hechos. En Honduras la crisis ocurre por el empecinamiento de Zelaya por hacerse reelegir violando los mecanismos constitucionales vigentes en ese país. La constitución hondureña no admite la reelección y tampoco pueden hacerse cambios que alteren las reglas del juego en los 6 meses antes de una consulta electoral. Pero como están previstas elecciones en noviembre para elegir un nuevo presidente, Zelaya quiso cambiar la constitución, para lo cual llamó a un referendo que permitiera decidir al respecto durante las elecciones. No importaron ni las decisiones del Congreso y de la Corte Suprema declarando improcedente un referendo no previsto en la legislación. Aislado de todas las fuerzas vivas en su país Zelaya siguió la estrategia que conocen bien los venezolanos de presionar hasta el final y obtuvo lo que buscaba: ser depuesto por el ejército, lo que lo convirtió en una víctima y en merecedor del apoyo irrestricto de todas las naciones de las Américas, incluyendo la OEA. Hasta Naciones Unidas le dio su apoyo y lo lleva a su Asamblea, gracias a los buenos oficios de Nicaragua, país que en la actualidad preside el organismo. La democracia se confunde exclusivamente con el manto presidencial y quien ha llevado la voz cantante en defensa de la democracia ha sido el ALBA. Hasta Cuba argumenta que Zelaya fue producto de elecciones limpias.
A la hora de escribir esta nota no hay desenlace, pero el mal está hecho. Quedan como adalides de la democracia precisamente países donde el sistema democrático se ha resentido de manera creciente, bien sea por el cierre de medios de comunicación, por eternizar a sus presidentes o por el uso de los recursos nacionales para favorecer sólo a quienes los apoyan. En momentos en que el péndulo del continente se vuelve a mover y en Argentina parece comenzar el fin del reinado de los Kirchner, Chávez y sus aliados presionan para ganar terreno en Centroamérica. Hasta ahora han tenido éxito porque polarizando han obtenido el apoyo de países como El Salvador, que hace poco arrancó un nuevo período bajo el signo de la moderación y el pragmatismo.
Si Zelaya vuelve al poder, seguramente será bajo un acuerdo que minimice su poder y le permite ejercer el resto del año, con lo cual será lo que llaman en EEUU un lame duck (funcionario sin poder). Pero representará un nuevo símbolo del caudillismo. Si no vuelve al poder, se profundizará la crisis de legitimidad de Honduras en el continente, con lo cual ganan también los partidarios de erosionar la democracia representativa, ya bastante debilitada en el continente. En fin de cuentas, cualquier salida es mala.


Mexico’s Perfect Storm

Mexico’s Perfect Storm

Bad things don’t tend to occur in isolation. In Mexico, however, they have been piling up. Currently they include the impact of the U.S. recession on those Mexican states whose exports are destined to its rich neighbor, especially in those states located in the center of the country and in the U.S. border. A second problem that has perhaps become first in the government’s list of priorities is the protracted bloody war resulting from drug trafficking that has brought the different cartels one against the other and against the security forces. The weakness of the national and state police forced the Calderón administration to step up military intervention in order to check the hemorrhage but a high cost, at least as has been shown in Human Rights Watch’s latest report, which speaks of a “impunity in uniform” whereby scores of tortures, murders and women violations allegedly committed by the armed forces under the pretext of the war against narcotics.

If economic doldrums and impending security abuses were not enough, the outbreak of swine flu, which apparently originated (if not only, at least principally) in Mexico has spread in Mexico City, the first or second metropolitan area in the world, following a pandemic trend typical of post-modern global diseases. The swine flu has put Mexico on its knees, facing massive school and business stoppages and affecting tourism, the only source of economic dynamism that the country had left under the current recession.

The only piece of good news may perhaps rest on its powerful neighbor, where the new administration has shown a good beginning in shaping an understanding approach, ready to admit its own faults—at least regarding the “high consumption drive of illegal drugs”—and to cooperate in common issues.

Mexico’s Perfect Storm illustrates how weak can a strong country be. That is the impression many had at the turn of the century, when Vicente Fox broke the 70 year domination of a one-party-state. What it seems now is that it stands on a very precarious equilibrium.


Mexico at a Crossroads (I)

Mexico is one of the most fascinating places on earth. Cradle of two of the greatest civilizations in the New World—the Aztecs and Mayas, and a host of other cultures--whose lives were crushed by the Spanish powder guns and horses, it has struggled for centuries to become the proud nation we know now. In the process it advanced one of the most notable social upheavals of the 20th century, the Mexican Revolution, while having to cope with what Porfirio Díaz, one of its presidents called its main curse: “Too far from God and too close to the United States”. The Mexican Revolution took place simultaneously with the Russian Revolution, one of the reasons why it was never perceived as important as its European cousin. But with hindsight one could argue that the social impact and the metamorphosis the country’s identity underwent with the Mexican Revolution was far greater than Russia’s. 

The revolution left as another heavy heritage a single party electoral system that prevailed for most of the last century. For many decades Mexico also epitomized those countries left behind by—though many thought because of—the West’s continuous waves of progress. In the last 30 years, however, Mexico has been finding its own way, both in economic terms and with the 21st century, the building of a credible democracy, one that is able to come to terms with so many legacies.

It is now confronting 3 huge challenges: 1) How to protect itself from the severe crisis originated in its powerful Northern neighbor; 2 ) How to achieve a more balanced and equitable development granting a better quality of life for its approximately 110 million people; and 3) How to combat the deadliest wave of crime and violence it has suffered in the last 50 years, associated with the narcotics business and trafficking. We’ll come to discuss these three issues in successive notes.



What will Obama bring to the Hispanic table?

What will Obama bring to the Hispanic table?

For all the optimism and hope the Obama’s election has brought to the United States and around the world, the magnitude of change the new administration may bring to Latinos is far from clear. In fact, there are good and less good signs. The list of good signs includes first and foremost his overall message of inclusion. Being who he is and his background, we can expect a greater flexibility in delicate matters like immigration. But, as the economic crisis unfolds, taking off pressure from the border with Mexico –which as we know includes immigrants from all over Latin America, including Cuba –the need to overhaul immigration legislation will fall down the list of Obama’s priorities.

A collateral aspect of immigration policy in the last two years of the Bush administration has been the criminalization of illegal immigrants. The frequency of raids in places where illegal immigrants are located has augmented, as well as the number of persons expelled as part of a “shuttle frenzy” in border areas, especially in places like Arizona. Who doesn’t remember the children separated from their mothers, who were jailed while the infants sent back to their countries of origin? Given the way the judicial process operates in this country, on the basis of precedent, it is unlikely that this recent trend will be modified unless a comprehensive modification of the respective legislation takes place.

It is not very likely that such modification will occur in the near future. It would, however, be a wonderful timing: The pressure on the border with Mexico has waned as the demand for unskilled and seasonal jobs recedes as a result of the recession. So the legislation could be prepared without the sensitive ‘cultural’ aspects that have so typically were present when the Bush administration presented its immigration piece of legislation some years back.

Another positive aspect, full of symbolic implications, is the recent meeting of President-elect Obama with Felipe Calderon. Calderon has been the first foreign head of state to meet with Obama, indicating an important shift in U.S. relations with Latin America after the drastic modification of international affairs priorities introduced by the Bush administration. I have mentioned in other notes how relations with Latin America impinge on the mood of the Hispanic population. The contrary is also true: how the U.S. government deals with Latinos has important consequences on the way the country is perceived across the Latin American region, as the building up of the border fence showed in its time. As many of the readers may remember, the reaction throughout the region was one of rejection, if not blatant disgust. What this means is that Latin America will surely receive well Obama’s open policy vis-à-vis Mexico, but most probably will wait and see for additional steps, such as the border fence and its policy regarding Cuba. But that we will look into in next notes. 


No Big Difference

The U.S. and the World at large are at the verge of a major change. Many people in Latin America seem to be worried about who will prevail in today’s elections and what will be its effect on the continent. I tend to think that, apart from the handling of the financial crisis, whoever wins the elections will not bring major changes to the relations between the U.S. and Latin America. And even if it may sound paradoxical, those are not bad but good news. For most of the 20th century, one way or another, Latin America was a de facto U.S. protectorate. Economically it heavily depended from its commercial ties with the north, and politically it was many times dwarfed by the autocratic legacy that always played the U.S. card for survival. No important step was taken without consultations with the “Big Brother”. Even when democracy was part of the equation, such as the Kennedy early era of the Alliance for Progress, counting on the U.S. was crucial to repel the Cuba effect. Except for countries like Cuba, Mexico (and on a lower voice, Brazil) all the rest lived in symbiotic relations with the U.S.

In the 21st century this political environment has changed. Whether as a result of the post September 11 syndrome or because the political inclination of many countries has changed, the intensity of relations has waned down and most countries have become keen on their autonomy and that of the region. Latin America has matured and grown up. One example is the military conflict between Peru and Ecuador, at the end of last century, solved after direct negotiations. Similarly, at the beginning of this year took place the incident resulting from Colombia’s attack to a FARC camp in Ecuadorian territory, which drove President Chavez to ask 10 battalions to the western border with Colombia. Though relations between Ecuador and Colombia have remained strained, the gravest prospect was solved after two meetings, one of the OAS and another of the Group of 10, which served to appease a bitter confrontation that was dangerously escalating. More recently, in face of Bolivia’s internal strife, an emergency meeting of UNASUR led to conversation between President Morales and his adversaries, which ended in a political agreement. This has led to a creation and strengthening of new organizations –Unasur is a case in point– and a relative weakening of others, such as the Organization of American States.

This trend points to a new phase between the Latin American region and the U.S. independently of who the winner is. McCain has showed a greater interest in the region, but Obama’s general outlook seems more open to the major changes traversing the continent.



Michelle Bachelet

Not very often you get the chance of listening to the president of a country from very close. A couple of days back I attended a talk by Chile’s president in Harvard University. In Sarah Palin’s times, one would expect a political leader to make a powerful impression on the audience just by entering the stage. This was not the case. Short, dressed in conventional attire, with a sense of humbleness about her, one would have thought a secondary teacher arriving to speak about the school’s problems. No charisma, no waving to the crowd, no big smiles.

Then Michelle Bachelet addressed the audience and another true woman emerged. In fluent English she covered the main dilemmas affecting Latin America and –why not –a good part of the world. How to put a small country like Chile on a stable orbit in a tricky global world? How to deal with the expectancy gap a re-born democracy like Chile faces between the hardships of many people’s economic needs –not to speak of those in dire poverty– and the slow delivery time of any true democracy? Latin America has advanced, she said, but stark inequalities still remain, including high economic disparities, discrimination against women and against indigenous people. How to deal with regional integration in the midst of very diverse countries and leaders? How to combine an open economy with the necessary touch of the state to provide wise guidance? In these times of financial turmoil around the world when apparently the mistake was not over-regulation but the opposite, Bachelet did not jump to a condemnation of the free economy as other Latin American leaders do, but was adamant in the need for a strong state –not a big one. Speaking about the dangers, she said that unsolved inequalities may lead to populism, which in many cases is an open door to loosing democracy again.

Asked about Chile’s leadership, Michele Bachelet spoke from the heart. This moderate socialist pediatrician who lost her father –a military loyal to democracy– in a Chilean jail after persecution from Pinochet, who was also taken to jail and tortured with her mother, said that Chile had no pretenses to expand. Asked about other regimes in the region she mentioned Chile’s unwillingness to call names or to point fingers, that her country’s democracy was respectful of others, that Chileans may be a little bit boring but they are trustworthy. You can trust their word.

To those interested in public service she recommended to choose that line of work if they are interested is serving other people. If personal ambitions or other interests prevail, it’s better to seek a different path in life.

If Latin America, as Chile does, followed the reign of deeds over rhetoric, of modesty over flamboyancy we would be far better off than we are now.


Déjà Vu

Déjà vu

Anyone who remembers the violence that hit Colombia during the 1970s under the spell of narcotics and drug lords may feel a sense of déjà vu when looking at Mexico today. Many of the scenes of bombings, paid killings (sicariato), policemen and other law enforcers assassinated by the dozen at the time when Pablo Escobar Gaviria was building his empire are increasingly becoming a common part of Mexico’s scenery. Many people associate Colombia’s violence and terrorist actions with FARC, but few care to remember that the spiral of violence that brought the FARC and other guerrillas like ELN to the forefront was to an important extent the result of the drug war. The guerrilla groups as we know them today, as well as the list of violent activities they are known for (kidnappings, terrorist attacks, paid killings, assassination of judges, politicians, and other public figures) were the direct result of increasing levels of confrontation between the drug lords (the infamous drug cartels of Medellín and Cali) with the entire judicial and political system. When the main drug cartels disappeared and their direct political stakes were buried, they set the scene for others to join in.

Today Mexico is still far from attaining the levels of violence that characterized Colombia in those dark times (has it had a bright time in the last 60 years?). One cannot even speak of a spiral of violence there, but certain growing signs indicate that violence is starting to go out of control. One is the increasing level of typical drug war crimes. Recently an independent organization reported that Mexico tops the world in kidnappings, with level higher than in Iraq (BBC Mundo, August 15, 2008). Another is the perception that the police and other law enforcement organizations (including part of the judicial system) have fallen prey to the influence of the drug cartels. A third has to do with how the drug business (at least the marketing of the coca industry, last end of the industry) has migrated from Colombia and other places to be located closer to the main consumption market in the US. Finally, the haphazard and rather weak actions from the government and low enforcement agencies leads the candid observer to think that those currently in power in Mexico (including both the governing party and the two main opposition parties) don’t seem to notice that thus far they are loosing the war; worse, they don’t seem to anticipate what awaits the country if a comprehensive strategy is not urgently designed and implemented.

Ask Colombians for help, please!


Is peace in Colombia possible?

Unexpected events sometimes change intractable situations. The spectacular rescue of Ingrid Betancourt –hostage by Colombia’s FARC, the oldest guerrilla in the continent –by a military command operation may be a case in point. For more than 50 years a civil war has bled the South American country, sometimes to the advantage of the insurgents, other times favoring a wiggling democracy.
The nature of the conflict, however, has not been the same. Originally a social and political conflict, it became a confrontation over the FARC’s attempt to guarantee the civil war spoils: deals with illegal drugs groups, kidnappings, blackmailing oil companies, and so on.
Two major attempts to end the conflict failed. In 1985, the peace conditions were not respected by the army, which supported a bloodbath of most combatants abandoning the conflict to enter civilian life. After the peace deal promoted by President Belisario Betancourt busted, the number of casualties from former combatants and other social leaders was estimated between 3,000 and 5,000. In other words, Colombia’s civilian establishment blew the prospects for peace.
The second attempt was led by president Pastrana after his election in 1999. This time it failed because the FARC estimated they had a chance to overturn Colombia’s democratic regime by force. The best symbol of the peace failure occurred in 2002, when FARC’s founder, Manuel Marulanda (alias “Tiro Fijo” or sure shot, who died in March 2008) did not show up in El Caguán, a broad portion of the territory cleared of military for the peace dialogue.
This brought Alvaro Uribe to the picture. Running on a Democracy Safety argument he changed the strategy from defensive to offensive, strengthening the army and going after the guerrillas. During 2007 and 2008, prior to Ingrid Betancourt’s rescue, FARC suffered a chain of political and military defeats. Cornered by the armed forces, with ravaged command and control of the rebel army as a whole, and unable to strike important military objectives, the FARC may be weighing the odds of a peace settlement when there is still time. Having lost the support of neighboring countries like Venezuela and Ecuador, for them peace might be the only solution for survival.
This possibility, however, requires the Uribe administration (or the one to follow) to articulate a very sophisticated internal and external strategy requiring high diplomatic skills in order to break the barrier of intolerance that has become the name of the game for too many years.


Generosity at Bay

In the last decade a new worldwide financial trend has emerged. It is associated with around 150 million immigrants sending money back to their home countries. The total amount for 2006 was estimated at $300 billions, up from $18.4bn in 1980. To make a comparison, the Iraq war has cost approximately $200bn every year since 2002. This trend, known as remittances has been particularly important in Latin America. By 2006, when the trend peaked, the total amount sent by Latinos living in the U.S. was close to $68 billions.
Remittances are yet another example of how Hispanics living in the U.S. have become increasingly connected to their countries even if not living there. Someone has called remittances the human face of globalization. Of the $67,9bn sent by Latinos the Caribbean comprised $8,3bn, Central America $11,0bn, Mexico, the lion’s share with $24,3bn and South America $24,2bn. Nearly one Mexican in five regularly gets money from relatives employed in the United States, making Mexico the largest repository of such remittances in the world. Taken by size, however, it is in countries such as El Salvador and Guatemala in Central America where the impact has been greater. 57% of immigrants from El Salvador send remittances every year amounting to 17.1% of Gross Domestic Product. In the last few years remittances to El Salvador have roughly represented 133 percent of all exports, 655 percent of foreign direct investment, and 91 percent of the government budget.
Experts consider remittances a simple way to tackle poverty alleviation given that the money sent to places sometimes very remote is used both for consumption and for small investments, contributing to grass-root economic development. Typically, immigrants from Latin America have been unskilled workers with average monthly incomes of around US$160 in their home countries. In the United States their average income is ten times that figure, around US$1,600 a month.
An interesting aspect about remittances is that for the families sending money from places like the U.S. it involves postponing or renouncing altogether to the possibility of buying a house, for instance, or sending their children to college. It gives an idea about how the notion of prosperity is a shared one which goes beyond the border of the individual family.
Money is not sent only by individuals. Remittances by hometown associations to communities in their home countries have been used for infrastructure, like parks, church and roads. Mexico has a “Tres por uno” program, which matches three tax dollars for every one dollar donated to a regional government. So there has been increasingly quite a lot of improvisation on how to use the inflow of funds.
HOWEVER, not everything looks rosy. The current economic slowdown has affected remittances. Less and less Latin Americans are sending money home on a regular basis from the U.S. to their countries of origin, according to a survey on remittances commissioned by the Inter-American Development Bank’s Multilateral Investment Fund (MIF) in early 2008. Only 50% of those responding were still sending money regularly to their families, down from 73% in 2006. Worse, the adverse economic environment is not the only factor affecting the slowdown in remittances. Millions of Latin American immigrants are fearful about their futures in the United States and no longer feel they can afford to send remittances to their families. Many among them argue that the growing intimidating environment against immigrants is another factor in their uneasiness about committing themselves to such an economic effort. In contrast with the results of the first survey on remittances conducted in 2001, when only 37% of respondents said they considered discrimination against immigrants a major problem, in the latest survey 68% said it was a great concern.
The largest drops have taken place in Pennsylvania, Texas, Georgia, Maryland and Virginia. On the contrary, states with the largest expected increases are Nevada, Colorado, Washington, Massachusetts and California. In Mexico the reduction left at least two million people without the financial help they had once received.
Let’s hope that the current slowdown in remittances will not create chaos in places like El Salvador, or affect political stability, which had a high cost in human lives only a couple of decades ago.


Why US Latinos are important for Latin America

Why US Latinos are important for Latin America

To many people the connection between Latinos and their countries of origin is obvious. There are, or course, remittances to their countries. For the last decades and for several countries like Mexico, El Salvador, and even for Cuba, remittances account for a good chunk of their foreign exchange inflows. The New York Times reported recently, however, that due to the upcoming recession 3 million Latinos have stopped sending remittances to their families.

Then there is the cultural connection, whereby Latinos try to preserve their culture. Despite many differences between countries, or if you come from the Caribbean region, from the Andes, or from the Atlantic coast in South America, there are still many common features. The most important is of course Spanish, the use of which has become fairly common throughout the US. It is not uncommon to signs in public spaces written both in English and Spanish. Though the US is a long way to becoming a bilingual territory, there are signs pointing to that condition in many cities.

There is a new aspect, hidden until now. It is the geopolitical influence of Latin America on US politics through the Latino population living here or vice versa, the influence of Latinos on US policy in countries throughout Latin America. Until recently, when Hispanics were a smaller minority, their political opinions mattered little. But now, as first minority group, their voices affect US relations with different parts of Latin America. Take the fence with Mexico. It is not only a disgusting method to keep illegal immigrants at bay. It has sent a negative current throughout the local Hispanic community with a powerful echo in all Latin America. The years to come will show how the way Latinos are treated in this country means a lot to their cousins elsewhere.

The most significant example is of course that of Cuba. For decades now the influence of the Cuban immigration in Florida on US policy making vis-à-vis Cuba has been notorious. The commercial blockade on the island, whose merits are less and less clear, has been the main policy, approved again and again by both presidents and Congress. To no political effect.

In times when the divide between mainstream US politics and Latin America is growing, thanks to changes in the political spectrum in the subcontinent, especially in South America, the influence of Latinos on policy making regarding their countries of origin will become a force beyond dispute. Ironically, it will be a triumph of the globalization so many of current Latin American leaders profess to abhor.