Leonardo Vivas

De nuevo Venezuela y Colombia

Cuando se escriba la historia de las peripecias diplomáticas en América Latina, la relación entre Colombia y Venezuela quedará registrada como una de las más rocambolescas de este siglo. A las razones geopolíticas de dos proyectos hoy en día antagónicos hay que sumarle las obsesiones de dos líderes carismáticos que se sienten insustituibles. Claro, la realidad nos dice que uno (Chávez) es más insustituible que el otro (Uribe), quien ya ha ido dando señales de no aferrarse indefinidamente al poder. En Venezuela buena parte de la institucionalidad democrática ha quedado supeditada no sólo a los ardores ideológicos de un proyecto (socialismo del siglo XXI), que ya sería bastante, sino a los humores de quien quizás sea uno de los mayores caudillos de toda la historia latinoamericana, cuya historia en ese terreno es particularmente prolífica.

Sultanes tropicales
En Venezuela un simple gesto del líder sirve para movilizar todas las instituciones. Quizás el ejemplo más patente no ocurrió con uno de esos hechos de estado o internacionales que tanto han abundado en los 10 años de chavismo sino en ocasión de un discurso en el cual el líder supremo protestó porque el caballo del escudo nacional estaba en dirección contraria a la historia (señores, el caballo devolvía su cabeza hacia la derecha). Un mes después la soberana Asamblea Nacional de la república decidía cambiar el escudo para que el famoso caballito blanco mirara hacia la izquierda. Ojalá esos saltos de humor fueran tan intrascendentes como el caso del caballo de marras. Pero lamentablemente el presidente venezolano anda empeñado en torcer el rumbo de la historia latinoamericana. Y mira que ha avanzado en el propósito: diseñando una estrategia de utilización de los medios democráticos para consagrar regímenes donde el poder presidencial es omnímodo –a la medida de otros caudillos como Evo Morales y Rafael Correa, más moderados, pero caudillos al fin –, poniendo la justicia al servicio exclusivo del avance de su proyecto y devolviendo a los países a la época económica en que el estado lo era todo y la propiedad privada poco menos que nada.

Al otro lado de la frontera, en Colombia, tampoco la administración Uribe es un convento de carmelitas descalzas. Surfeando la ola de la popularidad a favor de enfrentar con todo a las FARC después del fracaso de las negociaciones de paz de Pastrana, Uribe consiguió, gracias a una estrategia paciente y decidida (con fuerte apoyo militar de EEUU) reducir significativamente la capacidad militar y de actos terroristas de las FARC, organización que con los años se había labrado un amplio soporte internacional. En el continente su principal aliado era precisamente el gobierno de Chávez. Pero en el propósito de derrotar a las FARC el gobierno colombiano ha incurrido en importantes violaciones al derecho internacional humanitario, como el asesinato de “falsos positivos”, como se llama en Colombia a personas que son disfrazas de insurgentes para cumplir metas numéricas de guerrilleros eliminados, o la muerte de sindicalistas por parte de los sucesores de los paramilitares, que tanta muerte causaron en la historia reciente de ese país. También el conflicto armado ha creado una población de desalojados de la tierra cercana a los 3 millones de personas y una redistribución de esas tierras a favor de paramilitares o sus intermediarios. También el sistema político colombiano ha sufrido una importante degradación gracias a la participación de paramilitares en los distintos partidos creados por Uribe, lo que ha ocasionado que un gran número de senadores y diputados hayan sido acusados e inhabilitados por las instancias judiciales.

Divididos por las FARC
Si bien Venezuela siempre sirvió como intermediario de buena fe en la turbulenta experiencia insurgente colombiana, llegado Chávez al poder la neutralidad se fue transformando en un apoyo político, diplomático y financiero a la principal guerrilla del continente. Uribe logró hasta 2007 contener la alianza, en ocasiones gracias a acciones que le permitieron capturar dirigentes de la FARC que circulaban con libertad en territorio venezolano. Pero con ocasión de los acuerdos humanitarios para liberar secuestrados por la guerrilla, las discrepancias entre Venezuela y Colombia llegaron al clímax gracias a que Uribe primero llamó a su vecino para que mediara pero luego, después de un manejo –por decir lo menos– poco diplomático del caudillo venezolano lo desautorizó, lo que llevó a una confrontación abierta entre ambos.

Como es sabido, las diferencias se acentuaron cuando el ejército colombiano incursionó en territorio ecuatoriano, causando una crisis militar que estuvo a punto de llevar a una confrontación a tres (Ecuador y Venezuela contra Colombia) cuando Chávez ordenó la movilización de tropas a la frontera. Finalmente la crisis fue conjurada cuando aparecieron las evidencias en el computador de Raúl Reyes, jefe guerrillero abatido en un campamento en Ecuador, sobre las conexiones entre altos mandos venezolanos y la cúpula de la FARC. Cuando los manejos entre Venezuela y la FARC fueron expuestos al mundo, la tensión bajó hasta el punto que Chávez buscó un arreglo amistoso con Colombia, dejando colgado de la brocha a Correa, que en fin de cuentas era el agredido. La liberación de Ingrid Betancourt y la muerte de Marulanda signaron el fin de la luna de miel entre Chávez y las FARC y el caudillo venezolano comenzó a tomar distancia.

Hasta hace unas semanas cuando Colombia decide la instalación de 3 bases militares estadounidenses una vez que Ecuador ordenó la eliminación de la base militar de Manta, establecida desde 1978 (siempre se ha especulado que hubo apoyo logístico desde esa base para la operación que destruyó el campamento de Raúl Reyes). Y poco más tarde cuando Colombia lanza dos bombas a la opinión pública: una, un video de las FARC donde el jefe militar de las FARC admite haber financiado la campaña de Correa y dos, cuando el ejército colombiano descubre en una operación contra esa organización guerrillera lanzacohetes suecos que una empresa de ese país había vendido al ejército venezolano hacía 20 años.

Chávez acaba de congelar por enésima vez las relaciones diplomáticas y comerciales con Colombia y se abre una nueva época de tira y encoges entre ambos países, ya no sólo en el terreno de la confrontación por los medios de comunicación sino en el terreno diplomático.