Leonardo Vivas

Honduras: corolarios de una crisis inconclusa

Como era de imaginar, la crisis de Honduras se ha enredado como consecuencia de la confrontación de la legitimidad interna que reclama el gobierno interino de Micheletti y la externa, que reclama el presidente depuesto, Mel Zelaya. De nuevo, esta crisis ha puesto a prueba los mecanismos nacionales e internacionales de resolución de conflictos y no pareciera apuntar a una salida pronta y expedita. Por su ausencia en los momentos previos a la intervención militar y por haber actuado como lo ha hecho en otros conflictos previos, razonando como un club de países con escaso apego a las normas que la propia organización se ha dado, la OEA se lanzó por un despeñadero. Hasta lo que va de la crisis se pueden señalar las siguientes consecuencias.

Por una parte, la OEA ha perdido legitimidad y protagonismo al evitar buscar una salida negociada cuando ella era posible y por ponerse al lado de los países más vociferantes, como Venezuela y Nicaragua, que propiciaban una intervención, incluso militar. Los golpes de pecho contra el bloqueo en Cuba –bastante razonables, por cierto– que se escucharon hasta hace poco desde EEUU hasta la Patagonia quedaron en letra muerta y constituyen la base de la acción internacional actual. Incluso se le exige a EEUU, que apenas comienza a abandonar las posiciones de bloqueo contra la isla, que le quite todo apoyo económico a Honduras y que retire su embajador (uno de los pocos mecanismos de comunicación formales que le quedan al pequeño país con el resto del mundo). De modo que pierde Latinoamérica con la indisposición de lo OEA de actuar con prudencia. Es tan triste la situación de un organismo que hasta hace poco parecía recobrar su vigencia perdida, que lo que se ha discutido con más ardor en los últimos días es … si EEUU le ha quitado a Insulza su apoyo para la reelección.

La contrapartida del debilitamiento de la OEA es el fortalecimiento del papel de EEUU. Al fracasar la entrada de Zelaya al aeropuerto de Tegucigalpa el foco diplomático se desplazó de la OEA al Departamento de Estado. De allí la entrada de Costa Rica a jugar un papel mediador. Aunque no fuera lo más conveniente, al quemar la OEA sus cartuchos debieron ponerse a prueba otros mecanismos relativamente informales que funcionaron en el pasado en tiempos de conflicto abierto. Al menos se buscó una salida que todavía radicaba en Centroamérica. Pero las posiciones totalmente antagónicas y el lenguaje excesivo parecen haber dado al traste con ese intento de mediación, al menos por los momentos. No nos extrañe que la negociación definitiva tenga lugar en Washington, dejando al resto de los países como convidados de piedra, con mucho grito y pocos votos.

En tercer lugar, los más encarnizados defensores de Zelaya no parecieran percatarse que el paso del tiempo sólo debilita al antiguo presidente. Ni los honores militares que se le dispensan, ni sus constantes viajes en aviones venezolanos (se especula que el avión que utiliza pertenece a la empresa CITGO, filial de PDVSA en EEUU) harán nada por la vuelta a la normalidad que pareciera tener lugar en el pequeño país centroamericano. Hasta el estado de sitio ha sido levantado y cada día que pasa es un día menos que tiene Zelaya para recobrar su legitimidad interna perdida. Acaso una de las pocas oportunidades que tenía –la mediación de Arias –la lanzó al cesto de basura. No sería bueno para el continente que el antiguo terrateniente hoy convertido en adalid de los pobres terminara como la famosa película de Alain Resnais, La Guerra ha Terminado, que narra las babiecadas de la oposición a Franco veinte años después discutiendo las “condiciones objetivas” que en poco tiempo sacarían al tirano del poder. Pero tampoco sería recomendable no tomar en consideración la lucha de Honduras por evitar caer en el pozo negro de la tentación populista extrema que ha crecido en el continente.