Algún filósofo famoso dijo alguna vez que nada llama más al dinero que el poder. Y viceversa. Pero en esta época mediática que vivimos, en la cual la fama es moneda de circulación universal, el binomio dinero + poder ha adquirido su tercera pata. Y nadie mejor que Hugo Chávez, a quien mientan mago de la comunicación de masas moderna, para saberlo. Veamos el capítulo más reciente. Después de descargarse a Uribe durante semanas por las bases norteamericanas, hablar de vientos de guerra e incluso amenazar con entrompar a su incómodo vecino en UNASUR, decidió pasar agachado en Bariloche para no lucir intemperante (recordemos que las sesiones estuvieron abiertas a la televisión internacional). Si en algo se ha especializado la Revolución Bolivariana es en el manejo de la escena. Tanto así que a veces pareciera que nos encontramos en un reality show permanente, donde la realidad se confunde con la escenografía, el paisaje natural con la mampostería y los hombres de carne y hueso con unos extras que ya querrían para sí aquellas películas históricas de hace unas décadas.
A los pocos días de la anticlimática cumbre de UNASUR nuestro jinete del Apocalipsis se fue de viaje para recargar las baterías con sus amigos lejanos de Libia, Irán, Turkmenistán, Bielorrusia y Rusia. Aparte de manifestar su acuerdo por la secesión de las repúblicas que forman parte de Georgia (republiquetas habría dicho el Libertador), fue en la parte final de ese periplo cuando la primera parte de la ecuación de marras se hizo realidad. Nuestro fastuoso presidente puso sobre la mesa de la nueva Rusia pagos en petróleo a futuro a cambio de 2,2 millardos de dólares para pagar misiles, tanques y otros artefactos bélicos. ¿Quién dijo guerra? Si algún extraterrestre venido de una película de ciencia ficción hubiera visto el periplo, hubiera exclamado jubiloso: ¡La tengo! ¡Tengo la barajita del dinero y el poder! Esa misma barajita fue ratificada con ocasión de su última parada. En España, tomado del brazo del rey que lo mandó a callar le anunció al mundo que Repsol-YPF, el consorcio español-argentino había descubierto en el golfo de Venezuela uno de los yacimientos de gas natural más grandes que registra la historia contemporánea. Con lo cual estaba diciendo: señores, no se vayan que esto se pone bueno. Muy pronto esos misiles que acabamos de encargar no serán más que “peanuts” en la proyección de la tesorería venezolana. ¡Jeques del mundo, Uníos! Hasta el modoso presidente de Uruguay, el médico Tabaré Vásquez, en compañía de Hillary Clinton, manifestó su preocupación por lo que a todas luces es una carrera armamentista en América del Sur. Si como decían las señoras de antes pudiéramos verlos en su reposo eterno a través de unos binóculos especiales, Shakeaspeare y demás genios de la exploración de los vericuetos del poder de los monarcas absolutistas de entonces esbozarían para el público de galería una sonrisita de Monalisa.
La guinda de la torta, la tercera pata de nuestra ecuación, la crema Chantilly de ese postre servido en avión especial se lo dispensó uno de los mejores constructores contemporáneos de la fama: señoras y señores, Mr…… Oliver Stone. Desde la alfombra roja de Venecia, sin los quejidos de putrefacción que alguna vez narrara tan magistralmente Luchino Visconti, antecesor del genio del cine americano, en Muerte en Venecia (basado en una novela de Thomas Mann, con actuación magistral de Dirk Bogard y música de fondo de Gustav Mahler), Stone tomó del brazo a nuestro héroe del petróleo y el poder y lo proclamó redentor de los pueblos al sur del Río Grande. Más claro no canta un gallo: al sur de la frontera, es decir, qué bueno que esos cambios pasan allá, donde me gusta a mí hacer muchas de mis películas y no acá al norte del Río Grande, donde yo no apostaría jamás por un cierre de Fox News, por más que suelten sapos y culebras contra Obama, o despojar de sus poderes a Schwartzeneger en California. Con el viaje relámpago a Venecia se cerró nuestra ecuación a tres, nuestra trilogía de la política internacional contemporánea –dinero, poder y fama– donde se unen personalidades estrambóticas como el primer ministro Berlusconi, la magia del dinero (petróleo o hedge funds) contabilizado a futuro, como tan bien supieron hacerlo los midas al revés que causaron la reciente epidemia de SIDA de Wall Street y la fantasía de esta vida de reality show que tan sabrosamente vivimos. ¡La tengo! ¡Bingo! ¡Completé mi juego!










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