Cuando niños nos acostumbramos a identificar los países en los mapas conforme a colores: azul para Argentina, amarillo para China, México quizás verde. Eso les confería cierta permanencia. Pero hete que los mapas pueden cambiar y con ellos los países, como nos lo vino a demostrar la Unión Soviética culminando el siglo pasado. Pero aún manteniéndose los mapas y sus bordes bien trazados, países y naciones a veces se desdibujan hasta casi perder su sustancia original. En eso anduvieron países latinoamericanos como Colombia, Bolivia y Argentina a comienzos del nuevo milenio. Pero lograron remontar la cuesta. Ahora parece que le ha tocado a México. Más allá de los brutales impactos de la recesión en EEUU—que México resiente como nadie—y las siete plagas que se han ido aposentando sobre sus habitantes (sombras de ilegitimidad presidencial, la gripe H1N1, las inundaciones y terremotos) México enfrenta hoy su peor enemigo: el cáncer del narcotráfico.
Aunque producción y tráfico de estupefacientes siempre hubo en México, la limpieza eficaz de la Florida como puerto de entrada prominente (en una operación coordinada desde el Comando Sur que incluyó al ejército estadounidense y la DEA), y el debilitamiento de los carteles colombianos como jerarcas definitivos del tráfico de narcóticos, ha convertido a México en el centro y eje del negocio, gracias a su proximidad con EEUU. Esta oleada reciente, que ya lleva su buena década, consigue a México en buena medida con los calzones abajo. Hay razones para todos los gustos: internas, externas y combinadas. Entre las internas está el relativo desmantelamiento de los aparatos de inteligencia mexicanos de la era del PRI, que servían tanto de elementos esenciales de captación de información sobre los cambios organizativos de los carteles, como de vehículos de negociación para mantener una suerte de détente entre los grupos más importantes y contener excesos de violencia. Se sabe que la razón principal de la violencia es la competencia entre carteles por control territorial, tanto de las zonas de frontera, como los distintos corredores que conducen a ellas. Otra razón ha sido la decisión del presidente Calderón de confrontar los carteles al máximo, utilizando a fondo al ejército. Y múltiples experiencias internacionales han revelado que los ejércitos no están diseñados para este tipo de guerras de baja intensidad, por lo cual se comportan como elefante en cristalería. Hay pocos dudan que esa decisión obedeció a la baja legitimidad con la cual inició Calderón su período debido al ínfimo margen del triunfo y la persistente recusación de López Obrador y sus adherentes. Eso explica la violencia brutal en Ciudad Juárez y los picos recientes en Nuevo Laredo. Tanto la presencia del ejército como la guerra entre carteles mantienen en vilo a importantes ciudades de la frontera, causando una variedad de daños colaterales y violaciones a los derechos humanos de la ciudadanía que allí habita. Recientemente han salpicado también a ciudades como Monterrey, que siempre han sido una suerte de retaguardia económica del negocio. Esta lista tendría poco valor si no se incluye la enorme capacidad de reclutamiento y organización que han demostrado los carteles mexicanos. A pesar de la caída de importantes capos en años recientes, no es menos cierto que los carteles son verdaderas corporaciones con una gran capacidad de adaptación y de cambio gerencial interno frente a los embates “normales” de ese tipo de negocios. Además, su disponibilidad financiera a prueba de balas le permite reclutar los mejores. Ello explica cómo los Zetas fueron el resultado de un grupo de élite del ejército completo que decidió cambiar de bando e invertir sus habilidades de poder de fuego e inteligencia en pos del dinero a manos llenas.
Pero incluso si México ganara la lotería y pudiera arbitrar una política eficaz en cada uno de los frentes internos mencionados, poco o nada podría frente al factor externo: la gigantesca aspiradora que es la demanda de drogas ilícitas en EEUU. Y nótese que lo esencial reside en la segunda palabra: ilícitas. La criminalización del consumo y la guerra contra las drogas a escala mundial ha fracasado y la situación actual de México es la mejor prueba de ello. Esa estrategia fallida para combatir la producción y el comercio de narcóticos es también la razón de la vuelta a la vida en Colombia y otros lares de grupos y carteles, guerrillas y paramilitares que se alimentan de la carroña de las drogas ilícitas. Nada permite prever que esta fallida estrategia vaya a cambiar en el corto plazo, al menos a juzgar por los discursos de altos funcionarios en EEUU y en México. En el interín tendrán los gobiernos estadales y locales, las organizaciones de la sociedad civil, los organismos de derechos humanos y los ciudadanos de a pie que descifrar maneras para protegerse de esta guerra avisada que sí mata soldados.
Leonardo Vivas










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