Leonardo Vivas

Uribe en Harvard: En busca de la confianza perdida

Hay en la Escuela Kennedy de Gobierno en Harvard, un foro público al que asisten con regularidad jefes de estado y otras personalidades. Allí estuvo el viernes de la semana pasada Álvaro Uribe, tras presentarse en la Asamblea de Naciones Unidas. Muy pocos oradores han sido tan controversiales. Desde antes de su llegada al recinto se reunieron opositores locales para agitar pancartas y gritarle ¡Uribe, Fascista, Gusano Imperialista! o alguna otra zarandaja por el estilo. Ya una vez en el recinto –de bote en bote– Uribe se dirigió a un auditorio compuesto principalmente de estudiantes y otros miembros de la comunidad universitaria. Habló con un inglés machacado, que dice de sus dificultades lingüísticas, a pesar de haberse graduado en la Harvard Extension School, que celebra por estos días sus 100 años.  De gestos y hablar parco, Uribe hizo una presentación conceptual que quiso trascender los hechos del día a día que copan el interés de cualquier observador medianamente informado sobre Colombia, incluidos los presentes. Entre otras cosas se refirió a la columna vertebral o estrategia esencial de su gobierno: la confianza. La confianza perdida por la sociedad colombiana dice haberla logrado reconstruir sobre la base de tres aspectos centrales: a) garantía de seguridad para el ejercicio de los valores democráticos, b) la promoción de la inversión y c) la cohesión social. La violencia, arguyó vehementemente, había destruido esos tres aspectos decisivos de una sociedad estable y con futuro y él se propuso rescatarlos.

Como logros intangibles de la confianza mencionó la recuperación de tres monopolios: primero, el monopolio en la lucha por el crimen. El papel que otrora cumplieron los grupos paramilitares como herramienta de venganza social de algunas capas sociales en Colombia ahora le pertenece por entero al estado. Ya no hay gangs de paramilitares que se arroguen el ejercicio legítimo de la violencia. Segundo, el logro de la independencia de la administración de justicia frente al ejecutivo. Aunque esa es una afirmación contenciosa, que seguramente refutarían organizaciones como Human Rights Watch, que allí mismo en Harvard sostuvo exactamente lo contrario, el presidente Uribe fue enfático: la justicia es la justicia y el gobierno es el gobierno. Tercero, con el recurso a la política de seguridad democrática, se ha recuperado el monopolio de la justicia para el estado. Por ejemplo, nunca antes se le había ofrecido a las víctimas del conflicto interno alguna reparación por los daños causados. Hoy esa posibilidad se ha abierto. Incluso para las poblaciones indígenas, que recientemente han sufrido los embates de la paranoia de la FARC.

En cuanto a la orientación de la gestión estatal, Uribe afirmó que una de las consecuencias indeseadas del terrorismo fue la casi total abolición de la descentralización. Por obra de la necesidad, Colombia ha requerido de una policía nacional, que facilita el combate a la insurgencia. Pero en otros terrenos la política de seguridad democrática ha revertido la inviabilidad de los poderes locales. Ahora la casi totalidad de los alcaldes puede ejercer sus funciones sin el temor de ser volados por una mina o chantajeado por un Máuser.

Al referirse a los grupos insurgentes o, como prefiere llamarlos, terroristas, Uribe afirmó que una de las diferencias principales del manejo del conflicto en Colombia respecto a Centroamérica, donde hubo importantes negociaciones de paz entre insurgentes y elites asociadas al ejército, es que en Centroamérica los grupos guerrilleros dependían para su subsistencia de la ayuda exterior. La diplomacia revolucionaria les garantizaba un sustento mínimo para comprar armas y solidaridad. En Colombia, en cambio, los insurgentes son autosuficientes, por sus vínculos con el mundo del narcotráfico o por otros negocios igualmente lucrativos. Son, afirmó, criminales muy ricos y ese es un obstáculo muy grande para el logro de la paz. Y el combate a los terroristas (léase insurgentes o el vocablo de preferencia del lector) se ha logrado sin ley marcial, sin un estatuto especial para el combate por parte de las autoridades. Pero una vez que un insurgente o paramilitar decide abandonar las armas se lo trata con generosidad. Más de un jurista diría que con excesiva generosidad, que precisamente evita la justicia transicional o la reparación efectiva de los crímenes cometidos. Y esa es precisamente una materia pendiente en Colombia, que todavía carga con una larga lista de impunidad.

Llegado el momento de las preguntas, que en Harvard es obligatorio, buena parte de ellas indagaron sobre la reelección, sobre cómo trazar la diferencia con el régimen de Chávez, qué le recomendaría a su sucesor o si hay esperanzas profesionales para los que vuelven del exilio forzoso o económico. En sus respuestas, por más evasivo que quiso lucir, Uribe mostró el tramojo: el hombre está lanzado para la tercera reelección. A Uribe le gustaría la continuidad, pero su talante de hombre introvertido que trasluce total seguridad se deriva de un hecho que mencionó el Director de la Escuela Kennedy en su presentación inicial: los altísimos niveles de popularidad que ya querrían para ellos los líderes del mundo democrático occidental. En resumidas cuentas, que pareciera que habemus Uribe para rato.