Octubre 17, 2011
¡Ah, la adolescencia! Que etapa bella y difícil, ¿verdad? No voy a ponerme a disertar sobre el tema porque para eso están los expertos. Quiero, no obstante, referirme a dos noticias sobre las que mi amigo Obdulio me llamó la atención en su visita dominical.
La primera tiene que ver con el uso de… condones (nada más de susurrar la palabra, me ruborizo). Una investigación del gobierno de este país acaba de revelar que el 80% de los adolescentes varones confiesan haber usado el… profiláctico la primera vez que tuvieron sexo. La encuesta no aclara si los jóvenes lo usan como protección o porque las chicas (u otros chicos) se lo exigen. Lo que si está claro es que los jóvenes de hoy día parecen ser más responsables con respecto a estas decisiones de índole sexual. Y tienen mucho más valor que algunos miembros de mi generación, entre los que me incluyo. ¿Por qué? Porque para mí no hay nada que inspire más terror que comprar una caja de… condones (dicho en un susurro, claro). Puedo resumir esa operación en los siguientes pasos:
1. Me acerco disimuladamente a la sección donde los venden, luego de haber dado setecientas vueltas por las filas aledañas, no sea que los demás clientes se percaten de lo que voy a comprar.
2. Cuando llego a la mencionada sección, pensando que sólo va a ser cosa de agarrar una caja y salir corriendo con ella, me encuentro que hay medio millón de marcas, tamaños, estilos, precios, colores… y hasta sabores. ¿Dime tú? Tengo entonces que detenerme a pensar, analizar, razonar cuál me conviene más. Y justo en el momento en que extiendo la mano para agarrar la caja, aparece una viejita no-se-sabe-de-dónde, y me taladra con su severa mirada. O al menos eso me parece a mí.
3. Bajo la cabeza avergonzado y lleno la cesta con otros productos que no necesito para nada. Pero lo hago para que nadie vaya a pensar que vine a comprar solamente eso.
4. Voy a pagar por la compra y le empiezo a pasar los productos a la muchacha (porque siempre me toca una muchacha en estos casos) con aprehensión. Dejo la caja de… condones (susurrado) para el final, tratando de que pase inadvertida. Y, claro, cuando la joven va a pasarla por el ojo mágico, la condenada máquina se traba, la muchacha tiene que llamar a su supervisor y todo el mundo y su tía se enteran de que acabo de comprar una caja de Trojans rojos, a relieve y lubricados. ¡Ábrete tierra y trágame!
No me explico cómo los adolescentes de hoy día no les da pena eso. Lo que corrobora que estos muchachos son mucho más desinhibidos y están mejor preparados para enfrentar situaciones de alto riesgo. Como la de comprar… condones (ya saben cómo lo digo).
La otra noticia sobre la que Obdulio me llamó la atención ayer es que los jóvenes de hoy día por lo general no leen. O no leen por el placer de leer. A ver, ¿cuándo fue la última vez que usted vio a una persona menor de cuarenta años leyendo un periódico? ¿Y por qué creen que yo grabo mis textos en video y los cuelgo en YouTube? ¿Por narcisismo? ¡No, chico! Es que, repito, la gente no lee. Y los jóvenes muchísimo menos. ¿Será un problema insoluble, causado por la caterva de formas de entretenimiento que existen? ¿Nos exponemos a que las generaciones futuras olviden el placer y la importancia de la lectura? ¿Es un signo de los tiempos y de eso que llamamos “progreso”?
No tengo respuestas claras para esas preguntas y me gustaría que alguien me diera su opinión al respecto. Mientras tanto voy a empezar una campaña personal para promover la lectura entre los adolescentes. Trataré de convencer a los fabricantes de Trojans a que impriman mis textos en las cajas de sus… condones (en un susurro sutil).
A lo mejor así matamos dos pájaros de un tiro.











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