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Mel Gibson, Macondo y el gel vaginal

¿Es Mel Gibson un racista empedernido, o simplemente un narcisista descontrolado? ¿Es la nueva crisis entre Venezuela y Colombia producto del temperamento de Álvaro Uribe o se debe al hecho de que Hugo Chávez cobija en su país a los asesinos de las FARC? ¿Está Penélope Cruz embarazada? ¿Se casarán Iker Casillas y Sara Carbonero? ¿Recapacitará Lindsey Lohan en la cárcel?

Mientras estos y otros temas del mismo efímero tenor se debaten hasta la saciedad en los medios de comunicación, también ocurren cosas que es fácil pasar por alto. Y que cambiarán el mundo. Estas cuatro, por ejemplo:

- Geles vaginales. Un grupo de investigadores en Sudáfrica ha producido un nuevo gel microbicida de aplicación vaginal que protegerá a millones de mujeres y niñas del virus del sida. Según la revista Science, se trata del avance más importante en la lucha contra esta pandemia que ha habido en décadas. Si bien el producto -basado en el antirretroviral tenofovir- aún tardará algunos años en estar disponible al público, la noticia ha sido acogida con euforia en la comunidad científica, e incluso los escépticos se declaran esperanzados con el masivo impacto que tendrá el gel. “Por primera vez habrá un producto que las mujeres pueden usar para protegerse de la infección”, declaró Bruce Walker, un científico de Harvard, a The New York Times. La atención mundial al nuevo gel ha sido mucho menor de la que se le ha prestado a las andanzas de Lady Gaga.

- ¡Afganistán es rico! Pobre Afganistán. Primero fue la Unión Soviética. Luego los talibanes. Después Al Qaeda, la invasión estadounidense y un conflicto armado más largo que la Segunda Guerra Mundial. Y ahora otra mala noticia: recientes estudios geológicos han encontrado que en el subsuelo de Afganistán hay inmensos y valiosísimos yacimientos minerales. Congo, Sierra Leona o Venezuela son un buen ejemplo de las letales consecuencias de ser una nación con un subsuelo rico y una democracia pobre. Las riquezas naturales apetecidas por un mundo hambriento de ellas garantizan que la estabilidad y la paz en Afganistán serán aún más difíciles de alcanzar. Esta noticia es mucho más importante que el reciente despido del general Stanley McChrystal, el jefe de las tropas de la OTAN en Afganistán debido a sus indiscretos comentarios a la revista Rolling Stone.

- Macondo y BP. En 2007 Brasil descubrió 50.000 millones de barriles de petróleo en aguas profundas frente a sus costas. Extraer este petróleo es más peligroso, desde el punto de vista ecológico, que hacerlo en el golfo de México. Este yacimiento está varios kilómetros por debajo del lecho marino, cubierto por una ancha placa de sal. Es más profundo, geológicamente más complejo y está más lejos de tierra firme que la plataforma accidentada de BP. Según el Financial Times, a esa profundidad las altas temperaturas y las grandes cantidades de dióxido de carbono podrían causar graves daños a los equipos de perforación. La naturaleza esponjosa de las formaciones de sal crea, además, el riesgo de causar fisuras que impidan contener el petróleo dentro del agujero de perforación. Todo esto ha llevado a las autoridades brasileñas a frenar el desarrollo de estos yacimientos hasta no tener más claros los riesgos y controles asociados a su explotación. Y no es solo en Brasil. En todo el mundo el accidente de BP ha frenado la explotación de hidrocarburos en aguas profundas, lo cual afectará el precio que todos pagaremos por la energía. ¿Qué tiene que ver Macondo, el pueblo creado por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, con todo esto? No mucho. Solo que el lugar donde está ocurriendo la tragedia de BP se llama Macondo. Me pregunto si quienes le pusieron ese nombre al pozo sabían que corrían el riesgo de alborotar a los espíritus del realismo mágico.

- Se venden más libros electrónicos que en papel. Amazon.com, la librería más grande del mundo, acaba de anunciar que en los últimos tres meses, sus clientes han comprado más libros digitales que “normales”, es decir, los impresos en papel. Esto no había pasado antes y es claramente un punto de inflexión histórico. Es posible imaginar un futuro en el cual, para los niños nacidos hoy, el libro “normal” será electrónico, y solo podrán ver y tocar un libro de papel cuando vayan a un museo a conocer las reliquias que usaban sus padres y abuelos. Esta es otra noticia que tendrá más consecuencias para la vida de todos que la mayoría de las que leemos. En papel o en Internet.


Alemania, 0; China, 1

¿Quién se ha comportado mejor durante esta crisis económica: Angela Merkel, la canciller de Alemania, o Hu Jintao, el presidente de China? El chino.

Sé que esta afirmación resultará sorprendente. Nos hemos acostumbrado a oír que, debido a sus bajos sueldos, China presiona a la baja los salarios de sus competidores e incluso contribuye al desempleo en el resto del mundo. China también es acusada de mantener artificialmente bajo el valor de su moneda, lo que abarata aún más sus exportaciones y encarece el costo de los productos que importa. También sabemos de su autoritarismo, sus violaciones a los derechos humanos, sus constantes robos a la propiedad intelectual, su amistad con cualquier tirano dispuesto a darle acceso a materias primas, y que regímenes espantosos como los de Corea del Norte y Myanmar o los genocidas de Darfur cuentan con su apoyo.

¿En qué cabeza cabe, entonces, la defensa del Gobierno chino? He sido un duro y permanente crítico de las prácticas represivas de Pekín. Y lo sigo siendo. Pero debo reconocer que, en esta crisis, la República Popular China ha sido un actor global serio, responsable y competente. Y que Alemania lo ha sido mucho menos. Por eso hoy Hu Jintao merece loas y Angela Merkel reproches.

Millones de personas en el mundo conservan su trabajo gracias a las políticas económicas de China. Y otros varios millones en Europa y otras partes no consiguen trabajo debido a las políticas económicas de Alemania. Mientras China contribuye a generar actividad económica en otras regiones, la inacción alemana irradia presiones que la contraen.

China se ha transformado en el gran motor de la economía mundial. Cuando la segunda economía más grande del mundo crece al 10% anual levanta a muchos otros países. Gracias a China, por ejemplo, la crisis no tuvo peores consecuencias para América Latina y el resto de Asia. La economía mundial crece al 4% y China por sí sola genera el 1% de este crecimiento. En otras palabras, le debemos a China el 25% de la tasa de expansión económica del mundo.

Hu Jintao y su Gobierno reaccionaron ante la crisis con rapidez y efectividad. En 2009 aprobaron un gigantesco estímulo fiscal de 568.000 millones de dólares. Cuando vieron que en 2010 la economía mundial seguía anémica, pisaron el acelerador y aumentaron el crédito. La expansión monetaria creció un extraordinario 30% en solo dos años. Pero Pekín no solo tomó decisiones acertadas; también evitó caer en peligrosas tentaciones. En el peor momento de la crisis, en 2008, Rusia propuso a los chinos que ambos vendieran de manera coordinada y masiva su cartera de bonos de Fannie Mae y Freddie Mac, los dos gigantescos entes financieros estadounidenses. Los chinos se negaron. De haber caído en esa tentación, la crisis para el mundo hubiese sido mucho más grave.

Entretanto, en Berlín… Negación, austeridad, prudencia, confusión, lentitud y obsesión por las encuestas y la política doméstica. Alemania tiene las reservas y la fortaleza económica para ayudar a que sus vecinos salgan de su estancamiento. Pero Angela Merkel no las quiere usar. La audacia y seguridad de Hu contrastan con la cautela de Merkel. Él decide, ella duda. Y mientras, una gran parte de Europa sigue parada.

Sabemos que la conducta de las naciones no está motivada por el altruismo, sino por sus intereses. Las decisiones de Hu Jintao son tan nacionalistas como las de Angela Merkel. Pero mientras que el líder chino entendió que el bienestar de su país depende de lo que le pasa al resto del mundo, la canciller alemana parece creer que es posible aislar a su país de la catástrofe económica de sus vecinos. Es una gran ironía que la salud de la economía capitalista globalizada esté dependiendo tan críticamente de Hu Jintao, quien en 2004 aún exhortaba al Partido Comunista chino a “defender las grandes banderas del marxismo”.


“Gaffe” afgana

Lunes, 28 de junio de 2010

En francés, gaffe significa un error que pone a quien lo comete en una situación socialmente incomoda. Mi amigo el columnista Michael Kinsley acuñó una nueva categoría: las gaffes washingtonianas. Según él, en Washington una gaffe ocurre cuando algún poderoso se descuida y dice la verdad en público; verdades que habitualmente no expresa porque pueden perjudicar su carrera. Obviamente, esto sucede en todas partes. Más de un político ha arruinado su carrera por decir inadvertidamente en público lo que realmente piensa. Esto le acaba de pasar al general Stanley McChrystal, hasta ahora jefe de las tropas de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán.

McChrystal practicó una forma tan extrema de esta conducta que merece tener su propia categoría: la gaffe afgana. Como se sabe, el general invitó a un periodista de la revista Rolling Stone a pasar largas semanas conviviendo con él y sus principales oficiales (Sí; Rolling Stone, la de la portada con Lady Gaga en biquini y ametralladoras). El periodista Michael Hastings lo acompañó a visitar zonas de combate, a reuniones en su comando de operaciones, en momentos de esparcimiento con sus oficiales y hasta a un viaje a París.

Allí el general fue muy preciso al explicarle a sus ayudantes lo que pensaba del ministro francés con el que estaba por reunirse ("… prefiero que un cuarto lleno de gente me patee en el culo que ir a esta cena"). Pero el desdén del general no es solo por los franceses. ¿Qué piensa de su comandante en jefe? Barack Obama estaba “incomodo e intimidado por los generales” cuando se reunió con el alto mando militar al inicio de su Gobierno. El vicepresidente Joe Biden: ¿Quién es ese? dice McChrystal entre carcajadas. ¿Y Richard Holbrooke, el enviado especial para Afganistán y Pakistán, cuya arrogancia y manipulaciones son legendarias? “El jefe dice que es como un animal herido”, dice uno de los asistentes de McChrystal; “… los rumores de que lo van a despedir lo hacen muy peligroso” dice. “Pero no lo van a sacar porque en la Casa Blanca temen más a un posible libro donde Holbrooke lo cuente todo que a sus constantes traspiés”. De hecho, el equipo de McChrystal ("… un grupo seleccionado a dedo que incluye asesinos, espías, genios, patriotas, operadores políticos y maniáticos...") no se queda atrás en cuanto a su brutal franqueza con el periodista. ¿El jefe del Consejo Nacional de Seguridad, el general Jim Jones? “Un payaso. Se quedó en 1985”. ¿Los senadores John Kerry o John McCain? “Aparecen en Kabul, tienen una reunión con Karzai, dan una declaración en el aeropuerto y se vuelven inmediatamente para ir a los programas de televisión”. Y así sucesivamente.

Este reportaje pasará a la historia. No por la gaffe que significó, sino como un ejemplo extremo de decisiones que equivalen a suicidarse profesionalmente. Al leerlo, el almirante Mike Mullen, el más alto jefe militar estadounidense se enfermó. Así se lo confesó al The Washington Post: “Cuando leí el artículo, literalmente, físicamente, me sentí mal. No lo podía creer”.

McChrystal no solo perdió el cargo sino que arruinó su carrera. Es probable que ni siquiera el mismo McChrystal aun entienda bien las razones que lo llevaron a pensar que salir de farra y cometer todo tipo de indiscreciones con un reportero de Rolling Stone era una buena idea. Ya vendrá una avalancha de especulaciones sobre los determinantes psicológicos de su conducta. Pero más allá de todo el ruido y el sensacionalismo el reportaje centra los reflectores de la opinión pública en dos importantes verdades. Primera: si bien los estadounidenses se quejan de la disfuncionalidad del Gobierno de Hamid Karzai y sus efectos sobre la guerra, no es menos cierto que, en lo que Afganistán respecta, Washington es tan disfuncional como Kabul. Las divisiones, rencillas, discrepancias y hostilidades entre los miembros del equipo militar y civil a cargo de la guerra son notorios y, en muchos sentidos, McChrystal es una de las víctimas de estas divisiones. Segunda: las divisiones en Washington no son solo producto de rivalidades y envidias personales. Hay una gran confusión sobre cuál es la misión (¿contrainsurgencia o contraterrorismo?), la estrategia (pacificar al enemigo con dinero o acabarlo a balazos), quién es el enemigo (¿Al Qaeda o los talibanes?), quiénes los aliados (¿Karzai? ¿Pakistán?) y, sobre todo, ¿cuánto tiempo, vidas y dinero está Estados Unidos y sus aliados dispuestos a invertir en esta expedición?

Quizás el consuelo que le puede quedar a McChrystal es que su suicidio profesional puede obligar a Obama a contestar estas preguntas. Las repuestas nos afectaran a todos, sin importar donde estemos.


España: ¿fútbol o pimpón?

En la dividida España de hoy parece haber solo dos temas en los que todos coinciden. El primero es que es muy posible que el equipo español regrese de Sudáfrica como campeón del mundo. El segundo es que es imposible que los políticos se pongan de acuerdo para darle al país un gobierno de unidad nacional para afrontar la crisis económica. No sé si la selección española ganará el Mundial de fútbol, pero sí sé que sin un gobierno basado en pactos que trasciendan los intereses circunstanciales de los partidos y de sus líderes, España entrará en un prolongado pimpón político. En este pimpón, los dos partidos mayoritarios se alternan en el poder sin llegar a contar con la suficiente fuerza como para reformar a fondo la economía ni para sostener el impulso de cambio durante el tiempo requerido.

Así, el pimpón conduce a un prolongado periodo de reformas truncadas, esfuerzos insuficientes y resultados mediocres que no logran devolverle el dinamismo a la novena economía del mundo. La anemia económica española es contagiosa y, en el interconectado mundo de hoy, su debilidad daña a todos, especialmente a Europa y a América Latina.

Por esta aterradora perspectiva resulta tan importante que los políticos españoles practiquen más el fútbol y menos el pimpón. España necesita en la política una selección nacional tan buena como la que tiene en el fútbol; los mejores jugadores deben deponer sus rivalidades y trabajar en equipo para derrotar la crisis. Sé que esto suena -y es- ingenuo. Por ahora.

Hace pocos días le pregunté a una amplia pero nada científica muestra de los principales líderes políticos, empresariales, intelectuales y periodísticos españoles si era posible que los dos grandes partidos se pusieran de acuerdo en un revitalizador programa de reformas, que fuera ejecutado con el apoyo de una gran alianza nacional de sindicatos, empresarios, la Iglesia, los medios y la sociedad civil organizada. ¡Imposible!, fue la respuesta unánime.

En las democracias es normal, y hasta saludable, que la oposición haga lo posible para reemplazar al partido que gobierna. Esto naturalmente incluye negarle el apoyo a sus iniciativas y, en el fondo, apostar por su fracaso. A su vez, el partido de gobierno hace lo posible por excluir, desprestigiar y debilitar a la oposición. Pero cuando los países entran en profundas crisis políticas o económicas lo normal puede ser suicida. Esto lo entendió España antes y mejor que otros. Los Pactos de la Moncloa, que en 1977 sellaron los acuerdos entre fuerzas políticas, sindicales y empresariales para llevar adelante un duro pero indispensable proceso de cambios, guiaron con éxito la transición política y las reformas económicas de España. También fueron un modelo para otros países.

En estos momentos no existen los incentivos en el sistema político español para la conformación de un amplio acuerdo entre partidos, sectores sociales y económicos. Muchísimo menos los hay para la búsqueda de un gobierno de unidad nacional. El Partido Popular está seguro de que tanto los problemas económicos como el desprestigio del Gobierno se van a agudizar, poniéndole así el poder en bandeja de plata. Al PP le basta con esperar. Esto lo saben el Gobierno y el PSOE, y por lo tanto están convencidos de que no hay esperanza de lograr acuerdo alguno con el PP. Y como siempre sucede en la política, las personalidades cuentan. Cuando el desdén, la desconfianza y la antipatía definen las relaciones entre los principales jugadores, es ingenuo pedirles que formen un equipo. Quizás lo puedan prometer y hasta traten de aparentarlo. Pero en la práctica no lo intentarán ni con sinceridad ni con efectividad. Esta es, en parte, la razón por la cual otros líderes sociales no han hecho mayor presión para que haya un gran acuerdo político con el que enfrentar la crisis de forma concertada.

El problema con todo esto es que sin una base política más amplia, el PP tampoco podrá llevar adelante las reformas con éxito. Y el PSOE estará esperando a que los graves problemas económicos y el desprestigio del Gobierno del PP le lleven de nuevo al poder. Y así sucesivamente. Intentar, en estos tiempos, la formación de una coalición multisectorial y multipartidista para enfrentar la crisis puede ser una ingenuidad. Pero es igualmente ingenuo suponer que la crisis se puede superar sin necesidad de cambiar la política normal. Y a medida que los problemas sociales se agraven, a los líderes políticos no les quedará más alternativa que hacer equipo con sus rivales. Es una lástima que tengamos que esperar a que las cosas se deterioren mucho más para que los políticos cambien el pimpón por el fútbol.


La necrofilia ideológica

La necrofilia es la atracción sexual por cadáveres. La necrofilia ideológica es el amor ciego por ideas muertas. Resulta que esta patología es más común en su vertiente política que en la sexual. Encienda su televisión esta noche y le apuesto que verá a algún político apasionadamente enamorado de ideas que ya han sido probadas y han fracasado. O defendiendo creencias cuya falsedad ha quedado demostrada con evidencias incontrovertibles.

Como todas, esta patología tiene casos más leves, y hasta cómicos, y otros más extremos y peligrosos. Tomemos a los seguidores de Mao, por ejemplo. “El comunismo es el sistema más completo, progresivo, revolucionario y racional en la historia de la humanidad… Solo el sistema ideológico y social comunista está lleno de juventud y vitalidad”, escribía Mao Zedong en su célebre Libro Rojo. Durante más de medio siglo, la Revolución Cultural entusiasmó a millones de seguidores en todo el mundo. Ya conocemos los resultados. El Partido Comunista Chino emitió en 1981 su diagnóstico final sobre la gestión de Mao: “Cometió errores de enorme magnitud y larga duración (...) y lejos de hacer un análisis acertado de muchos problemas, confundió lo correcto con lo incorrecto y al pueblo con el enemigo. En esto se centra su tragedia”. Unos 55 millones de chinos pagaron con su vida los “errores” de Mao. En vista de todo esto, cabría suponer que el maoísmo es una ideología muerta. Pues no.

Mientras China repudia a Mao y alcanza éxitos que él jamás imaginó, en otros países siguen surgiendo políticos que se enamoran con fervor suicida del maoísmo.

En Nepal, por ejemplo, hace tan solo dos años el Partido Maoísta consiguió los votos para tener gran peso en el Parlamento y llegó a controlar temporalmente el poder. En India, a finales de 2004, se anunció la creación del Partido Comunista (maoísta) como resultado de la fusión de tres agrupaciones políticas con un objetivo común: derrocar al Gobierno. Con presencia en 20 de los 28 Estados indios y el control de zonas ricas en minerales, donde la extorsión a las empresas les brinda 300 millones de dólares al año, los maoístas se han convertido en una importante fuerza política y militar. Manmohan Singh, el primer ministro, los considera “la principal amenaza para la seguridad interna”. En Perú, Sendero Luminoso, otro movimiento maoísta que le costó a ese país decenas de miles de muertos y que se creía extinguido, ha vuelto a reaparecer de la mano de los traficantes de cocaína.

Pero no es solo el maoísmo. Hay líderes que veneran ideas económicas que ya se probaron en sus propios países, con trágicas secuelas de atraso, miseria y corrupción. En Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, por ejemplo, es sabido que los funcionarios bien formados y capaces de desempeñar su trabajo con eficiencia y honestidad son muy escasos. Sin embargo, los presidentes de esos países están enamorados de un modelo que supone la existencia de una superabundancia de empleados públicos probos y competentes. Y cada vez que nacionalizan empresas, las ponen en manos de burócratas que no tienen ni la más remota idea de cómo gestionarlas y que las acaban haciendo naufragar, alimentando el círculo de destrucción de riqueza y pobreza crónica. Su amor por las ideas muertas es más poderoso que las pruebas que les llegan a diario de cómo ese amor le está haciendo daño a su país.

La necrofilia ideológica no solo afecta a las izquierdas. También es fácil encontrarla entre los fundamentalistas del libre mercado. Ni siquiera el cataclismo económico que estamos viviendo les hace cuestionar su convicción de que los mercados son eficientes, tienden naturalmente al equilibrio y que, por ello, la intervención de los Gobiernos para estabilizar las economías es innecesaria o contraproducente. O que los bancos pueden autorregularse y no requieren de mayor control estatal o que, por sí solo, el mercado generará los incentivos necesarios para proteger el medio ambiente.

La economía no es el único terreno fértil para la necrofilia ideológica. Basta recordar a los políticos que niegan la validez de la teoría de la evolución biológica y luchan por limitar la enseñanza del darwinismo en las escuelas, o a los defensores de la mutilación genital femenina o del uso del burka para apreciar cuán esparcida e intensa es la pasión por ciertas malas ideas.

El amor es ciego y el amor por ideologías que además ayudan a mantenerse en el poder no es solo ciego, sino también muy conveniente. En el fondo, los necrófilos políticos aman más el poder que las ideas con las que manipulan a sus ingenuos seguidores.


Lula: lo bueno, lo malo y lo feo

La revista Time acaba de incluir a Luiz Inácio Lula da Silva entre las personas más influyentes del planeta. Ciertamente las actuaciones del presidente de Brasil han afectado la vida de millones de personas y, en el caso de sus compatriotas, muy positivamente. Pero Lula no sólo merece aplausos y admiración. También hay aspectos de su conducta que son vergonzosos. Veamos.

- Lo bueno. Diez millones de brasileños se incorporaron a la clase media entre 2004 y 2008. La pobreza cayó del 46% de la población en 1990 al 26% en 2008. La desigualdad en la distribución del ingreso ha disminuido. La hiperinflación es una pesadilla que ya nadie recuerda. La deuda externa está en un envidiable 4% del PIB. Las exportaciones se multiplicaron por cinco en sólo veinte años. Y por si fuera poco, en la próxima década Brasil podría llegar a ser una importante potencia petrolera.

Gracias a su éxito y a su tamaño, Brasil es ahora una presencia indispensable en las negociaciones internacionales sobre clima, energía, comercio, finanzas, desarrollo, proliferación nuclear y demás retos que confrontan al mundo. Así, Lula ha hecho obsoleto el mal chiste según el cual Brasil era el país del futuro y seguiría siéndolo para siempre. Brasil ya ha alcanzado mucho de su potencial y no hay duda de que Lula merece un enorme reconocimiento por estos éxitos.

- Lo malo. Lula es poco generoso. Debería compartir el crédito por los logros de su país con Fernando Henrique Cardoso, su predecesor en la presidencia. Lula heredó una economía reformada, políticas sociales de vanguardia y una base muy sólida para continuar profundizando la liberalización y desregulación económica que explican el actual éxito de Brasil. El gran mérito de Lula es haber mantenido, ampliado y defendido estas políticas, que contrastan con las posiciones ideológicas que mantuvo durante años. Lula lideró la oposición a las reformas que hoy le ganan el aplauso del mundo. Mientras en las cumbres revolucionarias con los Chávez, Castros y Ortegas del mundo Lula comparte con entusiasmo las loas al socialismo, en sus decisiones en Brasil éste brilla por su ausencia. Lula ha sido de los presidentes más pro-mercado y pro-sector privado e inversión extranjera que ha tenido Brasil. Él suele decir que sus políticas económicas de mercado sirven para construir las bases para el socialismo. Pocos le creen. Y es fácil suponer que uno de los que no se lo cree es el propio Lula.

Lamentablemente, el presidente brasileño tampoco ha podido impedir que en sus círculos más cercanos florezca la corrupción que invade los gobiernos de América Latina. Decir que esto es lo usual es tan correcto como reconocer que la lucha contra la corrupción nunca ha sido una prioridad para Lula.

- Lo feo. Lula da Silva ha sido muy bueno para los brasileños y muy malo para millones de sus vecinos. Los déspotas que tienen la suerte de ser amigos del presidente brasileño y que están arruinando sus países, mientras Brasil progresa, saben que cuentan tanto con el estridente apoyo como con el silencio cómplice de Lula. Su incondicional respaldo público les aporta una valiosísima legitimidad internacional que les sirve para actuar con aún mayor impunidad dentro de sus países. Sería ingenuo esperar que Lula sea el gendarme de la democracia y los derechos humanos en la región. Pero no debería ser ingenuo esperar que quienes violan reiteradamente los derechos básicos de sus pueblos sepan que no cuentan con el tolerante silencio de Lula y su fraternal abrazo en las cumbres presidenciales. ¿No sería maravilloso que quienes son encarcelados por luchar por la democracia en otros países sepan que Lula es su aliado, y no el de sus carceleros?

La lista de las contradicciones, inconsistencias y ejemplos de la doble moral de Lula es triste y larga. Y no pasa semana sin que crezca. La última adición ha sido la de obligar a que fuese excluido de la cumbre presidencial de la Unión Europea y América Latina el nuevo presidente de Honduras, Porfirio Lobo. Según Brasil, Lobo -quien ganó las elecciones sin las trampas, comunes en la región, de Hugo Chávez y Daniel Ortega- no tiene las suficientes credenciales democráticas para estar en esa reunión. Esto viene del mismo presidente que explicó al mundo que Mahmud Ahmadineyad ganó las elecciones en su país limpiamente y que los miles de iraníes que protestaron en las calles se estaban portando como los díscolos hinchas de un equipo de fútbol después de que su equipo pierde. Al mismo tiempo que Lula decía esto, Ahmadineyad ordenaba la pena de muerte para algunos de los manifestantes. Feo, ¿no?

Por todo esto Lula pasará a la historia como un muy buen presidente para su pueblo y un muy mal vecino para los amantes de la libertad.

Obama, el fracasado

- Éste es el mundo que ven los adversarios de Barack Obama:

Todo le va mal. La reforma sanitaria, que fue una de las principales promesas de Obama, fracasó. Nadie la quiere. La economía también va mal. Salvó a los ricachones de Wall Street de la bancarrota mientras dejaba que los pobres perdiesen sus viviendas, creando así una fuente de feroz resentimiento entre sus propios partidarios. El desempleo sigue alto y el déficit público, la deuda exterior y la dependencia financiera de China se ciernen como graves amenazas. Esto impone limitaciones al presupuesto del Pentágono y, por lo tanto, a la hegemonía militar del país. La brecha entre republicanos y demócratas se profundiza cada vez más, lo que dificulta construir las coaliciones políticas necesarias para aprobar leyes indispensables.

Internacionalmente las cosas tampoco van bien. Obama transformó la insurrección de los talibanes en Afganistán en un amplio conflicto bélico que además extendió a Pakistán, corriendo así el riesgo de desestabilizar los precarios equilibrios políticos de esta potencia nuclear. Una guerra que era de Bush es ahora la guerra de Obama. Su discurso en El Cairo, en junio de 2009, proponiendo una nueva era de iniciativas que condujeran a la paz en Oriente Próximo y una nueva relación de su país con el islam y el mundo árabe creó enormes expectativas positivas que, en menos de un año, la realidad ha desbaratado. Su intento de buscar un diálogo constructivo con Irán también fracasó y ahora de lo único que habla Estados Unidos con sus aliados es sobre el alcance y la ferocidad de las sanciones que van a imponer a Irán si no desiste de su propósito de producir bombas atómicas. Los chinos también andan descontentos con un Obama que vende armas a Taiwán, recibe al Dalai Lama y con el que no pudieron llegar a ningún acuerdo en Copenhague sobre cómo luchar contra el calentamiento global. Y los líderes europeos también están desilusionados. Sienten que Obama es distante y no los toma, ni a ellos ni a su continente, en serio. En fin, a Obama le va mal en casi todo y seguramente no será reelegido. Al igual que Jimmy Carter, será presidente por tan sólo cuatro años y después se dedicará a la filantropía, a escribir libros y dar conferencias. Obama ha fracasado.

- Éste es, en cambio, el mundo que ven los aliados de Barack Obama.

Era absolutamente imposible mantener las estratosféricas expectativas que tenía la gente dentro y fuera de Estados Unidos acerca del nuevo presidente. Aun así, y a pesar de la caída de los índices de popularidad, cerca de la mitad de los estadounidenses siguen apoyando la gestión de Obama. Esto lo coloca entre los presidentes del mundo que más apoyo tienen de sus ciudadanos. La economía sigue débil, pero ya no está al borde del precipicio. El desempleo sigue alto, pero se ha estabilizado y los expertos calculan que seguirá declinando. Salvar a los bancos tuvo enormes costes políticos, pero evitó el colapso del sistema financiero, lo cual hubiese tenido pavorosas consecuencias para todos. La reforma sanitaria implica tocar poderosos intereses, empresariales y sindicales, que suponen ingresos anuales equivalentes al 16% de la economía estadounidense. Esto explica por qué durante décadas nadie había logrado reformar el sistema. Pero, de una manera u otra, Obama logrará que se aprueben reformas que si bien serán insuficientes, significarán un avance.

A nivel internacional, Obama cumplió con su promesa de buscar acuerdos, compromisos y distensión con países con los que había heredado fricciones sin precedentes. Lamentablemente ha habido pocos avances. Pero, ¿es sólo de Obama la responsabilidad de que personajes como Ahmadineyad, Castro, Chávez, Kim Jong-il, los líderes de Hamás y Hezbolá, Bibi Netanyahu y otros, hayan rechazado o jugado con sus ofertas de acercamiento y negociación? Sus críticos aducen que fue una ingenua novatada de Obama el suponer que estos interlocutores son capaces de entender que un acercamiento no es una señal de debilidad. Pero Obama está aprendiendo.

Mientras Obama aprende, sus rivales políticos se consumen en conflictos irreconciliables. Para que Obama sea derrotado en las próximas elecciones, los republicanos deben encontrar un candidato aceptable tanto para los fundamentalistas religiosos, como para los halcones de la política internacional y los conservadores de la economía. Y que, además, sea atractivo para el resto de los ciudadanos. Es por eso que, por ahora, lo más seguro es apostar a que Obama será reelegido. Por ahora.

Tramposos, hipócritas y mentirosos

Estamos acostumbrados a que los políticos nos mientan. O que nos digan una cosa y hagan otra. En algunos países los gobernantes no parecen incurrir en mayores costes cuando mienten, o cuando prometen lo que todos saben que no se cumplirá o describen la realidad de maneras que nada tienen que ver con lo que de verdad sucede. Estas son tendencias universales y son excepcionales los países en los cuales esto no ocurre. Pero es peligroso acostumbrarse tanto. Esta tolerancia ha hecho que en algunos países la complacencia del público con las flagrantes mentiras de los gobernantes o con la hipocresía de los políticos alcanza niveles insólitos. Nos hemos acostumbrado tanto a que nos mientan que ya no nos importa; es parte de un juego en el que todos participamos. Los gobernantes mentirosos saben que sabemos que nos están mintiendo y que, o no nos importa, o no hay nada que podamos hacer al respecto. Cuentan también con el hecho de que la mayor parte de la población no presta mucha atención a lo que dicen, y que quienes sí prestan atención tiene la memoria corta.

En todo esto juegan un rol crítico los medios de comunicación y la buena noticia es que las nuevas tecnologías como Google o YouTube facilitan el recuento de las promesas incumplidas, las mentiras y las contradictorias posiciones de gobernantes y políticos. Siempre y cuando, claro está, esos líderes no tengan el control de los medios, incluyendo Internet. O que a la población le importe que le mientan.

Los ejemplos sobran y en cada país -y continente- se pueden hacer largas listas de las mentiras gubernamentales o de los políticos que engañan haciendo trampas con el idioma. América Latina, por ejemplo, es una fuente inagotable de hipocresía gubernamental.

Hace poco, en Cancún, los presidentes latinoamericanos crearon una nueva organización que quizás se llame Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Sus integrantes son todos los países del hemisferio menos Estados Unidos, Canadá y… Honduras. ¿Por qué no Honduras? Porque su nuevo Gobierno, elegido en un proceso que nadie objeta, es el sucesor de un Gobierno que derrocó a un presidente democráticamente electo. Pequeño detalle: Cuba, ese bastión de la democracia, es miembro de la nueva Comunidad de Estados Latinoamericanos. Cuba sí; Honduras, no. ¿No les da vergüenza? Otro pequeño detalle: esa reunión, convocada con el nombre de la Cumbre de la Unidad (¿será por eso que no se invitó a Estados Unidos?) incluyó violentos intercambios de insultos entre los presidentes de Colombia y Venezuela y mostró claramente que hay más unidad entre muchos países de la región con Estados Unidos que entre ellos mismos.

La nueva organización incluye entre sus principios fundacionales “promover el respeto al derecho internacional”. Este sagrado principio fue aclamado por los mismos presidentes que no dijeron absolutamente nada cuando uno de ellos, Hugo Chávez, un día decidió prohibir, arbitraria y unilateralmente y en contra de todas las normas del derecho internacional, el comercio entre su país y Colombia. El embargo aún se mantiene y las empresas brasileñas lo han aprovechado para quitarle el mercado venezolano a los exportadores colombianos. ¡Viva la unidad!

En las reuniones del Grupo de los 20, la presidenta Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, truena contra las manipulaciones y la falta de transparencia del sistema financiero internacional. Tiene razón. Pero que esto venga de una presidenta cuyo país ha caído al foso de la lista de los países más corruptos del mundo compilada por la organización Transparencia Internacional es una deliciosa ironía que no parece importarle. Para ella esta contradicción no tiene consecuencias.

“No se puede juzgar a un país o la actitud de un gobernante en función de la actitud de un ciudadano que decide empezar una huelga de hambre”, dijo el presidente brasileño Lula da Silva minimizando la muerte del cubano Orlando Zapata, fallecido en la cárcel después de un prolongado ayuno en protesta contra las torturas y maltratos que allí sufrió. Lula aceptó que en su época de líder sindical había hecho huelgas de hambre, pero que “jamás” lo volvería a hacer. Sobre esto último estoy seguro de que es absolutamente sincero.

Sobre el tema de la sinceridad vale la pena recordar a George Orwell: “La gran enemiga de la claridad en el lenguaje es la insinceridad… El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras parezcan verdades y que el asesinato parezca respetable...”.


¿Por qué tantos terroristas son ingenieros?

¿Cuál cree usted que es la principal causa del terrorismo islámico? a) la pobreza; b) la injusticia; c) la falta de democracia; d) la desesperanza; e) el conflicto palestino-israelí; f) la religión; g) no se sabe.

La respuesta correcta a esta pregunta es tan importante como sorprendente. Es importante porque hasta que no entendamos las causas del terrorismo islámico será imposible buscarle soluciones. Y es sorprendente porque, en realidad, no es mucho lo que se sabe acerca de las razones por las cuales una persona decide suicidarse masacrando a inocentes. Así, la respuesta correcta a la pregunta es la g) no se sabe.

Si las causas del terrorismo fuesen la pobreza y la desigualdad, el mundo estaría lleno de terroristas brasileños. Y si la democracia fuese un antídoto eficaz, India, que es la mayor democracia del mundo, debería sufrir menos atentados que dictaduras como China o Libia. Pero no es así. Las democracias son más vulnerables a los ataques terroristas que los regímenes autoritarios. Y si la causa fuese el conflicto entre israelíes y palestinos, ¿por qué los terroristas suicidas en Afganistán destruyen escuelas de niñas, o algunos suníes en Irak se transforman en bombas humanas que estallan en un mercado lleno de chiíes?

La religión tampoco ofrece una explicación satisfactoria. Jessica Stern, una investigadora de Harvard, reporta que el Gobierno de Arabia Saudí ha interrogado acerca de sus motivaciones a miles de terroristas capturados. Resulta que la abrumadora mayoría no había tenido una educación religiosa extensa y que su comprensión del islam era muy limitada. El 25% de los participantes en programas de rehabilitación de terroristas en Arabia Saudí tiene antecedentes criminales y sólo el 5% había llevado una vida religiosa activa. Entre los terroristas hay tanta variedad y complejidad como en cualquier otro grupo humano. En general, es poco lo que se sabe de manera irrefutable sobre los orígenes de los terroristas o sobre su perfil psicológico. Excepto que muchos de ellos son ingenieros.

Ésta es la sorprendente conclusión de un artículo publicado recientemente en European Journal of Sociology, titulado “Por qué hay tantos ingenieros entre los islamistas radicales”. Diego Gambetta y Steffen Hertog destacan que “entre los islamistas radicales violentos, los ingenieros están sobrerrepresentados entre tres y cuatro veces más que otros profesionales”. Los autores estudiaron los antecedentes de más de 400 miembros de grupos violentos de radicales islámicos en más de 30 países de Oriente Próximo y África. No sólo confirmaron los resultados de investigaciones previas, que habían encontrado que los terroristas suelen tener mayores ingresos y más educación que el promedio de su país, sino que descubrieron que el 44% de los violentos eran ingenieros o estudiantes de ingeniería. En los países de procedencia de los individuos estudiados, los ingenieros son muy escasos: apenas representan el 3,5% de la población. Pero en los grupos terroristas islámicos constituyen casi la mitad del total. La segunda área académica más frecuente en la muestra analizada es la de estudios islámicos, seguida por medicina, ciencias y educación -cada una de las cuales alcanza tasas muy inferiores al 44% de ingenieros-. Más aún, entre los terroristas islámicos nacidos y criados en países occidentales, el 60% tiene estudios de ingeniería.

¿Cómo se explica este fenómeno? Gambetta y Hertog examinan y rechazan varias hipótesis, incluyendo la posibilidad de que las destrezas de los ingenieros los convierta en un blanco más atractivo para quienes reclutan terroristas, o que incluso esto sea simplemente un accidente histórico. Los investigadores concluyen que las causas de la desproporcionada presencia de estos profesionales se debe a la interacción de lo que llaman la “mentalidad” de los ingenieros con ciertas condiciones socioeconómicas prevalentes en países islámicos. Según ellos, la ingeniería atrae a individuos que prefieren respuestas claras y modelos mentales que minimizan la ambigüedad. En las universidades estadounidenses, por ejemplo, la probabilidad de ser al mismo tiempo religioso y conservador es siete veces mayor en las escuelas de ingeniería que en las de ciencias sociales. Gambetta y Hertog argumentan que hay mucha afinidad entre la estructura mental de los ingenieros y las ideas que nutren a los terroristas radicales islámicos. Esta tendencia interactúa y es potenciada por el hecho de que los ingenieros -inteligentes y profesionalmente ambiciosos- chocan y se radicalizan al enfrentarse con el estancamiento económico, la falta de oportunidades para los jóvenes y la represión política comunes en países islámicos.

Las explicaciones del fenómeno de los ingenieros terroristas son controvertidas. Lo que no es controvertido es que entre los terroristas islámicos hay muchos ingenieros. Como tampoco lo es que sobre los terroristas islámicos hay muchas anécdotas, prejuicios y generalizaciones estereotipadas, pero pocos datos científicamente defendibles.

Davos en píldoras

a reunión del Foro Económico Mundial que se lleva a cabo anualmente en Davos (Suiza) suele generar un torrente de comentarios. Para algunos, los temas y el ambiente en Davos son un barómetro de hacia dónde va el mundo. Para otros, Davos es una frívola convención de grandes egos que suelen equivocarse. La realidad, como siempre, se sitúa entre estos extremos. En todo caso, éstas son algunas de las impresiones que me he llevado de Davos este año.

Los no-global están de moda. Cada año los manifestantes antiglobalización protestan contra el Foro de Davos. Este año estaban dentro del centro de convenciones y los lideró Nicolas Sarkozy. El discurso del presidente francés incluyó frases sacadas directamente de las pancartas de los manifestantes. Y no fue sólo Sarkozy. Los mea culpa, las denuncias contra situaciones inaceptables -de la pobreza a la depredación ambiental-, la necesidad de un capitalismo sostenible y más justo fueron frecuentes. Creo que veremos ciertos progresos en este sentido. Lástima que serán menos de lo prometido y menos de lo necesario.

¡Banqueros a la cárcel! El pueblo enfurecido, banqueros torpes y la derrota de su partido en las recientes elecciones en Massachusetts llevaron al presidente Barack Obama a adoptar una actitud mucho más agresiva hacia los bancos. Estos reaccionaron movilizando su enorme influencia política y tratando de persuadirnos de que las reformas de Obama pueden desencadenar otra recesión. La necesidad de reformar el sistema financiero es obvia. Pero ahora las reformas serán adoptadas dentro de un ambiente donde los políticos son acusados de populistas y los banqueros de agiotistas. Hace tan sólo unas semanas era inimaginable que una elección local en Massachusetts pudiese tener tanto impacto en Davos y en el mundo.

No hay nadie a cargo: una de las angustias más comunes que detecté en la reunión de este año es que mientras los problemas crecen y se multiplican, la capacidad de enfrentarlos parece declinar. La maquinaria para la toma de decisiones está trabada en todas partes. Pocos creen que Naciones Unidas u otros organismos multilaterales saben lo que hacen o tienen los recursos necesarios para actuar eficazmente. Las grandes potencias también parecen paralizadas. El G-8 es una reliquia y su sustituto, el G-20, está plagado de divisiones. El fracaso de Copenhague es sólo un síntoma de un mundo condenado a tener que actuar colectivamente en muchos ámbitos y que no sabe cómo hacerlo. La tragedia de Haití, muy presente en Davos, simboliza emergencias donde por no haber nadie a cargo, la solidaridad mundial conduce a un caos de descoordinación y de muertos que se hubiesen podido salvar.

El problema del 10 y 10. Tasa de crecimiento promedio de la economía china: 10%. Tasa de desocupación en Estados Unidos: 10%. El que China crezca a una tasa de dos dígitos es bueno para los chinos y para el mundo. Que ese crecimiento sea a costa de una alta tasa de desocupación en otros países es una posibilidad cuyas repercusiones para la estabilidad económica y política de la humanidad son espeluznantes. Es importante desvincular en la realidad -y en nuestro imaginario colectivo- que el éxito económico de China empobrece a los trabajadores del resto del mundo.

Mucha China, poca América. La presencia estadounidense en Davos es siempre abrumadora: gobernantes, congresistas, políticos y de vez en cuando hasta Angelina. La visibilidad del resto de las Américas en la reunión es siempre limitada. Este año el Gobierno y los políticos estadounidenses brillaron por su ausencia -salvo contadas excepciones como Lawrence Summers, el principal asesor económico de Obama- y en vez de Angelina estuvo Bill Clinton.

Lo contrario ocurrió con China, quien mando un enorme contingente de funcionarios de muy alto nivel. Muchos son tecnócratas que combinan buena formación académica con experiencia burocrática en su país. Es evidente que son muy duchos en navegar por las trampas y oportunidades que China enfrenta en todo foro internacional. Pero ser una potencia no es gratuito y las reacciones a la influencia china ya se notan. Un ministro de un importante país africano me dijo: “Hace tan sólo unos años los chinos se presentaban en mi oficina diciéndome que nuestros dos países eran muy pobres y que debíamos ayudarnos mutuamente. Ahora simplemente me dijeron que la ayuda que nos darían estaba vinculada a unas condiciones y me dieron una lista de cosas que esperan de nuestro Gobierno”.

La vasta admiración por China se combina con una creciente ansiedad acerca de su poder y de incertidumbre acerca de su capacidad para mantener su rápida expansión. Ojala que la gran visibilidad de China en Davos no sea un presagio de algún accidente que la desestabilice. No sería la primera vez que un país que es demasiado festejado en Davos se desbarranca poco tiempo después.


Haití: cinco consideraciones

2010 quedará en la memoria como el año más trágico en la historia de Haití. También será el año en que más dinero llegará a ese país. Es imposible ver las imágenes que nos llegan y no sentir una inmensa necesidad de ayudar. Millones de personas en todo el mundo así lo están haciendo, al igual que sus gobiernos. Si bien estas reacciones son normales —recordemos la masiva respuesta al tsunami en el océano Índico— en este caso la ayuda se ha visto aún más potenciada por las nuevas tecnologías.

Las imágenes nos estimulan a reaccionar y las nuevas tecnologías hacen muy fácil ayudar. Por Twitter circula el mensaje “Escribe HAITI y marca 90999 en tu móvil para donar 10 dólares a la Cruz Roja”. En pocas horas, un millón de personas en EE UU enviaron este texto, aportando así 10 millones de dólares que fueron cargados a sus cuentas telefónicas y transferidos a la Cruz Roja. Esta organización informa de que los fondos que está recibiendo para Haití superan a los de otras catástrofes. Los aportes de gobiernos, instituciones internacionales y empresas también han sido instantáneos y masivos. Dinero, medicinas, comida, maquinaria y personal especializado no van a faltar. Lo que va a faltar es la capacidad para usarlos eficazmente. Desgraciadamente, la experiencia demuestra que también decaerá la voluntad de la comunidad internacional para mantener el apoyo a Haití una vez que los muertos estén enterrados, los huérfanos desaparezcan de las pantallas de televisión y los periodistas se hayan ido a cubrir nuevas tragedias.

Y ésta es la segunda consideración: el dinero y la ayuda internacional son indispensables, pero no suficientes. Las toneladas de medicinas que se acumulan en el aeropuerto de Puerto Príncipe no sirven de mucho si no están conectadas a una red de distribución que las haga llegar a tiempo adonde hacen falta. Y esas redes de distribución no existen. El terremoto ha sido la estocada final a un sistema que ya había sido devastado por décadas de miseria, corrupción y desgobierno. Por eso, ayudar a Haití a tener la capacidad de ofrecerle los servicios básicos a su población —agua, electricidad, salud, policía, escuelas— es el verdadero reto post-terremoto. La reconstrucción de viviendas, escuelas, hospitales y oficinas de gobierno que se derrumbaron será difícil y costosa. Pero no tanto como la construcción de las instituciones que le den al país una mínima capacidad de funcionamiento.

La tercera consideración es que las organizaciones extranjeras que trabajan en Haití son a la vez beneficiosas y nocivas. Antes de esta última tragedia, la espantosa situación del país más pobre y disfuncional de las Américas ya lo había transformado en el destino prioritario para todo tipo de organizaciones no gubernamentales. David Brooks escribe en The New York Times que Haití es el país con más ONG per cápita en el mundo. Esto por supuesto es muy bueno. Lo malo es que no hay gobierno que las coordine y que la presencia de tantas entidades foráneas con más fondos, personal y capacidades que la propia administración local hacen aún más difícil la labor de gobernar. Un problema aún mayor es que no todas las organizaciones atraídas por el caos de Haití son instituciones benéficas. También han llegado los narcotraficantes. Haití se ha convertido en el lugar preferido para el transbordo de las drogas que van de los Andes a Estados Unidos. Algunos de los personajes que más influyen en la política y la economía haitianas residen en México y Colombia: son los capos de la droga. A ellos el terremoto no los ha afectado.

Cuarta consideración: Hay que ayudar a la República Dominicana. A veces los terremotos también producen tsunamis. Y el de Haití va a producir un tsunami de gente sobre la República Dominicana. Este país, más próspero y mejor gobernado que su vecino, es también muy pobre, y sus frágiles instituciones no son capaces de atender adecuadamente a la población. Inevitablemente, la catástrofe de Haití va a estimular aún más la emigración de haitianos a la República Dominicana, aumentando la presión social y las demandas sobre los ya desbordados servicios públicos. Descuidar a este país ahora puede empujarlo a una costosa crisis social y política.

La ultima consideración es que, a pesar de todo lo anterior, la comunidad internacional y los haitianos nos pueden dar una sorpresa. La comunidad internacional puede aprender de sus errores y aplicar las lecciones a lo que va a hacer en Haití. Los recursos, nunca suficientes, no serán tan escasos como lo han sido hasta ahora. Los haitianos y su dinámica diáspora pueden reconocer que esta tragedia ofrece una oportunidad única para cambiar la trayectoria de su país. Este escenario optimista es poco probable. Pero no es imposible.

Cinco hipócritas de 2009

Repasar algunas de las más flagrantes hipocresías de los poderosos del mundo es aleccionador. Revela tendencias globales, las contradicciones de moda y las vulnerabilidades de las élites. Es por esto por lo que decidí ofrecerles mi muy personal y subjetiva lista de algunos de los grandes hipócritas de 2009.

1. Los banqueros. En todas las reuniones de banqueros se respira un aire de profunda admiración al mercado y desprecio al Estado. En 2009 los mismos banqueros que tanto desdén suelen mostrar por Gobiernos y funcionarios públicos corrieron a buscar su cobijo. Y el Estado los salvó. A pesar de esto los banqueros aún no aprenden. Su convicción de que los Gobiernos no pueden hacer nada bien es tal que tampoco imaginaron que, gracias a la eficaz respuesta de muchos Gobiernos, la catástrofe duraría menos y no tendría las consecuencias que ellos anticipaban. Quizás por esto ya están de nuevo cantando loas a la eficiencia de los mercados y criticando a los Gobiernos que los rescataron.

2. Tony Blair. Recientemente, el ex primer ministro británico reiteró su profunda repulsión por los dictadores. Explicó que aunque Sadam Husein no hubiese tenido armas de destrucción masiva se justificaba la guerra ya que era una dictadura inaceptable que debía ser derrocada. Esto ocurrió pocos días después de que Blair se reuniera en Azerbaiyán con su dictador Ilham Aliyev. En su visita a Azerbaiyán el líder británico no hizo ningún comentario sobre las reiteradas violaciones a los derechos humanos atribuidas a su cordial anfitrión. Es que, como informa Josh Keating, el propósito de su viaje era otro: dar un bien remunerado discurso en la empresa del empresario más rico del país (sorpresa: el empresario es un buen amigo del dictador).

3. Los galanes del Partido Republicano estadounidense. “Adoro tu bronceada piel, las curvas de tus caderas y la belleza erótica de tu porte...”. Esto escribió Mark Sanford a “su mejor amiga” en Argentina. La razón por la cual la correspondencia íntima del señor Sanford terminó en la prensa no es por su calidad literaria, sino porque es el muy conservador y muy casado gobernador de Carolina del Sur. Sus estridentes denuncias contra la “inaceptable conducta de Bill Clinton” aún retumban en el Congreso estadounidense. Al igual que las del senador John Ensign, quien vivió un tórrido romance con la esposa de su jefe de gabinete. No pasa un mes sin que estalle un escándalo sexual que involucre a poderosos paladines de la moralidad, la familia y el matrimonio, quienes regularmente truenan en televisión contra infieles, promiscuos y homosexuales. Y no son sólo los galanes, también están las divas. Sarah Palin proclama la abstinencia sexual como única manera de evitar el embarazo de las adolescentes, mientras que en su propia casa la abstinencia brilla por su ausencia. Lo que galanes y divas hagan con su vida privada no importa. Importa que sus votos, sus decisiones y sus discursos crean un ambiente para todos los demás que es absolutamente contradictorio con su conducta.

4. Los magistrados británicos que dictaron la orden de arresto a Tzipi Livni. La ex ministra de Exteriores de Israel es acusada de crímenes de guerra ocurridos en el conflicto entre Hamás e Israel en Gaza. ¿Qué tiene Tzipi Livni que no tenga, por ejemplo, Vladímir Putin (véase Chechenia)? ¿Y por qué no ordenaron los magistrados el arresto de Angela Merkel, cuyos aviadores militares bombardearon a un grupo de civiles en Afganistán matándolos a todos? ¿Por qué no ordenaron el arresto de Bush, Blair y Obama por los miles de civiles inocentes muertos en Irak y Afganistán? El controvertido informe Goldstone sobre la guerra en Gaza acusó tanto a Israel como a Hamás de crímenes de guerra. ¿Por qué no merecen los líderes de Hamás la misma orden de captura que recibió la ex ministra israelí?

5. Lula da Silva. El presidente de Brasil ha declarado que Hugo Chávez es el mejor presidente de Venezuela en 100 años. Pero nunca hemos oído a Lula decir algo sobre las conductas autoritarias de su amigo venezolano. Sí lo hemos visto, en cambio, atacando furiosamente las recientes elecciones en Honduras. Lo hizo la misma semana que recibió con honores a Mahmud Ahmadineyad, cuya victoria electoral también es cuestionada. ¿Qué tienen las elecciones en Irán que no tuvieron las de Honduras? Un enorme fraude, muertes, torturas y la brutal represión ordenada por el Gobierno de Ahmadineyad. El afable líder brasileño aún no parece haberse enterado.

Obviamente, en esta lista de hipócritas no están todos los que merecerían estar. Faltan muchos. Envíeme sus sugerencias a . Vuelvo en enero. ¡Feliz año!

Obama va a la guerra

¿Qué ocupará más espacio en la biografía de Barack Obama: la guerra en Afganistán o la reforma sanitaria de Estados Unidos? Ambas son audaces apuestas históricas que Obama se jugó durante su primer año como presidente. Una ya la ganó: el sistema de salud de su país será reformado, menos de lo necesario pero más de lo que ninguno de sus predecesores había logrado. El resultado será un sistema mejor que el actual.

En cambio, la apuesta de Obama en Afganistán es mucho más arriesgada y, lamentablemente, tiene menos probabilidades de ganarla. Para comenzar, la escalada militar en Afganistán ni siquiera se puede considerar como apuesta. Un alto funcionario de la Administración de Obama íntimamente involucrado en el proceso de decisión me dijo: “Una apuesta es algo opcional. La puedes hacer o no. Pero en este caso, el presidente nunca tuvo la opción de no aumentar nuestra presencia militar en Afganistán. Los generales [David Petraeus y Stanley McCrystal] nunca le ofrecieron una alternativa creíble a la de enviar más tropas. Desde el comienzo del debate, la escalada militar fue su preferencia y el presidente terminó complaciéndolos”.

Aunque Obama complació al Pentágono, lo hizo de manera reticente e imponiendo condiciones. La primera fue la de ponerle fecha a la retirada. En su discurso, Obama anunció que la escalada militar duraría hasta julio de 2011, es decir, tan sólo 14 meses después de la llegada de 30.000 soldados adicionales.

Pero al día siguiente del discurso, tanto Robert Gates, el secretario de Defensa, como otros altos funcionarios flexibilizaron este compromiso. “Es la fecha en la que comenzamos a reducir gradualmente nuestras tropas”, dijo Gates, y destacó que la velocidad de la reducción dependerá de las condiciones en ese momento. “Odio el concepto de exit strategy y no vamos a tirar al agua a los afganos e irnos sin cumplir la misión”, añadió Gates.

Él sabe que se está enfrentando a un enemigo paciente que piensa en décadas y que no puede ser combatido con eficacia por un país que piensa en meses y anuncia su retirada antes de comenzar el ataque. Ésta va a ser una contradicción difícil de resolver: o los estadounidenses alargan su estancia militar o disminuyen la ambición de su misión. Debilitar sustancialmente a los insurgentes, impedir que Al Qaeda utilice Afganistán como base de operaciones y dotar a las Fuerzas Armadas afganas de la capacidad suficiente para mantener la seguridad nacional son tareas que seguramente requerirán más de 14 meses.

J. Alexander Thier, un experto que ha vivido en Afganistán durante siete años, señala que a pesar del sustancial aumento de tropas extranjeras y de fondos destinados a impulsar la economía, la situación es cada vez peor. En el 2002 murieron en acción 69 soldados de la coalición internacional liderada por EE UU. Este año las bajas alcanzan los 485 soldados (sólo en agosto fueron 77). Según cálculos de Thier, el número de civiles afganos muertos en el conflicto se ha duplicado cada año desde 2002.

Las bombas y los ataques suicidas que antes eran casi inexistentes son ahora cotidianos. La producción de opio saltó de las 3.400 toneladas en 2002 a las 7.700 en 2008, lo que significa que el dinero disponible para financiar a los insurgentes también ha aumentado dramáticamente. Todo esto sucede después de ocho años de presencia de una coalición militar formada por 40 naciones y a pesar de que solamente EE UU ha gastado en ese periodo 227.000 millones de dólares tratando de estabilizar a Afganistán.

Todo el mundo entiende que la escalada militar contra los talibanes y demás insurgentes en Afganistán no tendrá éxito a menos que vaya acompañada de una eficaz estrategia destinada a lograr el apoyo de la sociedad. Esto requiere, entre otras cosas, proteger mejor a la población civil, aumentar el empleo y disminuir la corrupción. Nada de esto es fácil.

Una de las condiciones más importantes que los estadounidenses han exigido al presidente afgano, Hamid Karzai, es la de mostrar un claro progreso en la disminución de la corrupción. No hay duda de que Karzai puede hacer más. Pero, ¿cuánto más? No mucho. Por un lado, los líderes corruptos que lo rodean tienen más fuerza política y financiera que él; por otro, ¿recuerda usted el nombre de algún país que en las últimas décadas haya logrado disminuir la corrupción? No creo.

En resumen: los generales pidieron más tropas y Obama se las dio con condiciones. Las tropas llegarán, pero las condiciones no se cumplirán. Lo leeremos en las memorias de Obama.


Los textos secretos de Lula

Éste es un memorando que los asesores del presidente de Brasil enviaron a su jefe: “Le recomendamos que reciba en visita de Estado a su colega iraní, Mahmud Ahmadineyad. Seguramente esta decisión será criticada, pero esa visita tendrá para usted y Brasil más beneficios que costos: 1) Su foto recibiendo al presidente iraní reafirmará ante el mundo que tenemos una política internacional independiente de Estados Unidos, al que no tememos ofender o irritar. 2) Como nuevo actor global, Brasil puede y debe desempeñar un papel protagónico en las principales negociaciones de estos tiempos. La que desarrollan EE UU, Europa, China y Rusia con Irán sobre su programa nuclear es muy importante, y Brasil no debe quedarse al margen. Podemos convertirnos en actores indispensables para disminuir las fricciones con Irán. Es más, nuestro país también puede mediar en Oriente Próximo. Brasil es grande, exitoso, no alineado y no tiene conflictos de interés en esa región donde los actores tradicionales carecen de ideas y credibilidad. Y usted, señor presidente, tiene prestigio. Podemos aportar una nueva perspectiva y ser vistos como paladines de la paz en el mundo. Esto nos daría más influencia en negociaciones relacionadas con nuestros intereses inmediatos. 3) Los esfuerzos para que Brasil llegue a ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU se verían fortalecidos con el voto de Irán”.

El presidente de Brasil estuvo de acuerdo e invitó a Mahmud Ahmadineyad, ofreciéndole una calurosa bienvenida. Días después de la visita, recibió esta carta de un buen amigo: “Querido Lula. Como sabes, no me gusta molestarte. Como también sabes, me siento muy orgulloso de ti. Pero hoy te escribo con el derecho que me dan los años que pasamos juntos luchando como líderes sindicales cuando, en este país, organizar a los trabajadores y oponerse al régimen militar era un delito. Sentí una gran tristeza cuando te vi abrazando al presidente de Irán. ¿Pensaste en ese momento, viejo compañero, que si tú y yo hubiésemos estado hoy en Irán haciendo lo que hicimos en Brasil cuando éramos jóvenes -protestar contra la dictadura- ese presidente que tú abrazaste nos estaría condenando a muerte? La televisión oficial iraní anunció las sentencias a muerte de ocho personas. ¿Su delito? Protestar contra el Gobierno y contra la que ellos consideran que fue una elección fraudulenta del presidente a quien recibiste con todos los honores. En otras palabras, Lula, van a morir a manos de tu huésped por ser hoy como fuiste tú cuando tenías su edad y, al igual que ellos, no podías soportar callado los abusos de la dictadura. Además, en Irán, centenares de estudiantes y líderes políticos están en la cárcel y algunos seguramente estaban siendo torturados mientras tú ofrecías un banquete al responsable de estos hechos. No objeto que hayas invitado a este tirano: comprendo esos cálculos de Estado. Y espero que, en privado, le hayas hecho saber que a los brasileños no nos gustan los Gobiernos que matan a sus opositores. Pero me entristeció verte de la mano con él. Sus manos están manchadas de sangre, las tuyas no.

Estuve de acuerdo contigo cuando le dijiste al mundo que si un país como Irán desea tener un programa nuclear con fines pacíficos, debe poder hacerlo. Pero Irán no merece tu defensa. El primer ministro de India, Manmohan Singh, se opuso sin ambigüedades al programa iraní. Sin ambigüedades, Lula. Días después de tu espaldarazo, 25 países emitieron un voto de censura contra Irán. La comunidad internacional no cree a tu huésped de honor cuando dice que no está intentando producir bombas atómicas. Hasta China y Rusia, que tienen muchos más intereses que Brasil en Irán, respaldaron la resolución. ¿Tus asesores no te alertaron del riesgo que corrías apoyando a un líder sangriento? Sé que la política internacional requiere maniobras y compromisos. Lo que no entiendo es que hayas estado dispuesto a ignorar tan públicamente los principios que te hicieron ser lo que eres. Sé que aún estás aprendiendo a ser un líder mundial. Pero recuerda que no vale la pena serlo si para eso debes dejar de ser quien eres”.

Estos textos ni son secretos, ni son verdaderos. Los he inventado yo. Pero si bien son sólo producto de mi imaginación, su mensaje central refleja una realidad que hoy le es obvia hasta al propio Lula: se equivocó.

Sorpresas tras la caída del Muro

La caída del muro de Berlín fue una mala noticia para los sovietólogos. En todo el mundo, miles de espías, generales, diplomáticos, profesores, periodistas y expertos se ganaban la vida estudiando la Unión Soviética. Ninguno pronosticó su colapso.

Pero si el pacífico fin del maligno imperio soviético fue una sorpresa, su final tuvo repercusiones tanto o más sorprendentes para Europa. Éstas son cuatro de las consecuencias inesperadas que tuvo el derrumbe soviético para los europeos -y que los expertos tampoco vieron venir-.

1. China desplazó a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como principal amenaza para los europeos. Cuando cayó el muro de Berlín nadie se imaginó que China afectaría más directamente a la vida de los europeos occidentales de lo que jamás lo había hecho la URSS. No por su poder nuclear, sino por su poder económico. Después de la II Guerra Mundial, Europa occidental había vivido bajo la amenaza de una letal confrontación con los soviéticos. Afortunadamente, esa amenaza nunca se hizo realidad y, en la práctica, la vida cotidiana de los europeos no se vio muy afectada. En cambio, el ascenso económico de China toca todos los días las vidas de los europeos: lo que pagan por televisores, medicinas, gasolina o las hipotecas sobre su vivienda. O la posibilidad de conseguir empleo. El capitalismo chino transformará más a Europa que el comunismo soviético.

2. El euro. Nadie pronosticó que la caída del Muro estimularía la creación del euro. ¿Quién se hubiese atrevido a decir que los alemanes estarían dispuestos a abandonar el marco? ¿O que los franceses tolerarían no tener su propia moneda, sino otra controlada desde Frankfurt -la sede del Banco Central Europeo-? ¿Y que, además, otros 14 países renunciarían a sus divisas para plegarse al euro? ¿O que, después de una crisis financiera mundial con efectos devastadores para Europa, la moneda de refugio para quienes temen que el valor del dólar caiga en picado sea el euro? El euro era una utopía y hoy es una realidad que no sorprende a nadie. Y ésa es una sorpresa.

3. La debilidad política europea. En principio, cuantas más naciones formen parte de una alianza, más influyente debería ser esa alianza. En 1960, la alianza europea contaba con seis países miembros; en el 2003, con 15; y hoy, con 27. Europa es una potencia económica mundial. Sus democracias y sus políticas sociales son envidiadas por el resto del mundo y sus generosas ayudas al desarrollo son codiciadas en muchos rincones del planeta. Paradójicamente, sin embargo, su peso en la política mundial ha disminuido.

De acuerdo con un estudio del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (CERE), la influencia del continente en Naciones Unidas con respecto a la defensa de los derechos humanos -un valor fundamental de Europa- ha caído en picado. A finales de los noventa, el 70% de los países de la ONU apoyaba a Europa en las votaciones sobre derechos humanos. Hoy, 117 de los 192 países de ese organismo votan regularmente contra Europa. El CERE también nota que, en 2008, Europa mandó más soldados a Afganistán que Estados Unidos -500 de los cuales perdieron la vida-. También estuvo a la par en ayuda financiera. Sin embargo, no tiene mayor peso en las decisiones estratégicas. Lo mismo ocurre en el conflicto entre israelíes y palestinos. Europa manda mucho dinero pero influye poco. La Unión Europea no actúa de manera muy unida y eso disminuye su importancia en el mundo.

4. Islam en la vieja Europa, y Estados Unidos en la nueva. ¿Quién se hubiese imaginado en los momentos más tensos de la guerra fría que muchos europeos se llegarían a sentir más amenazados por la inmigración proveniente de países árabes que por la expansión de las dictaduras comunistas? ¿O que Polonia, Hungría o la República Checa se convertirían en baluartes del pro-americanismo mundial? Pero éstas son otras de las sorpresas de la Europa post-Muro. La angustia por la inmigración, sobre todo de países musulmanes, se ha transformado en un tema de debate cotidiano. Que Europa se convierta en “Eurabia” es el corolario de estas angustias. Hoy los inmigrantes constituyen cerca del 10% de la población de la mayoría de los países de Europa occidental, y en algunas grandes ciudades llegan al 30%. Inevitablemente, las encuestas revelan que el 57% de los europeos opina que en su país “hay demasiados extranjeros”. Mientras tanto, en algunos países de la ex Unión Soviética florece el pro-americanismo: económico, político, cultural y hasta militar. Que esto pase en un continente donde el antiamericanismo es habitual es otro sorprendente legado de la caída del muro de Berlín.

México, no; Brasil, sí

Hace apenas unos años México simbolizaba el éxito de América Latina, y Brasil, su fracaso. Hoy sucede lo contrario.

Las reformas políticas y económicas de México en los años noventa fueron ejemplares. De repente, el país se liberó de un hiper-nacionalismo que le impedía relacionarse sanamente con el mundo, sobre todo con su problemático vecino del norte. También se sacudió, sin violencia, un sistema político dominado durante siete décadas por un mismo partido. La firma del Tratado de Libre Comercio con EE UU y Canadá, su entrada a la OCDE -el club de países ricos-, su rápida recuperación del crash financiero de 1994, su posterior estabilidad económica, su potencial petrolero, su atractivo turístico, su gran tamaño (es la 11ª economía más grande del mundo) y su privilegiada situación geográfica hicieron de México la promesa de América Latina. En los foros mundiales, y en los titulares de prensa, el protagonista -y la esperanza- era México, no el otro gigante continental: Brasil. El sarcasmo mil veces repetido era que Brasil es el país del futuro… y lo seguiría siendo. Para siempre.

No más. Ahora, Brasil es la esperanza y México, la desazón. La percepción es que mientras Brasil despega, México está empantanado. El año pasado la economía brasileña creció un 5%, mientras que la mexicana lo hizo un 1%. Brasil es, junto con China e India, uno de los países que menos ha sufrido por la crisis económica mundial. México, en cambio, es uno de los más afectados. En Brasil, el empleo ya ha alcanzado los niveles que existían antes de la crisis. Las cifras financieras también son sorprendentes: este año, los bancos brasileños prestaron el 60% de los créditos otorgados en toda América Latina. La Bolsa ha aumentado un 144%. Brasil antes mendigaba dinero del FMI; hoy, le presta. El magnetismo financiero de Brasil es tal que el Gobierno, buscando frenar el enorme flujo de capitales que está entrando al país, acaba de poner un impuesto a las inversiones extranjeras ("Una sabia medida”, editorializó el conservador Financial Times).

Los mexicanos ven estas noticias con nostalgia por los tiempos en que este tipo de noticias se referían a ellos. También ven con envidia cómo Brasil se está convirtiendo en una potencia petrolera mundial, mientras que una combinación suicida de restricciones legales, políticos irresponsables y sindicatos corruptos impiden que México desarrolle su enorme potencial.

Lo más importante es que el progreso de Brasil no es sólo económico. En los últimos años, 20 millones de brasileños han salido de la pobreza extrema y la distribución de los ingresos ha mejorado, aunque continúa situándose entre las peores del mundo. En México también ha habido progreso social y una importante expansión de la clase media. Pero este progreso se ha visto limitado por una economía que crece poco y, más recientemente, por una avalancha de plagas: la narcoviolencia, el virus H1N1 y la caída de exportaciones, remesas, inversiones, turismo y petróleo.

Brasil también ha desplazado a México en influencia internacional: se ha convertido en país indispensable en las negociaciones sobre el medio ambiente, el comercio, las reformas del sistema financiero y hasta la no-proliferación nuclear. Es ilustrativo que, en la crisis de Honduras, Brasil esté teniendo más protagonismo que el vecino México.

Todo lo anterior no quiere decir que Brasil haya superado sus inmensos problemas. Padece tragedias sociales tan graves o peores que las de México. Los criminales brasileños no tienen nada que envidiar a los mexicanos. Además, en las diferencias entre México y Brasil, la suerte, la geografía y la geopolítica también han desempeñado papeles importantes. No es culpa del Gobierno mexicano que el virus H1N1 haya atacado al país y devastado el turismo. O que China sea un extraordinario cliente de las materias primas de Brasil y un terrible competidor de los productos fabricados en México.

Pero la realidad es que, por ahora, Brasil está dejando atrás a México. Las explicaciones son muchas. Pero una, y que para mí es la más importante, es que el progreso de México ha sido secuestrado por sus carteles. Y no me refiero a los carteles de la droga. Me refiero a empresas privadas, sindicatos, agrupaciones políticas, universidades, medios de comunicación y gremios profesionales que limitan la competencia dentro de sus respectivos sectores. México está lleno de carteles, muchos de los cuales gozan de privilegios y vetos que impiden los cambios sin los cuales el país seguirá perdiendo oportunidades. Ojalá que la competencia con Brasil estimule la competencia dentro de México.

El excremento del Diablo

El petróleo empobrece. Los diamantes, el gas y el cobre también. Los países pobres que cuentan con abundantes recursos naturales suelen ser subdesarrollados. Esto ocurre no a pesar de sus riquezas naturales, sino debido a ellas. ¿Cómo puede ser que la riqueza natural de un país perpetúe la pobreza de la mayoría de sus habitantes? Debido a un fenómeno conocido como “la maldición de los recursos naturales”.

Hay países que logran conjurar esta maldición. Noruega o Estados Unidos, por ejemplo, son a la vez petroleros y desarrollados. Pero son excepciones que no sólo confirman la regla, sino que también ilustran los antídotos contra esta maldición: democracia e instituciones que limitan la concentración del poder. Además, para neutralizar la maldición también es necesario mantener la estabilidad económica, controlar el gasto público, ahorrar para los años de vacas flacas, diversificar la economía, impedir la concentración del ingreso y evitar que la moneda del país sea demasiado costosa comparada con las de otras naciones. Los países exportadores de recursos naturales que no adoptan estas medidas empobrecen y maltratan a la gran mayoría de su población. La tragedia es que pocos logran evitar estos nocivos efectos. ¿Por qué?

La maldición de los recursos es como una enfermedad adictiva: le quita a la víctima la voluntad de curarse. Los grupos más poderosos de estas sociedades no tienen muchos incentivos para luchar contra los efectos perversos de la excesiva dependencia de los recursos naturales. Los efectos son perversos para el resto de la población, no para las élites. Éstas, por el contrario, se benefician de la situación.

El venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo, uno de los fundadores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), fue el primero en llamar la atención sobre esto. El petróleo, dijo, no es oro negro; es el excremento del diablo. La intuición de Pérez Alfonzo ha sido rigurosamente confirmada. Desde 1975, por ejemplo, las economías de los países ricos en recursos naturales han crecido menos que las de los países que no exportan principalmente materias primas.

Peor aún, en los países afectados por la maldición, los beneficios del crecimiento económico se concentran en pequeños grupos políticos, militares y empresariales. Además, su moneda se encarece con respecto a las de otras naciones, lo cual frena las exportaciones de todo lo que no sea el recurso natural que tienen en abundancia. Esto, a su vez, inhibe la diversificación de la economía y condena a los países a depender cada vez más de las exportaciones de su principal materia prima. En el caso del petróleo, el crecimiento que este genera no crea puestos de trabajo en proporción a su peso en la economía. Así, en los países cuya principal exportación es el petróleo, esa industria genera más del 80% de los ingresos totales, pero tan sólo el 10% del empleo. Inevitablemente, esto aumenta la desigualdad económica.

Dado que los gobiernos de los países exportadores de materias primas no dependen de los impuestos de su población para financiarse, sus líderes pueden darse el lujo de ignorar las exigencias y necesidades de sus ciudadanos. Éstos, a su vez, desarrollan relaciones tenues y parasitarias con el Estado. Además, cuando mucho dinero público es controlado por pocos individuos que no rinden cuentas al resto de la sociedad, la corrupción es inevitable. Las similitudes de países tan diferentes como Rusia, Irán o Venezuela no son una casualidad. Son el resultado de la maldición.

Es muy difícil sacar del poder a gobiernos ricos en petróleo que, además, tienen la posibilidad de usar sus vastos recursos financieros para comprar o reprimir a sus opositores. Las estadísticas demuestran que es mucho menos probable que un país petrolero autoritario se transforme en una democracia de lo que resulta para una dictadura que no cuenta con abundantes recursos naturales. Las estadísticas también confirman que, en todas partes, las autocracias petroleras gastan más en armas y ejércitos y son más propensas a tener conflictos armados.

Esto no quiere decir que los países pobres con abundantes recursos naturales estén condenados al subdesarrollo. Chile y Botsuana son extraordinarios ejemplos de países menos desarrollados que a pesar de ser exportadores de materias primas han escapado de la maldición. Sus experiencias confirman cuáles son las vacunas que protegen a un país contra sus efectos. Pero ¿por qué estos países estuvieron dispuestos a vacunarse y otros no? Nadie sabe. A quien encuentre la respuesta a esta pregunta habría que darle el premio Nobel. No el de Economía. El de la Paz.

Europa: ¿museo o laboratorio?

Ésta no es la pregunta que aparece en los referendos en Europa. Pero es la pregunta que los europeos se están tratando de contestar.

¿Serán su cultura y sus tradiciones las principales fuerzas que impulsarán a Europa? ¿O lo será más bien su capacidad para inventar nuevas formas de gobernarse, integrarse entre sí y relacionarse con el resto del mundo? ¿Dependerá la Europa del futuro más de sus museos, orquestas y restaurantes o de sus fábricas, laboratorios y universidades? Ésta es por supuesto una caricatura de los dilemas y posibilidades de Europa. Europa siempre será una potencia cultural y también seguirá teniendo fortalezas científicas, industriales y militares. Pero como toda caricatura, la visión de una Europa museo en contraste con una Europa laboratorio sintetiza dos futuros muy diferentes. La Europa laboratorio no se refiere principalmente a sus capacidades científicas sino a su capacidad para experimentar con nuevas formas de gobierno; con nuevas instituciones, políticas públicas y reglas de conducta.

Sobre esto acaban de votar los irlandeses. La primera vez que se les preguntó - el año pasado- dijeron que no. Ahora dijeron que sí. ¿Pero a que dieron el sí? A que Europa tenga un líder a tiempo completo, en vez de depender, como hasta ahora, de una presidencia que se rota cada seis meses entre los jefes de Estado de los 27 países miembros. El nuevo presidente durara dos años y medio en el cargo y podrá ser reelecto una vez más. Felipe González y Tony Blair son fuertes candidatos a ser los primeros en ocupar este cargo. También votaron a favor de tener un sistema más justo de votaciones para la toma de decisiones colectivas, para que cada país miembro tenga un representante en la Comisión Europea, para mejorar el funcionamiento del Parlamento Europeo, para que haya un represéntate de Europa ante el resto del mundo con un mandato más claro y con mayor autoridad y varios otros cambios por el estilo, todos los cuales le darán algo más de eficiencia y transparencia al funcionamiento de la Unión Europea. Muchos de estos son cambios burocráticos aburridos, complicados de entender -y de explicar-. Por eso es que los opositores irlandeses prefirieron basar su campaña para el referéndum en enfatizar que de votar a favor se estaría apoyando la rebaja del salario mínimo, la legalización del aborto y el envío de militares irlandeses a Afganistán entre otras maldiciones escondidas en el Tratado de Lisboa, el acuerdo que contiene las reformas propuestas. Los votantes no les creyeron y apoyaron abrumadoramente al sí.

Este voto tiene menos que ver con el entusiasmo por los cambios institucionales propuestos que con la convicción que a Irlanda le va mejor cuando se alinea con Europa y que a Europa le va mejor cuando se integra más intensa y eficientemente. Pero el referéndum irlandés no culmina el proceso de adopción del Tratado de Lisboa, ya que aún falta que Polonia lo ratifique y que las tácticas dilatorias del presidente de la República Checa, Václav Klaus, no prosperen. Pero de ser aprobado, Europa tendría un nuevo diseño institucional en 2010. Estas innovaciones no son el equivalente político al descubrimiento de la cura contra el cáncer ni la formula mágica que resolverá los graves problemas estructurales que tiene que enfrentar Europa. Pero será un paso positivo para enfrentar mejor lo que le viene a los europeos. Y lo que les viene no tiene precedentes.

Según las estimaciones del historiador y premio Nobel de Economía Robert Fogel en el año 2000, en Europa vivía el 6% de la población mundial y su economía abarcaba el 20% del total mundial. En China e India vivía el 38% de los habitantes y sus economías representaban el 16% del total. Fogel estima que para el 2040, Europa albergará sólo el 4% de la población mundial y su economía será un minúsculo 5% del total. En cambio, China e India llegarán a tener al 34% de la humanidad y sus economías se habrán expandido hasta alcanzar el 52% de la actividad económica mundial.

Desde esta perspectiva, el garantizar que Europa enfrente de manera unida, eficaz e innovadora sus relaciones con el resto del mundo es un requisito indispensable. Y el menor de sus problemas.


Sorpresa: ¡Irán miente!

Durante décadas un pequeño grupo de científicos defendió la idea de que fumar no dañaba la salud. Gracias a las dudas que estos científicos sembraron la industria del tabaco logró posponer las iniciativas destinadas a alertar a los fumadores de que el tabaco mata. Inevitablemente la verdad prevaleció y hoy ya nadie discute que el cigarrillo es nocivo para la salud. Finalmente, también nos enteramos que muchos de los científicos que defendían al tabaco eran en realidad mercenarios pagados por la industria del cigarrillo. Este debate entre científicos contribuyó a que millones de fumadores murieran. Muchos se hubiesen podido salvar si las políticas que hoy ya son comunes se hubiesen adoptado hace 20 o 30 años. Lo más triste es que los verdaderos expertos conocían los males del tabaco mucho antes de que la opinión publica y los políticos aceptaran que, en realidad, no había tal debate y que fumar era malo para la salud. La controversia provocada por los expertos a sueldo de la industria era tan solo una treta para ganar más tiempo y más dinero.

Lo mismo está pasando con Irán y su programa nuclear. La diferencia es que en este caso la controversia puede costar muchas más vidas de las que se cobra el tabaco.

Según el Gobierno iraní su programa nuclear solo tiene fines pacíficos: producir electricidad. Otros en cambio están convencidos que Irán está tratando de construir bombas atómicas.

El presidente Mahmud Ahmadineyad ha explicado que “nuestra religión nos prohíbe tener armas nucleares y nuestro líder religioso las ha prohibido”. Ahmadineyad también ha dicho que “la bomba atómica es un concepto del siglo pasado. Hoy no tiene aplicación alguna”. O sea, que no sólo su religión se lo prohíbe sino que, según él, las armas nucleares tampoco sirven para nada. Él lo que quiere es energía nuclear pacífica; paz y progreso para todos. ¿Cómo no estar de acuerdo con Ahmadineyad?

Hay muchos que apoyan a Irán en este sentido. Uno de ellos por ejemplo, es el presidente del Brasil, Lula da Silva. Después de reunirse con Ahmadineyad en Naciones Unidas, Lula explicó al mundo que su colega le había asegurado que el programa nuclear Iraní era sólo para usos civiles. Lula no sólo le creyó sino que además lo apoyó con gran entusiasmo: “Defiendo el derecho de Irán de tener energía nuclear”. Y Lula es tan sólo uno de muchos.

El pequeño detalle que seguramente ha irritado a Lula y Ahmadineyad es que los líderes de EE UU, Francia y Reino Unido revelaron la existencia en Irán de una planta secreta de enriquecimiento de uranio. La fábrica está dentro de una montaña excavada al interior de una base militar cerca de la ciudad sagrada de Qom. La planta es demasiado pequeña para producir electricidad pero adecuada para la producción del tipo de bombas que, según Ahmadineyad, están prohibidas por su religión. Las pruebas de los fines militares de esta planta secreta son tan contundentes que hasta convencieron de ello a los líderes de China y Rusia, aliados de Irán, que hasta ahora se habían opuesto a un aumento de la presión internacional.

Esto no quiere decir que el debate acerca de cuáles son los propósitos del programa nuclear de Irán se vaya a acabar. Para muchos éste no es sino otro caso en el cual las potencias mundiales inventan una excusa para agredir a un país que no acepta su dominio. Y que tiene mucho petróleo. Pero, al igual que los expertos que sabían que la controversia sobre los efectos del tabaco era una distracción artificial para ganar tiempo, los expertos en materia nuclear —de diferentes países e ideologías— se desesperan cuando uno les pregunta si es verdad que Irán no está buscando tener bombas atómicas. Entre quienes saben de eso no hay dudas. Como no parece tenerlas el jefe de Gabinete del ayatolá Alí Jamenei quien acaba de anunciar que “Dios mediante, la nueva planta pronto comenzará a operar y cuando eso ocurra va a enceguecer a nuestros enemigos”. No pareciera que esté pensando cegarlos con luz eléctrica.

La manera en que el mundo reaccione al programa nuclear de Irán va ser muy importante para todos. Aún para quienes viven muy lejos de ese país. El día que Irán tenga la bomba, Arabia Saudí, Egipto, y otros países de esa volátil región se verán obligados a tener la suya. Y mientras más países tengan bombas atómicas mayor es la probabilidad de que sean usadas o vendidas o donadas a quienes la quieran hacer estallar en alguna gran ciudad. Ese no es un mundo en el que usted quiere vivir. Y sobre eso no debería haber debate.

Tres preguntas con futuro

¿Tendré trabajo? ¿Tendré atención médica si me enfermo? ¿Morirán mis parientes y amigos en Afganistán? El futuro de la presidencia de Barack Obama va a depender de las repuestas que los estadounidenses obtengan a estas tres preguntas. La economía, la reforma del sistema de salud y la guerra en Afganistán dominan la conversación nacional.

La economía de los Estados Unidos se está recuperando antes de lo esperado pero no así el empleo. Los despidos siguen y conseguir trabajo no es fácil. Mientras tanto, los grandes bancos están ganando muchísimo dinero. Y sus ejecutivos siguen pagándose sueldos astronómicos que en épocas normales son ofensivos y que durante una crisis constituyen una agresiva provocación a una golpeada población cuyos impuestos fueron usados para rescatar a los bancos de estos aprendices de brujo. No hay evidencia de que el crack financiero haya extinguido la codicia, la arrogancia y la ignorancia en Wall Street. Pero sí la hay de que los estadounidenses están furiosos con Wall Street y que los políticos no pueden darse el lujo de ignorar este clamor popular. Obama y sus ministros han prometido ponerle límites a los excesos financieros y limitar las ganancias de los bancos y los sueldos de los banqueros. La opinión pública es escéptica y está a la espera de las medidas que tomará el Gobierno. Otra parte de la opinión pública -muy azuzada por la oposición- cree que al final todo llevará a un aumento del papel del Estado, posibilidad que aborrecen. No hay dudas de que habrá más regulación del sector financiero. Pero tampoco hay dudas de que no será suficiente para impedir nuevos excesos.

Reformar el sistema de salud de Estados Unidos en medio de una crisis económica es a la vez más fácil y más difícil. Es más difícil porque, obviamente, la crisis impone fuertes restricciones económicas. Pero también es más fácil porque la crisis estimula el apetito por los cambios, aun aquellos que no tienen nada que ver con esta crisis.

Bush usó los ataques del 11 de septiembre como excusa para invadir Irak. Obama utiliza la crisis financiera para cambiar el sistema de salud. Pero mientras que invadir Irak no era necesario, reformar la salud es indispensable. La reforma sanitaria toca tantos y tan poderosos intereses encontrados que sólo la crisis y Obama lograron destrabar el proceso de cambio. Lo que un joven necesita y espera del sistema de salud es muy distinto de lo que pide un anciano. Un granjero de Iowa se relaciona de manera diferente con el sistema que un comerciante de California. Los sindicatos de enfermeras exigen cosas distintas a las que demandan el lobby farmacéutico o el de las compañías de seguros. Los conflictos entre generaciones, regiones, profesiones e industrias son enormes y paralizantes. No es de extrañar que encontrar un compromiso político aceptable para todas las partes esté resultando tan difícil. Pero después de muchos sustos, retrocesos y aparentes fracasos la reforma del sistema de salud va a pasar. El sistema que resultará será peor del que hace falta y del que Obama hubiese deseado. Pero será mejor que el sistema actual.

Y luego está Afganistán. El número de bajas aumenta y los talibanes resurgen. El general a cargo de la expedición fue despedido y su sucesor Stanley McChrystal quiere más tropas. Washington ha perdido confianza en el presidente Hamid Karzai quien es visto como demasiado complaciente con la corrupción y quien además es acusado de haber trampeado las recientes elecciones. Mandar a morir a los jóvenes estadounidenses en nombre de una democracia representada por Karzai no es una idea fácil de defender. Además, una guerra que comenzó como una acción antiterrorista para quitarle a Al Qaeda sus refugios se ha transformado en una vasta operación de contrainsurgencia. Y la nueva doctrina de lucha contra la insurgencia dice que hoy es imposible ganar a menos que se le dé seguridad y trabajo a la población civil. En otras palabras: hay que construir el Estado afgano y propiciar el desarrollo económico y social. Todo esto en un país con un 70% de analfabetismo, cuya principal actividad económica es la exportación de narcóticos y cuya sociedad está fragmentada en mil pedazos.

Cuando Obama ganó las elecciones, hace menos de un año, nadie hubiese imaginado que en tan poco tiempo la economía iría tanto mejor y Afganistán tanto peor. Pero así es, y el remoto país asiático se ha convertido para este presidente en un reto más amenazante que Wall Street.

Buenas Noticias

El mundo tuvo un buen verano. Claro que no fue tan bueno como para hacer desaparecer las desdichas que nos acosan. En Congo y Darfur continúan las atrocidades, la guerra en Afganistán se ha intensificado, y el desempleo en Europa y Estados Unidos es alto y está aumentando, por sólo citar unos pocos ejemplos de la larga lista de enfermedades que siguen afectando a la humanidad.

Pero, a pesar de todo esto, el verano fue bueno para el mundo. Para poner esto en contexto basta recordar los temas y expectativas que dominaban la conversación mundial hasta hace pocos meses. La crisis económica duraría años, y quizás una década, la gran recesión se transformaría en una depresión como la de los años treinta, o peor. El sistema financiero estaba herido de muerte y era sólo cuestión de meses que los bancos colapsaran. Los países más grandes y más pobres como China, India o Brasil no sólo no podían ayudar a paliar la crisis mundial, sino que se verían arrastrados por la debacle económica de EE UU y Europa.

Pero nada de esto pasó. De la misma manera que el mundo fue sorprendido por la crisis, ahora ha sido sorprendido por las noticias de la recuperación económica. Durante el verano las economías de Estados Unidos y de varios países europeos, incluyendo las de los más grandes (Alemania, Francia y Reino Unido) comenzaron a crecer de nuevo. Y en contra de todos los pronósticos, en China, India, Brasil, Polonia, Australia, Canadá y varias otras naciones, el impacto de la crisis fue mucho menor de lo esperado y su vitalidad económica contribuyó a la reactivación global. Además, un buen número de países menos desarrollados, como por ejemplo Chile, Perú, Ghana, Indonesia, o Turquía, supieron navegar por esta crisis mucho mejor que como lo habían hecho durante las crisis financieras de los años ochenta y noventa.

La economía mundial sigue muy débil y los pesimistas piensan que va a sufrir una recaída. Para millones de desempleados la recuperación es una abstracción o un chiste cruel. Esto se debe a que sabemos que las tasas de empleo suelen recuperarse más lentamente que la actividad económica. Además, en países como España el desempleo ha alcanzado niveles dramáticos. Pero el hecho incuestionable es que este verano nos enteramos que la enfermedad es menos grave y va a durar menos de lo que nos decían a comienzos del año. También nos decían que una grave amenaza era que para proteger los puestos de trabajo en sus industrias los gobiernos caerían en la tentación de imponer barreras a las importaciones provocando así una oleada proteccionista que profundizaría aun más la crisis mundial. O que habría masivas extradiciones forzadas de inmigrantes. Nada de esto ha ocurrido de manera significativa.

Pero éstas no fueron las únicas buenas nuevas que tuvimos durante este verano. También nos llegaron buenas noticias de Irán: el régimen de los ayatolás está fracturado y es menos solido y monolítico de lo que parecía. Ni siquiera el líder supremo, Alí Jamenei, ha salido incólume de las luchas por el poder que se están dando entre las distintas facciones del régimen. La mala noticia por supuesto sigue siendo que la facción de Jamenei y Mahmud Ahmadineyad tiene la ventaja y está aprovechándola para reprimir, encarcelar y hasta torturar a sus rivales, incluyendo a algunos que hasta hace poco formaban parte de la élite gubernamental y religiosa. Pero no hay que desdeñar el hecho de que ésta es la primera vez desde su ascenso al poder en 1989 que el régimen iraní muestra tal grado de fractura interna. Y hay que recordar que el ingrediente más potente en el proceso de resquebrajamiento y eventual caída que sufren los regímenes autoritarios es el faccionalismo y la lucha entre grupos rivales que están en la cima del poder. Quizás aún falte mucho tiempo para que el corrupto e ineficaz grupo que ahora manda en Irán sea reemplazado por otro que anteponga los intereses de todos los iraníes al enriquecimiento personal de sus líderes. Pero por lo que pudimos ver este verano quizás el fin de este terrible Gobierno esté más cerca de lo que jamás habíamos anticipado.

Y hubo más buenas noticias: el comienzo del retiro de las tropas estadounidenses de Irak, cosa que muchos decían que jamás ocurriría. O la pérdida de las elecciones del partido que gobernó Japón desde 1955, cosa que también muchos creían imposible. Claro está que el verano de 2009 no sólo nos trajo buenas noticias. Pero esa lista, la de las malas noticias, la conocemos demasiado bien y es la que se discute a diario. Lo que vale la pena rescatar es que, en términos relativos, en 2009 el mundo tuvo un buen verano. Y ésa es una gran noticia.


La receta

El propósito de esta receta es ofrecer los ingredientes y la preparación para golpes de Estado que no dependan -al menos inicialmente- del uso de las Fuerzas Armadas. Como se sabe, el mundo ya no digiere tan bien los golpes militares. Esta intolerancia ha puesto de moda una nueva forma de cocinar la toma del poder. La nueva receta se basa más en abogados que en tenientes coroneles, y usa como ingredientes fundamentales reformas constitucionales y referendos en vez de tanques y ataques armados al palacio presidencial.

La receta es diferente, pero el resultado es el mismo: un líder autocrático que, guardando las apariencias democráticas, retiene el poder por tiempo indefinido y hace lo que quiere. Es importante enfatizar que, al igual que todas las recetas que se internacionalizan, ésta también se prepara de manera algo diferente en cada país. Por ejemplo, las elecciones en Zimbabue para dejar a Robert Mugabe en el poder después de 29 años se cocinan de manera distinta de como se practica la gastronomía electoral en Rusia. Allí la receta garantizó que, a pesar de las elecciones, Vladímir Putin siga mandando aunque el presidente es otro. A su vez, en Irán, donde les gusta comer la política muy aderezada con religión, el chef supremo, Alí Jamenei, explicó que la aplastante y sospechosa victoria electoral del presidente Mahmud Ahmadineyad fue “una señal divina”. Quienes salieron a las calles de Teherán a reclamar, convencidos de que les habían robado el voto fueron, apaleados por las milicias civiles del régimen. Estas milicias son otro ingrediente indispensable en esta receta. En su versión latinoamericana, la receta depende más de manipulaciones constitucionales que en otras partes.

A continuación les ofrezco los ingredientes -con sazón latina- y su preparación.

INGREDIENTES
1. Millones de pobres. Una abrumadora mayoría de la población a la que siempre se le ha prometido mucho y dado poco.

2. Gran dosis de desigualdad. Pobreza inimaginable que coexiste con fortunas incalculables.

3. Injusticia, exclusión social y discriminación racial.

4. Corrupción en abundantes cantidades.

5. Élites políticas y económicas complacientes y seguras de que “aquí no va a pasar nada”.

6. Partidos políticos muy desprestigiados.

7. Una clase media apática y desilusionada de la democracia, la política y los políticos.

8. Parlamento, poder judicial y Fuerzas Armadas puestas a un largo remojo que les haya “suavizado” la espina dorsal. Es importante asegurar que en estas instituciones reine la ineficiencia, la indolencia y la corrupción. Debe ser fácil comprar a un juez, un senador o un general.

9. Medios de comunicación cuyos propietarios los utilizan principalmente para promover sus propios intereses comerciales o electorales.

10. Una superpotencia extranjera neutralizada o distraída por otras prioridades y congestionada de emergencias.

11. Apatía mundial y una opinión pública internacional con déficit de atención.

12. Un enemigo externo fácil de denunciar como una amenaza a la nación o como la causa de algún problema importante. La CIA es ideal. Un país vecino también sirve. O inmigrantes con otro color de piel. Si no, siempre están los judíos y el Mosad.

12. Brigadas de choque “populares” bien armadas y entrenadas para romper las cabezas -y más- de los miembros de la sociedad civil que osen reaccionar a los avances de “la revolución del pueblo”. No hace falta que estas brigadas sean numerosas; sus miembros deben ser violentos y estar dispuestos a todo “en nombre de la revolución”. Su vínculo con el Estado debe siempre quedar oculto. Las cárceles son buenos centros de reclutamiento para estas “brigadas populares”.

PREPARACIÓN
1. Sacúdase bien a la población más pobre con la campaña de polarización y conflicto social más intensa y agresiva que sea posible. La armonía social es un obstáculo que debe eliminarse, mientras que el odio entre grupos sociales debe ser llevado a su máximo. Esto es fácil de lograr si se cuenta con los ingredientes descritos arriba.

2. Llegar al poder gracias a una elección democrática. Esto se facilita si los partidos tradicionales están desprestigiados y el contrincante es un empresario neófito o un miembro de las clases políticas que siempre han dominado el poder.

3. Ganar toda nueva elección. Como sea. Hacer lo que haga falta. Pero nunca dejar el poder. Las elecciones no son para eso.

4. Cambiar los altos mandos militares promoviendo a oficiales de probada lealtad al presidente y su “proyecto”. Premiar con promociones y beneficios materiales a los oficiales leales y castigar a los poco entusiastas. Espiar a todos todo el tiempo.

5. Hacer lo mismo con jueces y magistrados.

6. Una vez completado el paso anterior, proponer cambios constitucionales para ser aprobados mediante un referéndum nacional. En ese referéndum estimular la abstención de la oposición.

7. La nueva Constitución debe garantizar todo tipo de derechos a los ciudadanos -muy especialmente a los más pobres-, a la vez que minimiza sus deberes y obligaciones. Prometer que la nueva Constitución aliviará la pobreza y disminuirá la desigualdad. También debe tener normas poco comprensibles que concentren el poder en el presidente y permitan su reelección indefinida.

8. Desprestigiar, minimizar y reprimir a la oposición política.

9. Controlar a los medios de comunicación. Tolerar algunos medios críticos contra el Gobierno que tengan pocos lectores o telespectadores, como ejemplo de que se respeta la libertad de expresión.

10. Repetir el paso número tres. Indefinidamente.

¡Buen provecho!

El mundo después de la crisis

China acaba de anunciar que al país le cayó una fuerte lluvia de dinero. O dicho de manera algo más técnica, según el Banco Central de China, para finales del segundo trimestre de este año sus reservas internacionales sobrepasaron la cota de los 2 billones de dólares (1,4 billones de euros). Además, en ese trimestre, la economía China creció un 8%. Lo mismo está pasando en India, donde este año también habrá un crecimiento cercano al 8%. En estos mismos días se supo que la economía rusa se achicó en más de 10% en lo que va de año.

Pero no sólo a los chinos les va bien. Para Goldman Sachs y JPMorgan, los dos gigantes de la banca estadounidense, la crisis es lo que sucede a otros. Ambas compañías acaban de anunciar que en el segundo trimestre de 2009 obtuvieron ganancias espectaculares. Adicionalmente, Goldman Sachs ha indicado que pagará a sus ejecutivos 11.400 millones de dólares en bonificaciones especiales. No está mal para un año en que la economía mundial está postrada y el desempleo sigue aumentando casi en todas partes.

En estas noticias puede haber ciertos indicios del mundo que nos viene. A pesar de que comienza a amainar, la tormenta económica mundial sigue causando estragos y cambiando muchas cosas. Las sorpresas no han terminado. Instituciones que creíamos fuertes y permanentes resultaron frágiles y transitorias (General Motors, AIG), y personas de las que nunca habíamos oído hablar ahora se han transformado en símbolos de nuestro tiempo (Bernard Madoff). Si bien es imposible describir con precisión cómo será el panorama mundial que veremos después de que pase esta crisis, el desempeño de China y India, el de los superbancos estadounidenses o la catástrofe económica rusa arrojan ciertas luces acerca de adónde vamos.

China y India no son invulnerables, y las probabilidades de que sufran accidentes (políticos, medioambientales, militares, financieros) que retarden su desarrollo no se puede desdeñar. Pero lo que es indiscutible es que hasta ahora han tenido un desempeño estelar. El ingreso promedio de un habitante de China es hoy más de diez veces mayor a lo que era en 1980, y en India es más del triple. En ese periodo ningún otro país del mundo ha tenido estos resultados. Hay muchas razones para este éxito, pero el hecho de que ambos países se hayan abierto e integrado más en la economía mundial sin duda les ha ayudado. Hace una década, por ejemplo, el comercio con el resto del mundo sólo significaba un tercio de la economía de China y un cuarto en la India. Hoy el comercio internacional genera más de la mitad de la actividad económica de esos países, y en el caso de China alcanzó casi el 70% antes de que estallara la crisis en 2007.

Después de la crisis, ambos países parecen haber tenido éxito en reemplazar la demanda de los mercados externos que menguaron con la recesión por el consumo interno. A medida que otros países se reanimen, India y China podrán recuperar esos mercados extranjeros con el añadido de que ahora también gozan de la mayor demanda de sus muy estimulados consumidores domésticos.

La señal que mandan estas estadísticas es que los dos gigantes asiáticos venían muy bien y que la crisis no les ha causado el daño que le produjo a otros importantes actores mundiales como Rusia, por ejemplo. Y que de seguir como van, lo que suceda en China y India nos afectará a todos cada vez más.

Los resultados de Goldman Sachs y JPMorgan contienen señales acerca del mundo por venir. Confirman que la competencia es una de las víctimas que quedó muerta en el camino a raíz del rescate del sector financiero. Reavivar el crédito e impedir el colapso del sistema eran las prioridades correctas de quienes se encargaron de resucitar el moribundo sector financiero. En el proceso, el número de competidores decreció y la concentración del poder económico y financiero aumentó. La buena noticia es que todavía hay tiempo para impedir que el monopolio y la cartelización financiera sean rasgos fundamentales de la nueva economía mundial. Ojalá que, además de tiempo, también haya la voluntad de hacerlo.

Idiotas contra hipócritas

¿Será que no leen? ¿Que no ven CNN? ¿O es que vivir en Honduras es como vivir en Marte? ¿O es que son idiotas? ¿A quién se le ocurre que en un país pequeño y pobre los militares pueden sacar al presidente de su cama pistola en mano y expulsarlo del país sin que la comunidad internacional reaccione con furibunda indignación? Un país grande y con bombas atómicas podría darse ese lujo sin sufrir mayores consecuencias, ¿pero Honduras? Honduras no.
El hecho es que las élites políticas y militares hondureñas dieron un golpe de Estado. Peor aún: no necesitaban hacerlo. Con aplicar las leyes les hubiese bastado, ya que el presidente Manuel Zelaya había incurrido en múltiples violaciones de la Constitución. La Corte Suprema, el Congreso y otras instituciones hondureñas así lo habían certificado. Más aún, tan sólo faltaban unos meses para las elecciones presidenciales. ¿Por qué se precipitaron? ¿Por qué utilizaron a los generales en vez de usar a los juristas?

Los golpistas aducen que se vieron obligados a actuar como lo hicieron ya que Zelaya, apoyado por Hugo Chávez, estaba dispuesto a usar trampas electorales para perpetuarse en el poder. Pero quizá el factor que más les estimuló a actuar fue que por las porosas fronteras hondureñas comenzaron a entrar agentes venezolanos y cubanos con maletas llenas de dólares y camionetas cargadas de armas. Los dólares y las armas, dicen, están destinados a organizar violentas milicias de Hondureños con Zelaya. Aun suponiendo que esto sea cierto, el golpe militar es inexcusable. Además, si el presidente Zelaya está incurso en todos los delitos de los cuales se le acusa, ¿por qué en vez de detenerlo para ser juzgado, lo sacaron del país?

Las torpezas hondureñas son sólo superadas por la explosión de hipocresía que han desencadenado.

Ni más ni menos que Raúl Castro —¡Raúl Castro!— pide sanciones mundiales contra un pequeño país cuyos líderes tomaron el poder por la fuerza. Hugo Chávez, cuya carrera política comenzó cuando lideró un sangriento golpe militar contra un Gobierno democrático, truena contra los golpistas hondureños y amenaza con una invasión. Los presidentes de ese bastión de democracia que se llama la Alternativa Bolivariana de las Américas (Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela) exigen indignados que se aplique inmediatamente la carta democrática de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Con la firma de este documento en 2001, las naciones americanas acordaron que sólo los países democráticos pueden formar parte de la OEA. Según los presidentes del ALBA es lógico, por tanto, expulsar inmediatamente a Honduras. Esta lógica no se les apareció por ningún lado cuando hace poco abanderaron la iniciativa de incluir a Cuba en la OEA. El hecho de que ése no fuese un país democrático les parecía un detalle banal.

Para estos presidentes, que antes despreciaban a la OEA, ahora este organismo es el más importante de la región, y tratan a su secretario general, el chileno José Miguel Insulza, como el máximo garante de las democracias latinoamericanas. Hace no mucho, el presidente Chávez insultaba casi a diario a Insulza. Lo llamaba “insulso” y, con la elegancia intelectual que le caracteriza, lo calificó en televisión con el nombre que en Venezuela se usa para describir el vello anal. Es por tanto reconfortante ver que Honduras ha hecho recapacitar a Chávez y que ahora trabaja mancomunadamente con Insulza para proteger la democracia. Al menos, les debemos esto a los militares hondureños.

Y no podía faltar el imperio yanqui. El presidente de Bolivia, Evo Morales, denunció que esta crisis se ha fraguado en Washington. E insistió en que la intervención extranjera en los asuntos internos de los países es inaceptable. El hecho de que Obama haya denunciado firmemente la situación en Honduras y que no reconozca a las nuevas autoridades son detalles irrelevantes para el estadista boliviano. También ignora el hecho de que intervenir en la política interna de otros países es una de las actividades diarias de su mentor y financiero, el presidente venezolano.

Pero no todo en esta situación es torpeza e hipocresía. La crisis de Honduras les manda a los militares del continente una fuerte señal: los golpes militares ya no son lo que eran. No lo hagan. Y a los políticos de la región también les manda un claro mensaje: Hugo Chávez es tóxico. Manuel Zelaya le debe mucho a Chávez. Pero su cercanía con el teniente coronel le terminó costando mucho más de lo que le aportó.

Irán con ojos venezolanos

Irán y Venezuela no podrían ser países más diferentes. Piadosos chiíes, rezos diarios y ley seca en uno; rumberos caribeños, salsa y mucho ron, en el otro. Las iraníes con trajes y velos que todo lo cubren; venezolanas con biquinis que todo lo descubren. Irán es república islámica y Venezuela, república bolivariana. El jefe supremo de Irán es un clérigo poco amigo de hablar en público. El de Venezuela no para de hacerlo y le anuncia por televisión a su mujer que se prepare, porque al llegar a la casa le “va a dar lo suyo”. Mientras que la civilización persa es una de las más antiguas de la humanidad, la historia de Venezuela es, digamos, algo más breve. En fin, la lista de diferencias es larga: estos dos países no deberían tener nada en común.

Pero lo tienen. El parecido es tal, que la experiencia venezolana aporta interesantes claves para entender la crisis iraní.

Las imágenes de las marchas de la oposición en Teherán -multitudinarias, pacíficas, sin jerarquía clara y con la participación de gente de todas las edades y estratos sociales- son idénticas a las que solían ocurrir en Caracas antes que el Gobierno y la frustración las asfixiaran. Oír la desesperación en la voz de los jóvenes iraníes es oír las de los estudiantes venezolanos que llenaron el vacío político creado por una oposición largamente ineficaz. Y oír a Mahmud Ahmadineyad decir que quienes protestan su victoria son sólo un “polvillo irrelevante” es oír a Hugo Chávez llamando “escuálidos y vendepatrias” a los millones de venezolanos que no votan por él.

Ver los vídeos de los basiyís, las milicias islámicas, disparando a mansalva contra quienes marchan pacíficamente reclamando una elección limpia es volver a ver el vídeo donde las milicias chavistas -plena-mente identificadas- disparan contra opositores desarmados. Los motociclistas que recorren las calles de Teherán repartiendo bastonazos se parecen demasiado a los que aparecen cada vez que la oposición sale a las calles de Caracas. Enterarse de que el Tribunal Electoral iraní es un apéndice del Gobierno de Ahmadineyad es recordar que el jefe de ese mismo organismo en Venezuela, después de las elecciones, pasó a ser el vicepresidente del Gobierno cuya victoria había certificado días antes.

Tanto Hugo Chávez como Mahmud Ahmadineyad llegaron al poder gracias a su mensaje de lucha contra la corrupción y la desigualdad y por las esperanzas que generaron entre los más pobres. Sin embargo, en Irán y Venezuela la magnitud de la corrupción es hoy sólo superada por la impunidad con la que operan los corruptos del régimen. Los dos líderes han facilitado una fastuosa acumulación de riqueza en manos de una nueva élite. Y gracias al petróleo se pueden dar el lujo de ocultar que han devastado sus economías. Sus tasas de inflación están entre las más altas del mundo y las dádivas gubernamentales y el empleo público improductivo son la única esperanza de ingreso para millones de familias iraníes y venezolanas.

Pero los parecidos van más allá de la economía. Si Ahmadineyad apoya a Hezbolá, Chávez apoya a las FARC. Mientras Ahmadineyad intenta controlar Líbano, Chávez lo hace con Bolivia. Ambos sueñan con presidir una potencia regional. Ahmadineyad promete la desaparición del Estado de Israel y la caída del Gran Satán. En Venezuela, donde no se sabía qué era el antisemitismo, ahora se profanan sinagogas y Chávez se queja de que el estrado de Naciones Unidas donde le tocó hablar después de George Bush le huele a azufre satánico. El Gobierno venezolano es hoy más hostil hacia Israel que los de Egipto o Libia.

De todas las semejanzas, quizás la más sorprendente es la obsesión de ambos regímenes por parecer democráticos, plurales y progresistas. Esto no les es fácil, ya que en sus prácticas cotidianas son autoritarios, sectarios y militaristas; 14 de los 21 ministros de Ahmadineyad son miembros de la guardia revolucionaria o de las milicias basiyís. Los gobiernos locales, las empresas públicas y cientos de entes públicos son manejados por guardias revolucionarios compañeros de Ahmadineyad. Exactamente lo mismo pasa en Venezuela, donde la militarización del Estado es una característica fundamental y donde familiares, socios y camaradas de armas del presidente dominan todas las esferas del poder.

En ambos países, los violentos están en el Gobierno, no en la oposición. Tanto en Irán como en Venezuela, son las milicias gubernamentales quienes detentan el monopolio de la violencia como instrumento político. Pero lo esencial es entender que, en Irán y Venezuela, las elecciones no significan el posible cambio de un presidente por otro. Significan la posibilidad de sacar del poder a quienes han decidido perpetuarse en él. Y eso no es fácil. No lo ha sido en Venezuela; no lo será en Irán.

El ayatolá echó a perder la cosa

No es que todo estuviese muy bien antes de que el ayatolá Alí Jamenei confirmara que los iraníes y el mundo disfrutaríamos de una nueva presidencia de Mahmud Ahmadineyad. Pero es que antes de ese anuncio tuvimos un par de semanas anormales. Fueron semanas en las cuales pasaron cosas que nos dieron algo de alivio frente al torrente de calamidades y malas noticias a las que nos hemos acostumbrado desde hace un tiempo.

El discurso de Barack Obama en Egipto, por ejemplo, fue una buena noticia. Hasta Jaled Meshal, el jefe de Hamás lo tuvo que reconocer: “Indudablemente, Obama nos habla con un nuevo lenguaje. Si Estados Unidos desea abrir una nueva página, nosotros definitivamente le daríamos la bienvenida”. De las palabras a los hechos hay mucho trecho y los discursos se olvidan, pero es mejor oír este intercambio de palabras que las que normalmente oímos entre Hamás y los estadounidenses. Esa misma semana, y en esa misma región, tuvo lugar otro evento igualmente refrescante: el debate televisado entre Ahmadineyad y su principal rival en las presidenciales, Mir Hosein Musaví. “Usted ha dañado la reputación de nuestro país, ha promovido extensos conflictos con otros países, y sus métodos nos van a llevar a una dictadura”, le dijo Musaví al presidente iraní en un programa visto por millones de espectadores. Éstas tampoco son las palabras que normalmente se intercambian por televisión los líderes de la teocracia iraní.

También nos llegaron buenas noticias de Líbano. En un país donde, por décadas, las rivalidades políticas se han resuelto a tiros y donde la influencia de la vecina tiranía siria y del Hezbolá apoyado por Irán han sido determinantes, hubo elecciones pacíficas. Las ganó una coalición de partidos políticos aliados en su rechazo a la influencia siria, a la interferencia iraní y a la violencia de Hezbolá. Por supuesto que Hezbolá no ha depuesto las armas, que Siria e Irán no van a dejar de tratar de controlar Líbano y que la violencia puede estallar de nuevo. Pero, a pesar de todo esto, las elecciones de Líbano nos trajeron una bocanada de aire fresco.

Las buenas noticias también nos llegaron de otros lugares de los que no las esperábamos. En el distrito de Dir, en el norte de Pakistán más de mil pobladores enfurecidos decidieron organizarse para erradicar a los talibanes y los sacaron de sus pequeños pueblos. Hasta hace poco esto era inimaginable. En esas provincias limítrofes con Afganistán, la gente veía con simpatía a los talibanes y sus intentos de implantar las leyes islámicas y había fuerte rechazo a cualquier intervención militar contra ellos. Ahora, la popularidad de los talibanes se ha desplomado y los ataques del Ejército paquistaní con el apoyo de la población los ha obligado a replegarse. Trágicamente el coste humano ha sido devastador. Dos millones y medio de paquistaníes han sido desplazados de sus viviendas en lo que Naciones Unidas describe como el mayor y más rápido desplazamiento de refugiados desde el genocidio de Ruanda. Por ahora la opinión pública culpa a los talibanes de esta tragedia, pero pronto la desesperada situación puede llevar a una explosión política contra el Gobierno paquistaní.

A la red Al Qaeda tampoco le está yendo bien en estos días en Pakistán. Muchos de sus líderes están abandonando sus refugios en la zona fronteriza y tratando de llegar a Somalia y a Yemen, donde ven un ambiente más hospitalario para sus operaciones. Sus cúpulas han sufrido importantes bajas en los últimos tiempos. Los líderes de Al Qaeda en Pakistán se han quejado públicamente de la falta de dinero y armas. Esta red terrorista no va a desaparecer. Pero es bueno enterarse de que las cosas no les están saliendo como a ellos les gustaría.

Esta extraña racha de relativamente buenas noticias se ve ahora truncada por el anuncio del líder supremo de Irán quien ha explicado que el abrumador -y probablemente fraudulento- margen de victoria del Mahmud Ahmadineyad es “una señal divina”. Ya está. Eso es todo. Habló el ayatolá. Y millones de iraníes -y el resto del mundo- vivirán con las consecuencias. Pero él también. Y una de las consecuencias es que ya no podrá seguir aparentando que Irán es una democracia o que él no es el responsable del estancamiento económico, la pobreza, la inmensa corrupción y la brutal represión que caracterizan al país donde manda. Por años Alí Jameneí ha podido desvincular su papel como jefe supremo, de la responsabilidad que tiene por el mal manejo de su país. Ya no. De aquí en adelante es a él y no al presidente de Irán a quien hay que señalar como el responsable de lo que pase en ese país.

¿Cuánto va a durar esta crisis económica?

Comencemos con las buenas noticias: el mes pasado 345.000 personas fueron despedidas en Estados Unidos, lo que llevó la tasa de desempleo en ese país a su nivel más alto en un cuarto de siglo. La otra buena noticia es que, en mayo, los precios de las materias primas subieron un 20%, un aumento mensual sin precedentes. Petróleo, algodón, níquel y muchos otros productos aumentaron de precio. ¿Cómo pueden ser éstas buenas noticias? Pues porque el número de empleos que desapareció en mayo es el más bajo de los últimos nueve meses y ese número viene cayendo rápidamente. A su vez, el alza en los precios de las materias primas señala un aumento en la demanda, lo cual indica que el periodo de contracción económica global ha terminado y que está comenzando la recuperación -al menos en EE UU-.

En general, el consenso entre los economistas es que la economía estadounidense comenzará a crecer de nuevo a finales de este año, aunque muy lentamente. La generación de empleos tardará más en llegar. En Asia, la furia del huracán económico también parece que está amainando. Pero no en Europa. Tristemente, las economías europeas están sufriendo un impacto más profundo y su recuperación será más larga y dolorosa.

¿Cuán confiables son estos pronósticos? Son las expectativas de economistas -un grupo que no se ha distinguido por la precisión de sus modelos-. Pero si bien los economistas no se destacan por su clarividencia, sus técnicas forenses son mucho mejores. A los economistas les va mejor explicando lo que ya pasó que anticipando lo que va a pasar. Desde esta perspectiva, quizá la mejor manera de entender esta crisis es examinando las anteriores.

Entre 1960 y 2007, las 22 economías más grandes del mundo sufrieron 122 recesiones -periodos de seis meses consecutivos durante los cuales la actividad económica se contrajo-. Según Stijn Claessens y M. Ayhan Kose, si bien las recesiones parecen frecuentes, en realidad no lo son. Durante 47 años estos 22 países estuvieron en recesión sólo el 10% del tiempo.

Menos mal que no son frecuentes, porque sus costes son enormes. Kenneth Rogoff y Carmen Reinhard han calculado el impacto de las más graves crisis financieras. Encontraron que después de una crisis financiera el precio de las viviendas cae en promedio el 35% y pasan seis años antes de que los precios se recuperen. Los precios de las acciones cotizadas en Bolsa disminuyen el 56% y el periodo de declinación dura 3,4 años.

Lo peor fue el desempleo: en promedio aumentó durante cinco años después de la crisis y alcanzó al 7%. Cuando las recesiones se combinaron con colapsos financieros, la economía se contrajo en promedio más del 9% y la recuperación tardó dos años en llegar. Otro dato importante es el impacto en la deuda pública, que después de una crisis bancaria aumentó en promedio el 86%. Curiosamente, este endeudamiento no se debió principalmente al uso de recursos del Gobierno para rescatar a los bancos, sino a la caída en los impuestos recaudados y a gigantescos aumentos del gasto público para enfrentar la recesión. En España, la deuda pública aumentó el 200% después de su crisis en 1977; en Chile, 250% en 1980, y casi 300% en Finlandia, en 1991, y en Colombia, en 1998.

En medio de todos estos espeluznantes datos aparece uno muy sorprendente: la recesión es buena para la salud. Christopher Ruhm ha descubierto que, en Estados Unidos, el aumento del 1% en la tasa de desempleo en un Estado disminuye 0,5% la tasa de mortalidad en ese Estado. Según Ruhm, esto se debe a que los desempleados estadounidenses comen de forma más sana y hacen más ejercicio físico. También se ha encontrado que los desempleados tienen menos probabilidades de fallecer en accidentes de tráfico. En todo caso, éstos son datos muy estadounidenses y seguramente no tienen nada que ver con la experiencia de los parados en Europa o la India.

Y éste es un punto válido para todos estos análisis económicos: viajan mal. Lo que pasó en un país no necesariamente se va a repetir en otro, y lo que pasó antes no quiere decir que ocurrirá de nuevo.

La crisis actual tiene algunas similitudes con crisis pasadas. Pero también tiene enormes diferencias. Lo único que sabemos con seguridad es que tanto las anteriores como la actual han sido la causa de enorme sufrimiento humano. Y que se hubieran podido evitar.

El país más importante de Latinoamérica

Bill Clinton y George W. Bush acaban de tener un debate cara a cara en Canadá donde discutieron los grandes temas de nuestro tiempo. ¿Cuál fue el único país de América Latina mencionado en la conversación? Cuba. En abril se reunieron en Trinidad los jefes de Estado de las Américas. ¿El tema central? Cuba -el único país que no fue invitado a esa cumbre-. Ahora, se reúne la Organización de Estados Americanos (OEA) en Honduras. ¿Cuál es el problema central que domina las deliberaciones de los ministros del continente y que obliga a Hillary Clinton a distraer su atención de la bomba atómica norcoreana y de las crisis en Oriente Próximo, Afganistán y Pakistán para viajar a esta cumbre de la OEA? Cuba, por supuesto.

Hace poco, el Brookings Institution, un think tank de Washington, organizó una reunión para debatir la situación de Cuba. La sala se llenó. Pocos días después convoco a otra reunión a la que no fue casi nadie. ¿El tema? Brasil.

Este enorme interés por Cuba no es sólo de presidentes, ministros y periodistas de América. En Europa pasa lo mismo. Y según Google, Cuba casi duplica a Brasil en número de sitios de Internet relacionados con cada uno de los dos países.

Así las cosas, si un marciano aterrizase en nuestro planeta le sería obvio que Cuba es el país más importante de América Latina. Pero esta conclusión duraría sólo hasta que tuviese que ubicar a la isla en un mapa. O comparar a Cuba con otros países de la región: con Brasil, por ejemplo.

Brasil ocupa casi la mitad de todo el territorio de Suramérica y es el quinto país más vasto del mundo. Su superficie es casi 80 veces más grande que la de Cuba. En una sola ciudad brasileña -São Paulo- vive más gente que en toda Cuba. La economía brasileña es una de las más grandes y dinámicas del mundo, y es 31 veces más grande que la de Cuba. El intercambio comercial entre Brasil y el resto del mundo es 25 veces mayor que el de Cuba. Las fuerzas armadas de Brasil son diez veces más numerosas que las de Cuba. En las negociaciones mundiales sobre medio ambiente, comercio, seguridad nuclear, sistema financiero, energía o la lucha contra la pobreza, Brasil es un actor principal.

¿A qué se debe, entonces, esta atención casi obsesiva a la pequeña isla caribeña? ¿Por qué hay más interés en Cuba que en Brasil?

La explicación más común es que Cuba tiene un valor simbólico más potente que el de Brasil. Es el pequeño país que decidió enfrentarse al imperio yanqui y al cual el imperio no ha podido doblegar. Es la isla con líderes icónicos como Fidel Castro y el Che Guevara, y el país latinoamericano que encarna la lucha del humanismo socialista contra el materialismo capitalista. Cuba también fue la pequeña nación que en otras épocas envió sus tropas a América Latina y a África a luchar y morir por defender a los más pobres [y los intereses del Kremlin, pero ésa es otra historia]. Y también el país cuyos avances en materia de atención médica y educación para la mayoría fueron legendarios. Es el pequeño país al cual Estados Unidos agrede desde hace décadas con un absurdo embargo.

Lástima que también sea el país en el cual hay gente dispuesta a echarse al mar y arriesgar la vida con tal de escapar de las privaciones materiales, la represión y la asfixia política. Un país cuya economía depende de las limosnas de sus aliados para subsistir, y donde la escasez y el desabastecimiento son la norma. También el país donde, por más de medio siglo, el poder ha estado en manos de la misma familia.

Mientras tanto, en Brasil… Gobierna un presidente de izquierda, líder sindical que fue democráticamente electo dos veces y goza de los niveles de popularidad más altos del mundo. También es el país que más ha logrado reducir la desigualdad económica. Sucesivos Gobiernos brasileños -de partidos rivales- han logrado mejorar la calidad de vida, la educación y la salud de millones de pobres y Brasil es hoy uno de los modelos por sus éxitos en la lucha contra el sida, el analfabetismo o el uso de fuentes alternas de energía. En fin, un país que no es tan interesante como la fracasada isla del Caribe.

Obama, maestro de jiu-jitsu

Primero se lo hicieron los europeos. Luego fueron los hermanos Castro y, después, los ayatolás iraníes. Les siguieron los jefes de las empresas de salud estadounidenses. Y para rematar, los congresistas de su propio partido. No pasa un día sin que algún personaje o grupo poderoso le ponga una zancadilla a Barack Obama.

Comenzó con las aclamaciones y emocionadas promesas de colaboración que Obama recibió durante su viaje a Europa en abril. Pero los aplausos y promesas no terminaron en nada concreto. Obama fue a la cumbre del G-20 en Londres con la esperanza de que allí se acordara el estímulo fiscal coordinado que él cree necesario para que la economía global salga de la crisis. Eso no pasó. Fue a la cumbre de la OTAN con la esperanza de persuadir a los líderes europeos de aumentar sus esfuerzos militares en Afganistán y Pakistán. Allí tampoco pasó nada.

Obama anunció que había decidido reducir el embargo a Cuba y explicó que éste era el inicio en un proceso que debería llevar a la normalización de las relaciones. “Yo ya di el primer paso”, dijo Obama, “ahora le toca al Gobierno cubano”. Y el Gobierno cubano respondió inmediatamente. No con uno, sino con dos pasos: uno hacia adelante y otro hacia atrás. “Le decimos a Obama que podemos discutirlo todo: derechos humanos, libertad de prensa, presos, todo...”, dijo Raúl Castro. Pero después de que Obama expresara su beneplácito ante esta respuesta, Fidel le aclaró que no debía equivocarse: “Sin duda que el presidente interpretó mal la declaración de Raúl”. El hermano mayor explicó que lo que había dicho el presidente de Cuba no significaba más que “una muestra de valentía y confianza en los principios de la revolución”. Es decir, que la respuesta cubana a la apertura de Obama fue… nada.

Lo mismo pasó con los iraníes. Desde que era candidato presidencial, Obama ha dicho que considera prioritario mejorar las relaciones con Irán. Con motivo del año nuevo iraní, Obama grabó un vídeo subtitulado en farsi donde reiteró su compromiso con “un nuevo comienzo en la relación… basada en el respeto mutuo. Estados Unidos desea que la Republica Islámica de Irán tome su merecido lugar en la comunidad de naciones”. La parca respuesta de un funcionario iraní fue que Estados Unidos debía reconocer los errores que había cometido en el pasado y enmendar su conducta. “Hechos, y no palabras, es lo que queremos”, dijo. Quizás para recalcar este mensaje Irán acababa de lanzar con éxito un misil de 2.000 kilómetros de alcance. Además, el régimen de Teherán ha respondido a todos los gestos conciliatorios de Obama, reiterando que su programa nuclear no se puede detener.

Esto de responder a las iniciativas conciliatorias de Obama con medidas agresivas no es prerrogativa de líderes de otros países. Comparados con los ejecutivos del sector de salud estadounidense, los ayatolás iraníes o los hermanos Castro son niños de pecho. Obama convocó a la Casa Blanca a los jefes de la industria de los seguros médicos, de los hospitales, empresas farmacéuticas y demás gremios del sector. El propósito de la reunión era llegar a acuerdos para bajar los costos de la prestación de servicios de salud en Estados Unidos, los más altos del mundo. Pocos días después de firmados los acuerdos preliminares, se supo que esos mismos grupos estaban preparando una masiva campaña publicitaria atacando las reformas de Obama. Al menos, estos grupos están defendiendo intereses económicos claros. Lo que no está nada claro es qué es lo que defienden los 90 senadores (de un total de 100) que votaron en contra de la decisión de transferir a los 240 detenidos que aún quedan en Guantánamo y cerrar esa prisión. Esta solicitud de Obama ya había sido rechazada en la Cámara de Representantes. Cabe notar que entre los que se oponen a Obama se cuentan centenares de legisladores de su propio partido.

¿Quiere decir todo lo anterior que Obama está fracasando? No. Todas éstas son negociaciones que están en pleno desarrollo y donde Obama cuenta con enormes posibilidades de obtener mucho de lo que quiere. La agilidad política de Obama es ya casi legendaria y ha dado muestras de saber cómo responder a las zancadillas y usar a su favor el peso de sus rivales para ganarles (véase, Clinton, Hillary). Obama es un virtuoso en el uso de las técnicas del jiu-jitsu -el arte marcial japonés- aplicado a la política. En japonés, jiu-jitsu significa el arte de la suavidad.

¿Cómo se pelea contra un muerto en YouTube?

Esto es lo que se debe estar preguntando Álvaro Colom, el presidente de Guatemala. Como se sabe, un abogado ha acusado al mandatario, a su secretario privado y a la primera dama de asesinato. El abogado acusador y el muerto son la misma persona: “Mi nombre es Rodrigo Rosenberg Marzano, y lamentablemente, si usted está en este momento oyendo o viendo este mensaje, es porque fui asesinado por el señor presidente Álvaro Colom...”, dice con espeluznante calma el prestigioso abogado guatemalteco en un vídeo que ya ha sido visto por millones de personas en todo el mundo gracias a Internet.

Rosenberg grabó este vídeo cuatro días antes de su muerte, al convencerse de que un atentado contra su vida era inevitable. En el vídeo también explican los motivos de sus asesinos: era el abogado de un empresario que, al negarse a ser cómplice de negocios sucios en un banco controlado por el Estado, fue asesinado. Y su hija también.

En el vídeo de 18 minutos Rosenberg denuncia que, a través del banco, se financian proyectos inexistentes de la esposa del presidente, se lava dinero de narcotraficantes y se financian negocios turbios del entorno presidencial.

“Yo no soy narcotraficante, no soy asesino, ni todo lo que esa porquería dice”, respondió el presidente Colom refiriéndose al vídeo. También enfatizó que tiene la conciencia limpia y que no va a renunciar: “Sólo muerto me sacarán del palacio”. Según Colom, todo esto forma parte de una conspiración para desestabilizar a su Gobierno. “Las acusaciones en mi contra son parte de un plan”, dijo el mandatario. La primera dama, Sandra Torres, está de acuerdo: “Hay muchos tentáculos detrás del caso Rosenberg”.

En su vídeo, el abogado Rodrigo Rosenberg había anticipado que el presidente de Guatemala y sus allegados lo acusarían de formar parte de una conspiración: “Hay algo que siempre oímos, que hay un compló en contra del Gobierno, que es una hipótesis… Esto no es una hipótesis, no tiene nada de hipótesis, esto es una realidad”. Y así es. La realidad que tiene que explicar el presidente Colom es por qué Rodrigo Rosenberg está muerto.

Naturalmente, el presidente de Guatemala ha prometido una investigación a fondo sobre este caso. Es interesante notar, sin embargo, que nadie parece creer que el Gobierno o el poder judicial guatemalteco estén capacitados para llevar a cabo una investigación independiente y creíble. Quizás por esto, el presidente Colom solicitó la ayuda del FBI, la Organización de Estados Americanos, la ONU y de otros organismos internacionales para resolver el crimen. De nuevo, Rosenberg adelantó algo de esto en su vídeo: “Hemos caído en una Guatemala que ya no es nuestra; una Guatemala que es de los narcos, de los asesinos y de los ladrones”.

En efecto, en las conferencias internacionales ya se ha convertido en algo común oír que Guatemala es un narco-Estado en el cual redes de narcotraficantes y criminales de todo tipo se han infiltrado y ejercen un enorme control sobre importantes instituciones públicas y privadas.

Y el problema trasciende a Guatemala, aunque es en ese país donde se evidencia con más gravedad. En toda Centroamérica, políticos y policías, militares y periodistas, banqueros y congresistas forman parte de los instrumentos que estas redes criminales utilizan para operar a sus anchas.

De hecho, una nueva e importante amenaza para esta región de economías débiles e instituciones más débiles aún es el progreso que México, ahora muy apoyado por Estados Unidos, tendrá en su lucha contra los carteles de la droga.

A medida que las cosas se le pongan más difíciles a las organizaciones de narcotraficantes que tienen sus bases de operaciones en México, los incentivos para trasladarlas a países como Guatemala, Costa Rica, Panamá, El Salvador, Honduras o Nicaragua serán cada vez mayores. Pero Centroamérica no está inexorablemente destinada a convertirse en un infierno de corrupción, crimen y muerte. Hay sociedades que logran producir anticuerpos que repelen estas tendencias. Algunos de estos anticuerpos ahora vienen armados con cámaras de vídeo.

¿Quieres tener más días como ayer?

Esto es lo que mi amigo Gerver Torres suele preguntar. Es una pregunta a la vez sencilla y profunda. Para contestarla hay que recordar -y sentir- cómo nos fue ayer. También nos obliga a resumir las expectativas que tenemos sobre nuestro futuro, el de nuestros seres queridos, y lo que creemos que va a pasar con nuestro trabajo, nuestra comunidad y hasta nuestro país. La respuesta a esta pregunta no sólo dice mucho sobre quien la contesta sino sobre el mundo en general. De hecho, Torres no sólo cuenta con las respuestas que le damos sus amigos, sino que también sabe cómo la han respondido cientos de miles de personas en 150 países. Torres es senior scientist (analista jefe) en Gallup, la conocida firma encuestadora que desde hace tres años viene haciendo esta pregunta alrededor del mundo. Los últimos datos fueron recogidos antes de que la crisis económica estallara en toda su magnitud y aún no sabemos cómo han cambiado las respuestas a raíz del traumático impacto del crash. Sería lógico suponer que quienes han perdido su trabajo o han visto disminuir sus ingresos significativamente no quieran repetir un día como ayer. Suena lógico, pero no es seguro que así sea. Uno de los más sorprendentes e importantes hallazgos de Torres y sus colegas es que el bienestar material es un factor relativamente poco importante en determinar quiénes desean tener más días como el que tuvieron ayer. Ni el nivel de ingresos, ni el estar o no empleado son factores de gran peso en las respuestas. “Si tú estás en el 20% de la población con mayores ingresos, la probabilidad de que respondas que sí deseas tener más días como ayer es sólo 17% mayor que la probabilidad de respuestas afirmativas que nos dieron quienes están en el 20% de la población con menores ingresos”, dice Torres y añade: “Encontramos que ni la religión, ni vivir en el campo o en la ciudad, la edad o la condición matrimonial son un factor significativo en la manera como responde la gente”.

Si bien a nivel mundial la mayoría de los encuestados (66%) indica que desea tener más días como ayer, las respuestas positivas tienden a ser más frecuentes en los países más pobres. En América Latina el 75% de las repuestas son afirmativas mientras que en Europa el promedio es del 63%. El 82% de los habitantes de El Salvador, por ejemplo, desean más días como ayer en contraste con el 53% de los alemanes o el 54% de los italianos. En Honduras (uno de los países más pobres del mundo) el 81% de los encuestados quieren repetir días como ayer mientras que en España los “sí” llegaron al 73% -mejor que el promedio europeo, pero peor que Honduras, México (81,5 %) o Colombia (75%). El 69% de los chilenos contestaron afirmativamente mientras que el país con menor porcentaje de respuestas afirmativas (38%) fue Georgia (antes de la invasión rusa).

¿Cuáles son los principales factores que llevan a las personas a desear que su futuro se parezca a su día de ayer? “Las respuestas están vinculadas con emociones y estados de ánimo relativamente independientes de las condiciones materiales”, me contesta Torres. “Por ejemplo, quienes se sienten tratados con respeto duplican en el “sí” a quienes no se sienten bien tratados por los demás; las personas satisfechas con su trabajo tienen una probabilidad 40% mayor de responder que desean repetir el día de ayer de la que tienen quienes dicen estar insatisfechos con lo que hacen”.

Pero quizás el hallazgo más importante de Torres y sus colegas es el siguiente: la probabilidad de que una persona desee vivir más días como el de ayer se duplica entre quienes dicen reírse con frecuencia. Éste es un buen antídoto contra la crisis; no cuesta nada y está al alcance de todos. Y nunca hay que subestimar el valor de una buena carcajada.

La cumbre del calipso

El cambio de la política de Estados Unidos hacia Cuba no es ni lo más sorprendente ni lo más importante de la V Cumbre de las Américas. Esto iba a suceder aunque la cumbre no hubiese tenido lugar. De hecho, tal como lo anticipé en estas páginas hace más de un mes (ver Raúl Castro en la Casa Blanca), la liberalización de la política de EE UU hacia Cuba es un proceso ya en marcha y que poco tiene que ver con la reunión en Trinidad y Tobago. Lo más importante y menos discutido de esta cumbre son las profundas divergencias políticas que hoy separan a los Gobiernos latinoamericanos.

Un dato revelador acerca de la V Cumbre de las Américas es que ningún país quería ser la sede de esta reunión. Una de las pocas decisiones concretas que se toman en estos cónclaves presidenciales es dónde van a reunirse de nuevo. Pero hasta esta decisión resultó ser demasiado exigente para los Gobiernos que en 2005 participaron en la tumultuosa IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata (Argentina). Nadie se ofreció a hospedar la siguiente reunión y sólo después de un complicado proceso de consultas y negociaciones, el Gobierno de Trinidad y Tobago accedió a invitar a los 34 mandatarios del continente a reunirse en su capital. Y así llegamos a la cumbre del calipso, el espectáculo de contorsiones retóricas al son de las maravillosas steel bands del Caribe inglés.

La reticencia a hospedar la cumbre americana no se debe ni a la flojera ni a la súbita austeridad de los Gobiernos. Más bien es porque en los tiempos que corren, reunir a los gobernantes de las Américas equivale a organizar una convención de perros y gatos. Muchos de ellos no se llevan bien, y salvo el consenso en pedir a Washington que levante el embargo a Cuba, son pocas las convergencias entre los mandatarios. Muchos están políticamente más cerca de Estados Unidos que de sus países vecinos. El brasileño Lula da Silva se lleva mejor con Barack Obama que con la argentina Cristina Fernández de Kirchner; el mexicano Felipe Calderón, el colombiano Álvaro Uribe y la chilena Michelle Bachelet están mucho más cerca de las posiciones de Estados Unidos que de las de sus colegas de Venezuela, Ecuador o Nicaragua. Las políticas de Perú o Uruguay tienen más afinidades con las estadounidenses que con las de Bolivia o Paraguay. Lo mismo se puede decir de las diferencias entre Costa Rica y Honduras.

Las diferencias surgen por visiones y conductas muy distintas en la lucha contra la pobreza, la desigualdad y la exclusión; en el papel que deben tener el Estado y el mercado; en cómo tratar a los inversionistas nacionales y extranjeros; en cómo relacionarse con Estados Unidos y cuáles son los países de otros continentes con los que hay que aliarse. También hay entre los mandatarios latinoamericanos divergencias acerca de la concepción misma de la democracia, sobre la independencia que deben tener en la práctica el Poder Judicial y el Legislativo, y en la manera de tratar a la oposición política.

A pesar de los discursos enfatizando la integración y los abrazos presidenciales frente a las cámaras, la realidad es que América Latina y el Caribe están divididos en dos grandes bloques, y lo que hemos visto en la cumbre del calipso ha sido la utilización de la denuncia del embargo a Cuba como una excusa para evitar conversaciones que hubiesen puesto en evidencia el choque entre estos dos bloques. Uno de ellos lo forman Brasil, México, Colombia, Chile, Perú y Costa Rica, mientras que los principales miembros del otro son Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Paraguay y Honduras.

A veces pequeñas anécdotas dicen mucho: el mismo día que Barack Obama se reunía en México con Felipe Calderón de camino a Trinidad, Hugo Chávez presidía en Venezuela la reunión de la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA) con líderes de Cuba, Bolivia, Nicaragua, Dominica y el canciller de Ecuador. “Preparamos la artillería que llevamos a la cumbre”, dijo Chávez. En la reunión adoptaron también una nueva moneda, el sucre, para el comercio entre ellos. Chávez, además, anunció la incorporación al ALBA de un nuevo país: San Vicente y las Granadinas (población: 120.000; territorio: 389 kilómetros cuadrados). Mientras todo esto sucedía, Lula y Obama conversaban por teléfono para coordinar sus pasos en el calipso de Trinidad.

Por qué Europa es una amenaza para Latinoamérica

Están cayendo como moscas. Me refiero, por supuesto, a los Gobiernos europeos. La crisis comenzó desestabilizando a los bancos y ahora va por los Gobiernos. En muchos países de Europa, tanto del este como del oeste, los Gobiernos se tambalean al borde del precipicio, llevados allí por las furias políticas desencadenadas por la crisis económica. Los Gobiernos de Bélgica, Islandia, Letonia, la República Checa y Hungría se han visto expulsados del poder como consecuencia del crash. Bulgaria, Rumania, Grecia e Irlanda se enfrentan a una terrible situación económica que inevitablemente provocará convulsiones políticas. Y la lista es más larga. Si 2008 marcó el comienzo del crac financiero, 2009 será el inicio de un periodo lleno de terremotos políticos.

Las cifras que reflejan la debilidad económica europea son espantosas: el déficit combinado del presupuesto publico de los cuatro países más grandes de la eurozona (Alemania, Francia, Italia y España) será, el año entrante, tres veces y media mayor de lo que fue el año pasado, y su deuda pública combinada saltará del 71% del PIB hace un año al 83% el año próximo. Y estos enormes volúmenes de deudas y déficits no tienen en cuenta ni la necesidad de un necesario y cada vez más urgente estímulo fiscal que sea mayor que el que ahora contemplan, ni la posibilidad muy real de que van a tener que financiar el rescate de algún país europeo cuya bancarrota puede causar un grave daño a toda la región. Los bancos de Austria, por ejemplo, le han prestado una cantidad equivalente al 70% del tamaño de la economía austriaca a empresas en países de Europa del este que ahora afrontan serias dificultades para pagar sus deudas. El mismo problema tienen los bancos italianos, y ni Italia ni Austria tienen cómo salvar por sí solos a sus bancos si, en efecto, los países de Europa del Este dejan de pagarles. Inevitablemente, el desempleo crece a gran velocidad. Las presiones políticas para conseguir dinero de donde sea para afianzar las maltrechas economías europeas serán enormes.

¿Qué tiene que ver América Latina con todo esto? Mucho.

Sin llegar a los extremos de Europa, los países latinoamericanos también se han visto afectados por la crisis y van a necesitar apoyo financiero de fuera de la región. Mientras se restablecen los flujos de crédito e inversión privados que ahora están colapsados, el financiamiento externo que América Latina necesita para aliviar el impacto de la crisis tendrá que venir de organizaciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y entes regionales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Corporación Andina de Fomento.

Uno de los pocos resultados concretos de la reunión en Londres de 20 países ricos y pobres -el Grupo de los 20- será un aumento de los fondos para el FMI con el fin de que éste, a su vez, los preste a países en dificultades. Esta semana el FMI acaba de adoptar una nueva modalidad que le permite hacer aportaciones financieras muy rápidamente y sin condiciones demasiado exigentes a países en crisis. Y en esto radica la amenazadora conexión de los problemas de Europa con los de América Latina. La demanda de fondos para Europa no sólo será inmensa sino que los europeos compiten con ventaja dentro de los entes financieros internacionales que toman las decisiones de cuánto dinero darle a qué país, y cuándo. Los directorios del Banco Mundial y el FMI los integran 24 directores ejecutivos, y cada uno de ellos representa a un subgrupo de los 185 países dueños de estas instituciones. De los 24 directores (que son funcionarios nombrados por sus respectivos Gobiernos), ocho representan a Europa y tres a Latinoamérica. Saque usted la cuenta y adivine adónde irán a parar mayoritariamente los fondos de estas instituciones.

Afortunadamente, existe una alternativa: los entes financieros multilaterales de América Latina y en especial el BID. Este banco, cuyos accionistas son los Gobiernos del hemisferio occidental más algunos otros (España y China, por ejemplo) será una de las pocas fuentes de fondos que podrá compensar la injusta asimetría que existe en los órganos de dirección del Banco Mundial y el FMI. El presidente del BID, Luis Alberto Moreno, se ha impuesto la audaz y nada fácil tarea de tratar de aumentar el capital del banco para así tener cómo hacer frente a las urgentes necesidades financieras de la región; una región que, salvo raras excepciones, en esta década no ha cometido los excesos e imprudencias de Europa o Estados Unidos.

Lograr el aumento del capital del BID es prioritario para América Latina, y para otros países que se verán afectados si la región se contagia del caos político europeo. Los obstáculos para lograr este aumento son muchos, y además el BID está lejos de ser una organización sin defectos. Pero un defecto que no tiene es un directorio sesgado en contra de América Latina.

El ‘Eje de Lula’ y el ‘Eje de Hugo’

El mismo fin de semana que el presidente venezolano, Hugo Chávez, celebraba la victoria de Mauricio Funes en las elecciones presidenciales de El Salvador, su homólogo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, se reunía con Barack Obama en Washington. Ambas son manifestaciones concretas de tendencias que moldearán la política de América Latina en los próximos años.

Con la elección de Funes, el candidato de la antigua guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), terminaron de manera pacífica y democrática dos décadas de Gobiernos del partido Arena (Alianza Republicana Nacionalista), marcando así la transición de un Gobierno de derecha y estrechamente aliado a Estados Unidos a un Gobierno de izquierda cuyos más destacados líderes tienen una larga historia de enfrentamientos con Washington. Simultáneamente, el encuentro de Lula con Obama marca el fin de un largo periodo de distanciamiento entre Estados Unidos y Latinoamérica y abre nuevas posibilidades de reconstruir las maltrechas relaciones entre Washington y la región.

Según el presidente Chávez, la elección de Mauricio Funes “consolida la corriente histórica que se ha levantado en América Latina en esta primera década del siglo XXI”, refiriéndose al ascenso de la izquierda al poder en varios países del hemisferio.

¿Significa esto que la victoria del FMLN sumará otro país al Eje de Hugo? Además de Venezuela y Cuba, el núcleo duro de ese eje lo forman Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Paraguay y Honduras también son parte de esta alianza, aunque sus Gobiernos tienen una oposición interna que les impide una integración más profunda.

Mientras que los países del Eje de Hugo construyen su alianza antiyanqui y aplican lo que el presidente venezolano denomina “el socialismo del siglo XXI”, el Gobierno brasileño está desarrollando con gran éxito un proyecto geopolítico muy distinto: construir alianzas que le den a Brasil voz y voto en las grandes decisiones que afectan a la humanidad.

Brasil se ha convertido en un influyente actor en las principales negociaciones de estos tiempos: las reglas que rigen el comercio internacional, la energía, el medio ambiente, el rediseño del sistema financiero internacional, la búsqueda de fórmulas para reactivar la economía mundial y la lucha contra la pobreza. Así, mientras Hugo Chávez dedica sus esfuerzos a influir en países como Bolivia, Nicaragua o Paraguay, Lula estrecha lazos y actúa en los foros mundiales con India, Suráfrica y la Unión Europea.

El Gobierno de Brasil no lleva a cabo esta estrategia Eje de Hugo, pero mantiene relaciones amistosas con los Gobiernos que son parte de ese grupo. También sigue alabando a Chávez, moderando su propensión al conflicto, apoyando con entusiasmo sus planes (el gasoducto transcontinental, el Banco del Sur, la fusión de sus empresas petroleras, la entrada de Venezuela en el Mercosur) al mismo tiempo que sutilmente los sabotea y garantiza que ninguna de las iniciativas del venezolano se transforme en realidad.

Esta coexistencia pacífica entre el Eje de Hugo y el Eje de Lula se va a ver afectada por la creciente cercanía de Lula con Obama. Más pronto que tarde, países como El Salvador van a tener que elegir. ¿Quieren pertenecer a una alianza cuya influencia depende de que el petróleo esté por las nubes y que en Venezuela haya un Gobierno dispuesto a regalarlo? ¿O prefieren, más bien, ser aliados de un gigante continental que tiene buenas relaciones con Estados Unidos y que tiene gran peso en los foros mundiales donde se toman decisiones que los afectan directamente? El nuevo presidente de El Salvador ya se encuentra sumido en esta disyuntiva. Su partido se encuentra a su izquierda y lo presionará para que se incline hacia el Eje de Hugo. A pesar de la caída en los ingresos petroleros, Chávez sigue teniendo dinero para influir en la política interna de El Salvador, y no hay dudas de que así lo hará. El presidente Funes seguramente lo sabe mejor que nadie, pero la jugada más difícil es intentar beneficiarse sin tener que transformarse en otro país satélite de Hugo.

Para esta jugada sabe que puede contar con el Eje de Lula. Y quizás porque sabe esto, su primera decisión como presidente electo fue la de viajar a Brasil. “Para mí, el presidente Lula y su Gobierno constituyen una referencia de ejercicio democrático de un Gobierno de izquierda que puede mandar señales de confianza a los inversionistas extranjeros”, dijo Funes en Brasil. Vamos a ver qué dice cuando visite a Hugo.

¿Sobrevivirán las democracias a la crisis?

Gobernar nunca es fácil y gobernar en medio de esta crisis económica es una pesadilla. Ningún país está a salvo de esta debacle. De China a Estados Unidos y de Suráfrica a Polonia, las autoridades se ven agobiadas por la necesidad de responder a la avalancha de emergencias -financieras, sociales, políticas, internacionales- causadas por la crisis. Estos problemas, que son de una naturaleza y de una magnitud sin precedentes, tomaron a los gobiernos por sorpresa y exigen actuaciones rápidas y eficaces. No es fácil: no hay sector público en el mundo que pueda operar a la velocidad con la que está evolucionando esta crisis. Las administraciones no están diseñadas para ser veloces.

El contagio de la crisis económica a la situación social y de ahí a la política ya ha comenzado. Los gobiernos están haciendo frente a enormes presiones políticas que, en ciertos países, conducirán a su caída. El reciente desplome de los Ejecutivos de Bélgica, Islandia y Latvia, por ejemplo, fue consecuencia de la crisis económica. Así, mientras que el año pasado estuvo marcado por la caída de grandes bancos, durante este año y el próximo veremos la caída de gobiernos. La gran interrogante es si la furia social y política causada por los problemas económicos se llevará por delante sólo a algunos gobernantes de turno o si la democracia terminará siendo una de las víctimas de la crisis financiera. Hoy existen 90 naciones democráticas. ¿Cuántas quedarán después de esta catástrofe?

Es aún muy temprano para aventurar respuestas, ya que la tormenta está en su apogeo. Sin embargo, hay estudios recientes que, si bien no ofrecen respuestas definitivas, nos dan algunas claves sobre los determinantes de la democracia y, por lo tanto, sobre los factores que inciden en su sobrevivencia. Los profesores Ethan Kapstein y Nathan Converse, por ejemplo, estudiaron las 123 democracias que nacieron entre 1960 y 2004. En Europa Occidental aparecieron cuatro (una en los años sesenta y tres en los setenta), en Europa Oriental nacieron 21 (casi todas en los noventa); en Latinoamérica, 26 (la mayoría en las dos décadas pasadas), sólo tres en Oriente Próximo y el norte de África, mientras que la gran mayoría surgió en el África subsahariana. Estas “democracias jóvenes” son muy frágiles, sobre todo al principio, y 56 de ellas experimentaron crisis que las revirtieron a sistemas autoritarios. Sorprendentemente, este estudio no encuentra evidencia estadística que indique que la situación económica es el factor determinante de los reveses democráticos, como tampoco encuentra que lo fueran las reformas tendentes a liberalizar la economía. Las nuevas democracias de Europa Oriental, por ejemplo, a pesar de afrontar una muy mala situación económica durante sus primeros años, sólo sufrieron reversiones autoritarias en el 9% de los casos. En cambio, el 56% de las democracias de Asia sufrieron reveses aunque sus economías crecían muy aceleradamente. Esta investigación también examinó otros factores: nivel de ingreso por persona, desigualdad económica, aumentos en el gasto público, cambios en los índices de mortalidad infantil, fragmentación étnica o sistema de gobierno (presidencial o parlamentario). Ninguna de estas variables aparece como una causa preponderante de la pérdida de regímenes democráticos. En cambio, el factor más importante resulta ser la eficacia de los límites que tiene el jefe del Gobierno para actuar de manera autónoma de otros poderes públicos -parlamento, poder judicial, etc.- En el 70% de las democracias que cayeron en el autoritarismo, el jefe del Gobierno operaba con pocas restricciones a su autonomía.

No hay duda de que la crisis económica someterá a las democracias del mundo a duras pruebas. Pero la buena noticia es que la crisis no discrimina en función del tipo de régimen que tienen los países: los regímenes autoritarios también están sufriendo los embates de la recesión mundial. No es imposible que, en algunos países, la profundización del malestar económico de la población produzca reacciones que aceleren la salida de líderes autoritarios. No está claro aún qué países están mejor equipados para navegar en esta crisis: las autocracias como las de Egipto o Venezuela o las democracias como las de Turquía o Brasil. ¿Qué gobierno podrá proteger mejor a sus ciudadanos de esta tormenta: el de India o el de China? No sabemos. Pero lo que parece probable es que, después de esta crisis, el número de países democráticos que habrá en el mundo variará respecto al año pasado. Ojalá sea mayor.

La caída del imperio americano

Esto se acabó. La superpotencia estadounidense está en caída libre. La economía en bancarrota, sus bancos en barrena, deudas por las nubes, sus industrias manufactureras derrotadas por los rivales del Lejano Oriente y sus ejércitos empantanados en países que no entienden y enfrascados en una guerra a muerte contra terroristas globalizados a quienes entienden aún menos. Las cifras de desempleo estadounidense son las más altas en un cuarto de siglo mientras que el valor de las acciones de iconos como General Motors o Citicorp ha llegado a su nivel más bajo. El desprestigio de Estados Unidos es indiscutible y su declive como superpotencia está a la vista.

Ésta es, en apretado resumen, una visión que se está popularizando acerca de la situación y perspectivas de Estados Unidos y de su papel en el mundo. Yo no la comparto.

Es obvio que la economía, la influencia y el prestigio de Estados Unidos están pasando por uno de los peores momentos que puedan recordarse. Pero es igualmente obvio que sus rivales también están atravesando por una muy mala racha. Y si bien es cierto que mal de muchos es consuelo de tontos, también es cierto que, en términos de la economía y la política mundiales, lo que le pasa a un país no es lo único que cuenta. También cuenta -y mucho- lo que les pasa a otros países; especialmente a sus principales rivales y aliados. Y en estos tiempos los demás países se están debilitando más que Estados Unidos.

En 1972, el presidente Richard Nixon también presagió el descenso de la hegemonía de su país. Según él, Estados Unidos estaba destinado a perder influencia a manos de Rusia, China, Europa y Japón. Ya sabemos cómo le fue a ese pronóstico.

Recientemente se puso de moda la idea de que los países emergentes del llamado grupo BRIC -Brasil, Rusia, India y China- junto a otras naciones asiáticas, y con una Unión Europea unida y revitalizada, se constituirían en un inevitable contrapeso a Washington.

Pero la realidad es que la crisis ha golpeado a todos estos países más que a Estados Unidos. Y también es cierto que, con la excepción de China, su reacción ante la crisis ha sido más lenta y menos agresiva. Además, el estancamiento japonés, la desunión europea, la fragilidad de las economías emergentes -incluyendo la de China- y el devastador impacto de la caída del precio del petróleo para los bañados en crudo: Rusia, Irán o Venezuela, obligan a ver la presunta decadencia de Estados Unidos desde otra perspectiva.

Y a pesar de los editoriales y artículos anunciando que el mundo ya no quiere saber nada más del fraudulento e inhumano modelo estadounidense, en la práctica -e independientemente de las malas noticias que vienen de Washington y Wall Street- los ahorradores del mundo continúan buscando refugio en el dólar y en los bonos del Tesoro de ese país.

¿Está usted dispuesto a colocar sus ahorros en bonos emitidos por el Gobierno ruso? ¿Por el chino? ¿Ve a Japón despertándose de su prolongado letargo económico? ¿Cree usted que los esfuerzos de revitalización económica que se están haciendo en Europa darán resultados antes de los que está ejecutando el Gobierno de Barack Obama?

Si bien no hay certeza de que las iniciativas de Obama vayan a sacar a su país de la profunda crisis que padece, de lo que no hay dudas es de que el nuevo presidente ha reaccionado con gran celeridad y ha logrado movilizar recursos en volúmenes inimaginables. Tampoco hay dudas de que el Gobierno de Obama impondrá profundos cambios al modelo socioeconómico que ha imperado en Estados Unidos durante décadas. El sector financiero será más estrechamente regulado, la seguridad social será fortalecida, la desigualdad económica combatida, el Estado pesará más en la economía y la lucha contra el calentamiento global, intensificada. De la misma manera que sus predecesores -especialmente George W. Bush- se excedieron en el peso que le dieron al mercado es casi seguro que Obama se exceda -en parte obligado por las circunstancias- en el peso que dará al Estado. También sabemos que muchos de los remedios que se están utilizando tendrán efectos negativos más adelante: mayor inflación, por ejemplo.

Pero de lo que no hay duda es de que el nuevo presidente está dispuesto a usar todos los recursos de su país para reactivarlo tanto económica como social, tecnológica y políticamente. El éxito no está garantizado. El intento sí.

Raúl Castro en la Casa Blanca

Para muchos imaginar a Raúl Castro fotografiándose con Barack Obama en la Casa Blanca durante una visita de Estado es imposible. Para algunos ésta sería la expresión gráfica de otra traición del Gobierno estadounidense a quienes han luchado por derrocar a los Castro. Pero para muchos otros la visita sería una muestra de racionalidad y de la eliminación de una de las grandes hipocresías que el Gobierno estadounidense ha mantenido por décadas.

La posibilidad de que Estados Unidos cambie su política y comience a tratar a Cuba como un país normal (Vietnam, por ejemplo) está aumentando rápidamente. Esto no quiere decir que la invitación del presidente Obama a Raúl Castro ya esté redactada (de hecho es posible que esa visita a la Casa Blanca nunca ocurra). Pero sí quiere decir que este año y el próximo veremos importantes cambios en la relación de Estados Unidos con Cuba. Esto tendrá consecuencias importantes no sólo para Cuba sino para otros países de América Latina.

En una columna anterior me referí a la bancarrota de la política contra el tráfico y el consumo de drogas y noté la paradoja de que a pesar de que, en todas partes, grandes mayorías piensan que la llamada “guerra contra las drogas” ha fracasado, también piensan que no debe cambiarse. Lo mismo pasa con el bloqueo de Estados Unidos a Cuba. Durante años se ha sabido que no funciona y durante años ha sido imposible cambiarlo. Tanto la política hacia las drogas como la política hacia Cuba tienen efectos contrarios a los objetivos que las inspiran y además producen graves daños colaterales.

Creo que a ambas políticas les ha llegado la hora. El reemplazo de estos enfoques fracasados no será ni inmediato, ni rápido, ni directo; sufrirá reveses y retrocesos. Pero hay evidencias de que las fuerzas que apoyaban (o toleraban) estas políticas están comenzando a reconocer la necesidad de cambiar de enfoque. En el caso de las drogas, la dramática situación en México y en Afganistán está haciendo que influyentes actores descubran que es imposible estabilizar estos países sin reformar la política antinarcóticos. Y las estadísticas también hablan claro. A pesar de las inmensas inversiones y los miles de muertos, ni la producción ni el consumo han disminuido de manera significativa o permanente. En el caso de Cuba también están apareciendo voces sorprendentes: “Después de 47 años el embargo unilateral a Cuba ha fracasado en lograr su propósito declarado de ‘llevar la democracia al pueblo cubano’ mientras que ha servido de excusa para que el régimen exija sacrificios aun mayores a la empobrecida población de Cuba”.

Esto lo escribió hace pocos días el senador republicano Richard Lugar, una de las voces más influyentes del establishment estadounidense en asuntos de política internacional. Lugar añadió: “A pesar de la incertidumbre con respecto al futuro político de Cuba a medio plazo, está claro que los recientes cambios en su liderazgo han creado la oportunidad para que Estados Unidos revalúe una relación compleja marcada por la incomprensión, la suspicacia y la hostilidad”.

Esto lo escribe Lugar en una carta que les dirige a sus colegas senadores con motivo de presentarles un informe que resume las conversaciones que mantuvo Carl Meacham, un respetado miembro de su equipo, con miembros del Gobierno cubano y otras personas durante una visita a la isla pocas semanas atrás. En su informe, Meacham también propone una gradual pero sustancial liberalización del embargo, propuestas que son obviamente apoyadas por el senador Lugar.

El entusiasmo por revisar las políticas estadounidenses hacia Cuba no es sólo del senador republicano. Muchos de sus colegas del partido demócrata también comparten esta visión, incluyendo un ex senador de Illinois que es el actual presidente de Estados Unidos. De hecho, durante su campaña electoral, Barack Obama prometió cambiar la política hacia Cuba y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, ha anunciado que está en marcha el proceso de revisión.

Flexibilizar el embargo a Cuba o su total eliminación serían sin duda pasos en la dirección correcta y normalizar las relaciones de Estados Unidos con Cuba sería lo más deseable. Pero normalizar las relaciones no quiere decir que haya que renunciar a presionar al régimen cubano para que abandone sus constantes violaciones a los derechos humanos de quienes luchan a favor de la democracia en la isla. No hay que olvidar las muy buenas razones que inspiraron a quienes, lamentablemente, utilizaron una política incorrecta. Su propósito era promover la libertad en Cuba.

Del ‘prohibido fumar’ al ‘prohibido pensar’

En Estados Unidos, el 76% de la población piensa que la guerra contra las drogas ha fracasado. Al mismo tiempo, una igualmente abrumadora mayoría piensa que las políticas en las que se basa la guerra contra las drogas (represión de la producción, interdicción de las importaciones, prohibición del consumo y criminalización) no se pueden cambiar. Esta contradicción no es sólo de los estadounidenses.

Las encuestas revelan que estas ideas forman parte de las creencias de altos porcentajes de la población en muchos países: pobres y ricos, exportadores e importadores de narcóticos, democráticos y autoritarios, asiáticos, europeos o americanos.

¿Cómo explicar esta irracionalidad? ¿Cómo es posible estar en contra de cambiar una política pública que se sabe que no funciona? Mi respuesta es que la prohibición de todo lo relacionado con las drogas ha creado un clima donde también está vedado pensar libremente sobre alternativas a la prohibición. Un senador estadounidense que me habló con la condición de que no revelara su identidad me dijo: “Muchos de mis colegas y yo sabemos que los esfuerzos que se hacen para combatir el narcotráfico y el consumo de drogas no sólo no funcionan sino que tienen efectos contraproducentes. Pero esta es una posición políticamente suicida. Si lo digo públicamente es casi seguro que pierda mis próximas elecciones”.

Y no son sólo los políticos: “¿Por qué a pesar de los esfuerzos, la situación en Afganistán se ha deteriorado tanto? En mi opinión la principal causa es el tráfico de drogas, que es sin duda alguna la fuerza económica que nutre el resurgimiento de los talibanes… Cuando estuve allí en 2006 no podíamos ni mencionar el tema. Era un asunto sobre el que nadie quería hablar”. Esto lo dijo el general James Jones, ex comandante del Cuerpo de Marines (1999-2003) y comandante supremo de la Alianza Atlántica (2003-2006). Cabe notar que esta declaración la hizo meses antes de saber que iba a ser nombrado por el presidente Barack Obama asesor para la Seguridad Nacional.

La manera en la que el mundo enfoca el problema del tráfico y consumo de drogas es indefendible. Todos los analistas objetivos que han examinado el tema concluyen que el régimen actual requiere una urgente y profunda reforma. El problema es que cualquier propuesta en este sentido es usualmente contestada con acusaciones de ingenuidad, complacencia con los narcotraficantes y hasta de complicidad con ellos. Sin embargo, la realidad y los números son abrumadores. A pesar de los inmensos esfuerzos no hay evidencia alguna de que se estén alcanzando los objetivos de disminuir la producción o el consumo de drogas. Recientemente, el Gobierno británico informó de que en ese país la abundancia de cocaína es tal que estaba costando menos que una cerveza o una copa de vino. En Estados Unidos, uno de cada 100 ciudadanos está en la cárcel, la inmensa mayoría por tenencia de drogas. (Cada recluso le cuesta al Estado 34.000 dólares al año -unos 26.000 euros-, mientras que el costo anual de tratar a un adicto a las drogas es de 3.400 dólares). La violencia que se vive en México, Colombia o en cualquiera de los barrios pobres de América Latina, África y Asia es en gran medida un daño colateral causado por la guerra contra las drogas. La situación es insostenible y necesita un nuevo enfoque.

Esto es lo que acaba de proponer la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, un grupo de 17 latinoamericanos del cual formo parte. La comisión, presidida por tres muy respetados ex presidentes, Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; Cesar Gaviria, de Colombia y Ernesto Zedillo, de México, divulgó sus recomendaciones después de casi un año de trabajo, que incluyó la revisión de la mejor evidencia disponible y de amplias consultas con científicos, policías, médicos, militares, alcaldes y expertos en salud pública. Por favor, lea el informe en http://www.drogasydemocracia.org.

La comisión no cree que existan políticas alternativas a la prohibición que estén exentas de costos y riesgos. Pero sí cree que hay que considerar y probar otros enfoques que traten al problema de las drogas más como un asunto de salud pública que como una guerra.

Hablar genéricamente de “legalización de las drogas” es superficial e irresponsable y sólo sirve para banalizar y estancar la discusión. Pero prohibir la discusión racional de los costos y beneficios de descriminalizar la tenencia de marihuana para el consumo individual, por ejemplo, es aún más irresponsable.

El consumo de drogas es una maldición contra la cual hay que luchar. Pero hay que hacerlo bien. Y eso no sucederá mientras exista la prohibición de pensar libremente en qué significa hacerlo bien.

Preguntas venezolanas

¿Va a ser Hugo Chávez una víctima más de la crisis financiera mundial? ¿Es la oposición venezolana golpista, corrupta y representante de los intereses de los ricos? ¿Viven los venezolanos en un país democrático?

Las respuestas a estas preguntas son tan importantes para el destino de Venezuela como lo es la respuesta que darán los votantes al referéndum en el cual se les pregunta si apoyan la reelección indefinida de su actual presidente. Vale la pena, por lo tanto, discutirlas.

Si cae el petróleo, cae Chávez. No necesariamente. Es verdad que la popularidad política de Chávez se basa en gran medida en la inmensa cantidad de dinero con la que ha contado gracias a los altos precios del petróleo. Así, la esperanza de sus adversarios es que la caída de los precios provocará una severa crisis económica que minará la popularidad del presidente, llevando eventualmente a su reemplazo. El hecho de que Venezuela ya sufre la inflación más alta del hemisferio y que el presupuesto de 2009 se basa en que el petróleo se venda a 60 dólares por barril, mientras que en realidad el precio ha estado por debajo de los 40 dólares, nutre estas esperanzas. Pero el apoyo popular no es la única fuente de poder. Hay muchos Gobiernos altamente impopulares que retienen el poder por la fuerza. Para esto la fraternal alianza de Chávez con Cuba e Irán le puede ser muy útil para obtener la asistencia técnica que necesite. Estos regímenes tienen una larga experiencia reprimiendo a sus opositores y serán generosos compartiéndola.

La oposición venezolana es oligárquica, corrupta y golpista. No; sus líderes son jóvenes, independientes, de todas las clases sociales y de probada trayectoria democrática. El pilar fundamental de la mitología política que promueve Hugo Chávez es que él es el presidente de los pobres y que su escuálida oposición es una rica y corrupta oligarquía. Sin embargo, desde hace años todas las encuestas concluyen que un tercio de los venezolanos está siempre a favor de Chávez, otro tercio siempre está en contra y el tercer grupo varía su apoyo dependiendo del tema. Antes del referéndum todas las encuestas indicaban que el electorado estaba partido aproximadamente en dos mitades. En Venezuela ni la clase media, ni los ricos llegan a sumar un tercio de la población, y mucho menos la mitad. Esto quiere decir que la oposición a Chávez incluye a millones de pobres. Y, actualmente, la fuerza de oposición más influyente, creativa y profundamente democrática es la de los estudiantes universitarios, quienes eran niños o adolescentes cuando Chávez llegó al poder hace una década. Con respecto a la corrupción, basta saber que siempre busca el dinero. Y, en Venezuela, el dinero lo controla el Gobierno.

¿Es Venezuela una democracia? Sí, si por democracia se entienden elecciones en las cuales el Gobierno hace uso indiscriminado y abusivo de los recursos públicos para influir en los resultados. O si por democracia se entiende un sistema en el cual, al perder el año pasado un referéndum sobre la posibilidad de ser reelegido indefinidamente el presidente, Chávez anunció que lo volvería a repetir “tantas veces como sea necesario”. O un sistema donde el presidente controla directamente el Parlamento, el Tribunal Supremo, el árbitro electoral, las fuerzas armadas, el banco central y la industria que es la principal generadora de divisas del país.

Independientemente de los resultados del referéndum, Hugo Chávez va a tener que gobernar en los próximos años un país muy distinto, en un mundo también muy distinto. Tendrá menos dinero para hacer frente a necesidades que aumentan a gran velocidad y deberá responder a expectativas sociales que aumentan aún más rápido. El sector público del cual tanto depende el modelo de Chávez, especialmente para la ejecución de sus políticas sociales, es de una ineficacia abismal, tal como él mismo lo reconoce. Esta ineficacia aumentará al reducirse los recursos disponibles. Chávez también descubrirá que las sonrisas y aplausos de sus aliados internacionales menguarán proporcionalmente a los recortes en los regalos y subsidios que les daba. Y en la Casa Blanca tendrá a Barack Obama, no a George W. Bush. El Chávez de los próximos años cantará menos y gritará más.

Cinco razones para el optimismo

Los pesimistas son serios, realistas y menos dados a desilusionarse por la vida. Los optimistas, en cambio, son ingenuos y por ello más propensos a ser sorprendidos por las malas noticias. Los pesimistas son pensadores profundos y bien informados mientras que los optimistas son superficiales y no entienden bien lo que está pasando. Basándome en estas estereotipadas percepciones -y en la incesante avalancha de malas noticias que a diario nos abruman- lo más fácil y seguro sería escribir un artículo explicando por qué el mundo está muy mal y por qué lo que viene será aún peor. También me lo facilitaría el hecho de que he asistido al Foro Económico Mundial en Davos. La imagen que se tiene de la reunión de Davos es que es solo para ricos y poderosos o los periodistas que los entrevistan. Pero no es así. También asisten líderes religiosos y sindicales, muchos de los científicos más importantes de estos tiempos, innovadores sociales, artistas plásticos, escritores, músicos y hasta exploradores de recónditos parajes del planeta.
Llevo muchos años asistiendo a estas reuniones y nunca antes había visto un ambiente tan pesimista. Una lúgubre anticipación de lo que viene dominó las conversaciones. Así, por llevar la contraria, y porque la lista de problemas ya la conocemos, he decidido escribir sobre algunas razones para el optimismo.

1. Los infartos ayudan a cambiar hábitos. Nada mejor para dejar de fumar que un buen infarto -especialmente si se sobrevive-. La economía mundial ha sufrido un doloroso infarto. Sufrirá mucho, pero al salir de la crisis se verá obligada a adoptar hábitos más sanos y sostenibles. Se rebalanceará el equilibrio entre el Estado y el mercado; se controlarán algunos excesos y se corregirán las distorsiones macroeconómicas. La dieta será muy dura y el paciente seguirá débil por un tiempo. También caerá en la tentación de volver a fumar y comer mal. Pero tener el infarto en mente moderará el riesgo de que retome las malas costumbres que casi lo matan.

2. Renovación política. Si 2008 fue el año del crash económico, 2009 será el del crash político. Algunos gobiernos caerán, otros se debilitarán y casi todos tendrán que cambiar su manera de hacer las cosas para responder al inmenso descontento social provocado por la crisis económica. Algunos responderán refugiándose en el autoritarismo y el populismo. Pero en otros países se abrirán posibilidades de cambios políticos positivos que no hubiesen sido posibles sin la crisis.

3. Nuevos líderes. Y no estoy pensando solo en Barack Obama, aunque él es evidentemente el primer ejemplo que viene a la mente. Y su caso y su historia motivarán a otros, en todas partes. En general, la crisis le va a hacer la vida más difícil a quienes han estado a cargo de países, partidos políticos, empresas privadas, universidades, medios de comunicación u otras instituciones, y va a abrir puertas y a facilitar el ascenso de sucesores con ideas nuevas.

4. Más innovación que nunca. “Nunca antes en la historia ha habido tantos innovadores como ahora. La cantidad de gente que está creando nuevas maneras de resolver nuestros problemas no tiene precedentes”, me comentó Edmund Phelps, premio Nobel de economía, cuando le forcé a que me diera una razón para ser optimista. Según Paul Laudicina, presidente de una de las empresas de consultoría más grandes del mundo, “estamos al comienzo de una oleada de profundos cambios tecnológicos que crearán una nueva revolución en la productividad y mejorarán la calidad de vida de todos. Contaremos con posibilidades ahora inimaginables”.

5. Más generosidad que nunca. El mundo vive una explosión de solidaridad con los más necesitados. En todos los países proliferan organizaciones cuya misión es ayudar a otros. Gracias a Internet, la filantropía se ha democratizado y globalizado. Esta tendencia es reforzada por una creciente intolerancia, especialmente entre los jóvenes, hacia la desigualdad, la injusticia y la discriminación. La crisis aumentará las necesidades y las emergencias sociales y estimulará a muchos a hacer algo por los demás.

Será muy fácil para los pesimistas explicar por qué cada una de estas razones va a tener efectos negativos. La crisis matará a muchos y el paciente no cambiará sus malos hábitos. Los viejos líderes no se dejarán quitar el poder, las nuevas tecnologías también tendrán efectos nocivos y la filantropía nunca ha podido resolver los problemas del mundo. Estos argumentos, repito, son fáciles de defender y no constituyen mayor reto intelectual. Lo difícil es buscar razones válidas para ser optimistas. Difícil, sí, pero indispensable. Intentémoslo.

El proceso de ‘bushificación’ de Obama

No es fácil esto de tener un tipo tan popular en la Casa Blanca. Que el jefe del imperio estadounidense sea visto internacionalmente con tanta simpatía y admiración es, para muchos, muy problemático. Hay gobiernos para quienes es indispensable tener a los Estados Unidos de América como enemigo. Y todos conocemos gente para quienes el antiamericanismo es casi un instinto básico y la fuente principal de sus opiniones políticas.

Es por esto que bushificar a Obama se pondrá de moda.

La bushificación de Barack Obama es el próximo y casi inevitable capítulo de la narrativa que comenzó con la seguridad de que era imposible que los estadounidenses pudiesen elegir a un negro como presidente de su país, la sorpresa de la victoria de Obama, la desbordada emoción durante su toma de posesión y las enormes expectativas acerca de su capacidad para resolver los inmensos problemas que hereda. Ahora vendrá una etapa en la cual muchos explicarán que en el fondo no hay mucha diferencia entre George W. Bush y Barack Hussein Obama. O como ya lo dijo el lírico presidente de Venezuela “son la misma miasma”, es decir, que ambos son efluvios malignos que se desprenden de cuerpos enfermos o materias corruptas (aunque el presidente Hugo Chávez inmediatamente nos aclaró que los llamaba miasma “por no usar otra palabra” ¿En cuál estaría pensando?).

Y no es sólo Chávez; la bushificación será una tendencia global. Para el régimen iraní será importante demostrar que por más que el segundo nombre del nuevo presidente sea Hussein y que en farsi Obama significa “el que está con nosotros” en realidad sigue siendo, al igual que su predecesor, el representante máximo del gran Satanás.

Tres días después del comienzo del Gobierno de Obama, Estados Unidos bombardeó a un grupo de presuntos talibanes en el noroeste de Pakistán dando de baja a 14 personas. El Gobierno paquistaní protestó contra la nueva violación de su soberanía y confirmó que su esperanza de que Obama no continuase con la política de Bush en este sentido era tan sólo una ilusión. Después que Timothy Geithner el nuevo secretario del tesoro estadounidense acusara a China de estar manipulando su moneda, el Gobierno de ese país reaccionó furiosamente: “Dirigir acusaciones infundadas a China con respecto a su tasa de cambio sólo ayuda al proteccionismo estadounidense y no contribuye a buscar una solución real al problema”, dijo el comunicado oficial.

En su discurso inaugural Obama alertó: “Quienes se aferran al poder a través de la corrupción, el engaño y la represión a sus opositores deben saber que están en el lado errado de la historia; pero también que les tenderemos una mano si están dispuestos a abrir su puño” ¿Qué habrá pensado Vladímir Putin de esta invitación? ¿O el sirio Bachar el Asad? ¿O Raúl Castro? Que no ven diferencia entre Obama y Bush.

Se sabe además que Obama está convencido de que se debe aumentar la intensidad de la guerra en Afganistán, que no permitirá que Irán disponga de armas atómicas y que apoya el derecho de Israel a defenderse de los ataques de Hamás. “Si alguien estuviese lanzando cohetes de noche a la casa donde duermen mis hijas yo haría cuanto estuviese a mi alcance para pararlo. Y de hecho cabe esperar que los israelíes hagan lo mismo”, ha dicho Obama repitiendo una idea con la que es difícil disentir. Sin embargo, a nadie sorprende que en el mundo árabe ya haya quienes denuncian al Gobierno de Obama como la simple continuación de la Administración de Bush, sólo modificada con una mayor cantidad de judíos en el Gabinete y en otros cargos de máxima relevancia.

En algunos casos la bushificación de Obama tendrá asideros en la realidad de que habrá continuidad entre las políticas del nuevo presidente y las de Bush. Pero en muchos otros casos sólo responderá a los esfuerzos propagandísticos de quienes necesitan siempre tener a un enemigo en la Casa Blanca. Pero no les será fácil. Una de las características de la trayectoria política de Barack Obama es que siempre ha sorprendido a sus críticos y a los escépticos. Y, en este caso, no le resultará difícil sorprenderlos de nuevo. Entre otras razones porque, a pesar de lo que digan sus críticos, él no es George W. Bush.

Un ‘tsunami’ de lágrimas de emoción

“Ya no tenemos que escoger. Por fin podemos asumir nuestra condición de americanos sin traicionar nuestra condición de negros. Nuestro cuerpo político finalmente ha sanado. Somos americanos”.

Esto lo escribe en The Root Jack White, un periodista afroamericano quien añade: “Esto no significa que la discriminación racial haya acabado. Significa que hoy celebramos el sorprendente y estremecedor descubrimiento de que el país que siempre hemos amado tanto ha finalmente decidido corresponder nuestro amor. Y nos quiere tanto como para confiar su incierto futuro a uno de nosotros, un hombre negro… No lo puedo evitar. Tengo lágrimas en los ojos y una canción en el corazón”. Y no es sólo Jack White. La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca desencadenó un tsunami de lágrimas de emoción.

Emoción y alegría es lo que se ha respirado en los últimos días en las gélidas calles de Washington. Calles llenas de gente venida de todas partes del país y del mundo, en muchos casos con gran esfuerzo. Fiestas por doquier y para todos. Celebraciones espontáneas en plazas, calles, oficinas, trenes, autobuses, restaurantes.

Nunca ha sido más natural iniciar una conversación con desconocidos en esta usualmente austera y muy afanada ciudad imperial. Las conversaciones y amistades se inician sin mayor razón que la de saber que se está compartiendo un momento histórico. Es fácil pronosticar que las expectativas acerca de cuánto y cuán rápido podrá Obama reparar las tragedias que hereda son exageradas. Y que muchos de los que hoy lo aplauden pronto se sentirán desilusionados por lo lento del progreso o por algunas de sus decisiones. De que esto va a pasar no hay dudas. Pero no será grave. Barack Obama gozará de una luna de miel con su electorado más larga de la que usualmente le ha tocado a otros presidentes. La gente entiende que los problemas que enfrenta no pueden ser aliviados a corto plazo. Según una encuesta de CBS / The New York Times, a la pregunta de cuánto le tomará al Gobierno de Obama “arreglar la economía”, el 38% de los encuestados respondió que al menos dos años, mientras que el 18% dijo que cuatro años. El 22% cree que tardará un año en terminar la guerra en Irak, y el 39% piensa que será en dos años.

Y Obama lo recordó en su discurso. Los problemas son graves y tardarán en solucionarse. Y recordó a todos que nada se podrá lograr sin el sacrificio y el concurso de todos. El candidato de la emoción es ahora un pragmático presidente. El discurso fue —como se esperaba— muy bueno. Pero ningún discurso y ningún orador hubiesen podido superar la potencia del mensaje central: Obama. Él es el mensaje. Él y su historia son quienes conmueven. Barack Obama es la cara de la reconciliación, de lo imposible hecho realidad, de injusticias que ya no se toleran. El mensaje de que la esperanza ha derrotado al rencor.

Las sorpresas de 2008

“Barack Obama no le ganará una sola elección primaria a Hillary Clinton” pronosticó Bill Kristol, un influyente editorialista de The New York Times. “Bear Stearns está bien. No saquen su dinero de allí. Sería una tontería”. Esto aconsejó a sus millones de telespectadores Jim Cramer, el comentarista financiero del canal CNBC seis días antes del colapso de esa empresa. “Mares tranquilos: las rutas marítimas del mundo son seguras”. Fue el título del artículo en la revista Foreign Affairs escrito por Dennis Blair y Kenneth Lieberthal. En este artículo también aseguraban que “los petroleros son mucho menos vulnerables de lo que comúnmente se cree”. Poco después una banda de piratas somalíes a bordo de botes inflables capturó uno de los superpetroleros más grandes del mundo. Aún no lo han devuelto. Es posible que Dennis Blair, uno de los autores del artículo, sea el próximo jefe de la CIA.

A mediados de septiembre, Donald Lufkin escribió en The Washington Post: “Quien dice que estamos en recesión o vamos camino a ella está inventando su propia definición de lo que es una recesión”. Al día siguiente de la publicación de este artículo, Lehmann Brothers se declaró en bancarrota, y poco tiempo después se confirmó que la economía estadounidense hacía meses que había entrado en recesión. La revista británica The Economist anunció que, “a pesar de sus defectos, las elecciones en Kenia serán un ejemplo para el resto del continente”. Desgraciadamente, las elecciones estuvieron plagadas de fraude y estallidos de violencia que dejaron 800 muertos, 200.000 personas desplazadas de sus hogares y la economía de Kenia en ruinas. Walter Wagner es un científico que está convencido de que el Gran Colisionador de Hadrones, el gigantesco acelerador de partículas atómicas construido cerca de Ginebra por la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), puede acabar con el mundo. “Existe la posibilidad real de que pueda crear agujeros negros en miniatura y otras anomalías… Estos eventos tienen el potencial de alterar la materia y destruir nuestro planeta”, ha escrito Wagner. El superacelerador de hadrones se puso en marcha el pasado 10 de septiembre. Para sorpresa del doctor Wagner, aún estamos aquí. Según The New York Times, Arjun Murty, un analista de Goldman Sachs, es ni más ni menos que “un oráculo petrolero” debido a su sagacidad para anticipar las fluctuaciones de ese mercado. En mayo de este año Murty pronosticó que “la posibilidad de que el precio del petróleo alcance los 150 o 200 dólares por barril en los próximos 6 a 24 meses parece crecientemente probable”. Como sabemos, en estos días el precio ronda los 40 dólares por barril. Naturalmente, en esta recopilación no podían faltar los pronósticos sobre la crisis financiera: “El sistema bancario se ha estabilizado. Ya nadie se pregunta si aún hay alguna otra gran institución bancaria que pueda caer...”. Pocos días después de que Hank Paulson, secretario del Tesoro de Estados Unidos, dijera esto, el precio de las acciones de Citigroup cayó un 75%.

Esta lista de los peores pronósticos de 2008 fue preparada por Blake Hounshell y Josh Keating, dos de mis colegas en Foreign Policy, la revista que dirijo. La lista es muy interesante no sólo porque muestra lo mucho que cambió el mundo en tan sólo 12 meses, sino también lo mal que le ha ido a los expertos este año. Hounshell y Keating también prepararon otra fascinante lista de importantes noticias de 2008 que pasaron desapercibidas. La lista incluye, entre varias otras, la erupción de un nuevo Darfur en las montañas de Nuba en Sudán, el aumento de la producción de cocaína en Colombia, el hecho de que la mitad del acero utilizado en la construcción de los 900 grandes rascacielos de Shanghai falló los tests básicos de calidad, que Estados Unidos está ayudando a India a construir un escudo antimisiles o que las emisiones del gas NF3 utilizado para producir paneles que transforman la luz solar en energía eléctrica son una de las más potentes fuentes del calentamiento global.

Así, este 2008 que comenzó con una crisis alimentaria termina con una de desempleo. Gigantescas y longevas instituciones financieras que lucían todopoderosas y permanentes ya no existen. Un presidente estadounidense que se define como paladín del libre mercado pasa a la historia como el que dirigió la mayor transferencia de propiedad privada al sector público en la historia de su país. Y su sucesor será Barack Obama. Sin duda, un año lleno de sorpresas. Ojalá que 2009 nos sorprenda tanto como lo hizo 2008. Pero con buenas noticias.

Ésta es mi última columna por este año. Regresaré a mediados de enero. ¡Feliz año!

Turbas inteligentes

La estocada final se demoró 10 días. El Gobierno tailandés ya venía mal y pocos apostaban por su sobrevivencia. Formalmente, su caída fue producida por la decisión del Tribunal Constitucional de disolver tres de los partidos políticos que formaban la coalición gobernante, forzando así la renuncia del primer ministro. Pero lo que precipitó la situación fue el bloqueo de los dos principales aeropuertos del país durante 10 días por parte de una turba muy bien organizada.

El de Tailandia es sólo el más reciente ejemplo de una creciente tendencia mundial: el bloqueo de vías de comunicación por parte de una muchedumbre con el fin de forzar cambios políticos. Los bloqueos de calles y carreteras ayudaron a Evo Morales a llegar a la presidencia de Bolivia y a Joseph Estrada a perderla en las Filipinas. Los piqueteros argentinos, con su vocación de trancar avenidas, se han transformado en un factor permanente de la política de ese país, y el candidato presidencial mexicano Andrés Manuel López Obrador protestó por su derrota en las elecciones de 2006 bloqueando importantes arterias de la capital mexicana. En Ecuador y Perú tomaron las calles grupos indigenistas, mientras que en Tíbet y en Myanmar lo hicieron monjes budistas.

Las marchas, manifestaciones y protestas callejeras son tan antiguas como la política misma, así que el hecho de que una muchedumbre salga a la calle a promover el cambio político, protestar, apoyar a su gobierno o tratar de derrocarlo no tiene nada de nuevo. Lo que es nuevo e interesante son las formas de convocatoria, organización y coordinación en las que se apoyan estas manifestaciones callejeras y los grupos que en ellas participan.

Estrada, el ex presidente filipino, se quejó de que fue derrocado no por un golpe de Estado sino por lo que él llamó “un golpe de texto”. Cientos de miles de personas, muchos de ellos jóvenes sin militancia política pero descontentos con su gobierno, se coordinaban entre sí a través de mensajes de texto enviados desde sus teléfonos móviles. Y los mensajes de texto como instrumento de coordinación política se han convertido en un fenómeno mundial. “Ven con camiseta blanca y manos pintadas de blanco a las 10 de la mañana”, decía uno de los mensajes que se expandían como un virus entre los teléfonos móviles de los estudiantes venezolanos opuestos al Gobierno de Hugo Chávez. Y, en efecto, decenas de miles de jóvenes aparecían ese día con camisetas blancas y las manos pintadas de blanco, coordinando ágilmente sus movimientos por la ciudad a través de mensajes instantáneos. En abril del 2006, Gyanendra, el entonces rey de Nepal, ordenó la suspensión de todos los servicios de telefonía móvil ya que las agrupaciones anti-monárquicas estaban usando mensajes de texto para organizar las protestas que eventualmente terminaron derrocándolo.

Obviamente, estas nuevas tecnologías pueden ser usadas para potenciar viejas prácticas políticas. Los partidos políticos tradicionales, por ejemplo, han multiplicado sus capacidades organizativas gracias a estas formas de comunicación. En cierta forma, esto fue lo que pasó en los aeropuertos de Tailandia. Pero otra dimensión del fenómeno es que está facilitando la aparición de nuevos actores políticos que se rigen por códigos y reglas distintos de los de los partidos tradicionales. Son organizaciones menos estructuradas y verticales, donde las jerarquías no son rígidas y la autoridad está más descentralizada.

En Colombia, las marchas contra las FARC fueron convocadas con gran éxito en varias ciudades a través de Facebook. En México, una multitud sin precedentes marchó contra la escalada de la violencia criminal que azota ese país. En ambos casos, los organizadores no eran políticos tradicionales ni usaron los métodos usuales de convocatoria. Fueron ciudadanos comunes cuya influencia política se ve potenciada por la capacidad de crear y movilizar una turba inteligente a través de nuevas tecnologías.

Según el diccionario, turba es “una muchedumbre de gente confusa y desordenada”. Evidentemente, las nuevas tecnologías hacen posible que las turbas ya no sean ni confusas ni desordenadas. Actúan con organización y propósito. Howard Rheingold, el padre de esta idea, enfatiza que una turba, por más inteligente que sea, no es ni buena ni mala, y que todo depende de sus fines.

La esperanza es que las mismas tecnologías que permiten el ascenso de las turbas inteligentes produzcan los anticuerpos que nos ayuden a mitigar la influencia de aquellas que usan sus capacidades para subvertir la democracia. Como sabemos, no todo bloqueo de carreteras o aeropuertos tiene fines nobles.

En cualquier caso, la realidad es que las turbas inteligentes han llegado para quedarse.

La Brigada 23 de enero

Barack Obama se juramenta como presidente de Estados Unidos el 20 enero. “Estoy organizando la Brigada 23 de enero”, me dice en broma un simpatizante de Obama que además tengo por agudo observador político. “¿Qué es eso?”, le pregunto. “Pues es el grupo de gente que tres días después ya estará desilusionada de Obama”, me responde riéndose. Algunos seguidores de Obama ni siquiera han esperado a enero. Los bloggers y columnistas afiliados al ala más progresista del Partido Demócrata ya están en pleno frenesí crítico contra Obama, más que nada por las personas a quienes ha invitado a formar parte de su Gobierno: son percibidos como demasiado moderados y centristas. Algunos en el equipo económico muestran un entusiasmo por los mercados que para muchos bordea en el sacrilegio.

Las cosas vienen muy difíciles. El desempleo disparado y los bancos colapsando. El talibán fortalecido e Irán cada día más cerca de ser una potencia nuclear. Rusia económicamente disminuida e internacionalmente agresiva. Pakistán e India aterrorizados por los extremistas islámicos y enredados en su desconfianza mutua. Israel y Palestina estancados y la crónica precariedad política de Oriente Próximo ahora exacerbada por la mala situación económica. China debilitándose. Cifras récord de estadounidenses sin seguro de salud, perdiendo sus hogares y dependiendo de la caridad para alimentarse.

Estos son algunos de los problemas que los estadounidenses -y el resto del mundo- esperan que Barack Obama resuelva. Y pronto. Estas crisis se expanden a gran velocidad y, de no contenerse, pueden alcanzar dimensiones catastróficas.

Es bien sabido que George W. Bush le deja al nuevo presidente dificilísimos problemas en casi todas las áreas. Lo que es menos sabido es que uno de los frentes de batalla más complicados que deberá afrontar Obama ni lo heredó de Bush, ni es una crisis doméstica, ni es internacional. Se trata de la conflictiva relación que tendrán el nuevo presidente y su Gobierno con el Congreso de Estados Unidos. Esto sorprenderá a quienes suponen que el hecho de que tanto la presidencia como el Congreso estén en manos del mismo partido implica que las iniciativas de senadores y diputados estarán en sintonía con las propuestas de Barack Obama, y viceversa. Esto no será así. Obama y su equipo estarán más a la derecha que el Congreso. Las declaraciones de Obama, pero sobre todo sus nombramientos, señalan claramente que el próximo Gobierno estadounidense tendrá una orientación de centro-derecha. Su equipo económico (Geithner, Summers, Romer, Volcker) es excelente y experimentado. Hillary Clinton al frente de la política exterior, el general Jim Jones en el Consejo Nacional de Seguridad y el actual secretario de Defensa, Bob Gates, a quien se espera que Obama ratifique en el cargo, conformarán el equipo de asuntos internacionales y seguridad nacional. El ex senador Tom Daschle, que como secretario de Salud estará a cargo de la reforma de ese sector, también se caracteriza por su larga experiencia y prudencia.

Este grupo es acusado de ser excesivamente pragmático y de no simbolizar el cambio que Obama prometió. Pero en vista de las graves crisis simultáneas que deben enfrentar, ¿es deseable tener un grupo dispuesto a usar el poderío estadounidense para imponer audaces experimentos inspirados por ideologías extremistas? No; mejor no. Esa película ya la vimos. Se llamó “los neocons juegan a la guerra en Irak”. Por supuesto que Obama no adoptará las ideas de los neocons, pero el argumento de basar las decisiones en ideologías radicales y opuestas también es muy peligroso. Sabemos demasiado poco sobre cómo funcionan las cosas para tomar decisiones basadas en prejuicios, y no en datos. En vista de la explosiva situación del mundo actual, el pragmatismo y la humildad ideológica son las mejores guías. Obama tenderá a la moderación y la cautela.

En cambio, el próximo Congreso será otra cosa. Los senadores y diputados representan a una población que está furiosa, atemorizada y muy golpeada. El sentimiento nacional en Estados Unidos es de linchamiento hacia “los ladrones de Wall Street” y de rechazo “a los inmigrantes que nos quitan el trabajo, las multinacionales que exportan nuestros empleos a la India, los ricos que pagan pocos impuestos”. También de repudio a largas guerras.

Es con esto en mente que el Congreso evaluará las propuestas de Obama sobre tratados de libre comercio, reformas fiscales o de salud, política exterior, regulaciones financieras… El pragmatismo centrista chocará sistemáticamente con la indignación de una población que le exigirá a sus representantes soluciones mucho más drásticas de las que la Casa Blanca considerará deseables. Esta batalla de Obama en su propia casa política será muy importante. Nadie espera que los problemas los resuelva en tres días. Pero la legitimidad de Obama se basará en que muestre progreso sostenido y eficaz. Y para eso depende del Congreso.

América Latina y sus nuevas amistades

Mientras Hu Jintao, el presidente chino, visitaba Costa Rica, Perú y Cuba su colega ruso, Dmitri Medvédev, embarcaba hacia Brasil, Perú, Cuba y Venezuela donde coincidirá con la llegada del crucero nuclear ruso Pedro el Grande para participar en maniobras conjuntas con la Marina venezolana. Hace un mes dos avanzados cazabombarderos nucleares rusos volaron a Venezuela para hacer ejercicios con la Fuerza Aérea de ese país. El 1 de noviembre Celso Amorim, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, se reunió en Teherán con el presidente Mahmud Ahmadineyad a quien le llevó una invitación del presidente Luiz Inácio Lula Da Silva para visitar Brasil. El año pasado Ahmadineyad fue el primer mandatario iraní en viajar a América Latina, donde se reunió con los presidentes Hugo Chávez, Daniel Ortega, Evo Morales y Rafael Correa. Hace poco y después de expulsar al embajador estadounidense, Evo Morales anunció que los ciudadanos iraníes podrían entrar libremente en Bolivia sin necesidad de visado y que mudaría a Teherán la Embajada que Bolivia mantiene en El Cairo.

Los viajes entre América Latina e Irán se han facilitado gracias a la nueva ruta aérea Caracas-Damasco-Teherán. La prensa oficial iraní también recibió con beneplácito el nombramiento del nuevo presidente de Paraguay, Fernando Lugo, a quien describió como “enemigo del gran Satanás” y cuyo ministro de Relaciones Exteriores, Alejandro Hamed Franco, tiene prohibida la entrada en Estados Unidos y volar en aerolíneas de ese país ya que se le acusa de ser un importante líder de Hezbolá en la región. También por estos días, Venezuela ha inaugurado, en Minsk, el Centro Bielorruso-Venezolano de Cooperación Técnica y Científica con el fin de estrechar los lazos académicos entre las dos naciones. Estos lazos, si bien recientes, ya son bastante estrechos. El Gobierno venezolano es buen cliente de las industrias de armas de ese país y cuando Rusia amenazó con cortarle el gas a Bielorrusia si no le pagaba lo que le debía una llamada del presidente Lukashenko a su nuevo amigo venezolano resolvió el problema. Hugo Chávez le dio en el acto los 478 millones de euros que necesitaba para pagar a los rusos. Sucede además que a Lukashenko -también llamado el último dictador europeo- no le sobran amigos. Según Reporteros sin Fronteras, la respetada organización que monitoriza la libertad de prensa en el mundo, “la omnipresencia del retrato del jefe del Estado en las calles y en las portadas de los periódicos en países como el Túnez de Zin el Abidín Ben Alí, la Libia de Muammar el Gadafi, la Bielorrusia de Alexándr Lukashenko debería convencer a los escépticos de la ausencia de libertad de prensa”. Esto quizás lo pudo comprobar personalmente la presidenta argentina, Cristina Kirchner, quién hace poco visitó Argelia, Túnez, Egipto y Libia. Según fuentes diplomáticas, uno de los propósitos de la visita de la presidenta a Argelia fue la potenciación de la cooperación entre los dos países en materia espacial. (Sí; yo también lo tuve que leer dos veces. La cooperación es espacial).

Esta visión panorámica de las nuevas amistades de América Latina debe ser puesta en perspectiva. Es importante enfatizar, por ejemplo que las razones que motivan el aumento de los lazos de China con América Latina son distintas de las que impulsan a Moscú o Teherán. Detrás de los discursos, las expresiones de amistad, los aburridos banquetes oficiales aderezados con danzas folklóricas y encuentros académicos aún más aburridos hay realidades simples y brutales: China está en América Latina para comprar materias primas, Rusia para vender armas e Irán para luchar contra las sanciones que lo asfixian. Lo demás es adorno.

Como se sabe, China necesita asegurarse tantos suministros de energía, minerales y alimentos como pueda. Su crecimiento y su estabilidad política dependen de ello. En el caso de Rusia, por supuesto que el apoyo estadounidense a Georgia en la reciente guerra fue un irritante que ahora motiva al Kremlin a mostrar que también ellos pueden meterse a fastidiar a los yanquis en su vecindario. Pero para los familiares, socios y amigos del Kremlin las cuentas que verdaderamente importan no son las geopolíticas: son las bancarias. Las ventas de armas de Rusia a América Latina pasaron de 300 millones de dólares en 2001 a 3.000 millones en 2006 y la región es hoy uno de los más importantes clientes de armas rusas en el mundo. Y para Irán, América Latina es uno de los pocos respiraderos que le deja una maraña de sanciones que crecientemente restringe y asfixia su actividad internacional.

Las nuevas amistades de América Latina serán puestas a prueba por la crisis económica. La región pronto se enterará si sus nuevos amigos la buscan por su belleza, su cultura y su ideología o por sus riquezas.

Missing Links: After the Fall

November/December 2008

What the lessons of 9/11 could teach the world about the financial crisis.

The global financial meltdown is as surprising and unprecedented as the 9/11 attacks. Beyond that, the two calamities are very different; the financial crash will undoubtedly have broader consequences, hurting more people in more countries. Yet, 9/11 and its aftermath continue to offer a case study in some pitfalls to avoid when catastrophe hits.

Perhaps the most important lesson from 9/11 is that the U.S. reaction to the attacks had more profound consequences than the attacks themselves. Shocks such as 9/11 are bound to spark—indeed require—substantial governmental reactions, but the consequences of those reactions linger well beyond the initial event. This lesson will apply to the current crash: The laws, institutions, constraints, and incentives engendered by the bailout will mold our lives long after the effects of the subprime mortgage crisis have dissipated. The danger is that disproportionate or ill-conceived governmental responses may only exacerbate problems.

Consider the unintended fallout from the invasion of Iraq: an emboldened Iran, the Taliban’s resurgence, and the diminished ability of the United States to lead in times of global crisis. Moreover, as in Iraq, where the thorniest problems surfaced after a successful military takeover, post-bailout management will be critical. Iraq’s nightmare was amplified by mistakes made in the strategy, staffing, execution, and control of the post-invasion efforts. Similarly, the financial rescue could be fatally undermined by mistakes in the disbursement of funds or even in the staffing of the agencies in charge of implementing the bailout. One of the legacies of 9/11, for example, is the Department of Homeland Security, a bureaucratic behemoth that has become a textbook example of a failed reorganization doomed by vague congressional directives adopted in haste. A similar bureaucratic monster, driven by the same panicked impulses, may emerge as a result of this financial crisis.

Another lesson of 9/11 is that the United States will need all the help it can get from other countries to manage the crisis. Although both 9/11 and the crash of the subprime mortgage market took place on American soil, their international ramifications are enormous. And though American taxpayers will bear the burden of both the bailout and its fallout, the assistance of regulatory authorities from Britain to China will be indispensable. In fact, a lesson from 9/11 is that coordination at technical levels may be more important than the rhetorical statements of heads of state. After 9/11, while the U.S. Congress was replacing its cafeteria French fries with “freedom fries” and bashing France for its opposition to the war in Iraq, the intelligence agencies of the two countries were collaborating closely and effectively. The same was true of other intelligence services in countries whose leaders were making fiery speeches denouncing U.S. unilateralism. Technical collaboration of government bureaucrats—sustained over long periods and outside the media glare—will be as important to navigating this financial crisis successfully as presidential summits. The way that central bank managers in Beijing and Moscow coordinate actions with their counterparts in Washington and Frankfurt will be an important determinant of how we get out of this crisis.

One further parallel between 9/11 and the financial crisis is that public funds that had not been available for other important needs (healthcare, education, poverty) suddenly materialize. The gravity of the threat and the need to act quickly and decisively triggers a mind-set where it becomes acceptable—even desirable—to make decisions in which money is no object.

This disregard for budget constraints is a manifestation of another 9/11 lesson: the infatuation with “a new paradigm” and the disdain for old ideas and institutions. The conviction that a new reality has made previously cherished principles and ideas obsolete is dangerous. It leads to the assumption that all bets are off, old ideas are out, and completely new and untested concepts are indispensable. Bold, even reckless, ideas are sought and celebrated. This approach not only brought us the war in Iraq but also the Guantánamo Bay prison, the erosion of civil liberties, disdain for the Geneva Conventions, and the belittling of mechanisms normally used to control government spending as unacceptable bureaucratic nuisances. And now, the financial bailout will bring us the largest government-owned financial enterprise on the planet, drastic changes in financial regulations, and a banking system that will bear little resemblance to what it was just a few months ago.

The search for a new paradigm to replace pre-crash beliefs and institutions is leading many to conclude that American-style capitalism is now dead. “The idea of an all-powerful market without any rules and any political intervention is mad,” said French President Nicolas Sarkozy, adding that “Self-regulation is finished. Laissez faire is finished.” Henry Paulson, the U.S. Treasury Secretary, agreed: “Raw capitalism is a dead end.” Certainly, the crash revealed the need for more effective financial oversight and regulations. But their adoption will not mark the end of capitalism. Millions of Chinese, Indians, Brazilians, and others will continue to be more active participants in the global economy than ever before. And companies from Seattle to Taipei to Lyon will continue to innovate and invest, buy and sell.

Inevitably, the financial crisis will be seen as yet another sign that America is in decline: “The U.S. will lose its status as the superpower of the world financial system. ... The world will never be the same again,” the German finance minister told his parliament in late September. Almost the exact same words were uttered after 9/11. But though the world certainly changed, it did so in far fewer ways than the commentators had predicted. Yes, this financial crisis will deeply transform the global economy and will have deeper and longer-lasting consequences than 9/11. But it neither marks the end of capitalism nor the beginning of America’s demise.

Moisés Naím is editor in chief of Foreign Policy.

El chamán

En ciertas culturas indígenas el chamán es un personaje muy importante. Es un ser espiritual dotado de energías especiales y que tiene visiones que le permiten anticiparse a los demás. Quizás lo más importante es que posee dones curativos: es un hombre medicinal.

Estados Unidos necesitaba desesperadamente a un chamán. Su poderío militar, su enorme economía, su tecnología y las bravuconadas de George Bush ocultaban el hecho de que éste es un país dividido, inseguro y avergonzado. La superpotencia está herida. Y necesita a alguien que cure sus heridas, regenere su espíritu y le ayude a volver a mirar mejor y más lejos. Barack Obama inspira, alienta y regenera. Sobre todo, apacigua.

Los estadounidenses vienen de vivir un trauma tras otro. El vergonzoso espectáculo de Bill Clinton con Mónica Lewinsky fue una gran desilusión. Para muchos, importaba menos el affaire con la Lewinsky que el hecho de que su presidente les hubiera mentido. Después vino una elección que no fue decidida por el voto de millones de electores, sino por unos pocos jueces en un opaco proceso que hizo que la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca fuese vista como poco menos que fraudulenta. El 11-S sacudió la psique de una nación cuyo territorio nunca había sido atacado por sus enemigos. Después vino la guerra en Afganistán, que comenzó bien y va mal, y la guerra en Irak, justificada con explicaciones en las que hoy nadie cree. Abu Ghraib y Guantánamo ofenden a los estadounidenses. “Eso no somos nosotros”, dicen. Que su Gobierno trate derechos civiles fundamentales como si fueran un privilegio opcional es una realidad que toleran mal. La pérdida del respeto y el afecto que el resto del mundo siente por su país es un tema recurrente en las conversaciones de los círculos de poder y en los pueblos más pequeños. Saben que el mundo los ve mal y eso no les gusta. Quieren ser admirados.

También están hartos de que el miedo sea el instrumento usado para obtener autonomías gubernamentales. Los estadounidenses no quieren tener miedo. Pero ahora el miedo apareció de nuevo. Esta vez no proviene de Al Qaeda, sino de Wall Street. Mientras se libraban guerras en lugares remotos y el Gobierno prohibía las fotografías de la llegada a la patria de los ataúdes con sus soldados muertos, la economía crecía, los ricos se enriquecían y los trabajadores se endeudaban.

Y si bien fueron años de gran bonanza económica, siempre subyacía una pregunta: ¿hasta cuándo durará esta fiesta que pagamos con dinero prestado? Y vino la crisis económica, que está arrasando con realidades y esperanzas.

Ésta es la trayectoria reciente de un país que deposita su esperanza en su chamán nacido en Hawai, criado en Indonesia y con un nombre que hasta hace poco era impronunciable e incomprensible para la mayoría. Las expectativas son altas y las frustraciones serán inevitables. Ésta es la parte fácil del pronóstico. La parte más difícil, pero más prometedora, serán las oportunidades que puede abrir el chamán de la Casa Blanca y que los demás aún no vemos. Ojalá sea así. Es importante para todos nosotros, en todas partes, que Barack Obama tenga éxito.

Dios, racismo e ideas

Sin el apoyo de la derecha cristiana estadounidense es imposible ganar una elección presidencial en ese país. La campaña electoral del 2008 será definida por el choque entre ideas diametralmente opuestas acerca de política internacional, economía y salud pública. Estados Unidos no está preparado para elegir a un negro como presidente.

Nada de esto resultó ser cierto. Hoy sabemos que Dios, el racismo y las ideas no fueron los protagonistas fundamentales de estas elecciones. Fueron desplazados por la crisis económica, la historia personal de los candidatos, el fracaso de George W. Bush y el uso avanzado de Internet como fuente de fondos, difusión de mensajes y reclutamiento de activistas.

Ni Barack Obama ni John McCain se refirieron tanto a Dios en sus discursos y mensajes publicitarios como lo hicieron sus predecesores en elecciones anteriores o sus rivales en las elecciones primarias de sus partidos. Los líderes más poderosos de la maquinaria político-religiosa de la derecha estadounidense fueron menos influyentes en estas elecciones de lo que han sido por décadas. Su principal triunfo fue la imposición de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia y quien inmediatamente metió a Dios en sus discursos. Explicó, por ejemplo, que los soldados estadounidenses van a Irak a cumplir una “tarea de Dios”, quien, según ella, “tiene un plan bien definido al respecto”. Pero mientras este tipo de mensajes antes era común, en esta campana fue infrecuente. Dios fue exiliado de esta campaña electoral

Y el racismo también. Un negro, hijo de un inmigrante sin fortuna, puede sólo con su talento y su esfuerzo llegar a la presidencia de Estados Unidos. El color de su piel no ha sido el obstáculo insalvable que el mundo entero suponía que destruiría la carrera política de Obama. ¿Quiere decir esto que en Estados Unidos no hay racismo y que el color de la piel de Obama no jugó papel alguno en la elección? Por supuesto que no. Pero el hecho es que, para millones de estadounidenses que lo apoyan, la raza de Obama ha importado menos que otros factores. Esto es más sorprendente para el resto del mundo que para los estadounidenses. Fue siempre más difícil ver a Obama victorioso para un británico que sabe cuán lejos está su país de elegir como primer ministro al hijo de un paquistaní, o para un español que sabe que falta mucho para que un descendiente de marroquíes se instale en la Moncloa o para el japonés que sabe imposible que un hijo de coreanos llegue a estar a cargo del Gobierno. Desde esta perspectiva, que un negro pueda llegar a ser el presidente de los Estados Unidos era simplemente inimaginable. Esto nos dice más del racismo que hay en el resto del mundo que el que aún persiste en Estados Unidos.

A las ideas tampoco les fue bien en estas elecciones estadounidenses. En momentos en que el mundo ha perdido anclajes fundamentales en la economía, la geopolítica, la sociedad o el medioambiente, McCain y Obama no se destacaron por la originalidad de las ideas en las que fundamentaron sus propuestas electorales. En esta campaña las ideas fueron poco importantes a la hora de definir los resultados. Obama y McCain hicieron lo posible por diferenciar sus propuestas y, en muchos sentidos, sus ofertas son diferentes. Pero el país no se ha enterado. Muy pocos votantes saben en qué se diferencian las políticas económicas de McCain de las de Obama o cómo varían las reformas al sistema de salud que propugnan, o en qué son diferentes las maneras en que proponen relacionarse con China.

Los eslogans y las frases simples son la norma en todas las elecciones en todas partes. Son raros los comicios donde la discusión a fondo de propuestas tiene el protagonismo. Por más importantes que sean, las ideas siempre son más aburridas que las conversaciones sobre la personalidad, el carácter y la vida de los candidatos. ¿Qué ideas pueden realmente competir, en una conversación de sobremesa, con las espectaculares historias personales de McCain y Obama? ¿O con la historia de la Palin desollando alces en Alaska?

Las elecciones estadounidenses de 2008 introdujeron muchas novedades. Desde el inesperado ascenso de candidatos que no contaban con el apoyo de las élites tradicionales de sus respectivos partidos hasta una gran cantidad de innovaciones en el uso de Internet como instrumento para organizar la actividad política. Naturalmente, la novedad más trascendental es Barack Obama. Y esta novedad no sólo impacta en Estados Unidos. A partir de ahora, y en todo el mundo, jóvenes pobres, marginados y hasta aquellos abandonados por su padre han sido informados de que ascender los picos más altos no es un sueño imposible. Sí se puede.

La otra crisis mundial

En estos días es fácil sentir que de lo único que se habla es de dinero: bancarrotas, rescates financieros y pérdidas bursátiles monopolizan las conversaciones en todo el mundo. Y si bien es razonable que así sea, también es sano cambiar de tema de vez en cuando. Hablemos, por ejemplo, de la otra crisis tan mundial y de tantas consecuencias como la crisis financiera: la de la educación. En casi todos los países, la gente opina que su sistema educativo es inaceptablemente defectuoso. Y las estadísticas les dan la razón. En EE UU, por ejemplo, entre 1980 y 2005, el gasto público por estudiante de primaria y secundaria aumentó el 73%, y el número de docentes también aumentó mucho, con lo cual se redujo drásticamente el número de alumnos que debe atender cada docente. Además, se experimentó con iniciativas de todo tipo para mejorar la enseñanza. Nada funcionó. En ese cuarto de siglo, los resultados de las evaluaciones de los estudiantes no mejoraron. Las calificaciones de lectura de los alumnos de 9, 13 y 17 años en 2005 fueron las mismas que en 1980. Las de matemáticas subieron un poco, pero nada digno de celebrar. En una conferencia a los gobernadores de su país, Bill Gates les dijo que se sentía “aterrado y avergonzado” de la educación secundaria. “Nuestras escuelas están quebradas, son defectuosas y obsoletas… Sólo un tercio de quienes se gradúan de las escuelas secundarias están preparados para ser ciudadanos, trabajadores o universitarios”, les dijo.

Lo mismo pasa en otros países. En ese mismo periodo, casi todos los países ricos también aumentaron mucho su gasto educativo, y no sólo no lograron mejoras, sino que en algunos casos hubo retrocesos significativos. Entre 2000 y 2006, el desempeño en cuanto a lectura de los estudiantes de secundaria disminuyó significativamente en España, Japón, Noruega, Italia, Francia y Rusia, entre otros. El de matemáticas cayó en Francia, Japón, Bélgica y otros países desarrollados. A los que mejor les fue en estas pruebas fue a Finlandia y a Corea del Sur.

Además, y en contraste con EE UU, donde la educación superior de excelencia sigue siendo fuerte, en Europa sólo unas pocas universidades están entre las mejores. Este año, por ejemplo, sólo tres universidades francesas fueron incluidas en la lista de las 100 mejores del mundo compilada por la Universidad de Shanghai. Ninguna universidad española o italiana fue clasificada en esa lista.

Pero si la educación está en crisis en los países ricos, en los menos desarrollados es un desastre. Allí también se come una tajada enorme de los presupuestos nacionales sin tener mucho que mostrar a cambio en cuanto a calidad de la educación. Aun los países que han tenido grandes éxitos en otros ámbitos fracasan en el campo educativo. Chile, que es uno de los países en desarrollo más exitosos del mundo, le ha dedicado mucho dinero y atención a la educación sin lograr mejorías significativas en el desempeño de sus estudiantes.

La gran paradoja en todo esto es que “la educación” es la solución que se ofrece para casi todos los problemas que padece el mundo. De la pobreza a la violencia urbana y de las guerras a la corrupción, la solución que siempre aparece es la misma: educación, educación y más educación. En todas partes, innumerables candidatos a cargos políticos de todo tipo prometen ser el presidente (o el gobernador o el alcalde) “de la educación”. Sin embargo, a pesar del consenso acerca del problema, la prioridad que se le da y de los recursos que se le asignan, la crisis educativa mundial continúa inalterada.

Nadie tiene claro qué hacer. ¿Más ordenadores en las aulas? ¿Mejores sueldos a los docentes? ¿Menos alumnos por aula? ¿Descentralización de la educación? ¿Centralización? ¿Aumentar los incentivos para que haya más competencia entre escuelas y entre profesores? ¿Más recursos al sistema educativo? Todo se ha probado y no hay resultados concluyentes. Singapur, por ejemplo, es el país cuyos estudiantes están entre los mejores del mundo. Es también uno de los países ricos que menos gastan en educación primaria.

¿Qué quiere decir todo esto? Pues que la crisis de la educación de la que en estos días hablamos tampoco es tan grave como la crisis financiera de la que no dejamos de hablar. Encontrar soluciones a la crisis educativa es tan importante como salir de esta crisis financiera. Pero, mientras encontramos soluciones a la educación, sólo nos queda rogar que las soluciones a la crisis financiera sean más eficaces que las que el mundo le ha dado a su crisis educativa.