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Healthy Lifestyle: Loosing weight

3 Claves para Manejar éstos tiempos. Durante esta época del año, nos planteamos nuevas metas, nuevos objetivos lo cual es recomendable en la medida que se vuelve sustentable.

Estados Unidos y Venezuela:
Dos elecciones en las antipodas

Querido Presidente Obama: No hay vacaciones de aqui al 20 de Enero

Faranduleando desde Madrid LUIS MIGUEL, RICARDO ARJONA, MERCHE.... 

Las sorpresas de 2008

“Barack Obama no le ganará una sola elección primaria a Hillary

Moises Naim

Las sorpresas de 2008

“Barack Obama no le ganará una sola elección primaria a Hillary Clinton” pronosticó Bill Kristol, un influyente editorialista de The New York Times. “Bear Stearns está bien. No saquen su dinero de allí. Sería una tontería”. Esto aconsejó a sus millones de telespectadores Jim Cramer, el comentarista financiero del canal CNBC seis días antes del colapso de esa empresa. “Mares tranquilos: las rutas marítimas del mundo son seguras”. Fue el título del artículo en la revista Foreign Affairs escrito por Dennis Blair y Kenneth Lieberthal. En este artículo también aseguraban que “los petroleros son mucho menos vulnerables de lo que comúnmente se cree”. Poco después una banda de piratas somalíes a bordo de botes inflables capturó uno de los superpetroleros más grandes del mundo. Aún no lo han devuelto. Es posible que Dennis Blair, uno de los autores del artículo, sea el próximo jefe de la CIA.

A mediados de septiembre, Donald Lufkin escribió en The Washington Post: “Quien dice que estamos en recesión o vamos camino a ella está inventando su propia definición de lo que es una recesión”. Al día siguiente de la publicación de este artículo, Lehmann Brothers se declaró en bancarrota, y poco tiempo después se confirmó que la economía estadounidense hacía meses que había entrado en recesión. La revista británica The Economist anunció que, “a pesar de sus defectos, las elecciones en Kenia serán un ejemplo para el resto del continente”. Desgraciadamente, las elecciones estuvieron plagadas de fraude y estallidos de violencia que dejaron 800 muertos, 200.000 personas desplazadas de sus hogares y la economía de Kenia en ruinas. Walter Wagner es un científico que está convencido de que el Gran Colisionador de Hadrones, el gigantesco acelerador de partículas atómicas construido cerca de Ginebra por la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), puede acabar con el mundo. “Existe la posibilidad real de que pueda crear agujeros negros en miniatura y otras anomalías… Estos eventos tienen el potencial de alterar la materia y destruir nuestro planeta”, ha escrito Wagner. El superacelerador de hadrones se puso en marcha el pasado 10 de septiembre. Para sorpresa del doctor Wagner, aún estamos aquí. Según The New York Times, Arjun Murty, un analista de Goldman Sachs, es ni más ni menos que “un oráculo petrolero” debido a su sagacidad para anticipar las fluctuaciones de ese mercado. En mayo de este año Murty pronosticó que “la posibilidad de que el precio del petróleo alcance los 150 o 200 dólares por barril en los próximos 6 a 24 meses parece crecientemente probable”. Como sabemos, en estos días el precio ronda los 40 dólares por barril. Naturalmente, en esta recopilación no podían faltar los pronósticos sobre la crisis financiera: “El sistema bancario se ha estabilizado. Ya nadie se pregunta si aún hay alguna otra gran institución bancaria que pueda caer...”. Pocos días después de que Hank Paulson, secretario del Tesoro de Estados Unidos, dijera esto, el precio de las acciones de Citigroup cayó un 75%.

Esta lista de los peores pronósticos de 2008 fue preparada por Blake Hounshell y Josh Keating, dos de mis colegas en Foreign Policy, la revista que dirijo. La lista es muy interesante no sólo porque muestra lo mucho que cambió el mundo en tan sólo 12 meses, sino también lo mal que le ha ido a los expertos este año. Hounshell y Keating también prepararon otra fascinante lista de importantes noticias de 2008 que pasaron desapercibidas. La lista incluye, entre varias otras, la erupción de un nuevo Darfur en las montañas de Nuba en Sudán, el aumento de la producción de cocaína en Colombia, el hecho de que la mitad del acero utilizado en la construcción de los 900 grandes rascacielos de Shanghai falló los tests básicos de calidad, que Estados Unidos está ayudando a India a construir un escudo antimisiles o que las emisiones del gas NF3 utilizado para producir paneles que transforman la luz solar en energía eléctrica son una de las más potentes fuentes del calentamiento global.

Así, este 2008 que comenzó con una crisis alimentaria termina con una de desempleo. Gigantescas y longevas instituciones financieras que lucían todopoderosas y permanentes ya no existen. Un presidente estadounidense que se define como paladín del libre mercado pasa a la historia como el que dirigió la mayor transferencia de propiedad privada al sector público en la historia de su país. Y su sucesor será Barack Obama. Sin duda, un año lleno de sorpresas. Ojalá que 2009 nos sorprenda tanto como lo hizo 2008. Pero con buenas noticias.

Ésta es mi última columna por este año. Regresaré a mediados de enero. ¡Feliz año!

Turbas inteligentes

La estocada final se demoró 10 días. El Gobierno tailandés ya venía mal y pocos apostaban por su sobrevivencia. Formalmente, su caída fue producida por la decisión del Tribunal Constitucional de disolver tres de los partidos políticos que formaban la coalición gobernante, forzando así la renuncia del primer ministro. Pero lo que precipitó la situación fue el bloqueo de los dos principales aeropuertos del país durante 10 días por parte de una turba muy bien organizada.

El de Tailandia es sólo el más reciente ejemplo de una creciente tendencia mundial: el bloqueo de vías de comunicación por parte de una muchedumbre con el fin de forzar cambios políticos. Los bloqueos de calles y carreteras ayudaron a Evo Morales a llegar a la presidencia de Bolivia y a Joseph Estrada a perderla en las Filipinas. Los piqueteros argentinos, con su vocación de trancar avenidas, se han transformado en un factor permanente de la política de ese país, y el candidato presidencial mexicano Andrés Manuel López Obrador protestó por su derrota en las elecciones de 2006 bloqueando importantes arterias de la capital mexicana. En Ecuador y Perú tomaron las calles grupos indigenistas, mientras que en Tíbet y en Myanmar lo hicieron monjes budistas.

Las marchas, manifestaciones y protestas callejeras son tan antiguas como la política misma, así que el hecho de que una muchedumbre salga a la calle a promover el cambio político, protestar, apoyar a su gobierno o tratar de derrocarlo no tiene nada de nuevo. Lo que es nuevo e interesante son las formas de convocatoria, organización y coordinación en las que se apoyan estas manifestaciones callejeras y los grupos que en ellas participan.

Estrada, el ex presidente filipino, se quejó de que fue derrocado no por un golpe de Estado sino por lo que él llamó “un golpe de texto”. Cientos de miles de personas, muchos de ellos jóvenes sin militancia política pero descontentos con su gobierno, se coordinaban entre sí a través de mensajes de texto enviados desde sus teléfonos móviles. Y los mensajes de texto como instrumento de coordinación política se han convertido en un fenómeno mundial. “Ven con camiseta blanca y manos pintadas de blanco a las 10 de la mañana”, decía uno de los mensajes que se expandían como un virus entre los teléfonos móviles de los estudiantes venezolanos opuestos al Gobierno de Hugo Chávez. Y, en efecto, decenas de miles de jóvenes aparecían ese día con camisetas blancas y las manos pintadas de blanco, coordinando ágilmente sus movimientos por la ciudad a través de mensajes instantáneos. En abril del 2006, Gyanendra, el entonces rey de Nepal, ordenó la suspensión de todos los servicios de telefonía móvil ya que las agrupaciones anti-monárquicas estaban usando mensajes de texto para organizar las protestas que eventualmente terminaron derrocándolo.

Obviamente, estas nuevas tecnologías pueden ser usadas para potenciar viejas prácticas políticas. Los partidos políticos tradicionales, por ejemplo, han multiplicado sus capacidades organizativas gracias a estas formas de comunicación. En cierta forma, esto fue lo que pasó en los aeropuertos de Tailandia. Pero otra dimensión del fenómeno es que está facilitando la aparición de nuevos actores políticos que se rigen por códigos y reglas distintos de los de los partidos tradicionales. Son organizaciones menos estructuradas y verticales, donde las jerarquías no son rígidas y la autoridad está más descentralizada.

En Colombia, las marchas contra las FARC fueron convocadas con gran éxito en varias ciudades a través de Facebook. En México, una multitud sin precedentes marchó contra la escalada de la violencia criminal que azota ese país. En ambos casos, los organizadores no eran políticos tradicionales ni usaron los métodos usuales de convocatoria. Fueron ciudadanos comunes cuya influencia política se ve potenciada por la capacidad de crear y movilizar una turba inteligente a través de nuevas tecnologías.

Según el diccionario, turba es “una muchedumbre de gente confusa y desordenada”. Evidentemente, las nuevas tecnologías hacen posible que las turbas ya no sean ni confusas ni desordenadas. Actúan con organización y propósito. Howard Rheingold, el padre de esta idea, enfatiza que una turba, por más inteligente que sea, no es ni buena ni mala, y que todo depende de sus fines.

La esperanza es que las mismas tecnologías que permiten el ascenso de las turbas inteligentes produzcan los anticuerpos que nos ayuden a mitigar la influencia de aquellas que usan sus capacidades para subvertir la democracia. Como sabemos, no todo bloqueo de carreteras o aeropuertos tiene fines nobles.

En cualquier caso, la realidad es que las turbas inteligentes han llegado para quedarse.

La Brigada 23 de enero

Barack Obama se juramenta como presidente de Estados Unidos el 20 enero. “Estoy organizando la Brigada 23 de enero”, me dice en broma un simpatizante de Obama que además tengo por agudo observador político. “¿Qué es eso?”, le pregunto. “Pues es el grupo de gente que tres días después ya estará desilusionada de Obama”, me responde riéndose. Algunos seguidores de Obama ni siquiera han esperado a enero. Los bloggers y columnistas afiliados al ala más progresista del Partido Demócrata ya están en pleno frenesí crítico contra Obama, más que nada por las personas a quienes ha invitado a formar parte de su Gobierno: son percibidos como demasiado moderados y centristas. Algunos en el equipo económico muestran un entusiasmo por los mercados que para muchos bordea en el sacrilegio.

Las cosas vienen muy difíciles. El desempleo disparado y los bancos colapsando. El talibán fortalecido e Irán cada día más cerca de ser una potencia nuclear. Rusia económicamente disminuida e internacionalmente agresiva. Pakistán e India aterrorizados por los extremistas islámicos y enredados en su desconfianza mutua. Israel y Palestina estancados y la crónica precariedad política de Oriente Próximo ahora exacerbada por la mala situación económica. China debilitándose. Cifras récord de estadounidenses sin seguro de salud, perdiendo sus hogares y dependiendo de la caridad para alimentarse.

Estos son algunos de los problemas que los estadounidenses -y el resto del mundo- esperan que Barack Obama resuelva. Y pronto. Estas crisis se expanden a gran velocidad y, de no contenerse, pueden alcanzar dimensiones catastróficas.

Es bien sabido que George W. Bush le deja al nuevo presidente dificilísimos problemas en casi todas las áreas. Lo que es menos sabido es que uno de los frentes de batalla más complicados que deberá afrontar Obama ni lo heredó de Bush, ni es una crisis doméstica, ni es internacional. Se trata de la conflictiva relación que tendrán el nuevo presidente y su Gobierno con el Congreso de Estados Unidos. Esto sorprenderá a quienes suponen que el hecho de que tanto la presidencia como el Congreso estén en manos del mismo partido implica que las iniciativas de senadores y diputados estarán en sintonía con las propuestas de Barack Obama, y viceversa. Esto no será así. Obama y su equipo estarán más a la derecha que el Congreso. Las declaraciones de Obama, pero sobre todo sus nombramientos, señalan claramente que el próximo Gobierno estadounidense tendrá una orientación de centro-derecha. Su equipo económico (Geithner, Summers, Romer, Volcker) es excelente y experimentado. Hillary Clinton al frente de la política exterior, el general Jim Jones en el Consejo Nacional de Seguridad y el actual secretario de Defensa, Bob Gates, a quien se espera que Obama ratifique en el cargo, conformarán el equipo de asuntos internacionales y seguridad nacional. El ex senador Tom Daschle, que como secretario de Salud estará a cargo de la reforma de ese sector, también se caracteriza por su larga experiencia y prudencia.

Este grupo es acusado de ser excesivamente pragmático y de no simbolizar el cambio que Obama prometió. Pero en vista de las graves crisis simultáneas que deben enfrentar, ¿es deseable tener un grupo dispuesto a usar el poderío estadounidense para imponer audaces experimentos inspirados por ideologías extremistas? No; mejor no. Esa película ya la vimos. Se llamó “los neocons juegan a la guerra en Irak”. Por supuesto que Obama no adoptará las ideas de los neocons, pero el argumento de basar las decisiones en ideologías radicales y opuestas también es muy peligroso. Sabemos demasiado poco sobre cómo funcionan las cosas para tomar decisiones basadas en prejuicios, y no en datos. En vista de la explosiva situación del mundo actual, el pragmatismo y la humildad ideológica son las mejores guías. Obama tenderá a la moderación y la cautela.

En cambio, el próximo Congreso será otra cosa. Los senadores y diputados representan a una población que está furiosa, atemorizada y muy golpeada. El sentimiento nacional en Estados Unidos es de linchamiento hacia “los ladrones de Wall Street” y de rechazo “a los inmigrantes que nos quitan el trabajo, las multinacionales que exportan nuestros empleos a la India, los ricos que pagan pocos impuestos”. También de repudio a largas guerras.

Es con esto en mente que el Congreso evaluará las propuestas de Obama sobre tratados de libre comercio, reformas fiscales o de salud, política exterior, regulaciones financieras… El pragmatismo centrista chocará sistemáticamente con la indignación de una población que le exigirá a sus representantes soluciones mucho más drásticas de las que la Casa Blanca considerará deseables. Esta batalla de Obama en su propia casa política será muy importante. Nadie espera que los problemas los resuelva en tres días. Pero la legitimidad de Obama se basará en que muestre progreso sostenido y eficaz. Y para eso depende del Congreso.

América Latina y sus nuevas amistades

Mientras Hu Jintao, el presidente chino, visitaba Costa Rica, Perú y Cuba su colega ruso, Dmitri Medvédev, embarcaba hacia Brasil, Perú, Cuba y Venezuela donde coincidirá con la llegada del crucero nuclear ruso Pedro el Grande para participar en maniobras conjuntas con la Marina venezolana. Hace un mes dos avanzados cazabombarderos nucleares rusos volaron a Venezuela para hacer ejercicios con la Fuerza Aérea de ese país. El 1 de noviembre Celso Amorim, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, se reunió en Teherán con el presidente Mahmud Ahmadineyad a quien le llevó una invitación del presidente Luiz Inácio Lula Da Silva para visitar Brasil. El año pasado Ahmadineyad fue el primer mandatario iraní en viajar a América Latina, donde se reunió con los presidentes Hugo Chávez, Daniel Ortega, Evo Morales y Rafael Correa. Hace poco y después de expulsar al embajador estadounidense, Evo Morales anunció que los ciudadanos iraníes podrían entrar libremente en Bolivia sin necesidad de visado y que mudaría a Teherán la Embajada que Bolivia mantiene en El Cairo.

Los viajes entre América Latina e Irán se han facilitado gracias a la nueva ruta aérea Caracas-Damasco-Teherán. La prensa oficial iraní también recibió con beneplácito el nombramiento del nuevo presidente de Paraguay, Fernando Lugo, a quien describió como “enemigo del gran Satanás” y cuyo ministro de Relaciones Exteriores, Alejandro Hamed Franco, tiene prohibida la entrada en Estados Unidos y volar en aerolíneas de ese país ya que se le acusa de ser un importante líder de Hezbolá en la región. También por estos días, Venezuela ha inaugurado, en Minsk, el Centro Bielorruso-Venezolano de Cooperación Técnica y Científica con el fin de estrechar los lazos académicos entre las dos naciones. Estos lazos, si bien recientes, ya son bastante estrechos. El Gobierno venezolano es buen cliente de las industrias de armas de ese país y cuando Rusia amenazó con cortarle el gas a Bielorrusia si no le pagaba lo que le debía una llamada del presidente Lukashenko a su nuevo amigo venezolano resolvió el problema. Hugo Chávez le dio en el acto los 478 millones de euros que necesitaba para pagar a los rusos. Sucede además que a Lukashenko -también llamado el último dictador europeo- no le sobran amigos. Según Reporteros sin Fronteras, la respetada organización que monitoriza la libertad de prensa en el mundo, “la omnipresencia del retrato del jefe del Estado en las calles y en las portadas de los periódicos en países como el Túnez de Zin el Abidín Ben Alí, la Libia de Muammar el Gadafi, la Bielorrusia de Alexándr Lukashenko debería convencer a los escépticos de la ausencia de libertad de prensa”. Esto quizás lo pudo comprobar personalmente la presidenta argentina, Cristina Kirchner, quién hace poco visitó Argelia, Túnez, Egipto y Libia. Según fuentes diplomáticas, uno de los propósitos de la visita de la presidenta a Argelia fue la potenciación de la cooperación entre los dos países en materia espacial. (Sí; yo también lo tuve que leer dos veces. La cooperación es espacial).

Esta visión panorámica de las nuevas amistades de América Latina debe ser puesta en perspectiva. Es importante enfatizar, por ejemplo que las razones que motivan el aumento de los lazos de China con América Latina son distintas de las que impulsan a Moscú o Teherán. Detrás de los discursos, las expresiones de amistad, los aburridos banquetes oficiales aderezados con danzas folklóricas y encuentros académicos aún más aburridos hay realidades simples y brutales: China está en América Latina para comprar materias primas, Rusia para vender armas e Irán para luchar contra las sanciones que lo asfixian. Lo demás es adorno.

Como se sabe, China necesita asegurarse tantos suministros de energía, minerales y alimentos como pueda. Su crecimiento y su estabilidad política dependen de ello. En el caso de Rusia, por supuesto que el apoyo estadounidense a Georgia en la reciente guerra fue un irritante que ahora motiva al Kremlin a mostrar que también ellos pueden meterse a fastidiar a los yanquis en su vecindario. Pero para los familiares, socios y amigos del Kremlin las cuentas que verdaderamente importan no son las geopolíticas: son las bancarias. Las ventas de armas de Rusia a América Latina pasaron de 300 millones de dólares en 2001 a 3.000 millones en 2006 y la región es hoy uno de los más importantes clientes de armas rusas en el mundo. Y para Irán, América Latina es uno de los pocos respiraderos que le deja una maraña de sanciones que crecientemente restringe y asfixia su actividad internacional.

Las nuevas amistades de América Latina serán puestas a prueba por la crisis económica. La región pronto se enterará si sus nuevos amigos la buscan por su belleza, su cultura y su ideología o por sus riquezas.

Missing Links: After the Fall

November/December 2008

What the lessons of 9/11 could teach the world about the financial crisis.

The global financial meltdown is as surprising and unprecedented as the 9/11 attacks. Beyond that, the two calamities are very different; the financial crash will undoubtedly have broader consequences, hurting more people in more countries. Yet, 9/11 and its aftermath continue to offer a case study in some pitfalls to avoid when catastrophe hits.

Perhaps the most important lesson from 9/11 is that the U.S. reaction to the attacks had more profound consequences than the attacks themselves. Shocks such as 9/11 are bound to spark—indeed require—substantial governmental reactions, but the consequences of those reactions linger well beyond the initial event. This lesson will apply to the current crash: The laws, institutions, constraints, and incentives engendered by the bailout will mold our lives long after the effects of the subprime mortgage crisis have dissipated. The danger is that disproportionate or ill-conceived governmental responses may only exacerbate problems.

Consider the unintended fallout from the invasion of Iraq: an emboldened Iran, the Taliban’s resurgence, and the diminished ability of the United States to lead in times of global crisis. Moreover, as in Iraq, where the thorniest problems surfaced after a successful military takeover, post-bailout management will be critical. Iraq’s nightmare was amplified by mistakes made in the strategy, staffing, execution, and control of the post-invasion efforts. Similarly, the financial rescue could be fatally undermined by mistakes in the disbursement of funds or even in the staffing of the agencies in charge of implementing the bailout. One of the legacies of 9/11, for example, is the Department of Homeland Security, a bureaucratic behemoth that has become a textbook example of a failed reorganization doomed by vague congressional directives adopted in haste. A similar bureaucratic monster, driven by the same panicked impulses, may emerge as a result of this financial crisis.

Another lesson of 9/11 is that the United States will need all the help it can get from other countries to manage the crisis. Although both 9/11 and the crash of the subprime mortgage market took place on American soil, their international ramifications are enormous. And though American taxpayers will bear the burden of both the bailout and its fallout, the assistance of regulatory authorities from Britain to China will be indispensable. In fact, a lesson from 9/11 is that coordination at technical levels may be more important than the rhetorical statements of heads of state. After 9/11, while the U.S. Congress was replacing its cafeteria French fries with “freedom fries” and bashing France for its opposition to the war in Iraq, the intelligence agencies of the two countries were collaborating closely and effectively. The same was true of other intelligence services in countries whose leaders were making fiery speeches denouncing U.S. unilateralism. Technical collaboration of government bureaucrats—sustained over long periods and outside the media glare—will be as important to navigating this financial crisis successfully as presidential summits. The way that central bank managers in Beijing and Moscow coordinate actions with their counterparts in Washington and Frankfurt will be an important determinant of how we get out of this crisis.

One further parallel between 9/11 and the financial crisis is that public funds that had not been available for other important needs (healthcare, education, poverty) suddenly materialize. The gravity of the threat and the need to act quickly and decisively triggers a mind-set where it becomes acceptable—even desirable—to make decisions in which money is no object.

This disregard for budget constraints is a manifestation of another 9/11 lesson: the infatuation with “a new paradigm” and the disdain for old ideas and institutions. The conviction that a new reality has made previously cherished principles and ideas obsolete is dangerous. It leads to the assumption that all bets are off, old ideas are out, and completely new and untested concepts are indispensable. Bold, even reckless, ideas are sought and celebrated. This approach not only brought us the war in Iraq but also the Guantánamo Bay prison, the erosion of civil liberties, disdain for the Geneva Conventions, and the belittling of mechanisms normally used to control government spending as unacceptable bureaucratic nuisances. And now, the financial bailout will bring us the largest government-owned financial enterprise on the planet, drastic changes in financial regulations, and a banking system that will bear little resemblance to what it was just a few months ago.

The search for a new paradigm to replace pre-crash beliefs and institutions is leading many to conclude that American-style capitalism is now dead. “The idea of an all-powerful market without any rules and any political intervention is mad,” said French President Nicolas Sarkozy, adding that “Self-regulation is finished. Laissez faire is finished.” Henry Paulson, the U.S. Treasury Secretary, agreed: “Raw capitalism is a dead end.” Certainly, the crash revealed the need for more effective financial oversight and regulations. But their adoption will not mark the end of capitalism. Millions of Chinese, Indians, Brazilians, and others will continue to be more active participants in the global economy than ever before. And companies from Seattle to Taipei to Lyon will continue to innovate and invest, buy and sell.

Inevitably, the financial crisis will be seen as yet another sign that America is in decline: “The U.S. will lose its status as the superpower of the world financial system. ... The world will never be the same again,” the German finance minister told his parliament in late September. Almost the exact same words were uttered after 9/11. But though the world certainly changed, it did so in far fewer ways than the commentators had predicted. Yes, this financial crisis will deeply transform the global economy and will have deeper and longer-lasting consequences than 9/11. But it neither marks the end of capitalism nor the beginning of America’s demise.

Moisés Naím is editor in chief of Foreign Policy.

El chamán

En ciertas culturas indígenas el chamán es un personaje muy importante. Es un ser espiritual dotado de energías especiales y que tiene visiones que le permiten anticiparse a los demás. Quizás lo más importante es que posee dones curativos: es un hombre medicinal.

Estados Unidos necesitaba desesperadamente a un chamán. Su poderío militar, su enorme economía, su tecnología y las bravuconadas de George Bush ocultaban el hecho de que éste es un país dividido, inseguro y avergonzado. La superpotencia está herida. Y necesita a alguien que cure sus heridas, regenere su espíritu y le ayude a volver a mirar mejor y más lejos. Barack Obama inspira, alienta y regenera. Sobre todo, apacigua.

Los estadounidenses vienen de vivir un trauma tras otro. El vergonzoso espectáculo de Bill Clinton con Mónica Lewinsky fue una gran desilusión. Para muchos, importaba menos el affaire con la Lewinsky que el hecho de que su presidente les hubiera mentido. Después vino una elección que no fue decidida por el voto de millones de electores, sino por unos pocos jueces en un opaco proceso que hizo que la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca fuese vista como poco menos que fraudulenta. El 11-S sacudió la psique de una nación cuyo territorio nunca había sido atacado por sus enemigos. Después vino la guerra en Afganistán, que comenzó bien y va mal, y la guerra en Irak, justificada con explicaciones en las que hoy nadie cree. Abu Ghraib y Guantánamo ofenden a los estadounidenses. “Eso no somos nosotros”, dicen. Que su Gobierno trate derechos civiles fundamentales como si fueran un privilegio opcional es una realidad que toleran mal. La pérdida del respeto y el afecto que el resto del mundo siente por su país es un tema recurrente en las conversaciones de los círculos de poder y en los pueblos más pequeños. Saben que el mundo los ve mal y eso no les gusta. Quieren ser admirados.

También están hartos de que el miedo sea el instrumento usado para obtener autonomías gubernamentales. Los estadounidenses no quieren tener miedo. Pero ahora el miedo apareció de nuevo. Esta vez no proviene de Al Qaeda, sino de Wall Street. Mientras se libraban guerras en lugares remotos y el Gobierno prohibía las fotografías de la llegada a la patria de los ataúdes con sus soldados muertos, la economía crecía, los ricos se enriquecían y los trabajadores se endeudaban.

Y si bien fueron años de gran bonanza económica, siempre subyacía una pregunta: ¿hasta cuándo durará esta fiesta que pagamos con dinero prestado? Y vino la crisis económica, que está arrasando con realidades y esperanzas.

Ésta es la trayectoria reciente de un país que deposita su esperanza en su chamán nacido en Hawai, criado en Indonesia y con un nombre que hasta hace poco era impronunciable e incomprensible para la mayoría. Las expectativas son altas y las frustraciones serán inevitables. Ésta es la parte fácil del pronóstico. La parte más difícil, pero más prometedora, serán las oportunidades que puede abrir el chamán de la Casa Blanca y que los demás aún no vemos. Ojalá sea así. Es importante para todos nosotros, en todas partes, que Barack Obama tenga éxito.

Dios, racismo e ideas

Sin el apoyo de la derecha cristiana estadounidense es imposible ganar una elección presidencial en ese país. La campaña electoral del 2008 será definida por el choque entre ideas diametralmente opuestas acerca de política internacional, economía y salud pública. Estados Unidos no está preparado para elegir a un negro como presidente.

Nada de esto resultó ser cierto. Hoy sabemos que Dios, el racismo y las ideas no fueron los protagonistas fundamentales de estas elecciones. Fueron desplazados por la crisis económica, la historia personal de los candidatos, el fracaso de George W. Bush y el uso avanzado de Internet como fuente de fondos, difusión de mensajes y reclutamiento de activistas.

Ni Barack Obama ni John McCain se refirieron tanto a Dios en sus discursos y mensajes publicitarios como lo hicieron sus predecesores en elecciones anteriores o sus rivales en las elecciones primarias de sus partidos. Los líderes más poderosos de la maquinaria político-religiosa de la derecha estadounidense fueron menos influyentes en estas elecciones de lo que han sido por décadas. Su principal triunfo fue la imposición de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia y quien inmediatamente metió a Dios en sus discursos. Explicó, por ejemplo, que los soldados estadounidenses van a Irak a cumplir una “tarea de Dios”, quien, según ella, “tiene un plan bien definido al respecto”. Pero mientras este tipo de mensajes antes era común, en esta campana fue infrecuente. Dios fue exiliado de esta campaña electoral

Y el racismo también. Un negro, hijo de un inmigrante sin fortuna, puede sólo con su talento y su esfuerzo llegar a la presidencia de Estados Unidos. El color de su piel no ha sido el obstáculo insalvable que el mundo entero suponía que destruiría la carrera política de Obama. ¿Quiere decir esto que en Estados Unidos no hay racismo y que el color de la piel de Obama no jugó papel alguno en la elección? Por supuesto que no. Pero el hecho es que, para millones de estadounidenses que lo apoyan, la raza de Obama ha importado menos que otros factores. Esto es más sorprendente para el resto del mundo que para los estadounidenses. Fue siempre más difícil ver a Obama victorioso para un británico que sabe cuán lejos está su país de elegir como primer ministro al hijo de un paquistaní, o para un español que sabe que falta mucho para que un descendiente de marroquíes se instale en la Moncloa o para el japonés que sabe imposible que un hijo de coreanos llegue a estar a cargo del Gobierno. Desde esta perspectiva, que un negro pueda llegar a ser el presidente de los Estados Unidos era simplemente inimaginable. Esto nos dice más del racismo que hay en el resto del mundo que el que aún persiste en Estados Unidos.

A las ideas tampoco les fue bien en estas elecciones estadounidenses. En momentos en que el mundo ha perdido anclajes fundamentales en la economía, la geopolítica, la sociedad o el medioambiente, McCain y Obama no se destacaron por la originalidad de las ideas en las que fundamentaron sus propuestas electorales. En esta campaña las ideas fueron poco importantes a la hora de definir los resultados. Obama y McCain hicieron lo posible por diferenciar sus propuestas y, en muchos sentidos, sus ofertas son diferentes. Pero el país no se ha enterado. Muy pocos votantes saben en qué se diferencian las políticas económicas de McCain de las de Obama o cómo varían las reformas al sistema de salud que propugnan, o en qué son diferentes las maneras en que proponen relacionarse con China.

Los eslogans y las frases simples son la norma en todas las elecciones en todas partes. Son raros los comicios donde la discusión a fondo de propuestas tiene el protagonismo. Por más importantes que sean, las ideas siempre son más aburridas que las conversaciones sobre la personalidad, el carácter y la vida de los candidatos. ¿Qué ideas pueden realmente competir, en una conversación de sobremesa, con las espectaculares historias personales de McCain y Obama? ¿O con la historia de la Palin desollando alces en Alaska?

Las elecciones estadounidenses de 2008 introdujeron muchas novedades. Desde el inesperado ascenso de candidatos que no contaban con el apoyo de las élites tradicionales de sus respectivos partidos hasta una gran cantidad de innovaciones en el uso de Internet como instrumento para organizar la actividad política. Naturalmente, la novedad más trascendental es Barack Obama. Y esta novedad no sólo impacta en Estados Unidos. A partir de ahora, y en todo el mundo, jóvenes pobres, marginados y hasta aquellos abandonados por su padre han sido informados de que ascender los picos más altos no es un sueño imposible. Sí se puede.

La otra crisis mundial

En estos días es fácil sentir que de lo único que se habla es de dinero: bancarrotas, rescates financieros y pérdidas bursátiles monopolizan las conversaciones en todo el mundo. Y si bien es razonable que así sea, también es sano cambiar de tema de vez en cuando. Hablemos, por ejemplo, de la otra crisis tan mundial y de tantas consecuencias como la crisis financiera: la de la educación. En casi todos los países, la gente opina que su sistema educativo es inaceptablemente defectuoso. Y las estadísticas les dan la razón. En EE UU, por ejemplo, entre 1980 y 2005, el gasto público por estudiante de primaria y secundaria aumentó el 73%, y el número de docentes también aumentó mucho, con lo cual se redujo drásticamente el número de alumnos que debe atender cada docente. Además, se experimentó con iniciativas de todo tipo para mejorar la enseñanza. Nada funcionó. En ese cuarto de siglo, los resultados de las evaluaciones de los estudiantes no mejoraron. Las calificaciones de lectura de los alumnos de 9, 13 y 17 años en 2005 fueron las mismas que en 1980. Las de matemáticas subieron un poco, pero nada digno de celebrar. En una conferencia a los gobernadores de su país, Bill Gates les dijo que se sentía “aterrado y avergonzado” de la educación secundaria. “Nuestras escuelas están quebradas, son defectuosas y obsoletas… Sólo un tercio de quienes se gradúan de las escuelas secundarias están preparados para ser ciudadanos, trabajadores o universitarios”, les dijo.

Lo mismo pasa en otros países. En ese mismo periodo, casi todos los países ricos también aumentaron mucho su gasto educativo, y no sólo no lograron mejoras, sino que en algunos casos hubo retrocesos significativos. Entre 2000 y 2006, el desempeño en cuanto a lectura de los estudiantes de secundaria disminuyó significativamente en España, Japón, Noruega, Italia, Francia y Rusia, entre otros. El de matemáticas cayó en Francia, Japón, Bélgica y otros países desarrollados. A los que mejor les fue en estas pruebas fue a Finlandia y a Corea del Sur.

Además, y en contraste con EE UU, donde la educación superior de excelencia sigue siendo fuerte, en Europa sólo unas pocas universidades están entre las mejores. Este año, por ejemplo, sólo tres universidades francesas fueron incluidas en la lista de las 100 mejores del mundo compilada por la Universidad de Shanghai. Ninguna universidad española o italiana fue clasificada en esa lista.

Pero si la educación está en crisis en los países ricos, en los menos desarrollados es un desastre. Allí también se come una tajada enorme de los presupuestos nacionales sin tener mucho que mostrar a cambio en cuanto a calidad de la educación. Aun los países que han tenido grandes éxitos en otros ámbitos fracasan en el campo educativo. Chile, que es uno de los países en desarrollo más exitosos del mundo, le ha dedicado mucho dinero y atención a la educación sin lograr mejorías significativas en el desempeño de sus estudiantes.

La gran paradoja en todo esto es que “la educación” es la solución que se ofrece para casi todos los problemas que padece el mundo. De la pobreza a la violencia urbana y de las guerras a la corrupción, la solución que siempre aparece es la misma: educación, educación y más educación. En todas partes, innumerables candidatos a cargos políticos de todo tipo prometen ser el presidente (o el gobernador o el alcalde) “de la educación”. Sin embargo, a pesar del consenso acerca del problema, la prioridad que se le da y de los recursos que se le asignan, la crisis educativa mundial continúa inalterada.

Nadie tiene claro qué hacer. ¿Más ordenadores en las aulas? ¿Mejores sueldos a los docentes? ¿Menos alumnos por aula? ¿Descentralización de la educación? ¿Centralización? ¿Aumentar los incentivos para que haya más competencia entre escuelas y entre profesores? ¿Más recursos al sistema educativo? Todo se ha probado y no hay resultados concluyentes. Singapur, por ejemplo, es el país cuyos estudiantes están entre los mejores del mundo. Es también uno de los países ricos que menos gastan en educación primaria.

¿Qué quiere decir todo esto? Pues que la crisis de la educación de la que en estos días hablamos tampoco es tan grave como la crisis financiera de la que no dejamos de hablar. Encontrar soluciones a la crisis educativa es tan importante como salir de esta crisis financiera. Pero, mientras encontramos soluciones a la educación, sólo nos queda rogar que las soluciones a la crisis financiera sean más eficaces que las que el mundo le ha dado a su crisis educativa.